La materia opinable

      El presidente Zapatero, cada día que pasa, se parece más al rector de la Universidad Carlos III. Al menos durante sus ratos de ocio. El rector, cuando llega a casa, en vez de calzar los pies en un barreño de agua fría y echarse al coleto varios litros de gazpacho, sufre automáticamente un ataque agudo de deformación profesional. Esta anormalidad se manifiesta en la perentoria obligación de engancharse a internet durante horas repasando la veracidad de los datos que ofrece la Wikipedia. Dicha labor, que a cualquiera en su sano juicio le ocasionaría un derrame, al rector de la Carlos III en cambio le rapta la razón de manera absoluta convirtiéndole, a falta de mejor fortuna, en un académico alternativo de la lengua española. Hay que comprender que la Wikipedia es a los diccionarios lo mismo que el partido socialista a la política — o sea, una vasta amalgama donde se sumerge cualquiera y suelta lo que le viene en gana—, es fácil pues que semejante crisol levante contradicciones y genere más problemas de los que pretende resolver. Viendo el inmenso panorama de errores e inexactitudes y el enorme vacío que se abre en multitud de entradas, don Daniel Peña, el inefable rector, en vez de ponerse de los nervios, que en determinadas ocasiones tampoco lo puede evitar, se remanga la camisa y le da por currar gratis durante toda la noche con el honorable propósito de arreglar los fallos que encuentra en tan popular enciclopedia digital.
Salvando las distancias, al señorito que nos gobierna le ocurre tres cuartos de lo mismo con el léxico que rige el economato estatal. Cuando abandona su despacho, el presidente doblega su propia ansiedad sustrayéndose a la peregrina idea de que arreglará el país si consigue transmitirnos a todos una autoestima indestructible. No es difícil imaginarle frente al espejo de uno de los innumerables retretes del palacio de la Moncloa, ya sea poniendo cara de optimismo —con el fin de inyectar medio kilo de felicidad en la población— o bien buscando en la Wikipedia un adjetivo eficaz , una palabra mágica que, con su sola pronunciación, nos proyecte varios metros del suelo. Conseguir que en las libretas de ahorros, los números y las cuentas que figuran en rojo cambien de color, tendría que ser tan sencillo como lograr la sonrisa de un niño tras recibir un helado. A estas labores dedica toda la noche nuestro presidente del gobierno. Sin duda ha encontrado en la clásica herramienta del fútbol su lámpara de Aladino pero nadie negará que ha gastado sus tres deseos en alcanzar semejante limbo, pues al comenzar el campeonato nadie apostaba un céntimo por el entrenador, que sigue siendo un abuelo harto soez e inaguantable. Lo mismo que el presidente pierde mucha fotogenia cuando le mentan la crisis galopante en que vivimos, al rector de la Carlos III le ponen delante la Wikipedia y no encuentra más que infortunios y desatinos. Ninguno de los dos sabe cómo transformar el desastre que se produce por el día en una versión más edulcorada y nocturna, pero ambos desean dormir en paz y sin agobios, por eso emplean buena parte de su tiempo libre en buscar eufemismos y ofrecer una hermosa apariencia, hasta el extremo de afirmar que la situación que estamos sufriendo es, por decirlo de alguna manera, simple materia opinable. O dicho de otra forma, que todo depende del cristal con que se mira.
Aunque les gustaría en el fondo que se opinase menos, o en su defecto que se hiciera con exactitud, la realidad es que se habla al pedo y según nos cunde el trabajo, así se comprende que más de seiscientos empresarios acaben siendo juzgados por negligencia en cientos de casos de accidente laboral. De la misma forma que Esperanza Aguirre está desconcertada por vivir, como ella misma asegura, en «un permanente viaje al centro» —quién sabe si se trata del centro del abismo o de su propia alma—, en la Expo se pierden alrededor de cincuenta objetos diarios y sólo se encuentran la mitad, de modo que lo bien repartido hace provecho. Todo es opinable, no sólo la Wikipedia o la economía, sino también la sostenibilidad de cualquier proyecto. En la Expo, sin ir más lejos, sólo se recicla el 15% de las basuras y a nadie le da por hacer horas extras por la noche para reparar el entuerto. Si las cabinas de rayos UVA no tendrían que ser utilizadas por menores de edad, las telecabinas que van a Ranillas tienen un uso tan moderado que apenas alcanza los cincuenta mil usuarios, así que los de Aramón, la empresa que montó el tingladillo, en lugar de estar cardiaca se muestra expectante, que es un adjetivo mucho más tranquilizador. Ahora sólo nos falta que venga Bernat Soria, el ministro de Sanidad, a tomarnos las medidas. Veremos si los hombres tenemos el chásis modelo corcho, tapón o botijo. No hay nada como pillar el metro para sacarnos del error pero si el propio Patxi Mangado, el arquitecto que diseñó el Pabellón de España, califica la Expo de parafernalia y cacharrería, aunque todo sea opinable no seré yo quien le lleve la contraria. Sus razones tendrá.

