Cambiar de vida
Febrero 9, 2010
Lo positivo de esta crisis es que se te rifa el casero. Un casero profesional, un tío Gilito, de los que pasan el rato viendo cómo procrean los billetes de banco en sus cuentas corrientes, si eres buen pagador te llama por teléfono y te baja el alquiler. Para que ocurra un suceso tan paranormal como el que cito basta con insinuar que te largas y el culo se le hace pepsicola. En otra época era impensable pero ahora es un fenómeno corriente. Subir el pago de los inmuebles se ha convertido en una hazaña. El IPC no se cantea y las entidades financieras, a fuerza de embargos y subastas, les están comiendo el terreno a los viejos especuladores de siempre, de modo que se ha creado un panorama nefasto para su negocio, donde la oferta supera con gran holgura a la demanda. Aunque los amos del monopoly desconfían hasta de su propia sombra tienden a acoquinarse frente a los cambios y prefieren lo malo conocido a lo bueno por conocer. La ocasión la pintan calva.
De espaldas
Enero 19, 2010
Hay múltiples maneras de encontrarse a la gente, pero a mí me encanta no topármelos de bruces sino de través, canto o perfil, y mucho mejor si descubro a alguien sin que se dé ni cuenta. De espaldas puedes decidir si te apetece o no establecer las clásicas conveniencias de un saludo. Saludar es como desear la salud ajena, que siempre es un acontecimiento barato pero incómodo, porque nos recuerda que tarde o temprano la vamos a diñar y a casi nadie le apetece. Esa es la razón por la que me deprime visitar enfermos. Me encoge, literalmente, contemplar la desgracia ajena. Enseguida noto que el jersey me viene holgado, y no es por un exceso de sudoración o que me haya dado por adelgazar de repente, sólo siento vergüenza de estar sano. Por eso aconsejo a la gente que se cuide, no me gustaría acudir a su domicilio y menos aún aquejado por el síndrome del increíble hombre menguante. Encontrarme en esa tesitura es para mí tan desagradable como escuchar que un conocido estuvo a punto de saludarme en la calle, pero al verme distraído y de espaldas, embebido en mis pensamientos o absorto en las musarañas, prefirió no entrar al trapo. ¿Acaso sintió que estaba enfermo?
Para resolver el problema suelo preguntar en estos casos a dicha persona dónde se produjo el desencuentro — hora, día y lugar— mientras busco detalles en mi memoria y averiguo si era yo el que estaba allí o se trata sin duda de una equivocación. En ningún instante cuestiono la apetencia ajena de establecer diálogos insulsos. Tampoco me planteo si quizá se produjo en el pasado un episodio tan lamentable como ignoto, cuyo efecto más misterioso sea el de alterar una relación, por nimia que fuese, elevándola al rango de las negaciones de saludos. Para mis pobres entendederas, estas menudencias carecen de interés. Los errores de percepción, sin embargo, se me antojan fenómenos demoledores.
Al no gozar de carnés ni pasaportes que muestren nuestra imagen trasera, un hecho tan triste que de por sí enmarca el nulo interés que los gobernantes tienen por la cordura de la ciudadanía, termino por situarme de espaldas a un espejo y agitando otro más pequeño en mis manos, como si estuviera haciendo señas a un avión, con el propósito de descubrir cuál es mi fisonomía oculta, la que no puedo apreciar al afeitarme. El resultado siempre es incierto. Comprendo que, con tantos millones de habitantes que pueblan el planeta, resulte fácil hallar un doble, pero de espaldas seguramente tendremos cientos de réplicas. Cualquiera nos puede tomar por otro y creer que somos pródigos, desaparecidos o incluso cadáveres que andan. Sin saberlo podemos estar debiendo una fortuna o —nunca se sabe lo que es peor— reflejar la imagen de un personaje tan abyecto que su mera presencia despeja la acera de transeúntes. Quién sabe si hicimos daño a conciencia o sin querer, quién sabe si proyectamos a nuestras espaldas la estampa de un torpe o de un forajido. Cualquiera puede pensar por un momento que estamos pillando un resfriado o que, de haber sufrido un accidente y haber perdido un miembro en el desastre, pudiésemos recuperarlo de pronto como si fuera un recortable. Vistos de espaldas somos tan difusos que producimos vértigo y cualquiera, en el más sorprendente de los casos, podría tomarnos incluso por nosotros mismos.
