Nieva en Kenia y aquí levantando tumbas

   Una de las habilidades del periodismo actual requiere convertir el granizo en nieve para que una noticia sobre el cambio climático resulte todavía más espectacular. No es suficiente con que a más de doscientos kilómetros de Nairobi, en un pueblo cercano a la ciudad de Nyahururu, caigan del cielo piedras de agua helada y sean además del tamaño de una pelota de fútbol, si es posible llamar la atención un pelín más, aunque niegue la cordura de lo que registran nuestros ojos, simplemente se hace. ¿A quién le importa? Hasta el gobierno keniata aprovecha la ocasión para afirmar que si nieva en África algo chungo de veras estará ocurriendo en el planeta, así que la manipulación que se realiza parece tan tonta que sin duda es el producto de estar luchando por una buena causa. El problema surge cuando las causas no son tan amigables como parecen y, por decirlo de una forma suave, basculan según los intereses económicos de las grandes fortunas. Desde siempre, la diferencia entre informar y deformar salpica de intenciones las noticias. Da lo mismo que se hable de centrales atómicas, divisas, oro negro o ballenatos en peligro de extinción, somos animales curiosos que comparten datos y en el trasiego de las comunicaciones deslizamos en el mismo lote y desde antiguo tanto los avisos y las falsedades como las inexactitudes, los rumores y las más variopintas confidencias.
   En las guerras presentes, sin ir más lejos, resulta muy complejo verificar la realidad de los hechos y a menudo, mientras se cometen crímenes y violaciones, al mismo tiempo se intoxica a civiles y militares con mentiras sangrantes, verdades confusas y estúpidos patriotismos. Una guerra es el clásico ejemplo maniqueo de que el fin justifica los medios. Imaginemos por un momento la trascendencia que debería de tener el hecho de ponerse a levantar las tumbas de una contienda que hizo polvo este país hace más de setenta años, ¿no es importante que un juez impulse esta tarea? La impresión que se está dando es justo la contraria. Se le acusa de arrogante y de necesitar un protagonismo excesivo en los medios para sentirse un héroe de cómic.
   Al lado de las descalificaciones surgen un cúmulo de comentarios que, en lugar de colaborar en el empeño, aún echan más tierra sobre los desaparecidos. Alcachofa en mano, los periodistas de guardia acuden para recoger las opiniones de los hijos de aquella contienda. Los abuelos se muestran airados, cansados o esquivos, afirman que no es bueno ir levantando ampollas y que es mejor dejar las cosas como están. También se entrevista a los que trabajan en la Justicia y los vemos echándose las manos a la cabeza, pues sus despachos y oficinas, saturados como están por la burocracia, podrían convertirse de la noche a la mañana en fábricas recicladoras de papel. No hay medios, según aseguran los agentes judiciales, para emprender una tarea de tal envergadura y en lugar de solventar los problemas que les ahogan se lanza sobre sus espaldas una carga todavía mayor. Pocas voces se escuchan a favor del conocimiento, es como si la verdad de la Historia no le importase a nadie e incluso resultara molesta. En algunos instantes nos dejan oír la versión de los parientes más cercanos, aquellos que desconocen el paradero de sus familiares más queridos o los que sabiendo dónde se encuentran sus restos querrían darles sepultura. Todavía no me he encontrado a quien explique cómo es posible que a estas alturas se nos niegue el acceso a la verdad. Se supone que hace décadas ya que terminó la transición democrática, tan pacífica y ejemplar que se vendió al resto del mundo como un modelo. ¿Acaso el permanente silencio de las víctimas era el precio del cambio? No lo sé, pero es lo que parece. Cuando contemplo a los maravillados keniatas con los chuzos de granizo entre las manos pienso que somos unos ingenuos y que es muy fácil dárnosla con queso.