Hipnosis y «glamour»

       A estas alturas ya nos hemos dado cuenta de que la Expo emborrona todo lo que ocurre en la ciudad. No porque sea maravillosa, sino porque no se habla de otra cosa. ¿Has sobrevivido a la Expo?, le pregunta una vecina a otra desde el patio. La Expo es un no parar de sudar, se adelgaza y se acangreja uno al mismo tiempo, ve a los reyes desde una cornisa, a los príncipes de Holanda desde un balcón o al de Mónaco subidos a una farola. Toda la «yet-set» del planeta está obligada a fichar en Zaragoza, al menos para echar una rúbrica en el libro de su pabellón y después tomar las de Villadiego. Ayer, de madrugada, cayó un chaparrón y se pudo respirar por la noche, lo justo para coger el sueño y pensar un poquito en lo que está ocurriendo.
El índice de precios sigue su escalada, el paro se amplía progresivamente y los morosos, por causa del impago de las hipotecas, se triplicarán durante este año. La gente no se va de vacaciones porque tiene la tarjeta de crédito en números rojos y los socialistas votan en Madrid en contra de la apertura del Canfranc, que es ya para mearse y no echar gota. Estamos sufriendo un extraño «remake» de la época de Felipe González . Apenas nos llega la camisa al cuello y acudimos a la Expo para ver a los señoritos campando a sus anchas, sin pasar por las kilométricas filas ni pagar entrada. A esto lo llaman democracia, desarrollo y sostenibilidad. El «glamour» del papel couché se extiende como un reguero de aceite entre los que no pueden costearse su propia vivienda. A medida que la población pierde poder adquisitivo y se queda sin empleo, tarda poco en comprender que si no tiene una nómina jamás cobrará los cuatrocientos euros que prometió Zapatero. El presidente de gobierno se está convirtiendo en un señorito. No pasará a la Historia como quien se llevó por delante la desgravación por alquileres en plena crisis hipotecaria, pero está creando una zanja difícil de llenar en las estructuras de la clase media. Alguien tendría que decirle que cuatro años no son nada y que si no se pone las pilas perderá las próximas elecciones. No se puede votar en Europa a favor de las 60 horas semanales de trabajo y dárselas después de progresista, a su izquierda existe un mundo que no está dispuesto a hacer el ridículo de nuevo y si no se le contenta pasará de él tan ricamente. La única solución para el PSOE en la siguiente cita electoral es que los conservadores se dividan generando un partido faccioso al margen del PP. Si no ocurre algo semejante, la situación económica y el desengaño del voto útil los llevará a la oposición. Hasta el 2012 queda un mundo, desde luego. Es muy fácil hacer conjeturas a largo plazo, lo reconozco, pero se palpa en la población cierto hastío ante las palabras huecas y las puñaladas políticas por la espalda. El fútbol y la Expo sirven hoy de anestésico, después llegarán las olimpiadas, pero estas distracciones se terminan tarde o temprano y en el primer plano de la realidad encontraremos una situación insostenible. Está muy bien que los suizos nos regalen un reloj para colgarlo en la Estación de Cercanías del Portillo, que aún está sin acabar, porque la Confederación Helvética es muy detallista y le gusta dejar huella por donde pasa. Es fantástico que podamos ver unas cuantas traineras por el Ebro y que venga el doctor Spock al Auditorio para oír a Ainhoa Arteta, sobre todo ahora que se ha descubierto que el euskera es un idioma tan viejo que podría ser un vestigio del que empleaban los cromañones. La Expo, para bien y para mal, resulta hipnótica para el populacho, entre los cuales me reconozco. Su parque temático no dice nada que no sepamos sobre las desgracias que nos depara el futuro, sin embargo es un síntoma absurdo de la enfermedad que nos aqueja.

En la fritada

           No hay más que leer las propias páginas de la Expo, donde los voluntarios están que trinan, para darse cuenta de que el evento no resiste la embestida del calor ni tampoco la organización responde a las mínimas exigencias de calidad que reclamaría —en pleno uso de sus facultades— cualquier europeo durante este tipo de algaradas. Es lógico que aparezca entonces la picaresca, que la peña se desentienda de sus bonos de temporada prestándoselos a cualquier amigote y que los pillen en la puerta intentando dar el pego. Lo raro es que vengan las visitas desde Italia en sus utilitarios y pierdan la vida en nuestras carreteras más secas. ¿Cómo se atreven a venir en coche desde allí? La Nacional II es la vía más chunga para entrar en Aragonia. Si los jefes no reparan en los accesos por carretera es porque lo normal para ellos es venir en avión. Si es que vienen. Muchas veces no les queda más remedio que cumplir, venir al pasamanos o firmar en los pabellones, es parte del protocolo, pero después se piran a toda leche. Los abuelos de aquí, los que han comprado un pase de tres días y se han dado cuenta de que la Expo no es para ellos, les sobran dos entradas y no saben qué hacer con ellas. No las pueden devolver ni regalar, ¿se las comen? Al principio, cuando se estrenó el cachivache de la Expo, los jefes todavía respondieron a ciertas quejas. Ahora es inútil porque no dan abasto. Es un clamor que han vendido más boletos de los que puede sostener el tinglado. Habría sido más coherente que el Estado imprimiese bonos para sufragar el evento a que la masificación y la chicharra tiren para atrás a la clientela. Visto que no van a sombrear el recinto de Ranillas, que es imposible nebulizar el meandro y que no están dispuestos a permitir que se hagan reservas por medio de internet, por lo menos tendrían que repartir calmantes en los tornos. Mis condolencias también a los que compraron el bono nocturno porque los pabellones no abren por la noche, cuando se soporta mejor la sofoquina. Los mandamases de la Exposición se lavan las manos, el entuerto no da para más y se limitan a contabilizar a los visitantes. No dicen si han comprado el boleto para un día o para toda la gaita, simplemente cuentan entradas. Van ya medio millón de pasadas por el torno y una vez que estás dentro, tú mismo con tu mecanismo. Y luego afirman que el boca a boca es un éxito, por favor, seamos serios. El propio acalde no ha tenido más remedio que asumir que más allá de cuarenta mil personas en la sartén convierten la Expo en una fritada. No se le puede decir a la gente que venga en días laborables porque cada uno llega cuando puede o le viene en gana. Hay que estar preparado para cualquier eventualidad desde el mismo punto de llegada. Y la llegada es peor que un dolor de tetas. El aspecto que ofrece la estación de las Delicias, en su vertiente de la avenida de Madrid y en los alrededores, es lamentable. Y estoy hablando del lugar donde para el tren de alta velocidad, no de una pedanía. Tan sólo las visitas de alto copete, los Vips, llegan a Ranillas en coche oficial con aire acondicionado sin sufrir a pie todo el tránsito del secarral, bien sembrado de camiones y excavadoras bajo la soleada pasarela que se extiende hasta la telecabina. Quien quiera entrar andando desde las Delicias hasta el Pabellón Puente, encontrará en su sudoroso camino que los raquíticos girasoles y el tepes de hierba, recién estampado en el cemento, se secan al sol sin recibir una gota de agua. Si hay que esperar a que la naturaleza haga su trabajo, tendremos que aguardar años. Lo que resulta absurdo es que haya que esperar el mismo tiempo también para que las instituciones asuman su error, imprevisión y responsabilidades políticas.