Desesperanza
Enero 18, 2010
La indignación está dando paso a la desesperanza, aunque es difícil saber si sufrimos por reflejo o gracias a la provocación. Hace unos años colocabas un téster en cualquier cerebro y echaba humo, en cambio ahora ni se mueve la aguja. Las encuestas no prestan la más mínima atención a la política. La confianza en los representantes no está por los suelos ni aburre a las ovejas, sencillamente no es tema de conversación. Tan sólo los radicales, es decir, los afiliados y creyentes de siglas partidistas, le dedican al asunto varios minutos e intentando no hacer proselitismo, porque resultan cargantes y han perdido la credibilidad. Como la mayoría de la población está saturada de palabras y buenas intenciones, se deja llevar por las imágenes. No hemos llegado a ver en nuestras calles que arrastren a un sujeto por las piernas y le prendan fuego, Europa no es Haiti. Mediante una simple comparación podemos decir que nos quejamos de vicio. Puestos a encontrar semejanzas resulta que en este estúpido juego de rol que es la existencia nos ha tocado vivir en el paraíso terrenal. Sin casa o sin trabajo, incluso viviendo en un cajero automático, es evidente que aún no estamos en el abismo. Existe un margen para el deterioro que los políticos siembran de frases, un precipicio que al contemplar ciertas fotografías nos corta la respiración y espanta el ánimo: entre la penuria más absoluta y la miseria que clama al cielo, el cable de la vida todavía puede tensarse en el Caribe hasta provocar una agonía infinita. Al dolor del hambre le sobreviene de pronto un terremoto, la inaguantable exigencia de sobrevivir a calvarios que se ligan sin esfuerzo, como si un desastre llamara a otro y corriera la voz, dando lugar a la horripilante llegada de tipos salidos del Averno, individuos que te atan una cuerda a los tobillos, te dan un paseo entre los escombros y después te queman vivo. Así es el planeta Tierra, así es el reino de la desolación. Las excepciones que confirman la regla no son otra cosa que un vergel incomprensible, el limbo al que huyen los supervivientes buscando refugio. Un espacio donde ya no existe la indignación.
La cordillera de enero
Enero 7, 2010
Después de gastarnos lo que no tenemos podemos fundirnos lo que podríamos ganar si no lo hubiésemos empeñado hace unos años, pero nos importa un bledo porque llegan las rebajas. Es el momento de darle el sablazo a alguien para que nos preste una pasta que no le sobra y podamos así regalársela al tendero para comprar cuatro chorlitadas que lo mismo encontramos dentro de nada en la basura. O en el colmado de los chinos, que al fin y al cabo es igual. No es que nos encante ir de tiendas, es que nos aburrimos hasta el bostezo. La decadencia es una pendiente que no termina de cuajar. Llevo escuchando el sonsonete de la cuesta de enero desde los años 60, contemplando siempre en el paisaje el mismo repecho, ahora ya de magníficas proporciones y lejos de convertirse en una meseta o conformar un puerto de montaña estable, ha debido crear toda una cordillera. Un farallón, contra el que chocamos como insectos.
