La Carta

    La Exposición Internacional de Zaragoza nació con tantas expectativas que encauza su recta final para terminar a mediados de septiembre en agua de borrajas. Es lo correcto, y a nadie desagrada en los poderes económicos y políticos, que toda la ideología ecológica que respiran los pabellones temáticos, incluyendo la Tribuna del Agua o el Faro de las Iniciativas, se resuma en una carta de difusión y santas pascuas. A estas alturas de la Expo, cuando la sede de las Naciones Unidas en Zaragoza —que acoge durante una década esta ciudad— resulta que es el organismo central del planeta para estos años y ni siquiera recibe el apoyo económico del Gobierno o la Unión Europea, por no decir del Ayuntamiento o el Gobierno de Aragón, acabamos el maremágnum de Fluvi con una declaración de principios e intenciones que leerá un actor de esta localidad. Nada vinculante, por supuesto. El documento irá incardinado en el conjunto de la traca final, ya saben, el espectáculo de Dagoll Dagom, los fuegos de artificio donde se quemarán toneladas de cohetes, las tópicas declaraciones de los Reyes, el presidente e incluso la visita del jefe de Andorra, tal vez, que no es segura y después se arriarán los trapos, sonará el himno y se desmontará el chiringuito. Si te he visto, no me acuerdo. Una pena.
    Albergando la sede de la Década del Agua hasta 2018, Zaragoza ni siquiera optará a ser la capital del Foro Mundial de 2012, que sería una forma como otra cualquiera de rentabilizar la Torre, el Pabellón Puente y toda la monserga. ¿Vacas flacas? Dicen que no, que la presentación de la candidatura no se realizará por sanas cuestiones diplomáticas. Es decir, porque conviene pasarle el testigo a otro, que ya le toca. En cualquier caso la denominada «Carta de Zaragoza» tiene trazas de ser un documento referencial para la quinta edición que va a desarrollarse en Estambul el año que viene, por lo que pretenden llevar el escrito de las conclusiones ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, para que la voten allí e intenten comprometer a los doscientos y pico estados que la componen. Ja. Si ése es el propósito real, ¿no sería más práctico invitar a leer el papelito al próximo jefe de los United States? Salvo que nos horroricen con otro 11-S, está cantado que Obama será el nuevo mandamás y si hay que rebajar los presupuestos iniciales casi hasta cero pelotero para que venga por aquí a darle a la lengua, pues se hace, ¿qué mas da? Todo el mundo sabe a estas alturas que la Expo es un canelo. Cuando hablo de todo el mundo es un decir, porque si todo el mundo supiera que aquí se ha montado el guirigay de la Expo estaríamos nadando en oro. Por eso digo que al menos tendría que estar resuelta la puntilla publicitaria. Tráiganse a Al Gore para que nos dé una charleta sobre el cambio climático, qué menos, porque cagar con medio culo ofrece una visión organizativa de lo más lamentable. Comprendo que la «Carta de Zaragoza» irá acompañada de una pesada bibliografía, incluyendo videos y libros, así que la editorial que la publique, si cobra, se cubrirá el riñón. Pero más allá de la península esta ciudad ha pasado sin pena ni gloria y, lo que es peor, el mensaje sobre el desarrollo sostenible se reduce a una montaña de vasos de plástico azules que no hay forma de quitárselos de encima.
    Lo único cierto es que la Expo ha conseguido dejar huella en los zaragozanos. Lo veremos el próximo agosto de 2009, cuando no haya una Expo para matar el rato haciendo filminas o sellando pasaportes en los pabellones. Qué buena idea lo del pasaporte, por cierto, ¿a quién se le ocurrió? No me explico por qué no le han ofrecido la llave del ayuntamiento y le cuelgan una medalla, sin este prodigio del markéting las visitas locales se habrían reducido a la mitad. Tampoco entiendo por qué no cuelgan por los pies en uno de los cadalsos del paseo de la Independencia al mentor del Fass Pass. Existiendo internet es ridículo hacer filas,aunque a esta persona igual le dan un sueldo nescafé por haber generado tantas expectativas, quién sabe. En la recta final del sacaperras de la Expo las preguntas que surgieron al principio de la muestra siguen sin respuesta. Salvo una. Felicitaciones a los dueños de los bares del recinto, cuyas cajas registradoras echan chispas.