La menor fiesta del agua en el cemento

      Si los organizadores pretendían demostrar que falta agua en el mundo, lo han conseguido. El pasado sábado tuve la oportunidad desgraciada de acercarme a Ranillas y todavía me estoy recuperando psicológicamente del esfuerzo. La Expo no está preparada para la sofoquina veraniega, tampoco para una crecida del río o una fuerte soplada del cierzo, ni siquiera aguanta la masificación que este tipo de juergas necesita para pagar después la factura. El sábado no había bocatas en los kioskos, el agua se terminó en las máquinas y, para rayar la locura, la organización agotó las hojas de reclamaciones. Los voluntarios se están comiendo todo el marrón, y no es justo. A los voluntarios que sobrevivan a la insolación tendrían que concederles la nacionalidad española de manera automática y a los que son de la tierra, garantizarles de algún modo un taburete a la derecha de su dios padre, porque sin ellos el calvario de las colas sería más grave (si es posible alcanzar tal grado en la escala). El «fast-pass» resulta un engañabobos. En la era de internet, que no pueda accederse desde la red a la reserva en los pabellones dice mucho de la organización internacional de don Roque, el jefe del sarao. Antes de las once de la mañana me puse en una de las largas filas del tótem y me dieron hora para visitar el acuario a las nueve de la noche. No podía reservar ningún otro pabellón hasta que no pasara por el acuario, así que ya me dirán de qué sirve anticiparse. Además, las filas del acuario a las nueve de la noche eran apocalípticas. Los mandamases del evento aguardaban con expectación la llegada de las gentes de mediana edad. Cualquiera con dos dedos de frente comprendería que el pasado sábado era la jornada de la avalancha. El fin de mes empieza para la clase media el día 20, y en muchos casos incluso antes, así que es muy socorrido pasar las jornadas hasta el día 1 visitando pabellones con el bocata bajo el brazo. Quienes compraron el pase de temporada acudieron el sábado con esa mentalidad, y se encontraron con un bochorno de aúpa, escasísimas sombras donde refugiarse y sin fuentes. La Expo tendría que ser un vergel, un oasis del agua en el planeta. Tendrían que instalar nebulizadores a porrillo, enormes fuentes y patios árabes, colgar de los puentes y balcones multitud de esparragueras, geranios, aptemias y parras, o por lo menos toldos. Si querían hacer un desierto de losas, la verdad es que se han lucido. No sé cuántas personas se torcerán los tobillos en las maderas mal atornilladas al suelo, pero en la plaza de los Sonidos y en el puente de la Estación Delicias camino de la telecabina, cuyo ascensor no funciona, es fácil lograr una luxación. Desconozco cúantos se habrán abierto la mollera en las múltiples baldosas que bailan y asoman los cantos por todo Ranillas, aunque es cuestión de ir contando las demandas que reciba el consistorio desde los juzgados. A mi entender falta un juzgado de guardia en el recinto, igual funcionaba mejor así que pidiendo las inexistentes hojas de reclamaciones. El mayor placer del visitante estriba en descalzarse y meter sus magullados pies en la charca frente al acuario, cuya cascada funciona cuando le viene gana. El resto del tiempo te lo pasas deambulando entre las filas para acabar sintiéndote perdido, agotado y sediento: el mensaje social del meandro se evapora en sudor. Nuestros abuelos lo tienen crudo y la gente en silla de ruedas no logra ver más allá de los muslos ajenos. La Expo no sólo es insostenible y desarrollista, sino también un reflejo triste del mundo exterior: muchedumbre y agobio, frustración y sobaco. Tal y como está «organizado» el evento requiere grandes dosis de paciencia y mucho patriotismo barato para defenderlo fuera. Menos mal que la gente es muy agradecida en general y su nivel de satisfacción se mide en escalas bajas. Es ridículo, por ejemplo, subir las veintidós plantas de la Torre del Agua para encontrarse en la cúspide un chiringuito de mala muerte. Alimentar la trotada de pisos rumbo al «Nube Bar» y toparse en la cima con una tasca monda y lironda es muy lamentable. El futurismo de la modernidad exige que allá arriba te encuentres, por lo menos, un garito al estilo Manrique, en plan lanzaroteño, con sus helechos colgando y sus sofás de diseño, y su gran clavada por tomarte una zarzaparrilla. Lo que quieran, que la imaginación es ancha, pero nunca lo que hay. La Expo decepciona y no sólo porque esté sin terminar, también porque las novedades son de alpargata. En el acuario se nota mucho el poliéster en la decoración, y comparado con la Caixa Fórum de Barcelona se queda en una pecera de andar por casa. Los que hayan viajado poco igual se asombran, pero en una muestra internacional hay que estar a la última o resultará decepcionante.