Hemos pasado del Caprabo al Día y después al Lidl para terminar en el Aldi, sin darnos cuenta de que tarde o temprano volveremos al mercadillo de siempre, cuyos puestos todavía resisten. Para las clases medias y bajas, la crisis es un fenómeno atmosférico, donde el granizo sigue a las nevadas y el huracán a la niebla. El grosor de la mala suerte se comunica a la tropa mediante el telediario y termina consumiendo a los contribuyentes para crear en su memoria un estado mental. Una vez instalado no hay manera de sacárselo de encima. En el mejor de los casos vivimos instantes efímeros de menor agobio, que calificamos en seguida de bonanza, como si al adjetivarlos de esta forma fuesen a consagrar un cambio de tendencia. La economía se va deslizando mientras tanto hacia el campo de la adivinanza, el lanzamiento de tabas o la insondable lectura de los posos del café, aguantando por inercia y haciendo gráficas comparativas. Hemos pasado del insulto a la pena y del subsidio a la caridad. Aún así seguimos soñando con un próspero futuro, en el que podremos gastar a manos llenas sin preocuparnos de estar en rebajas o en plena temporada de ventas, almacenando productos de moda o absolutamente rancios, sin registrar en nuestras pupilas que este camino no conduce a ninguna parte pero que la vida es el camino y el camino se hace al gastar. Es el gasto, romo e inconsistente, lo que permite mantener la ilusión de que el sistema funciona.
Predicciones
Enero 7, 2010
Me encanta hacer predicciones porque no acierto nunca. O me da por ser pesimista y se me presenta ante las narices un negro futuro o peco justo de lo contrario y el mundo se me antoja un derroche de luz y de color. Este fin de año lo he pasado en plan anacoreta, como si los huesos no dieran para más después de comerme las Antípodas. Es habitual dedicarse en estas fechas a echar un vistazo al pasado, hacer planes de futuro e intentar comprender qué diablos estamos haciendo sobre la faz de la Tierra, pero a medida que se van cogiendo años todas estas cuestiones desaparecen de la memoria, se esconden por la fuerza del presente y te limitas a cambiar de calendario tirando el viejo a la basura. En la basura, con su división por elementos reciclables, te cuestionas incluso si sirve de algo dedicar un segundo a subdividir tus detritus y si no será más conveniente acelerar el deterioro para que llegue cuanto antes el desastre colectivo que, en el fondo, es lo que estamos deseando. El catastrofismo de las películas americanas así nos lo confirma y los líderes políticos —si acaso es posible llevar las riendas de un país y no dejarlo hecho unos zorros, cosa que dudo— no mueven un músculo por remediarlo, de tan bien que viven y lo encantados que están de haberse conocido. La ingenuidad, sin embargo, parece inasequible al desaliento. Nos empeñamos en que la infancia continúe creyendo en las hadas, los reyes magos y el corte inglés, empujándonos a nosotros mismos a correr con los gastos de la ignorancia de nuestros vástagos, que ya no caben en el planeta. Haya crisis o la disfracemos de oportunidad, los billetes de banco siguen circulando por las calles y los televisores emiten anuncios para sufragar la industria del entretenimiento, el cloroformo con el que se amuerma a las gentes. No hay nada más hermoso que observar cómo se aferran los seres humanos a sus respectivos receptores de televisión; aunque no tengan un clavel que colgarse en la solapa, los conservan como oro en paño. Si necesitamos olvidar incluso el presente más inmediato, ¿cómo vamos a predecir el año que viene? Hacer el cálculo más nimio resulta una sandez. Con anuncios o con autobombo, lo único que podemos aventurar para este año que comienza es que los televisores seguirán ejerciendo el papel de chimenea, que continuaremos observando la pantalla igual que los neanderthales consumirse la hoguera, y que desde ella nos contarán lo que les venga en gana con el único propósito de que nada cambie. Es fascinante dejar que corra el tiempo igual que hace el agua cuando sale del grifo. Y ellos, los que tienen la sartén por el mango, lo saben. Aún cabría exigirles que contratasen a buenos guionistas, pero la realidad es que nos conformamos con cualquier cosa.