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El Mar Negro

   Pocas veces una buena guerra es bautizada por los intereses que oculta. La que se nos viene encima esta vez no necesita de muchos ingredientes para desencadenar un guirigay de consecuencias imprevisibles. Basta un error —provocado o fortuito— para que suenen los cañonazos muy cerca del lugar donde se firmó la paz tras la Segunda Guerra Mundial. Las sociedades occidentales se encuentran en una crisis económica que se agrava según avanza el año. Hace unos días, un informe del gobierno norteamericano evaluaba el número de entidades financieras que está en situación de riesgo. La crisis de las hipotecas ha creado un pozo sin fondo en el que se evapora toda la bonanza económica generando un horizonte de franca recesión. Las grandes empresas se han acostumbrado a vivir en un desarrollo geométrico de los beneficios, donde las ganancias son insuficientes si no se multiplican año tras año, así que cualquier indicio de sostenibilidad para nuestro modo de vida es un chiste de humor negro.
   Las causas de una guerra apenas se diferencian, lo único que cambia son las excusas y no faltan indicios de que se busca una fórmula para organizar la siguiente trifulca. Cuando las partes en litigio se cargan de razones y comparan públicamente los raseros por los que miden sus actos, no sólo configuran su estrategia sino que manipulan a la opinión pública preparándola para otro conflicto. Tarde o temprano se necesitará carne de cañón y conviene que la población joven acuda al frente bien convencida. La Rusia de Putin y de Medvédev, su títere presidencial, no tuvo el menor reparo en crear el demonio de Chechenia para ajustar las clavijas del país y hacerse con un poder casi absoluto. Cualquiera que haya tenido acceso al documental sobre el Caso Litvinenko conoce los flecos más sobresalientes de una conducta mafiosa, la que permitió en Rusia el acceso al poder de una oligarquía heredera del antiguo régimen soviético. En los Estados Unidos de la familia Bush se han dando los mismos ingredientes durante las guerras de Kuwait, Irak y Afganistán, creando en el país una psicosis de miedo que sólo propicia la pérdida de libertades y la mayor impunidad  para  los  servicios de  inteligencia  estatales. Los canadienses asisten anualmente a cientos de prófugos y objetores de conciencia norteamericanos que huyen del Nuevo Orden Mundial, un sistema que desde el mismo instante en que se proyectó no ha ofrecido otra cosa que desgracias internacionales.
   Está por ver que la maquinaria bélica de los rusos constituya un enemigo creíble. Pueden tomar Osetia en una par de días, como hicieron durante los Juegos Olímpicos, pero es más complejo que logren mantenerse en la Crimea ucraniana, justo frente a las costas turcas. Tarde o temprano se cansarán de pagar una factura a Kiev por mantener una base que siempre han visto como de su propiedad y entonces también resultará poco creíble un encontronazo de estas características, pero la provocación amañada — en Rusia y en Estados Unidos— es una de las mejores especialidades para el contraespionaje en las cloacas de ambos estados.
   Israel, por otra parte, se está poniendo las botas vendiendo armamento a Georgia mientras continúan en Irán los alardes tecnológicos. Lo mismo prueban un misil tierra-aire que ensayan un pepino capaz de alcanzar el estrecho de Ormuz bajo el mar. Dicen los analistas que la tecnología de orígen es rusa y como todavía sirve el concepto de las naciones para explicar muchos conflictos, detrás de los gobiernos siguen parapetándose bajo falsa bandera un puñado de familias influyentes, accionistas sin escrúpulos y negocios de toda laya, donde igual caben mercenarios que brookers o políticos de primera fila. La corrupción mediante el enriquecimiento es un mal endémico y la sinfonía que escucharemos al final es la que dicten los medios de comunicación. La partitura musical se asemejará unas veces a la que suena y otras desafinará en exceso, pero como los individuos carecemos de perspectiva para comprender la Historia actual seguirá siendo la información una herramienta para desequilibrar cualquier guerra y allí se cuecen a diario sorprendentes peleas.
   El mar de las noticias baja del mismo color que el petróleo, donde importantes intereses económicos se mueven en una dirección peligrosa para el conjunto de las personas. Descubrimos con horror que nuestro destino está en manos de poca gente y que no son las más adecuadas.

