El ángulo recto

Julio 10, 2009

Es fantástico lo que da de sí el invento de Al Qaeda, no me extraña que hasta los chinos digan que la revuelta de los uigures en Xinjiang —que está justo al norte del Tibet— es obra de Bin Laden. Si a los americanos se les vale, a ellos también ¿no? Igual que otros contemplan su colección de sellos o de mariposas, a mí me da a veces por echarle un ojo a los mapas y siempre caigo en la cuenta de que el croquis de China es tan enorme que lo mismo, con el paso del tiempo, termina dividido en cachitos más gobernables. Nunca se sabe, árboles gigantes han caído. Trocear las tríadas mafiosas en taifas, podría descomponer al gozoso capitalismo que disfrutan los jerarcas comunistas, hasta crear un rompecabezas de países ex-chinos.
China, al fin y al cabo, es como las islas Caimán pero a lo bestia, y a su alrededor se teje todo un secreto internacional. No en vano corretean por allí las multinacionales que da gloria verlas. Los espías se aburren tanto que buscan faena en todas partes. Igual trabajan en Asia que a orillas del Támesis, vendiéndose a los amarillos periodistas de Londres. Últimamente se ha descubierto que pinchaban millares de teléfonos, desde políticos como John Prescott o Tessa Jowell hasta la modelo Elle Mcphersson o la actriz Gywneth Palthrow. Los espías trabajaban para el magnate de la prensa, un tal Murdoch, padrino editorial de Aznar. Así es la vida.
Aznar, que al afeitarse el bigote muestra que es un cocón, se ha reunido con Rajoy para darle unas recomendaciones —ya saben, consejos vendo que para mí no tengo— entre los que destacan un par: que no vaya de crecida y que no baje la guardia. Sabias palabras. El expresidente, desde que se dedica a dar conferencias, hacer como si escribe libros y aconsejar a los que le pagan, está que no caga, de modo que si tiene la solución a la crisis es muy probable también que conozca el futuro de Rajoy e incluso el de la China mandarina. Tarde o temprano nos daremos cuenta de que se ha cometido una pavorosa injusticia con este pequeño gran hombre, a ver cuando llega el Tribunal de la Haya y la repara.
Mientras tanto, las huestes del G-8 se reúnen plácidamente en la Italia del Caballerete Berlusconi —otro que está pidiendo justicia a gritos—, y las universidades de aquella república bananera se hacen publicidad en los medios de comunicación de manera sangrante: mediante cuatro jacas en plan velinas. Menos mal que los cientifícos han conseguido al fin que, de aquí a unos años, se pueda prescindir por completo de los hombres —en lo concerniente a procrear—, lo que supone un alivio. Otra cosa es que consigan bajar del machito a los especímenes más peligrosos.
Por lo que cuentan, originar esperma a partir de células madre ha sido un éxito. Los zánganos de la colmena, que son unos desagradecidos, en vez de estar de enhorabuena comienzan a bramar desde los púlpitos diciendo que el avance es un contradiós. Sin embargo este hallazgo, y la evolución que pueda darse con los fármacos de la longevidad —como la rapamicina, que alarga la vida mamífera en un 30%—, sería un magnífico complemento de otros que ya están en el mercado y que se venden como churros. No hablo de la clásica viagra, cuyo derivado femenino es un auténtico fiasco, sino del que permite a los eyaculadores precoces que les dure la farra durante la friolera de cuatro minutos. Menos da una piedra.
La verdad es que este planeta, y su parasitaria comunidad de simios, no termina de sorprender a los incautos. Dejamos que la peña se muera de hambre pero queremos vivir más y con menos responsabilidades, aunque siempre en ángulo recto. Se puede dar la paradoja, como en la leyenda urbana que circula por internet, que gracias al alzhéimer no tengamos ni idea de qué hacer con los genitales, pero que las industrias farmacéuticas continúen fundiéndose millones en investigar los misterios hidráulicos. El sexo masculino mueve tal pastón que los espías no dan abasto, así que si se pierde un día cualquier píldora en un laboratorio no se extrañen cuando oigan que es culpa de Al Qaeda. Peor que fuesen extraterrestres.

«Maestro»   |   «Flo»   |   Conciencias tranquilas

 