Paleta de colores
Diciembre 23, 2009
Los británicos están muy preocupados porque vuelve el rosa. O más bien porque jamás se fue y ahora anda este color de crecida, copando los estantes de los comercios y tiñendo las mentes de las niñas de una fantasía antinatural. Será que en el Reino Unido todavía viven del cuento. Se sobrentiende que si los príncipes eran azules, las princesas tendrían que ser rosas. Aunque en la narración original nada se dice al respecto, en la realidad cotidiana, fuera del carnaval idiota de los grandes almacenes, prima una escala de grises tan mareante que el colorido se reduce a una capciosa interpretación de la gama cromática. Desconozco la razón, pero ya de pequeño manejaba serias dudas sobre el tipo de príncipe al que un servidor, en las proximidades de la edad adulta, tendría que responder. Las perdices nunca han sido plato de mi devoción y en el supuesto de alcanzar la felicidad a fuerza de empachos prefiero hacerlo con huevos fritos, manjar gastronómico más sencillo. Tuve también un problema con el azul, aparte de un montón de significativas incógnitas a cerca de la monarquía. ¿Azul cielo o magnético? ¿Hasta dónde podía decolorarse el clásico azul marino, tan aburrido y simplón, que impregnaba a los hombres de los años sesenta? ¿Por qué el color azul tenía que ser por fuerza marino? ¿Sólo era así en el huso horario donde había nacido yo o por contagio había conformado ya una epidemia universal? ¿De dónde iba a ser príncipe un niño que estaba viviendo en una dictadura? Y si —contradicciones aparte— ya existía un príncipe con pretensiones de ejercer a la muerte del jefe, ¿podría en un futuro haber dos?
Nunca lo supe y nadie me lo explicó, en aquella época no se exigía la comprensión ni el aprendizaje de las personas, por infantes que fueran, tan sólo teníamos que asumir los conceptos y aplicarlos de una forma mecánica. En cualquier caso a mí, la idea de ser príncipe, se me antojó una prueba digna de un loco. No alcanzaba a localizar mi castillo, tampoco notaba que mi padre fuera un rey, aunque fuese en el exilio, y no me veía de mayor tan siquiera como cabeza de familia, de modo que se me antojó un suceso harto improbable conseguir en apenas veinte años una herencia de tal calibre que me facilitara el dispendio de una corte y la alegre manutención de una princesa. Almenas y caballerizas aparte, no sería feliz, y todavía menos comiendo perdices, problemas que, para mi asombro, lejos de sumirme en una depresión me abrieron nuevos horizontes.
Ahora que estoy al borde de los cincuenta, soy capaz incluso de asegurar que estoy preparado para que venga una diosa y me retire de la circulación, aunque se empeñe, por ejemplo, en vestirme de rosa. Todavía no se ha escrito este cuento y en el caso de que durmiera en algún cajón y se publicase en el próximo milenio, lo mismo me sigue obligando a comer perdices, con lo indigestas que son, así que el conflicto que tienen los británicos con la paleta de colores comienza a parecerme enfermizo. Tarde o temprano entenderán que aunque la mona se vista de seda mona se queda y que los príncipes azules, de existir, lo mismo son alienígenas. Supongo que se sienten contentos haciendo creer a los demás en estas tonterías, pero las princesas y los príncipes actuales suelen pedir en estas fechas juguetes carísimos. Les gusta la ropa de marca, da lo mismo rosa que azul, porque siempre cuesta un potosí. Amén de la fijación de roles por géneros, el problema de este cuento es que sólo vale para reyes. Si no te ha tocado la lotería, empeñarte en elevar de forma tan sistemática la cifra creciente de daltónicos, al cabo de unos años, cuando crezcan los príncipes sin reino, todo el problema se volverá contra ti como un bumerán.
En tránsito
Octubre 23, 2009
Esta noche vuelo a Londres. Ja, qué más quisiera. No me voy a colocar en la ventana y pegar un salto, tampoco me transustanciaré. No se han inventado los transmutadores de materia. Cojo un trasto de Ryan Air, que más o menos es lo mismo que encerrarse en una caja de chapa y esperar a que te proyecten contra el cielo. El señor Ryan, el dueño de la compañía aérea, no es sólamente el jefe de una empresa sino que, según nos contó Mercia, la intrépida neozelandesa que lleva media vida en Zaragoza, es de carne y hueso. Por las venas del señor Ryan circula la sangre, y su piel es susceptible de sentir al tacto una buena cachetada. Como no lo conozco, tampoco tendré la oportunidad, circunstancia que no impide que se la merezca. El señor Ryan nos obliga a cargar con diez kilos a la chepa —si no queremos pagar una tasa especial— y a imprimirte el billete en tu propia casa. Si te lo expende cualquiera de sus empleados te cobra cuarenta euros. Así es a vida en Low Cost, o traduciendo a los no angloparlantes, así se viaja de baratillo. Supongo que las cartulinas están carísimas, que el Amazonas se está desforestando y que hay que ahorrar. Ahorrar, para algunos jefes, significa que gaste otro. Que gaste el cliente, por ejemplo, así que llevamos todos los billetes en papelitos, bien apretados en un sobre, junto a la tecnología punta, la mega cámara de fotos y el parné. Y que le den al señor Ryan.