Endulzarse

   Con el paso del tiempo todo se termina sabiendo, aunque intente endulzarse. Ciertos asuntos resultan tonterías y al ocultarlos adquieren otra dimensión. Los hay en cambio que se edulcoran para hacerlos más digeribles y en el intento de quitarles crudeza maduran con tal rapidez que se pudren. En ciertos casos, incluso, el producto era tan empelagoso en un principio que tendría que haberse rebajado la carga de azúcar para evitar la hiperglucemia pero el espabilado de turno depositó la ñoñería en manos de un crack que cuadró el círculo al provocar una enfermedad colectiva. La verdad se maquilla siempre y con desigual fortuna, tanto en la inauguración de unos Juegos como en el paisaje contemporáneo de nuestros retretes. Igual que un prócer del partido comunista chino es capaz de sustituir a una cantante infantil regordeta por una cursi que pía como una almeja, la misma vara de medir sirve para pasarnos el peine una y otra vez intentando mejorar la imagen que nos devuelve el espejo. En el primer caso se adiestra a una niña para que mueva los labios mientras canta otra, en el segundo caso la banda sonora nos la colgamos nosotros mismos. ¿Qué es peor? Todo depende de los daños colaterales, pero la distancia entre el engaño y la vanidad es tan mínima que muchos profesionales cobran por disimularla.
   A doña Leticia, por ejemplo, le acaban de operar las napias y los medios debaten ya con todo lujo de fotografías si se trata o no de una cuestión estética. ¿Rino, septo o septorrinoplastia? La diferencia entre operaciones dicta la causa por la que se procedió a tocarle las narices a la Princesa, porque no es lo mismo «endulzar» una imagen que un sonido, pese a que puedan realizarse ambas acciones a la vez y cualquier opción implique un motivo. Contemplar unas viñetas del Jueves, donde las caricaturas de los príncipes practican el perrete, o imaginarse a doña Leti cayendo torrada de glamour mientras ronca a mandíbula batiente, son situaciones ordinarias que aproximan a la Casa Real de una forma más popular que cientos de pasamanos, viajes a Pekín o largos paseos en chancleta abordo del yate. Este tipo de comedias monárquicas aparecen siempre en los momentos más apropiados, justo cuando la prensa apalea los féretros de las víctimas de Barajas, para ver si los familiares pierden el cuajo y se salen del tiesto. Entonces, una noticia idiota barre las portadas y llena los bares de chascarrillos. Lo mismo sirve la monarquía para cubrir un roto que un descosido y, hablando cínicamente jamás valoraremos en su justa medida el trabajo que desempeña la Corona en la dulcificación nacional.

El umbral de la riqueza

   En Estados Unidos no se sabe muy bien cuándo uno es rico, multimillonario o invisible. Mientras en otros países se habla de que buena parte de la población vive bajo el umbral de la pobreza, en aquel territorio del tercer mundo, donde casualmente residen los jefes del imperio, se discute mucho últimamente sobre dónde fijan la raya de la riqueza. ¿Cuántos millones de dólares hay que tener? ¿Diez, cien, mil? Barack Obama está dispuesto a considerar clase media, y por lo tanto exento de impuestos, a todo contribuyente que gane menos de cien mil dólares anuales. Un sujeto que se embolse aquí alrededor de cinco mil quinientos euros al mes, en Yanquilandia no tendría que pagar ni un chavo, así que le han preguntado a John McCain, el candidato republicano, cuánta pasta tiene en el banco y no ha sabido qué contestar. ¿Podía decir al menos cuántas propiedades tiene? Tampoco se acordaba. Ni siquiera conoce el número de casas que hay registradas a su nombre. Sospechaba que tres o cuatro, pero no pudo asegurarlo, de modo que remitió a su equipo de colaboradores para que respondieran por él.
   Obama, muy ufano salió al paso de estas declaraciones confirmando que si McCain no era capaz de manejar sus propiedades, difícil sería que administrase con soltura las del país. El problema, sin embargo, no es una cuestión administrativa. Ni siquiera de memoria económica. Ni Obama ni McCain pisan suelo firme cuando se lanzan a hablar de dinero. Ninguno de los dos necesita hacer el más mínimo esfuerzo para llegar a fin de mes. Es cierto que la esposa del republicano proviene de una adinerada familia, de las que amasan fortunas gracias a la cerveza, pero cualquiera con dos dedos de frente sabe que en la alta política norteamericana no cabe un pobretón. El hermano de Obama, sin ir más lejos, continúa viviendo en un chabolario africano y aunque pudiera servir de ejemplo para constatar la limpieza de un candidato demócrata, también se utiliza para contradecir su sensibilidad social. A un sujeto que le importa un bledo su hermano, ¿le interesará mucho lo que ocurra en Harlem o en el Bronx? Resulta muy complejo decidirse por el mal menor cuando las grandes multinacionales financian a los dos partidos en liza. El estúpido debate sobre el umbral de la riqueza resulta de un cinismo insoportable cuando roza la sanidad pública. Ambos candidatos son financiados por las terribles aseguradoras médicas, circunstancia que garantiza la agria continuidad del actual sistema de salud en un futuro, así que gane quien gane, los ciudadanos tendrán que seguir pagando a los médicos de su propio bolsillo. Muchas familias se arruinan cada año para abonar las facturas sanitarias, además de las que no pueden pagar su casa o pierden el trabajo, y en este calvario escuchar semejantes sandeces no sólo es revelador sino que aleja todavía más de las urnas al votante habitual, por lo común dado al abstencionismo y con escasos estímulos políticos.
   La sociedad estadounidense se encuentra atrapada entre la supuesta ingenuidad que representa Obama, cuyos discursos aún se nutren del tópico sueño americano, a estas alturas imposible de creer y la conocida mentalidad republicana, encarnada en McCain, cuya ideología se concreta en tener siempre un rifle bien cargado junto a su almohada, y que desde luego no engaña a nadie. El país vive pues en un 4 de julio permanente y el único pavo en pepitoria que se sortea es el Despacho Oval. Mientras ambos candidatos intentan convencer a alguien de sus bondades, sus tropas en Afganistán acaban de bombardear una aldea cerca de Herat, a unos kilómetros tan sólo de donde se encuentra el batallón de los españoles, llevándose por delante a cincuenta inocentes. Tarde o temprano demostrarán que todos esos niños muertos eran insurgentes o diabólicos terroristas, aunque la única desgracia que hayan tenido es la de nacer en uno de los países más pobres del planeta, donde eres rico con un pedazo de pan y encima te echan la culpa de las torres gemelas.

