Reservado el derecho de admisión

          Una de las mayores ventajas de la recesión es que se amortizan las inversiones en un pispás. Los delegados de las grandes multinacionales reunidos en Japón, ese grupo de impresentables al que los medios de comunicación denominan bajo el acróstico del G-8, acaban de dar la puntilla a la caridad, que es lo primero que cae cuando hay que ajustar la cincha al populacho de la clase media occidental. Para subir unos cuantos peldaños en la jerarquía económica, los que no están ni arriba ni abajo manifiestan siempre una tendencia natural al crédito y la limosna. Si vienen mal dadas, intentan evitar las deudas y se ahorran el recibo de las ONG. La burguesía entiende perfectamente que los ricos cierren el grifo a los pobres porque no está el patio para hacer el primo. Es lógico que los ricos manifiesten cierta inquietud ante la cochambre en que se está convirtiendo el planeta, esa caquita que tarde o temprano heredarán sus hijos para elevarla al rango de vertedero, y como no está el horno para bollos pasan de echar unos céntimos en el cepillo internacional. Los céntimos, uno detrás de otro, sirven para especular en bolsa o dar un empujoncito a sus entidades financieras. Donde pueda construírse un misil desaparecerá una panadería. Según los jefes del cotarro se acabó lo que se daba, no están para dispendios porque tienen asuntos más importantes en la cabeza y lo que antes conseguían mediante la caridad ahora lo tomarán por la fuerza. La limosna es una inversión que no merece la pena si el coste es superior a los beneficios que promete, de modo que se amortiza el capital y a otra cosa mariposa. Cualquiera en su sano juicio sabe que un muerto de hambre apenas tiene fuerzas para sobrevivir, así que olvidarse de él no requiere demasiado esfuerzo. Durante las largas épocas de vacas flacas los primeros que dicen adiós son los que no pueden siquiera mover los labios, despidámonos pues de millones de africanos, asiáticos y latinoamericanos, a los que no hemos visto nunca ni veremos jamás. Nuestro confort así lo demanda. Las grandes industrias de los más pudientes así lo exigen. No hay más cera que la que arde. Es muy seria la crisis que se nos echa encima cuando los jefes no hacen un esfuerzo de hipocresía. Las nuevas normas europeas cierran las fronteras a la inmigración sin ningún sonrojo mientras el nefasto gobierno de Berlusconi, parodiando al fascismo, ejerce como punta de lanza y elabora las primeras listas de gitanos que deambulan por su territorio. Hace tiempo ya que el pueblo gitano parecía una etnia asimilada al sistema, sin embargo, cuando no hay dinero en la hucha, regresan los atavismos y las viejas desconfianzas. Los ricos más sensibles, los que gozan de asistenta extranjera o se han encaprichado de algún «siervo», se reservan el derecho de admisión. A este sentimiento ambivalente se refieren los que hablan de «inmigración a la carta», que es algo así como la cabaña del tío Tom pero en plan internacional. Los patricios del planeta saben premiar a los que trabajan por dos y cobran por medio, sin duda será de ellos el reino de los cielos porque el de la Tierra jamás será de su propiedad. El resto se quedará a las puertas del limbo o los pondrán de patitas en la calle. A la clase media, en general, y en contra de lo que se supone, le animan mucho estas medidas retrógradas e involucionistas. Se acostumbran a creer que los inmigrantes son los culpables de todos sus males, así que aplauden en silencio el retroceso. Incluso votan a partidos más conservadores para que agilicen el éxodo. Es un mal síntoma. Buena parte de las naciones africanas, sin ir más lejos, dependen del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas. Dicho programa necesita de manera inmediata más de quinientos millones de euros para seguir repartiendo comida a más de setenta millones de individuos en el globo. Sin embargo, nuestros ocho samarugos, nuestros ocho presidentes de gobierno que representan los intereses de la mayor parte de las multinacionales del planeta, acaban de lavarse las manos tan ricamente en Toyako. Mientras los automóviles del Primer Mundo se alimentan con biocarburantes, es decir, de comida, millones de seres humanos se darían con un canto en los dientes por convertirse en uno de nuestros coches. ¿No es extraño?