Viajar de noche es más económico y de paso te prepara para el jet lag. Yo llevo ya unos cuantos días con el jet lag, o sea, que duermo mal y a deshoras, pero dudo que me sirva de mucho en este tránsito. También llevo en tránsito varias semanas, estoy en un estado semi adrenélgico, trabajando con módems internacionales, instalando el skype y redondeando la página web para la comunicación intercontinental. A ver cuándo damos un salto evolutivo y empezamos a usar la telepatía, sería un alivio.
El problema de preparar con mucha antelación los viajes es que la mente se dispara, y lo mejor es que al anticiparte tanto abaratas los costes. No es plato de gusto llegar a Londres de madrugada, coger un cercanías y plantarse en la city para roncar unas horas en el hotel y conocer después la capital británica. El Támesis, el Big Ben y la Torre de Londres eran paisajes que aparcaba en mi memoria para la vejez, cuando me apeteciese poco salir de casa y conocer otras tierras, pero a veces la realidad se adelanta unos años y te deposita en el futuro rápidamente. Era más económico viajar a Nueva Zelanda vía Londres que salir desde Madrid o Barcelona. Resulta estúpido, pero el sistema económico en raras ocasiones demuestra un poco de sensatez, así que mañana echaremos un vistazo a los londinenses. Tenemos una jornada por delante —hasta las diez de la noche no despegaremos rumbo a Singapur— de modo que podremos agotarnos a conciencia pateando las calles.
Haciendo la maleta
Octubre 23, 2009
Descongestiona, desembota la mollera saber que te vas durante un mes y medio a las Antípodas. Llevo más de una semana sin encontrar un rato para asomarme a estas páginas, sumido como estoy en un montón de preparativos, en su mayor parte de orden tecnológico. Dicen los científicos aragoneses que estamos al borde del precipicio en la cruda materia de la investigación y el desarrollo, que no se invierte un colín en época de crisis y que después, cuando amaine el temporal económico y recuperemos el resuello —si algo así ocurre algún día— lo pagaremos caro. Es una forma como otra cualquier de afirmar que no tenemos arreglo y que fuera del vasto panorama del cemento apenas somos capaces de elaborar nuevas salidas económicas. Los que manejan la pasta se limitan a esperar o invierten en el extranjero y las promesas del futuro, ante la ausencia de expectativas y alicientes, hacen el petate y se largan. Es una vieja historia que se repite de forma cíclica. Los jefes no aprenden. Ni quieren.
Hace varios años que vengo empapándome de tecnologías informáticas confiando en un porvenir más halagüeño, pero estamos en mantillas por estos lares y los conocimientos de los jóvenes superan las posibilidades del mercado. Internet sigue siendo un entretenimiento y en el mejor de los casos ejerce como enciclopedia universal. Está dejando de ser un campo virtual para comérselo todo, así que conviene estar al día. La edad tampoco es excusa, al contrario, tendría que ser un incentivo. Estoy entrando en esa franja temporal donde si te levantas de la cama y no te duele nada es que estás muerto, de modo que ejercitar la neurona —incluso cuando estás en tránsito— es la única forma de no perder facultades y te devore la herrumbre. Hay que seguir escribiendo.