Ajustes y enmiendas

      El croquis de Zaragoza está caduco en los buscadores, así que Google va a fotografiar la Expo desde los cielos durante estos días. Los jefes, que están al quite de la publicidad, han mandado acondicionar los tejados apresuradamente con atractivos eslóganes y sus correspondientes logotipos municipales. Acabo de enterarme esta mañana en el pabellón Siglo XXI, desayunando tan ricamente después de echarme un chapuzón, mientras los voluntarios del botijo —léase del Faro— almorzaban en el bar. Allí les meten una charleta de tres horas y los encarrilan al meandro echando leches, para que no diga la peña después que están en la inopia. Los voluntarios se queman pronto, así que son de quita y pon. Ya se les ve al punto de la mañana con la tirilla azul colgando del cuello por el Actur y acercándose hasta Ranillas. Esforzados e ingenuos como ninguno, los voluntarios hacen lo que pueden en el medio hostil del sarao internacional pero se despistan con el vuelo de una mosca. Don Roque, que no da abasto, viendo el panorama les ha encasquetado a la chavalada de los colegios, para que los vareen y se desfoguen, para que hagan tablas. No se pierden muchas criaturas al cabo de la jornada pero los padres y los maestros se desbordan por la sofoquina, los nenes se capuzan en las fuentes y resultan un latazo, así que hay que domarlos. Ahora que los jefes hacen caso de la más mínima insinuación, por aquello de cumplir con la ISO 9000 o la excelencia de la EFQM, ellos sabrán, podrían atar a los nenes como castigo a los tótems y hacerse de oro después vendiendo sombrillas de papel —que son muy sostenibles— a sus respectivos pastores. Y es que la peña se queja del hormigón y del solarium, de las interminables filas con el pañuelito de cuatro nudos enroscado en la sesera y de lo caro que está todo. Menos mal que han abierto otra vez la catarata del Acuario y los aborrecidos se lanzan al charco inmediatamente, sólo de pensar en lo que puede ocurrir cuando llegue agosto se derrumbarían sobre la losa igual que una colilla. El público de mediana edad, al que tanto echan en falta en los pabellones, se dará un garbeo este fin de semana. Estamos a finales de mes, ya saben, y una forma como otra cualquiera de pasar el sábado es ir amortizando las entradas. De la misma manera que los jugadores de los casinos están de enhorabuena, porque los ricos de Gran Scala reaparecen en escena, saludan a su entrañable público y aseguran que van a ser buenos chicos, los mandamases de la Expo, muy concienciados con la contaminación acústica, han decidido adelantar el horario de las actuaciones nocturnas. Los crápulas que adquirieron el bono de la noche, sin duda esa peña que no madruga, se ven estafados por el cambio y comienzan también a protestar. Es notorio que en este país quien no llora no mama, sin embargo resulta muy complejo contentar la farra y el sueño al mismo tiempo, de modo que el ínclito don Roque tendrá que asistir a un cursillo rápido de encaje de bolillos si no quiere que los noctámbulos se pongan farrucos. No me explico todavía qué hace el cronista oficial del meandro, nuestro ilustre vecino el señor Buesa, que no escribe una línea sobre tan magno evento. Que sólo existan cinco espacios para arrojar el mítico vaso de Fluvi al cubo de la basura reciclable merecería al menos un renglón. Mientras el canal de Aguas Bravas no es tan bravo como se vende, la revista Elle coloca hoy en los kioskos miles de ejemplares de su «Eco-blue». A costa de la Expo enseña allí sus nalgas la Pataky y otras nueve mozas más, quién nos iba a decir que la conciencia solidaria depende ahora de la firmeza en los muslos o la tersura de la piel, pero es que la industria cosmética reclama su trocito de tarta en el pastel. Cada día que pasa está más claro que la Expo apuesta por el negocio más que por la ecología, de hecho los nepalíes, que tras echar a su rey del palacio tienen que amortizar la república a marchas forzadas, han convertido su pabellón en un zoco así que los nigerianos, cuando abran, lo mismo clavan en la puerta un surtidor y unas cuantas latas de gasofa. Es lo que hay, para qué engañarse. El Parque de las Bolas, en el pabellón de España, era un peligro. Llenar una sala con millares de pelotitas no provocaba que las visitas sentaran la cabeza, sino que se la rompieran literalmente contra el suelo, de modo que los arquitectos han echado el candado y se han bebido 36.500 litros de agua cada uno de una tacada. Esta es la cantidad de agua que, según han calculado en el botijo los del Faro, cuesta aprender a leer. Aunque no hicieron las cuentas de lo que deshidrataría clavarse entre pecho y espalda un libro de mil páginas, sobre todo si es de Antonio Gala. El popular escritor, que encontró la ciudad igual que una «criatura húmeda y caliente», se apareció por el Ágora del meandro para leer un manifiesto, preludio de su nueva novela «Los papeles del Agua», que nos venderá por aquí en agosto.