Catagelofobia

Julio 9, 2009

De la misma manera que a veces se te hiela la sonrisa en la cara, existe una fobia que, al escuchar cómo se ríe alguien, te empuja a creer que las personas que se divierten —por ejemplo— oyendo un chiste, no tienen sentido del humor sino que se están partiendo el culo en tu propia cara. Esta sospecha, que produce mala leche o enferma a la gente que se cree sana, salta como un resorte similar al de los celos. En sujetos afectados por la catagelofobia, el descuajeringamiento, la flojera y el encane de los demás les hiere en lo más hondo y es tan difícil de reprimir esta sensación que a menudo les coloca en situaciones incómodas. Un asunto es pensar que ciertos individuos se lo están pasando en bomba a tu costa y otra muy distinta que sea cierto. Aunque en estos tiempos que corren nunca es posible del todo averiguar hasta dónde llega la guasa y dónde empieza la mala fe, los entendidos en la materia aseguran que casi un 2% de la población ha sufrido graves humillaciones en su etapa escolar o durante el trabajo asociadas con malévolas carcajadas. Dicho trauma repercute en estas personas haciéndoles concebir el humor como una burla sin gracia, no sólo les genera sonrojo sino un miedo profundo a las consecuencias. Los grandes maestros del terror cinematográfico llevan décadas utilizando las alegres cancioncillas de los niños para construir situaciones de pánico, así que tampoco es tan complejo de entender el drama que viven estas personas cuando interpretan la risa ajena como la antesala del infierno. En todo caso, que consigan recuperarse y asistan a un espectáculo de payasos con cierta normalidad depende del grado de agobio y la magnitud del cachondeo. El gremio de los psiquiatras, de todas formas, no cuadra el círculo de esta fobia. Una parte de los profesionales amplía su cobertura hacia el miedo al ridículo, aunque muy exacerbado.
Para llenar folios y espacio informativo dicta la costumbre que hay que tirar de archivo, pero se desconoce por qué un teletipo de agencia consideró tan importante los estudios realizados, ni más ni menos que el año pasado, por el profesor Yoji Kimura. ¿Cuál será la causa que induce a los periodistas a abrir un telediario con tardanos reportajes sobre el sentido del humor? Supongo que el detonante es la crisis y, como es habitual, la necesidad que tienen los jefes de que cambiemos nuestro estado de ánimo. Si nos resulta imposible, conviene saber que nuestra mollera funciona defectuosamente, de modo que hágansela mirar por un especialista. No hay comportamiento ni conducta que no sea susceptible de un diagnóstico en la psiquiatría moderna. Hasta los más simples comprenden que es bueno reírse y que, aún faltándonos otros músculos —tal vez debido a un accidente de tráfico— resulta muy terapéutico ejercitar los faciales. Hay que evitar el ir como un amargado por la vida, esforzarse en contemplar el vaso medio lleno y encajar con arrojo los golpes. La vieja táctica de tomar las preocupaciones a guasa, tan enternecedora cuando un problema carece de solución, es igual de contagiosa para la comunidad que una dosis de mala baba. Imaginemos pues que nos da lo mismo ocho que ochenta, que todo nos resbala. Y si alguien de verdad se ríe de nosotros no le demos mayor importancia. Tal vez hayamos sufrido de pequeños una humillación, así que aguarden ustedes a ver si se les mean en la oreja o son alucinaciones suyas.

«Mamá ha vuelto» | «Los turistas»
Las triunfantes campañas del capitán Cudney

 