El mal trago de volar

   A mí me ha costado unos cuantos chupinazos superar el despegue y esta noche he dormido fatal, porque a primeros de septiempre tengo que montarme en un trasto con alas y sólo de pensarlo se me pone la carne de gallina. No me explico cómo pueden seguir volando los aviones a golpe de queroseno, son auténticas bombas de relojería. Por mucho que digan de la aviación que es el medio de transporte más seguro del mundo tarde o temprano llega el accidente y cuando ocurre es siempre de espanto. Irte de vacaciones y acabar carbonizado en un riachuelo provoca un mal rollo horroroso. La gente que ha pasado por un trance de semejante calibre y ha vivido para contarlo dice que es incapaz de comerse un filete. No entiendo cómo podemos subirnos a un cachivache que sale proyectado a más de ochocientos kilómetros por hora sabiendo que somos personas y que en cualquier instante la más mínima idiotez puede provocar una catástrofe. Escuchar conceptos como «el error humano» te hielan la sangre, porque sabes en el fondo que todos los accidentes son producto de un fallo. O en la fabricación, o en la revisión o en la conducción. Nos montamos en objetos que otros menganos, más listos y preparados que nosotros, inventaron y construyeron, repararon después y hasta pusieron a punto para que otras personas viajasen en ellos más rápido que en otros vehículos. Y a veces incluso más lentos. Lo mismo que a nosotros nos puede dar un íctus al cruzar la calle, el piloto de un avión puede sufrir un derrame o chocar en pleno vuelo con una bandada de cigüeñas. El cúmulo de probabilidades de salir ileso — por el mero hecho de ser y la casual circunstancia de estar — en el momento más inadecuado, resulta siempre un riesgo incalculable. La caja negra de la existencia acumula errores desde el mismo instante en que nacemos.
   El desenlace de una equivocación es lo que otorga su importancia, por eso los seres humanos pasamos el rato intentando descubrir si fue el trágico resultado de una negligencia, si sobrevino el desastre por el deterioro de un material obsoleto o tal vez fueron varias las causas, que se alinearon igual que los planetas, ofreciéndonos una masacre. Las investigaciones y juicios que sobrevienen a los accidentes nos obligan a mejorar en lo profesional, aunque sea de manera egoísta, para evitar el descrédito de las empresas y las indemnizaciones a las víctimas y familiares. Nada de esto impedirá que al subir a un avión y cerrar la correa se te acelere el pulso y te suden las palmas de las manos. Somos humanos y cualquier cosa puede fallar. Si en ese instante la conciencia de nuestra fragilidad se hace palmaria es porque nada depende de nosotros mismos, salvo nuestra salud y nuestra suerte. Es como jugar a la lotería, que nunca toca. ¿Y si esta vez sí? Nunca queremos pensar en el riesgo porque nos inmoviliza. Las emociones humanas, cuando se desbordan, resultan tan comprensibles como impúdicas. Al lado de enormes tristezas encontramos un salto de alegría. Alguien tuvo una corazonada o símplemente llegó tarde a la terminal —la terminal, qué palabra tan evocadora— y se libró de una muerte segura. Somos tan poca cosa y tan miserables que no podemos evitar en esos momentos la felicidad de seguir vivos en un mar de desgracias. Incluso a veces, sin reparar en la pesadilla constante del hambre que asuela el mundo o la guerra perpetua en la que viven los demás, pretendemos imponer el luto más allá de nuestras fronteras. Quién sabe. Tal vez todos los trapos del planeta tendrían que ondear siempre a media asta. Tal vez los atletas tendrían que lucir siempre un crespón, porque la adversidad y el dolor siempre nos acompañan.