Insolación

     Ayer estuvo en el «Ágora» el escritor José Luis Sampedro y dijo que estamos viviendo el final de una época. Los agoreros, según cuentan las crónicas, aplaudieron a rabiar. Todo el mundo sabe que vivimos en un mundo absurdo, donde la peña hace fila por ver unos peces del Mekong, en lugar de irse a Vietnam y contemplarlos en vivo. La aldea global sigue siendo prohibitiva para los que tienen un solo sueldo, de modo que se vienen a la Expo para asomarse al mundo en miniatura, que es lo máximo que pueden pagar. Un planeta que jamás observarán por completo se extiende a sus pies en una versión portátil y aguardamos turno en hilera, torrándonos al sol, para asomarnos durante un rato a los balcones del paraíso. Gracias a las filas kilométricas, los que han venido de fuera, que son pocos todavía, podrán decir después que han estado en España y lucir un bronceado «made in Expo» con sus amistades. Pero las imágenes que se les quedan en la retina difícilmente las olvidarán. El «efecto’ XPO» no es exactamente el que pretendían los organizadores. Da la impresión de que el visitante asiste impertérrito y sudoroso al fin del mundo, y que los países, conscientes de lo que se nos viene encima, hayan salvado de la quema lo más bonito que tenían. Sampedro, el abuelo de las letras, el Saramago en castellano, soltó ayer que el modelo occidental está gagá y que se va al carajo por fases. Tras el derrumbe del telón de acero, la caída del comunismo arrastra consigo al capital. Nada será lo mismo dentro de unos años, cuando pete el sistema y la burbuja estalle bajo nuestros pies. Detentan el poder las grandes instituciones financieras y las multinacionales, ninguna de ambas cejará en su insostenible empeño de multiplicar sus beneficios exponencialmente. Les da igual la pobreza o el ecosistema. ¿Para qué trabajar más? ¿Para qué pagar la hipoteca? La frustración se nos comerá por las canillas y la autodestrucción resquebrajará los cimientos de la economía. Bancos e industrias se fagocitan mientras nuestros sabios mayores se dan cuenta del desastre que se avecina. No quieren ser apocalípticos, para eso ya están las películas, así que nos entregan herramientas éticas para cuando llegue el desastre y Sampedro, como viene repitiendo desde hace años, sugiere que nos aferremos a un modelo más oriental. Entre tanto podemos hacernos cruces con la cascada del acuario, que no funciona porque está mal hecha, no por la fuerza del cierzo. Basta que llegue el calor achicharrante del verano para que caigan las mentiras una tras otra. Los niños, que a falta de mejores visitas copan el recinto de Ranillas los días de labor, se dan cuenta enseguida de que la Expo es un viaje al futuro de la humanidad. La miran con la ingenuidad de Julio Verne, una mirada atónita e ilusionante, todavía sin contaminar del todo y abierta a los cambios. A ellos les da lo mismo que el pantalán del embarcadero no se haya instalado aún a las orillas del Ebro. Todavía se asombran con lo que ven. El resto, los adultos, estamos ya curados de espanto. No sólo no se cierra la papelera que contamina el aire de Zaragoza a diario, sino que crece en Europa comprando una veintena de fábricas en las Islas Británicas. La especulación urbanística salpica a todos los partidos en Estepona, trincando al alcalde en el talego con medio kilito de fianza. El Parlamento Europeo se convierte poco a poco en una rémora para la sociedad civil. Los tecnócratas aprueban impactantes medidas contra la emigración para blindar al continente. No sólo se trata de expulsar a los sin papeles que ya están entre nosotros, sino también de quitarles las ganas, durante el largo estío de pateras que se aproxima, a los que están por venir. Año y medio de prisión sin derechos y en pésimas condiciones es lo que acaban de votar los socialistas de Zapatero en Europa, un terrible guiño a los xenófobos mientras el paro sigue subiendo. Los empresarios proponen un incremento en el uso de la energía atómica y una mayor flexibilidad en el empleo, aunque nadie sabe lo que significa eso cuando el trabajo es, por antonomasia, un ejercicio de contorsionismo. A nadie le extraña que los cobradores de morosos acaben tiroteados en su propio domicilio. O que surjan de pronto extraños círculos en las campiñas inglesas. Ni siquiera asombra que secuestren al primo de Rajoy y lo liberen al inicio del congreso de los conservadores. Parece mentira, pero la vida sigue tras haberse inaugurado la Expo. La pregunta es: ¿continuará después?