Si nada se tuerce, seguiré publicando desde el otro lado del globo una crónica diaria de mis andanzas por las Antípodas. Esta columna, donde ahora me leen, la ocupará en mi ausencia Patricia Mateo, a la que deseo suerte con la cara oculta de internet, que son las páginas FTP y sus extraños fantasmas. La conocí en Cuarte, durante la batalla de absorber conocimientos y emplear singulares herramientas —el efecto lupa o el lazo magnético nos regalaron episodios formidables—, gracias a un sujeto que impartía la materia con una indolencia digna de cualquier sacristía. Es lo que hay. Con el paso del tiempo fui descubriendo en Patrticia su práctica como lingüista y sus escritos desde entonces me hicieron pasar momentos tan agradables que, cuando le propuse esta colaboración, la noté perpleja. Pocas personas, sin embargo, conocen como ella este cuaderno y según vaya acomodándose entre sus páginas no cabe duda que disfrutaremos con su manera descriptiva de entender el mundo. Y ahora, si me permiten, tengo que hacer el equipaje.
Los misterios inexplicables | La Oficina • Capítulo 26 | «La Torta Amarilla »
Los reveses de la vida
Octubre 14, 2009
En ocasiones resulta la vida tan obscena que no sabes si el destino o la casualidad se está riendo de nosotros. Hay personas tranquilas, relajadas en una existencia pacífica y sin el menor asomo de tragarse el mundo, que de repente se ven vapuleadas por las circunstancias y se encuentran en el ojo mismo del huracán. Observan los problemas como si se trataran de una maldición y se resisten con uñas y dientes a encajar su carácter en un parámetro que transtorna sus costumbres y modifica su comportamiento. No se ven actuando de manera irreflexiva, salvando las situaciones a base de intuición y corriendo de un lado a otro resolviendo entuertos. Otras personas, en cambio, no aguantan dos horas sentadas frente a una mesa realizando tareas de escritorio, se desesperan ante la inacción y entran en barrena imaginando que toda su existencia pudiera desarrollarse entre cuatro paredes. Elaborar planes que otros ejecutarán resta pimienta a la vida, de modo que se sienten engañados al recibir un castigo injusto por su apasionada dedicación. Son los eternos protagonistas, los que quieren tener la sartén por el mango y al mismo tiempo freirse como un huevo en el aceite hirviendo.
Ambos modelos de seres humanos, los extremos de la personalidad, ven de una sola manera el rumbo de los acontecimientos y se desmontan igual que un dominó cuando se tuercen los sucesos. Todos nosotros tenemos algo de ellos —según el humor y la energía que gocemos— así que no es tan difícil comprender los rasgos de un sujeto a medida que se dibujan, lo imposible para la mayoría es predecir el futuro con éxito y precisión. Sólo sabemos que se producen tales fisuras en nuestra personalidad y se aquilatan de tal manera las emociones —por la edad o las enfermedades, la casualidad o el infortunio— que la adrenalina se dispara obligándonos a tomar medidas renovadoras o cambiantes. Entonces la realidad nos causa asombro y lo que nos parecía raro se convierte de la noche a la mañana en costumbre, así se embellece la cáustica linea de la rutina y se generan nuevas posibilidades de supervivencia. Tenemos la impresión de haber cambiado, pero son las circunstancias las que nos empujan a ir en sentido opuesto y nos devuelven la búsqueda. Que sea inconsciente o el fruto de un acontecimiento externo es lo de menos.
Individuos llenos de vitalidad y optimismo, como mi tío Andrés, al que ayer visité en el hospital, sufren un infarto cerebral y se ven postrados por una hemiplejia severa. Escuchando sus chistes y su buen humor, me pregunto si en su lugar reaccionaría yo de la misma forma y no me atrevo a responderme. Me asomo al balcón de su cama igual que al pretil de un precipicio, sabiendo que la existencia es impredecible y que tarde o temprano depara sorpresas desagradables. Semejantes reveses ponen en tela de juicio el sentido común, desbaratan planes y cuestionan principios, convierten la vida en lo que es —una aventura— y al mismo tiempo nos fuerzan a reinventarnos. Si existe un destino que se dibuja con nitidez en la palma de nuestras manos es el eterno aprendizaje. Los seres humanos pisamos este planeta aprendiendo a todas horas, incluso recordando, con paciencia infinita, cómo se mueven las articulaciones, se fija la columna y conseguimos un día caminar erguidos. Es así como se escribe la historia. Segundo a segundo. Sin tiempo apenas para pensar.