Lentamente, como en las películas de la selva, la comunidad autónoma se hunde en las aguas movedizas. En vez de oír el característico alarido de Tarzán, anunciando que acude en nuestro auxilio —brincando de liana en liana—, contemplamos atónitos una alucinación institucional. Con el fango al cuello podemos ver que las gentes del consistorio zaragozano, en la orilla seca, se afanan en perdonar a los curas millón y medio de euros en los impuestos de sus inmuebles y que un puñado de rusos, varios kilómetros más allá, se frotan las manos pensando en el pelotazo que van a dar vendiendoles a los chinos un cacho de la antigua General Motors. Desde el barro apenas se distingue al presidente de gobierno, que en vez de quitarse la chaqueta y remangarse la camisa, lleva alejándose de su poltrona autonómica desde hace meses, cuando anunció que no volvería a presentarse a las elecciones y que estaba terminando una larga etapa de su vida política. Cuenta la leyenda, además, que en un perdido erial de los Monegros, cuatro desgarramantas consiguieron de los diputados que las Cortes legalicen un extraño chanchullo y que una vez aprobado el despropósito nadie sabe cómo ni por dónde sonarán sus flautas. Salta a la vista que no servirá para sacarnos del lodo, sino para freirnos un poco más en esta rusiente sartén sembrada de mosquitos y alimañas.
Frente a la desidia y el desamparo que nos rodea cabe suponer que todo este cacao no es fruto de la nulidad de nuestros dirigentes, sino una actitud provocada. Es el único recurso intelectual que nos queda ante tanta idiotez. Pensar que los políticos más cercanos, en vez de maniobrar de alguna forma para paliar este hundimiento, lo único que hacen es apañar sus negocios y lucir sus carreras, supondría meter en el mismo saco a demasiada gente y ya saben que está mal visto echar pestes del sistema. Entre otras razones porque no hay otro de recambio, y si lo hubiera seguramente no permitiría siquiera que nos quejásemos un poco. Así que hay que entender que esta dulce y parsimoniosa manada, pastando desde la hierba y a la sombra de los árboles más frondosos, hacen «humanamente» lo que pueden —o lo que les dejan— para resolver nuestra situación, porque la suya no corre ningún peligro.
Preguntar al ignífugo súper Biel —vicepresidente de la comunidad— es un recurso agradable para matar el rato, ya que siempre está dispuesto a soltar parábolas simplonas que cuelan fácilmente en los periódicos a través de los titulares. Ladeando un poco pues la cabeza hasta sacar los morros del cieno se atreven los periodistas a solicitar la opinión del sujeto, no porque vaya a contar algo interesante sino para solaz y disfrute de los náufragos mientras se van ahogando en el barro.
Se lo encuentran en camiseta de tirantes y pantalón corto, correteando torpemente por un frontón imaginario, una parcela que el mismo se ha mandado construir en los ribazos del lodazal y desde cuyo cemento, pala en mano, dice que ejerce como zaguero. Al escuchar un murmullo extraño que provenía de las aguas movedizas, extrajo un pañuelo ajedrezado, se secó el sudor de la frente y acudió a explicar a los moribundos cuál era su alegre cometido en este bacalao.
Afirmó el patán sin mover un dedo que si algo tiene claro es que ejerce su cargo cuando él lo decide (sic) y que si ahora está negro es porque estos días se los ha pasado en la playa (también sic, o sea, literalmente transcrito). Por si no le escuchábamos con nitidez a esa distancia desde la ciénaga, el hombre, muy campechano, se acercó todavía más, depositó su cachirulo en el suelo y sentó en la tela sus nalgas para soltar, a modo de confidencia, que en sus tiempos mozos fue un gran zaguero del frontón. Que desde atrás se ve todo el campo y que los buenos jugadores son los que lo ven todo (resic). Los cadáveres que había por allí no tenían fuerzas para cuestionar sus palabras, y yo tampoco, máxime cuando noté que un sapo comenzaba a croar subido en mi mollera.
«Si en política no conoces todo el escenario —continuó hablando muy ajeno al panorama— y no controlas toda la cancha, es que no eres un buen político y no llevas treinta años en esto». Los presentes, sumidos en el pantano hasta las narices, éramos incapaces de preguntar para qué diantres servía un individuo que ni siquiera tenía la ocurrencia de acercar la pala que llevaba en la mano y sacarnos del charcal, aunque fuese a rastras. Pero tan pagado estaba de sí mismo el jugador en su frontón, que al no escuchar aplausos, creyó que se había quedado corto cuantificando sus virtudes, de modo que en nuestros mismos ojos, y ante el estupor reinante, decidió convertirse en un satélite artificial. Tal vez así cayésemos en la cuenta de que le importábamos un bledo y no le daríamos la lata.

«Egipto»   |   Las piedras no flotan

 

El verano es una estación propicia para extender rumores y propagar la información que no llega al kiosko durante el resto del año. Es una época contradictoria donde lo mismo hallan un hueco los intereses económicos más miserables, que salen a la luz los intrincados problemas que acosan a las zonas más recónditas del globo. La razón parece idiota y sin embargo resulta tan obvia que pone los pelos de punta: occidente está de veraneo. El gremio periodístico echa la persiana durante las vacaciones, dejando en la redacción, para que se ocupe de todo, a un puñado de becarios mal pagados y con escasa experiencia laboral. La Prensa, de la que se habla poco en los medios porque no mola poner la lupa al revés, vive de los anuncios y conforma empresas donde los intereses de sus empleados se pisotean tranquilamente. No es un asunto nuevo, al contrario, los antiguos linotipistas, ilustrados y revolucionarios de antaño, gestaron periódicos que hoy se considerarían panfletos y revueltas de sabotaje que se verían actualmente como proselitistas.
La Historia, desde el presente, resulta a veces irreconocible y ofrece el mejor caldo de cultivo para que se desarrollen en internet otras fórmulas informativas. Es extraño que, cuando más se lee y más tiempo hay para ver la tele y escuchar la radio, los periódicos adelgacen y los periodistas de relumbrón concluyan su temporada. Entonces aparecen en escena los dobles. Voces radiofónicas calcadas a las de las estrellas mediáticas ocupan los micrófonos durante las vacaciones. Hay que hacer oreja y escuchar los nombres para entender que habla un replicante y no el original. En los telediarios, donde resultaría más difícil —y más ridículo también— abastecer de profesionales con características idénticas a los líderes del «share» en los informativos, se entra de pronto en barbecho, un pasmo que sólo se alivia durante las citas olímpicas y los mundiales de fútbol, a parte de las vueltas ciclistas y asuntos de similar importancia.
Hemos oído que resulta absurdo que un país se paralice durante el verano, sobre todo en agosto, cuando el turismo es el rey de los negocios en este país y se chapan por norma los tenderetes. La prensa continental, en cambio, organiza anualmente su apagón informativo mediante el uso y aprovechamiento de los recursos humanos a su alcance, lo que provoca contratiempos de toda laya. A excepción de los medios del corazón, donde las noticias veraniegas se multiplican, en el resto del globo parece que no ocurra nada. Cuando la mitad del planeta, precisamente, vive su invierno y las noticias, por mucho que sea verano en el norte del mundo, producen y siembran las agencias de igual modo que en otras estaciones, saltan los clásicos rumores y las más rancias sandeces. Es una época cargada de probatinas, tontadas y desinformaciones.
En un primer plano brilla la banalidad, donde lo mismo cabe el monstruo del lago Ness, los mosquitos tigre o las medusas de la playa. Y en un segundo plano de repente saltan a la palestra las revueltas chinas de Xinjiang, una región autónoma poblada de rebeldes uigures que, igual que ocurrió hace nada con los tibetanos, es aplastada por el gobierno capitocomunista de Pekín sin que nadie mueva un dedo. Son cosas que ocurren, lo mismo en verano que en invierno, aunque los periodistas de éxito descansen a la sombra de un cocotero.
Gracias al verano, y a la alegre mentalidad de surtir a la población con chorradas sin miga ni fundamento, entran por la gatera las más variadas estrategias económicas. La última, y descarada, es la que están vertiendo ciertas empresas de aviación para influir en las leyes y normativas del transporte aéreo. Existe un claro interés en que se monten aviones con sitio para los pasajeros que deseen volar de pie a precios más asequibles y que de seguir en la misma línea podrán viajar colgados de los tobillos como si fueran perniles. Mediante taburetes y cinturones de seguridad, para facilitar su despegue y aterrizaje, ciertos fabricantes chinos estarían dispuestos a montar en las aeronaves tales características si lo permitiese la dirección de aviación civil. Líneas de bajo coste, como Raynair, estarían interesadas. De modo que se lanza la idea en los medios para ir creando una corriente de opinión. Y para calar en la gente con estas argucias no hay una época tan ideal como el verano.