Anécdotas

          Trillones de anécdotas, como no podía ser de otra manera, siembran durante estos días el recinto de Ranillas. Las anécdotas son la sal de la Expo y hay que esparcirla a diario para que las visitas no se olviden de venir, aunque sea para ver cómo continúan las obras. La impagable publicidad de los medios de comunicación lo mismo consigue que se amortice el presupuesto del consistorio dentro de una década, igual para entonces ya las hemos pagado todas y podemos empezar a abonar las que quedan por hacer: la famosa Milla Digital, el nuevo campo de fútbol para jugar contra el Huesca, el Metro, el Tranvía y lo que se les ocurra a los jefes sobre la marcha. Incluido el Balcón de san Lázaro, que parece el cuento de nunca acabar. Mientras tanto, y entre las más inquietantes tontadas, la peña habla mucho sin duda sobre el ya mítico asunto del vaso de Fluvi. La gente, que se ha vuelto muy señorita, no comprende que el vaso en cuestión es un recipiente de plástico y como todos los objetos de este material no se destruyen en varias vidas, así que hay que guardarlo como recuerdo o reutilizarlo siempre que se pueda. ¿Por qué no se fabricó en plan fotodegradable? Pues pregúntenle a don Roque, que está hecho un ecologista. Cuando me decida a visitar el sarao y me apodere de semejante utensilio lo cambiaré por el de la Expo de Barcelona que guardo en el lavabo como oro en paño y que se me está quedando mustio de tanto usarlo. Dicen que el vaso del Fluvi hay que enjuagarlo con cierta frecuencia o devolverlo en el bar, porque cobran un eurete y la peña piensa que si bebes varios líquidos distintos tendrían que meterlo en el lavavajillas y servírtelo como es debido, porque los precios son altos y para eso pagan. También pagan por ver el pabellón de los rumanos o el de Nigeria, que todavía están a puerta cerrada dando el callo, y sin embargo no piden que les devuelvan la entrada. Las visitas se quejan de vicio. Que si la cortina de agua del Acuario, cuando sopla el cierzo, les cala hasta los tuétanos… En lugar de pedir una pastilla de jabón y meterse allí mismo una buena ducha, cogen y apagan la catarata. Y ahora, cuando la cierran, protestan porque no funciona, ¿en qué quedamos? O una cosa o la otra. ¿Por qué no se pensó en el cierzo? Pregúntenle a don Roque, que para eso está el hombre chupando del bote. Cuenta la leyenda urbana que el iceberg tampoco se estrenará el viernes, debido al cierzo o al Ebro, que son dos fenómenos paranormales en esta ciudad. Si desvían los trenes baratos de la Estación de las Delicias, tal vez porque la gente pobre desmejora el diseño o para ver si se nos pasan las ganas de viajar por cuatro perras, ¿por qué no desvían también el río o el cierzo? Todo es ponerse, ¿no? Ayer le preguntaron al coordinador del Observatorio por la Sostenibilidad en España si había que subir el precio del agua en las ciudades y dijo que no, así que, como poco, le echarán una cantada. Hay que poner el grifo a precio de «Eau de Loewe», para que nos salga rentable seguir comprando botellines. No sé en qué estará pensando este buen hombre, ¿cómo es posible que no se dé cuenta de que se está jugando la carrera? Otra gente que es muy poco solidaria, sobre todo con las multinacionales que patrocinan el magno evento, son los vecinos de la orilla de enfrente, pardiez. ¡Se quejan del ruido! ¿Pero de qué ruido hablan? Si los vecinos de la Expo no son los primeros en ir a las actuaciones y gastarse las perras en la barra del bar, ¿quién diablos se pegará allí hasta las tres o las cuatro de la madrugada en un día laborable? ¡Si encima llaman a la policía para que mida los decibelios! Y los agentes, como si no tuvieran nada mejor que hacer, van y acuden. Por favor, qué poca seriedad y qué poco patriotismo. ¿No saben aún que el desarrollo sostenible, bien entendido, comienza por uno mismo? ¿Qué suponen treinta y ocho delibelios comparados con la traca del estreno? Nada de nada. Lo mismo que una gota de agua en el océano. Menos mal que don Roque, cuando le llegue la multa se la pasará por el garrón. Con lo alegre y abierta que es la gente, con el ambiente tan bonito y veraniego que se respira en todas partes, ya son ganas de agriarnos la fiesta. Menos mal que el Banco de España nos va a meter a todos en cintura, porque con estos sueldos está claro que nos subimos a la parra. Desde la parra no hacemos otra cosa que llamar por el móvil, con lo malo que es para la salud, así que nos van a cobrar hasta por coger el teléfono. A ver si espabilamos, que una cosa es la crisis y otra muy distinta el cachondeo.