3D

   Los cines se han dado cuenta de que en Zaragoza molan las proyecciones en tres dimensiones. Y si nos ofrecen cuatro ni te cuento. No hay más que ver las colas que se organizan en la Expo frente a algunos pabellones, donde no ofrecen otra cosa que documentales de sus países y territorios, para comprender que el argumento de la película nos importa un pepino. Lo único que pasa es que nos gusta ver estampas y paisajes, trucos visuales. Nos encanta que nos engañen, que nos hagan creer que estamos cerca de tocar cualquier cosa, un río, una fuente, una mariposa. El día en que nos claven hologramas del techo se nos caerá la baba y quien monte un tenderete así se va a forrar. El clásico 3D, donde necesitas gafas para trampear el coco, no es más que un eufemismo, porque en una sola pantalla tan sólo caben dos dimensiones. Harían falta varias zonas de proyección superpuestas para que comenzásemos a hablar de tres o más. En Puerto Venecia y en Plaza van a inaugurar en septiembre unos cuantos cines, donde aprovecharán el viejo tirón de las tres dimensiones para montar alguna sala de este tipo en la ciudad. Con la excusa de asistir a un concierto, lo mismo de música clásica que de rock, y por quince euretes, podremos reservar butaca desde internet en los «imax de los pinares» o donde Sansón perdió el gorro. Cuesta más llenar el depósito de gasofa para ir al Pirineo a contemplar unas mariposas en directo que hacer dos horas de cola en Expolandia para creer que las estás viendo de verdad. La realidad empieza a ser demasiado estúpida y es ya muy preocupante, pero después del timo de las hipotecas y de las guerras petroleras en Irak y Georgia, las pamplinas sensoriales con las que nos entretienen los jefes casi suenan a chiste. Entre los más graciosos, por la novedad, destacan los referidos a este flamante parque empresarial que dicen que se creará en Ranillas tras el magno evento de los sudores veraniegos y las filas agotadoras.
    La Torre del Agua y el Pabellón Puente se van a «regalar» a dos entidades financieras —la CAI e Ibercaja— por el simbólico precio de un eurillo. La excusa es el desembolso anual que tendrán que hacer estas cajas de ahorros para mantener abrillantadas ambas estructuras. La cifra, según los más sesudos estudios, alcanzaría los tres millones cada una. Cuenta la leyenda que en tan magníficas arquitecturas se crearán sendos museos pero nadie acaba de tragarse el cuento. Sería lógico que, al menos el puente, conservase una zona pública que permitiera el tránsito de los peatones entre las orillas del Ebro sin necesidad de aflojar la billetera. Sin embargo, parece que van a colocar allí un restaurante de lujo. En cuanto a la Torre, el gotillón de Agua se desmontaría completamente para edificar oficinas en su interior, habitaciones de hotel o lo que les venga en gana.
   Tengo verdadera curiosidad por saber también lo que ocurrirá con el pabellón aragonés, al que le luce el pelo desde la misma entrada, pues las visitas de la Expo acceden por ascensor hasta la planta superior y la muestra, salvo la inevitable proyección, transcurre por los pasillos. La impresión que ofrece es la de haber sido levantado por encargo, de hecho hay varias plantas que ni siquiera son accesibles al público, ahora sólo falta por conocer quién es el guapo que se lo queda. Si comparamos la Expo de Sevilla con la de Zaragoza, el mejor percal ya estaba adjudicado aquí de antemano. El eslógan del desarrollo sostenible no fue más que una excusa para seguir sosteniendo el desarrollo de la construcción y modernizar la imagen de las empresas punteras. ¿Acaso se ha sobredimensionado nuestra capacidad económica para crear en el meandro un polo financiero? Está por ver si un esfuerzo de tal calibre necesita de unas gafas especiales porque colocar los edificios más emblemáticos es una tarea menos compleja de lo que parece. El auténtico problema es conseguir que todo el entorno se desarrolle hasta formar parte de la propia ciudad. Alcanzar esta dimensión, con los tiempos que corren, parece imposible y lo que ya se ha firmado, en cambio, resulta sospechoso. Pero con las gafas de 3D y contemplando el paisaje virtual, la realidad se ve más bonita. Será cuestión de no quitárnoslas nunca. Igual así, con un poco de suerte, cuando acabe la Expo seguimos viéndolo todo de color rosa.