«La otra cara del milagro económico de China»   |   El sueño del astrónomo

 

El final de la fiesta

Julio 6, 2009

La clase acomodada tiene la sensación de vivir en un permanente fin de fiesta, en plena resaca y con un amargo despertar. La choza está hecha unos zorros, con sus botellas vacías todavía rodando por el mármol de Carrara, y los cristales rotos de las copas peligrosamente esparcidos por todos los recovecos de la mansión. La peña más finolis, vip de despacho con vistas, accionistas de alto copete y ejecutivos de ensueño, vegetan zumbados en pleno aligustre o completamente ebrios en mitad del césped, boqueando como salmones a un palmo de la piscina o flotando en el agua como patos de goma. En ese preciso instante, como siempre, es cuando aparece el servicio para hacer limpieza y se encuentra calcetines y zapatos, bragas, condones y hasta rastros de coca en el retrete. Nadie de los allí presentes recuerda una mierda de lo que pasó y si a duras penas se hace la luz en su raquítica memoria emplean las neuronas para apoyarse en un mueble o en una esquina, se palpan allí buscando algo, se recomponen de mala manera, pillan las llaves del coche y adiós, si te he visto no me acuerdo. La recesión es para ellos como una jaqueca.
La jet, al día siguiente, pasa revista a las caras guapas y marca con un rotulador fosforito a los que se han quedado por el camino de la quiebra, los que de ahora en adelante estarán «out», fuera del círculo. En el top del despilfarro no hay medias tintas: se vive a lo grande o se desaparece. Por eso alucina esta chusma cuando oyen hablar de las velinas, durante la última rebelión de las escort, en el tacón mismo de Italia. No entienden que simples cuerpos danone, putillas de usar y tirar, acaben por irse de la lengua y poner en jaque a un gobierno. Aunque sea el de Italia, que es lo mismo que hablar de la mafia.
Que un Caballerete como Berlusconi tenga un harén es un síntoma del descaro y la decadencia a la que llegan los lacayos de más confianza. Los mayordomos de la aristocracia económica —los políticos— en lugar de hacerles la cama, copian sus costumbres al viejo estilo de los patricios y a fuerza de encontrarse carteras y enterarse de sus miserias, consiguen hacer fortuna. El ilustre patriarcado que aún rige los negocios europeos, contempla atónito a los gobernantes. Tendrían que limpiar sus carroñas con lealtad, dar ejemplo de una sensatez que brilla por su ausencia y abrir las puertas con rapidez a nuevos dispendios. Pero durante una época de vacas flacas no sólo se suben los sueldos sino que meten mano en sus empresas, apañan pelotazos y subvencionan a los bancos para controlar nuevas parcelas de poder, negando encima cualquier responsabilidad. La clase pudiente comprende tarde que le han crecido los enanos. No es que regrese la economía sumergida, es que las mafias devoran ya hasta los tiernos brotes de los setos que rodean las urbanizaciones de los ricos, circunstancia que indigna a la gente de bien y les genera una ansiedad rayana en la agonía. La pérdida de terreno es tan evidente que les roban en sus propias narices, lo que les produce una impotencia horrorosa.
Pero no nos engañemos. Da igual que surjan revoluciones o galopen las más agudas recesiones económicas, cuando termina la fiesta florecen las oportunidades para los nuevos jefes y se abre siempre una puerta para que el servicio limpie el desastre. La riqueza no entiende de dogmas ni de leyes. La pobreza, en cambio, se las conoce de memoria.