Flecos

    Nos cuentan que a finales de mes ya estará terminada la Estación de las Delicias. No sé muy bien si se refieren a junio o a julio, entiendo que es en este año pero vete a saber. Aunque han tenido tiempo de sobras supongo que se les ha echado el calendario encima. Los calendarios son muy malos, así que habrá que llevar a los «uapos» de la policía local hasta Delicias para que arreen los currelas. Y si no lo consiguen tendrán que ir a las oficinas de la ZAV y meterles a los ejecutivos unos coscorrones contra la mesa. No hay otra forma. Menos mal que para animar el cotarro, la maravillosa y cara sociedad anónima Zaragoza Alta Velocidad nos dice que la plaza de la fachada sur de la estación va a a ser más grande que la del Pilar y no sé ya si dar brincos de asombro o rajarme las venas de la emoción. Todo se mide por el grosor, la enormidad y la ausencia de árboles. Me gusta el secarral como a ninguno, pero es el colmo hacer de una carencia una ilusión. ¿No sería mejor que lo llenaran de chopos? Los chopos son muy socorridos. El Parque del Agua está lleno de chopos, que cubren un montón, igual si convierten en una alameda la estación nos creemos que está terminada. Es una idea. Creo que es mejor llenar de árboles los huecos que montar anfiteatros para salvar los desniveles. En el Paseo del Agua (todo es muy acuoso estos días) han montado un anfiteatro que no se programará nunca, pero quedará muy mono y ahorra muchos camiones de tierra. La rotonda de la Ciudadanía podrían haberla llamado el Solarium de la Ciudad, que le pega más. Nos dicen que ya está finiquitada y yo pienso que sí, que han acabado con ella totalmente. Igual la utiliza alguien en primavera, cuando corra el bris. En cuanto a las estaciones de Cercanías que quieres que te diga. Ahí están dale que te pego a la hormigonera. Nuestros próceres han descubierto que lo más sostenible, lo que mola de verdad, es evitarse los accesos. Si no hay accesos, la peña no coge el coche y sin coche te ahorras el asfalto. A mí me parece de perlas, pero ni con estas excusas acaban a destiempo las estaciones del Portillo y Miraflores. Todas estas estaciones, plazas y parques no están dentro de Ranillas, claro, pero son obras que emprende la ciudad para mejorar sus comunicaciones de cara a la Expo. Son asuntillos que a los jefes les interesa solucionar porque rinden beneficios a sus empresas constructoras. Pero ni estos tejemanejes los hacen bien y en el plazo acordado, así que no me extraña que el negocio de las inmobiliarias se les haya ido al garete. La gente, que es muy resignada, está contenta con la novedad internacional de nuestros nuevos vecinos los expolandios, que viven en el Parque Goya. Apenas estarán un par de meses por Zaragoza y se han dado cuenta que todo funciona como un reloj y es una maravilla. Ser internacionalista es chachi. Codearse con gentes de fuera y hacer amistades es tope guay, ya sabes, se reparten estampitas, correos electrónicos, te vas de copas y haces risas. La Expo, al fin y al cabo, son como unos ejercicios espirituales de dos meses. Tal vez menos, porque los amos de Ranillas echan cuentas y los días de junio prefieren olvidarlos. Don Roque, respetable directivo de Aguas de Barcelona en 1998, y que tiene un currículo en Latinoamérica de echarse a temblar (Aguas de Argentina, de Colombia y de Chile, en su versión de Aguas Andinas ) es el mandamás de la Expo y está convencido de que gracias al boca a boca en agosto estaremos a tope de visitas. Yo creo que a este jefe, al terminar la obra, tendrían que regalarle la jefatura de Vialidad en el Ayuntamiento, para que la privatice como en Sudamérica, nos traiga el agua del Pirineo y suba el precio el 200 o el 300%. Seguramente más, pero es una idea que al alcalde ya le rondará en la cabeza. Lo úiltimo que se le habría ocurrido al alcalde es permitir el paso al Foro de la Ciudadanía —el encantador botijo— a Greenpeace. Con los activistas de Greenpeace dando la brasa se le acabaría el chollo a don Roque, al que le hemos montado entre todos una oficina del agua de cagarse la perra. No me extraña que hasta venga Chávez un día de estos. Igual don Roque se monta Aguas de Venezuela. Quién sabe. En cualquier caso tiene el mundo entero a su disposición.

Nos puede la curiosidad

     No hay voces disonantes en el Valle cuando se habla de la Expo Zaragoza 2008, la «opinión publicada» refleja a diario una loa constante a los fastos en plena recesión económica. Cuando el ayuntamiento encara el verano con una deuda de más de cuarenta millones de euros —sin contar aún los rosarios del magno evento— los medios de comunicación apuestan por mostrar la vida cotidiana en el recinto de Ranillas depurando las críticas. La oposición ha desaparecido en la ciudad siendo patrióticamente elevada al insigne rango de los escribanos, aunque no se conozca todavía escrito alguno del vecino que fue nombrado por el alcalde cronista oficial del meandro. Será que no hace falta caer en la redundancia. La gesta baturra de la Expo se emite por la radio y la televisión a diario, ¿qué nos contará Buesa que no relaten ya los periódicos? A estas alturas es evidente que la curiosidad ciudadana está ganando a la lógica. La imprevisión y la hipocresía de los organizadores de la Expo se dan por buenas frente a la novedad que supone tener a la puerta de casa una distracción internacional constantemente publicitada. Cualquier discordancia, por pequeña que sea, es marginada con el propósito de hacer rentable el esfuerzo. Aunque sea en el plano nacional. Nos vale con los foráneos peninsulares porque las arcas no dan para anuncios en Europa. Ni siquiera cuando había pasta se preocuparon en difundir la Expo por el mundo y ahora es inútil. Basta con echar un vistazo al Parque del Agua, junto al recinto de Ranillas, para darse cuenta sin embargo de la escasa importancia que tiene la vida vegetal para los jefes del cotarro. Es innegable que la obra está sin terminar. No sólo «hay que dejar a la naturaleza que haga su trabajo», como afirma la concejala Lola Campos, también hay que recoger del suelo los restos de la pirotecnia de la inauguración, acabar el canal de aguas bravas, adecentar la nueva playita y terminar el embarcadero. Semejantes menudencias no hacen temblar el conjunto del proyecto. Nada de lo que se diga en contra afecta de hecho lo más mínimo a las cuarenta mil visitas diarias y los tres millones de entradas vendidas. Y nos interesa que se vendan cuantas más mejor, es la única forma de restar la deuda que nos quedará luego. Servidor, que es un tiquismiquis o un tocahuevos, no puede evitar la sonrisa de Gardfield cuando aparece un marrón o se descubre una cagada, pero me entristece que un parque dedicado a Luis Buñuel acabe demostrando que el tejido surreal de los negocios se desentiende de los espacios verdes. No sólo los deja para el final, sino que convierte la parte de atrás en el trastero de Fluvi. Tarde o temprano se descubre que la vegetación original del Ebro a su paso por la ciudad se ha domesticado completamente. Los cañaverales a orillas del Gállego tienen los días contados, así que no sé de dónde habrán traído las nutrias del acuario, igual son las últimas que quedaban porque en el río no se ven desde hace años. Así somos y hasta nos jactamos de nuestro carácter, no seré yo quien lleve la contraria. Nos puede la curiosidad, es comprensible, al fin y al cabo hace poco que bajamos del árbol y nos tira mucho lo que brilla, como a los monos. La realidad es que Zaragoza disfruta desde el sábado de un nuevo distrito urbano, una rara réplica en miniatura de La Défense, el barrio parisino más chic. Allí se instalarán cuando acabe la Expo los negocios maños de más copete y se pasearán por la Plaza del Alma los zapatos caros que ahora patean Zurita, el Zorongo y la Peñaza. Nuestros mandamases soñarán en la Torre del Agua que se comen el mundo, mientras les ratean el sueldo a sus chachas y limpiadoras, así es la vida de tonta. Entre todos hemos colaborado a montarles el circo y entre todos ahora lo tendremos que sacar adelante. A mí también me puede la curiosidad, lo reconozco, aunque todavía soy consciente de que, salvo que me toque la lotería, jamás podré montarme allí una oficina o alquilarme un apartamento. Todo este espacio —del que aseguran que se ha vendido el 40%— será el hábitat de nuestros ricos, a cuya gente le gusta aparentar.