          Los mandamases del planeta, o sea, los jefes de estado de los ocho países más ricos del globo, se reúnen estos días en la ciudad japonesa de Toyako para ver cómo nos dan guirlache en mitad de la crisis económica. Además de la anfitriona, en las agendas estadounidense, alemana, británica, canadiense, francesa, rusa e italiana, se presta especial importancia a la ecología de la cumbre. Se cuidan todos los detalles para que los ciudadanos del mundo observen lo finolis que se están volviendo los jefes y la conciencia con que manejan los más serios asuntos del desarrollo sostenible. Las apariencias son muy importantes. Siempre lo han sido, pero ahora mucho más porque la realidad se toma a chirigota, de modo que los gestos pasan a un primer plano en los telediarios. Se hace constar que todo lo que se metan entre pecho y espalda las delegaciones del G-8 se basa estrictamente en criterios de bajo consumo y absoluto reciclaje, nada se deja al buen tuntún. Los japoneses, cuando se ponen, guardan un celo agobiante y parecen interesados en dar un salto cualitativo al tratado de Kyoto para fomentar un nuevo pacto entre los grandes. Está en juego su credibilidad y necesitan recuperar prestigio, así que se han fundido un pastón en markéting y publicidad. Incluso se han traído a los mexicanos, sudafricanos, hindúes, chinos y brasileños al país del sol naciente para que diriman sus diferencias y planteen a los ricos sus propuestas económicas, no en vano las naciones emergentes están mordiéndoles los tobillos y resulta conveniente ajustar las clavijas del sistema global para que no chirríe y se desmonte con mucho estruendo. Se ha demostrado que en los países productores de petróleo, salvo en Noruega y Canadá, los ciudadanos son mucho más pobres que hace tres décadas y que el denominado oro negro sólo ha servido a las grandes fortunas y a las dictaduras, que con frecuencia son representadas por los mismos sujetos. Que el barril de crudo, cada día que pasa, esté más caro sólo favorece a un puñado de sinvergüenzas, cuyos intereses defienden a pies juntillas los que hoy se sientan a la mesa redonda de Japón. Ellos, como ninguna otra persona sobre la faz de la Tierra, saben distinguir perfectamente entre productores y distribuidores; conocen a la Shell, la Texaco, la BP y Repsol, simplemente organizan el juego para que que los accionistas cobren dividendos sin mancharse las manos de sangre. Es ahora, sin ir más lejos, cuando en Irak se sortean los pozos petrolíferos entre las grandes perforadoras. Es ahora cuando el beneficio directo de una guerra obtiene sus plusvalías, así que interesa que el dólar continúe bajando y que la gasolina esté por las nubes. A cerrar acuerdos en este sentido se dedicarán los jefes, pues no son otra cosa que los mayordomos de lujo de las multinacionales y en primera instancia a ellos se deben. Lo demás es parafernalia, fuegos artificiales y publicidad. Una buena publicidad obra milagros en los días que corren y anestesia a la población. En el trigésimo séptimo congreso socialista,por ejemplo, al que los más progres denominaban «el fin de semana en la izquierda», el guirlache del markéting también ha funcionado como un reloj. Las viejas demandas de los electores más concienciados, como el aborto libre y gratuito, la eutanasia, el voto de los inmigrantes y la laicidad, se pasaron por el túrmix del partido hasta reducirlos en un sabroso praliné de buenas intenciones. Cada reivindicación se utilizará en su justa medida y según la coyuntura política. El apoderamiento de las demandas sociales, el centrifugado de las ideologías y la domesticación de los rebeldes, toma cuerpo en un conjunto de buenas intenciones expresada por la dirección. A cambio, el presidente del Gobierno exige al país que crea en sí mismo para superar la crisis. No habla exactamente de crisis, sino más bien de «serias dificultades económicas». El secuestro del tradicional ideario progresista, dosificado, encapsulado y esponsorizado por el PSOE, busca tras el congreso que los votantes a su izquierda le rindan lealtad y pleitesía en sucesivos comicios. No sólo marcan el ritmo y las pausas, sino que se convierten en la única garantía de cambio. Con un cheque en blanco de semejantes proporciones amplían su radio de maniobra y perfeccionan su maquinaria de control. El resto es simplemente un espot. Un anuncio que lo mismo sirve para abrir la veda a los trasvases que para recortar los derechos ciudadanos. Ayer mismo, en las orillas del Ebro, el Foro Mundial de las Luchas del Agua (el Of-Expo) intentó manifestarse en la playa del Helios para exigir el cumplimiento de las directivas del Agua en la Unión Europea y la policía impidió a los presentes remojarse los pies. Es un ejemplo de la sensibilidad y el doble rasero con que el Gobierno mide a los ciudadanos afines y a los más díscolos.

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