Nuestras constelaciones | La Oficina • Capítulo 25 | «Bave Circus»
Suspenso colectivo
Octubre 12, 2009
Acaban de publicar la última encuesta telefónica donde se valora a los líderes políticos del uno al diez y todos han vuelto a suspender. La peña está curada de espanto. No coge el teléfono porque la acribillan plomizos vendedores y cuando está distraída o espera una llamada en concreto, no mira el chivato para ver si reconoce el número y termina suspendiendo a todo el elenco de los líderes políticos. A los encuestadores les da lo mismo porque su oficio es recabar datos y a los periodistas, los que interpretan luego las calificaciones, también les importa un bledo porque se fijan en la décima que distancia a los contendientes. De este modo puedes sacar un cuatro de media y en un terreno abstencionista ganar las elecciones. Es lo que tiene este sistema, que no se deja nunca un escaño vacío.
Sólo se cuentan los votos emitidos y a razón de ellos se reparte la tarta, así es muy difícil que la aristocracia política se retracte y evolucione. Se ha comprobado igualmente la inutilidad de estas encuestas. No sirven para cambiar los hábitos de los dirigentes, tan sólo perpetúan sus miserias. La gente más concienciada se asombra al hacer un análisis porque observa que las derechas, por muy corruptas y ladronas que sean, están ahora en una posición dominante y podría ser que ganasen los próximos comicios. Se resisten a comprender que el sistema democrático, abrasado por la Ley d’Hont y su forma de representación política, tan sólo promueve el hastío de los votantes.
Analistas y tertualianos profesionales hablan sobremanera de que sería interesante crear una forma de participación distinta, donde las listas de los partidos fueran abiertas y la población pudiera elegir a personas de distintos grupos, independientemente de su ideología. A los partidos no les priva esta fórmula. Prefieren la disciplina y el chanchulleo, la obligación de seguir las directrices emanadas desde las cúpulas directivas. Me parece positivo elegir a las personas, pero tal y como está el patio debería de hacerse en un marco coherente. Si sólo vota el 50% de la ciudadanía, el hemiciclo tendría que reducirse en un 50%. Es lo justo, de lo contrario nos encontramos con que da igual el número de los votantes, se desprecia la abstención como si fuera una apestada y, lo más abyecto de todo, es que se sobrentienda la apatía y la irresponsabidad en aquellos que se niegan a regalar su soberanía. En la clase política no existe la menor autocrítica, y no es serio encogerse de hombros ante esta circunstancia, porque el sistema se deteriora con el trascurso de los años y acaba donde ahora estamos, en la vacuidad más deprimente.
La consecuencia es obvia. Si algo refleja la última encuesta sobre la valoración de los líderes políticos es que aparece como tercera fuerza estatal el grupo de Rosa Díez, tan escorado en posiciones conservadoras que podría ejercer como una ultraderecha semifascista. Tanto el PP como el PSOE pierden sus simpatías en favor de un clan de difusa mentalidad y reduccionista percepción social. Su presencia en un futuro parlamento daría voz a los ultramontanos y los intransigentes, sentando las bases de una democracia fuera de la realidad ciudadana, ajena a cualquier principio solidario y dedicada a desmontar el ya vaporoso estado del bienestar que todavía gozamos. Recuerden que el único voto en contra del aumento de los subsidios por desempleo que registró la cámara baja fue precisamente el de la señora Díez. Si no se asienta una nueva fórmula de reparto de escaños corremos el riesgo de visualizar el castigo a los políticos con la entrega de votos a movimientos facciosos. La Historia, en situaciones de crisis, lo ha demostrado de una manera contundente y sin embargo los líderes se resisten a comprender tan simple enseñanza. Lo lamentable de esta abulia es que tarde o temprano la pagaremos todos.
Las supernovas | La Oficina • Capítulo 24
«Boney M», ayer y hoy • Rasputin | Herta Müller, nobel de literatura