El futuro ya está aquí

      ¿Cuándo voy a ir a la Expo? Esta es la constante pregunta que siempre respondo de la misma forma: cuando la terminen. Igual a primeros de julio hago la primera visitilla, para ver si la rematan y ejercer así de anfitrión cuando vengan las amistades. Ahora todavía está muy verde. Los cagaprisas, a los que les encanta desgranar los finales de las películas, irán los primeros días para contarte con todo lujo de detalles cómo son los peces de colores y si de verdad reparten kawa-kawa en el pabellón de las islas del Pacífico. Se trata de esperar que amaine la avalancha de zaragozanos impacientes y cotillas para echar un ojo con calma y ponerles nota a los jefes, que ayer se corrieron un canapé de lujo al aire libre mientras soplaba un cierzo de chupa y boina. Que se joroben. ¿Y qué tal la inauguración? Bah. Otra pregunta impertinente pero habitual en estos eventos. ¿Qué vas a decir? Pues corrientita. Desde las olimpiadas de Barcelona no se ha visto nada nuevo. Vivimos en la reiteración de los estrenos, todos los cromos son repes. El estatismo de las «criaturas marinas», el rollo patatero de los discursos, la izada de los trapos —himnos incluidos— y el show de Belén Rueda, la presentadora, a la que sin duda le faltaba un valium, tuvieron su puntito. El derroche multimedia de gotas de lluvia, gotas de río, gotas de mar y hasta de fuente culminaron en el cántico de la hija de la Caballé, donde eché a faltar al hijo del Mercury, si es que existe. Me dejó de un aire la salida en tropel de los joteros para rematar la faena, pero supongo que era inevitable sacarlos. Sin jotas no hay espectáculo baturro. Sin castañuelas no se disfruta el españolismo. Se agradece que fuera breve la irrupción, pero como la tonadilla de la Expo carece de letra resulta imposible de reprimir y te ves cantando por lo bajinis la apoteósis de «Barcelona, Barcelona». No creo que sea pues muy popular este himno ni que al final lo cante nadie, salvo que nos lo metan hasta en la sopa y se nos cuele en las gónadas, que todo se andará. Reconozco, eso sí, que la épica estuvo lograda. Al derroche de medios audiovisuales le faltó sin embargo el inevitable holograma salvaje revoloteando sobre el público vip allí reunido, alrededor de cinco mil fantasmillas. En aras de romper la barrera del escenario e involucrar al televidente conviene ampliar la imaginación y gastarse los cuartos en nuevas tecnologías. Y cuando digo nuevas me refiero a las últimas, no a las que creemos que son nuevas. Es la diferencia entre parecer nuevos ricos y serlo realmente. Los que de veras tienen pasta invierten en innovación, no se limitan a copiar. A la hora de desarrollar la idea y levantar un espectáculo medianamente ensamblado y con vocación europea, se quedaron en el intento naif de epatar por bombardeo. El conjunto tenía aires de proyecto fin de curso, y ya lo siento, porque esperaba más. Con la pasta que se ha echado en inaugurar el «cotage», lo que ocurría en el escenario y las imágenes de fondo era como poner a Benny Hill en la Estación Espacial Internacional y esperar que tuviera gracia. Demasiado contraste para las neuronas. Después vino un intermedio donde cabía cenar, irse de copas y volver a conectar la tele para ver si empezaban los fuegos de artificio. Es ahí, en los fuegos, donde el alcalde se lució hasta el llanto. La Torre del Agua parecía el Coloso en Llamas. Las riberas del Ebro se me antojaron Bagdad cuando los yanquis dejaron la ciudad hecha una brasa. ¿Cuánto costó aquello, madre mía del alma, si desde la plaza de san Francisco temblaban las ventanas? Vi correr los millones de euros en billetes de cien a medida que un fulgor radiactivo hacía brillar Ranillas, más tarde el Actur entero y después las riberas hasta el fogonazo final, un destello blanco como la leche, un flash inconmensurable que dejó completamente ciega a Zaragoza durante unos segundos y con ella a sus arcas municipales, que no levantarán cabeza tras esta traca nuclear hasta dentro de varios años. Gracias a la fotografía atómica, como si el dios de los cristianos hubiera sacado la polaroid o las gentes de Andrómeda vinieran a visitarnos, tuve la sensación inequívoca de que el futuro ya está aquí. Más o menos junto al presidente de Andorra, que al lado del Rey, fue el único jefe de Estado que vio «in situ» tan fabulosa ignición.