«Álvaro Díaz Palacios»   |   «A cuatro manos»   |   Negocios

 

Tacita de bonka

Julio 4, 2009

Cada cual tiene su momento «tacita de bonka», ese ratito donde se abandona al relax y se olvida de sus preocupaciones. Eloísa, de apenas veinte años —otra de las vecinas que constantemente se sumergen en agua al otro lado de mi tabique—, le gusta emplear su tiempo en viajar del entresuelo al ático calzada con chanclas y cargando sobre sus hombros una larga toalla de colorines. A las dos y media de la tarde, aproximadamente, y cuando el sol golpea de lleno en los ladrillos de la antigua ortopedia donde vive con sus compañeras de piso, cierra la puerta de resbalón y comienza a subir las escaleras con mucha parsimonia . Desde mi despacho se escucha nítidamente el ritmo desacompasado de su cojera, no en vano arrastra una pierna, creo que la izquierda. Agarrándose a la barandilla va construyendo Eloísa por los escalones del inmueble una melodía muy especial.
Esta mañana, a la hora del café, le he preguntado a Jenny —la que se sobra cuatro pueblos con el cristal— a dónde iba su amiga a semejantes horas y con la chicharra que pega. Ella me ha dicho, con la falta de vergüenza que le caracteriza, que no era asunto de mi incumbencia y acto seguido se ha puesto a chatear por el ipod que cuelga de su ombligo. No hay acicate mayor para un chismoso como que le nieguen la información. Soy consciente de que en lo más alto del edificio, un bloque de más de sesenta años que acaba en la cuarta planta, no existen espacios comunes. No tenemos un tendedero en la azotea, así que Eloísa, una mujer tímida y poco dada a enseñar el tipo en una piscina pública, difícilmente podrá encontrar su «tacita de bonka» en el ático, salvo que haya hecho amistad con alguno de los vecinos.
Por lo que he podido averiguar, Eloísa estuvo a punto de perder una pierna en Caracas, cuando le arrolló un isocarro que se subió a la acera. Desde entonces le desagradan profundamente todas aquellas palabras que empiezan por ese prefijo griego que, sumado a cualquier concepto, atribuye cierta igualdad terminológica a los principios que describe. Desde la isobara al isótopo, pasando por el isósceles o la isotermia, la perfección que entrañan los vocablos recuerda a Eloísa el accidente que sufrió en Venezuela, cuando su belleza adolescente se vio truncada por la maniobra estúpida de un repartidor y toda su vida, que hasta entonces era isocrónica, se convirtió de pronto en una realidad clandestina. Ésta es la razón por la que Jenny se niega en redondo a ofrecer la más mínima explicación en torno a las andanzas de su compañera de piso. Y mucho menos en verano. A duras penas se mantiene entre ellas la isoquimenia cuando llega el invierno, porque es bien sabido que los cojos, al igual que los sordos, no tienen buenas pulgas. Tuve que extraer la información a uno de los teleñecos, el más alto, que todavía conserva intactas tres o cuatro neuronas.
Volviendo de la cafetería me encontré al teleñeco alto sentado en la escaleras del rellano, justo a la entrada, detrás del cubo de la basura y con la vista perdida en la esquina superior del portal, donde una araña iba tejiendo su trampa cerca del cajón de los contadores. A menudo hacía guardia en aquella zona como si se tratara de un masai de Bujaruelo, esperando que asomara la testa alguno de sus inquilinos para darle la brasa. Pero con las lluvias ciclónicas que anoche azotaron la ciudad era evidente que se le habían aguachinado los circuitos. Lo noté en que se pasaba un pañuelo por el morro varios minutos después de que se le hubiera caído la baba, la cual iba formando una masa viscosa en el escalón que yacía entre sus piernas. Era el momento idóneo, su particular «tacita de bonka», para sonsacarle al abuelo unos cuantos datos y ponerme así al cabo de la calle. Ni por un momento se me pasó por la cabeza que estuviera teniendo una bajada de azúcar.