La invisibilidad

   Desde antes que Herbert George Wells publicase por fascículos en 1897 su novela «El hombre invisible», la humanidad ha soñado con tener la capacidad de ocultarse, pasar desapercibida o sencillamente desaparecer a los ojos del resto para maniobrar de forma impune y enterarse de unas cuantas cositas. Los japoneses llevaban unos años intentando crear un tejido que tapase de la vista lo que fuera menester, pero los norteamericanos han logrado en un laboratorio de California y mediante la nanoingeniería construir un nuevo material que desvía los haces de luz. De hecho, ni los absorbe ni los refleja y la investigación, como cabría esperar, ha sido financiada por el ejército estadounidense. Supongo que será uno de sus secretos mejor guardados del mundo. Invertir en los tejidos invisibles ahorrará un pastón en espías pero pone la piel de gallina imaginar tan sólo en qué puede emplearse semejante tecnología. El planeta se llenará de detectores, escáneres especiales, gafas capaces de captar un índice de refracción negativa y hasta de seguretas invisibles. Llegará un instante en que dudaremos de estar solos y será mucho más fácil entrar en paranoia. Los jefes, que ahora se ven obligados por su «popularidad» a viajar de incógnito, podrán saber lo que les venga en gana de primera mano, sin soplones ni intermediarios, y las organizaciones mafiosas camparán a sus anchas. Casi todas las premisas ya se cumplen hoy sin necesidad de ser invisibles, pero el control nunca acaba de ser suficiente. El monopolio, aunque esté prohibido, es la razón que mueve a las grandes empresas y para que sus productos sean los únicos que se venden en el mercado hay que jugar sucio. La Tambovskaya o la Organizatsiya, como se nombra en ruso a la mafia que opera desde los Urales hasta América, anda estos días especialmente revuelta con la guerra del oleoducto que cruza Georgia y al mismo tiempo con los capos más punteros de la organización, donde están haciendo un criba guapa y llevándose por delante a los «invisibles». Uno de ellos, un mengano llamado Gennadi Petrov, uno de los jefazos denominados «ladrones de la ley», que vivía alegremente en la Costa del Sol y que tuvo que recluirse en su palacete de Palma de Mallorca, acudió a la policía española pidiendo protección porque estaba acorralado por las altas esferas. Las altas esferas no son unas bolas que planean sobre las cabezas de la gente, sino más bien esbirros de los más altos jefes que te clavan una inyección letal y te dejan morir tranquilamente en tu camita. En Rusia se muere ahora por problemas de corazón, que es mucho más limpio. El caso Litvinenko —que está documentado en una película que proyectan los jueves en los Renoir — dejaba demasiados rastros nucleares para un cochino asesinato de un periodista de habas. Los infartos, al lado del uranio enriquecido, son deliciosamente neutros, así que, a los pocos días de ir con el soplo a los agentes, Petrov la diñó en su palacio gracias a un problemita vascular. Y a otra cosa, mariposa. De haber tenido a su disposición la capacidad de ocultarse mediante una tela invisible, ahora no estaría escribiendo nadie sobre este asunto pero entre las muchas gracias que declaró a los guardias, se sabe que su acta de diputado en la Duma rusa le costó a Petrov unos trecientos mil euretes. Allí hay que pagar a los grandes jefes para ejercer de político, entrar en las listas de un partido y resultar elegido después como intocable. Otros capos mayores que él, como Vladimir Kumarin, pasaron también a mejor vida. Todos ellos salieron de las cocinas del antiguo KGB de San Petersburgo, igual que Putin. Y esta gente no se anda con tonterías. No termino de imaginarme qué harían estos sujetos si además pudieran ser invisibles. Sólo de pensarlo me da repelús.