«En el monstruo de la Vía Láctea»   |   «Encuentros en el fin del mundo»

 

—¡Papá! ¡Papá! ¿Qué haremos este verano?
—Pues vamos a hacer el baño, la cocina y el cuarto de estar— contesta el papi a su nene muy ufano—, no veas lo bien que lo pasaremos dándole estuco a las paredes y metiendo después unas manitas de pintura.
Parodiando un anuncio de bricolaje, éste es el panorama que aguarda al nuevo jefe de los espías peninsulares tras la dimisión del titular anterior, un civil, de los dos que ha tenido el centro de inteligencia, y que ha dejado el servicio hecho unos zorros. En un país de países —como Spain— el mero hecho de hablar de espionaje es un chiste de humor negro porque supone remitirnos al chismorreo y el chivatazo, conductas heredadas de la dictadura. Cuando el verdadero enemigo era interior y además llevaba las riendas, se consagró el terrorismo de Estado y las alcantarillas del poder funcionaron a pleno rendimiento. Fue una época consagrada a insignes profesionales, desde los ya extintos serenos, los porteros —ahora en vías de desaparición— y los taxistas. El soplo llegó a forjar una red paralela de información de la que hizo uso y abuso la policía armada. Ese caudal de cotilleos ataba en corto a la población y convirtió a los delatores en seres ruines y fangosos, pagados a base de vistas gordas y sinecuras, pero en la calle fácilmente señalables y de mala prensa en el ámbito popular. La cantera de unos cuantos anacletos nació en esta rue del Percebe donde era fácil prosperar mediante el estraperlo y las componendas, lo que originó una estructura de comunicación que todavía arrea.
Es en el ámbito vecinal, debidamente actualizado con el transcurso de los años, donde el Centro Nacional de Inteligencia mantiene su fama internacional. Sus mayores éxitos contra ETA se deben a esta vieja fórmula, a medio camino del super agente 86 o Mortadelo y Filemón, donde la incursión de gentes comunes y corrientes ejerce una labor impagable como gargantas profundas del sistema. El espionaje simbiótico, donde los sentidos de un tendero adquieren una importancia vital, es el espacio más lógico del CNI. Su capacidad para llegar hasta el retrete mismo del enemigo nunca ha sido bien ponderado, sobre todo en una época en la que prima la imagen del espía acróbata, un extra de efectos especiales, tecnológico y brillante hasta la náusea. No hay nada más estúpido que un agente secreto aquejado de narcisismo.
Los espías peninsulares se venden por cuatro perras en el extranjero y hacen su labor levantando piedras y husmeando en las cerraduras. Buena parte de las metamorfosis afganas e iraquíes han sido llevadas por espías turcos o hispanos, siempre en la sombra. De la misma forma que los militares más valorados en las escarpadas cordilleras de Asia son los muleros de la Legión, en el intrincado mosaico del Líbano tener a pie de obra un espía murciano no tiene precio. Desde luego, el prototipo del agente peninsular no es muy fotogénico, sus maneras distan mucho en los espacios más chic de la diplomacia y fuera de su hábitat tradicional cantan a la legua. Es obvio que sus jefes provengan de territorios tan extraños como la ingeniería de montes, como si tuvieran alguna querencia, aunque sea de índole psiquiátrica, con los maquis. Es coherente que al final de su carrera incluso les dé por meter a media docena de sobrinos en la CIA hispana o alimentar su cartilla de ahorros mediante fondos reservados. La especialización civil del espionaje tiene estos inconvenientes, pero es un error devolver la jefatura al campo militar. Lo mismo que jugar al 007.

«La estupidez humana»   |   86 y 99   |   El clásico de Ibáñez

De uso tópico

Julio 2, 2009

Nadie llega al mundo con un pan bajo el brazo, ni siquiera con un manual de instrucciones, por eso la vida es tan compleja y al mismo tiempo tan atractiva. Si la realidad fuera sólo de carácter industrial, o sea, basada en vender y comprar, desde luego todo sería más simple pero más aburrido. Existe, sin embargo, una terca y marcada propensión no sólo a etiquetar cualquier producto sino a ofrecer un anexo explicativo del acceso, virtudes e incluso efectos secundarios de cualquier mercancía. Lo mismo da un limón que una pomada. No me extraña que se vendan camisetas con la palabra frágil escrita en la pechera o calzones con la leyenda que sugiere al benefactor un «uso tópico» del contenido.
En plena época de permanentes rebajas, igual que acudimos al súper y pillamos cuarto y mitad de tajo bajo, podríamos pedir también en la botica que nos envolviesen la misma cantidad pero en emociones concretas. «Déme un kilo de asco y cinco dos centilitros de alegría», por ejemplo. Si llevamos la debida receta es muy posible que le recorten el código de barras a unas cajitas de cartón y que tan rícamente nos llevemos varios sentimientos a domicilio. Aunque sean frustrantes y tengan aspecto de timo. El timo suele venir en forma de comprimidos que, una vez en el bolsillo, no irán partiéndose de la risa por el camino ni tampoco soltando pestes, porque la prescripción facultativa sólo garantiza la felicidad o el hastío que nos faltan mediante la correcta ingestión de unas pastillas. Nada más. Y a veces ni siquiero eso. Aunque los resúmenes que acompañan al medicamento no sugieran otra cosa que tirar el compuesto a la basura, las empresas farmaceúticas están empeñadas en que comprar un pernil o unas chocolatinas sea lo mismo que intercambiar dinero por pirulos. Los fabricantes, para curarse en salud, vaticinan tal número de desastres —desde una ceguera a la epilepsia, pasando por una embolia y hasta caer de rodillas en un coma profundo— que desde luego no animan lo más mínimo a pasar las grageas por el gaznate. Pero vamos, tampoco es el único mal que aqueja al sistema capitalista.
Si para hacer frente a esa bendición divina llamada apagón analógico, hemos decidido caer en la trampa de comprar un receptor de TDT, en seguida comprenderemos que es peor leer el manual de instrucciones que acompaña a dicho artículo que olvidarnos completamente de que existe un prospecto. Primero, porque en los papelotes emplean un código expresivo que, salvo iniciados en la materia, les sonará a chino. Y segundo, porque en realidad está escrito en chino y la traducción es tan automática que ni un robot de google podría explicarse peor. Así que ingénieselas como buenamente alcance, al fin y al cabo es lo que tendrá que hacer si quiere amortizar el gasto.
Tal vez sea usted de los que se compran unas sandalias y necesita que le digan que se las ponga en los pies, nunca en los codos o en las orejas. Tal vez piense que nadie nace aprendido y que es menester hojear el epítome, el enquiridión, el prontuario o el vademécum correspondiente para hacerse un cróquis. Al problema del entendimiento, los coeficientes intelectuales, la timidez, la inseguridad o incluso la baja autoestima, se añade la absurda existencia de un gremio, de lo más prolijo y decadente, que se gana la vida creando panfletos comerciales. Este conjunto tan disjunto de individuos, lejos de haber recibido una orden internacional de busca y captura, campa a sus anchas por todo el planeta. Tengo la triste impresión de que comenzaron su singladura escribiendo prólogos para los libros, a veces incluso mayores en longitud que los textos que precedían, y han terminado explicando el funcionamiento de un ventilador, una olla a presión y hasta una simple bombilla. El asunto se les ha ido de tal manera de las manos que sus comentarios y disquisiciones no sólo resultan incomprensibles sino que ofrecen además al usuario ideas absurdas. Tras adquirir un martillo pilón nos advierten en grandes pliegos que puede ser doloroso golpearse con él en los genitales. Nos previenen de que sería mortal para nuestras mascotas centrifugarlas en la secadora. Nos avisan, en definitiva, de que no perdamos el tiempo leyendo sus sandeces.

«Sentidos sin sentido»  |  Sinestesia  |  La liebre y la tortuga

 

La sopa primordial

Julio 1, 2009

Tras la estúpida tormenta veraniega de ayer, me he levantado hoy con la resaca de un sueño inmaduro y con la sensación de estar reconociendo el terreno. No había un charco y la alerta amarilla, dictada por la socarrina reinante, continuará hasta el sábado, jornada en la que según presumen los meteorólogos reaparecerá el cierzo. La gente, todavía enajenada, se desplazaba por las aceras con otro aspecto, como si las cuatro gotas que han caído pudiesen nivelar las ojeras. Y prosiguiendo las obras en mi calle, justo en mi ventana, he de reconocer que escribo bajo los efectos del gas ciudad y del martillo neumático, en cuya yuxtaposición lo mismo se adivina una desgracia que la rotura del tímpano, siempre agradable cuando estás a punto de cometer un asesinato o colgarte de la cisterna del retrete.
A Junior, el autor de este suplicio, le importa un carajo lo que piense el vecindario, bastante tiene con meterse caña en medio de la canícula. De veinte tacos y surtido de tatuajes, está defecándose en todas las vírgenes y los santos que se le ocurren mientras va colocando, a duras penas, un voluminoso tubo retráctil y encarnado dentro del pozo que abrió ayer junto a la cabina telefónica. A estas horas su camiseta negra de tirantes está perlada de sudor. El sudor se mezcla con la arena, el polvo y el ruido creando una sustancia pegajosa que tiene la virtud extraña de inflar todavía más su desarrollada musculatura, esa cadena montañosa por donde se extienden varias cicatrices, una cinta de cuero flexible y dos esparadrapos. Hace media hora se ha detenido un instante para ingerir de un solo sorbo un litro largo de agua mineral, encenderse un pitillo y charlar quince minutos con el encargado. La conversación giró en torno a Michael Jackson y «el mejor empleo del mundo», convenientemente regada de «cos» y «hostiaputas», aludiendo a la chicharrina inaguantable y volviendo de rato en rato «al asunto» de tomar medidas y previsiones respecto a la faena. El tema de Michael Jackson, que es la comidilla universal, lo sacó el encargado, un tipo enjuto y de camisa a cuadros abierta hasta la pechera, en cuya boca, mientras largaba, se iba moviendo un mondadientes. Al fulano le parecía una alucinación que un chaval de tanto porvenir hubiese terminado más pobre que una ladilla, con unos hijos que no son suyos, con una madre de las criaturas que ha resultado no ser la auténtica y descubriéndose que el padre no es el mismo bailarín, sino al parecer su dermatólogo, un zutano sin principios. El encargado, que se llama Juanjo, intentaba mediante esta cháchara, aconsejar al joven Junior (valga la redundancia) de que se echara una novia decente y se fuera olvidando ya de tocar la guitarra, que el artisteo no ofrece otra cosa que disgustos.
El mozo, no dándose por aludido, sacó a colación que a él, en realidad, lo que le hubiera gustado es ganar el concurso del «mejor empleo del mundo». No le habría importado pasar un tiempo en una isla australiana, echando fotos y contando en Internet que era una preciosidad vivir allí, bajo un cocotero y dando de comer a los peces. Sobre todo si te pagan cien mil euros por perderte durante medio año en el quinto pino, «co» —y a cuerpo de rey—, lo que vienen a ser unos dieciséis mil y pico al mes. «Hostiaputa». Y todo, «co», por sacarte los mocos a la orilla del mar. A Juanjo, semejante noticia, le hizo juguetear de manera inconsciente con su alianza de casado. Jamás se le hubiera ocurrido que nadie pudiese pagarle a otro con el propósito de que fuera dando tumbos por una isla igual que Robinson Crusoe. Pero no supo discernir si las ilusiones del chaval que regresaba a la zanja eran un avance o un retroceso para su crecimiento personal.

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Mis pequeños momentos

 

Segundo plano

Junio 30, 2009

La atención de los seres humanos es muy relativa. Podemos observar cualquier fenómeno con un detenimiento extraordinario y en décimas de segundo, mediante el vuelo fugaz de una mosca, reparar en un suceso sin relieve que disipa toda nuestra concentración. En ciertas ocasiones somos tan evidentes en nuestra morfología que resulta sencillo alterar el orden lógico de las acciones. Durante los rituales públicos, cuando se exige un comportamiento y se marca una conducta, para reventar el protagonismo de quienes trabajan en primer plano basta con ejercer de insecto. Como en todas las estrategias humanas, las que mejor funcionan son aquellas que atraen la mirada sobre uno mismo de manera tan convincente que resultan genuinas, sin trampa ni cartón. Si somos capaces de desarrollar una acción alternativa lo suficientemente ingeniosa como para desplazar el protagonismo hacia otro contexto, una aburrida conferencia puede concluir por ejemplo en un espectáculo circense. Hemos presenciado en ocasiones que parte del público que asiste a una asamblea se levanta de pronto dando gritos y se despoja de sus prendas, mostrando así las que lleva debajo y en las que pueden leerse eslóganes y consignas, soflamas que, mediante un truco publicitario de alto impacto, se abren un hueco en los medios de comunicación, un espacio gratuito que de ningún otro modo podrían comprar y que les sale gratis al manifestarse como una protesta. Las fuerzas de orden público y los encargados del protocolo se encargan de que los acontecimientos deriven por los andurriales correctos, da igual que se trate de un juicio o de un parlamento, cualquier acto público exige un respeto formal y a quien no le guste ya sabe de antemano dónde tiene la puerta. No es tan sencillo, en cambio, evitar las disensiones en el seno de los asistentes. De igual modo que en un concierto de música clásica puede sobrevenir un virulento ataque de tos, durante una imposición de medallas le puede llegar a alguien un paro cardiaco. Los seres humanos somos mortales, y por lo tanto imprevisibles. Además hay foros de mucho ringorrango, democracias que en realidad esconden tiranías, y sólo te das cuenta después, cuando aparece un generalón y secuestra al presidente. Viviendo en una época de apariencias es muy facil dar un golpe de efecto, lo complicado es que resulte creíble. Un profesional se maneja con la sencillez de una mosca y mediante gestos muy precisos genera acciones distractoras y simultáneas, pero actúa en grupo y resulta caro de pagar. El reventador perfecto sin embargo desconoce su condición. Simplemente ha sido invitado a un acto y en consonancia con su naturaleza terminará por dormirse en primera fila roncando a mandíbula batiente, dedicándose a ligar de manera ostensible o generando sucesos de inexplicable torpeza Depende de la categoría del sujeto y de su asociación con lo que ocurra en primer plano, que la presencia de un reventador perfecto, frente a cualquier profesional, resulte devastadora. No sólo para su imagen pública sino también para el prestigio de los más allegados, que no saben ya si pretarle el cuello o pedir que se los trague la tierra. Se gasta demasiado tiempo y dinero en desmoronar actuaciones públicas, cuando sería más sencillo invitar al marido de la ponente, a la querida de un tercero o a un pariente con ojeriza. El escarnio, cuando surge de manera espontánea, es tan efectivo como una revuelta.

Según el color del cristal   |   La pareja cómica