El Archivo Eudovigis

   Ha saltado a la luz pública en Francia el temible «Archivo Eudovigis» donde figuran cientos de miles de personas —en algunos medios hablan de millones, lo que pone los pelos de punta—consideradas como sospechosas para la policía gala. En listas interminables de individuos se relacionan con pelos y señales sus andanzas económicas e incluso internáuticas bajo la aleatoriedad de su raza, confesión, sexo y edad, aparte de otras más peregrinas, determinando la existencia de una contundente labor de espionaje sobre la ciudadanía. El descubrimiento del «Archivo Eudovigis» coloca en mal lugar al Gobierno de Sarkozy, que estaría ejerciendo un control social intolerable dentro de un sistema democrático que dice garantizar las Libertades y el Derecho. Según la BBC, que está realizando un seguimiento parecido en el Reino Unido, donde se procede con los británicos de una forma similar en materia de seguridad estatal, el éxito de Francia en la lucha contraterrorista y su eficacia a la hora de evitar en su suelo todo tipo de atentados, ya fue puesta en entredicho por la Human Rights, que denunció la falta de garantías para los supuestos sospechosos. En los interrogatorios se actúa mediante la violencia física y largos periodos de detención provisoria. Según Judith Sunderland, autora del informe de HRW, «Francia se apresura a sacrificar los derechos humanos sobre el altar de la eficacia». Bajo cargos excesivamente vagos, las autoridades permiten procesar a personas por vínculos endebles con una supuesta organización radical. La policía, de hecho, puede secuestrar durante seis jornadas a una persona, que sólo podrá ver a su abogado el tercer día de arresto y un máximo de 30 minutos. Es más, tras la comparecencia ante un juez, los sospechosos pueden ser encerrados durante meses antes de llegar a juicio y en este lapso de tiempo existen todo tipo de evidencias sobre abusos a prisioneros, incluso mediante técnicas de presión psicológica y privación del sueño. La organización advirtió que esta situación «sirve además para radicalizar a personas ya de por sí sensibles a las visiones extremistas, tanto por razones personales, socioeconómicas o políticas». La aparición pública de una parte del «Archivo Eudovigis» ha venido a desmontar la ingenua idea de que sólo los malos chicos eran propensos a la investigación policial. Dado el volumen de datos que maneja la policía se entiende que Eudovigis es una prueba definitiva sobre la arbitraria conducta que rige a los servicios de inteligencia franceses en su desorbitada preocupación por la seguridad nacional, lo que está desencadenando un debate de imprevisibles consecuencias políticas. No es la primera ni será la última vez que los movimientos ciudadanos intentan destapar la maquinaria que se ha puesto en marcha bajo la excusa del nuevo enemigo internacional. La utilización del miedo en Estados Unidos, dio origen a la pérdida de derechos y a la vigilancia indiscriminada de la población civil. Se pueden pinchar allí los teléfonos con una alegría terrorífica, igual que los Swat te entran por la ventana y te meten de guantadas sencillamente porque sí. La convivencia de los gobiernos europeos en los vuelos hacia Guantánamo concluyó con la investigación del Parlamento de Strasburgo, donde no sirvió para nada probar la colaboración de nuestros dirigentes políticos, sin la cual habría sido imposible que las autoridades norteamericanas hicieran de su capa un sayo. Tras la voladura de las Torres en Manhattan se descubre una de sus consecuencias más nefastas: nos controlan sin ningún sorojo y de manera inconstitucional.

¿Rachida & Josema?

   Como las Olimpiadas se han comido todo el pastel informativo durante el verano, los cotilleos más jugosos nos llegan con retraso. Según cuenta el periódico marroquí L’ Observateur, uno de los más «solventes» del Magreb, el baby que espera la Ministra de Justicia francesa, Rachida Dati, podría ser de Jose María Aznar. Toma taba. El rotativo no lo suelta así de claro, sino que se refiere al presidente español que precedió a Zapatero, circunstancia que, a fin de cuentas, es como decir lo mismo pero en plan chorrón. El cachondeo ha sido tan impresionante que el propio Aznar ha tenido que hacer un comunicado para desmentir el asunto y amenazar con demandas legales sobre aquellos que se ceben en semejante despropósito. Hará un año, más o menos, que la family Aznar tuvo que salir al paso también sobre la comidilla que se estaba montando alrededor de su supuesta separación conyugal, de modo que encima llueve sobre mojado. La gente, poco puesta en el «Who is Who» de la política europea, en seguida ha buscado en Google una foto de la mengana en cuestión para verle el careto. La verdad es que tiene un parecidillo con la Botella, aunque la señora ministra tenga orígenes marroquíes y argelinos, y hace poco más de un año hubo mucho jolgorio con ella en la tele francesa sobre sus ocupaciones reales en el parlamento. El gobierno de Sarkozy, y el propio presidente, gracias al amorío y boda con la Bruni, dan juego en la prensa rosa, en la amarilla y hasta en la azul. No hablo de la roja porque no existe. Lo más parecido en colores es la Gore-Press, y tiene un público que se contenta con cualquier guerra. Sin embargo, la ministra en cuestión —conservadora en sus más rancios principios y a la que le gusta despedir al servicio si no respeta las conductas morales de la derecha en el poder— Rachida Dati suele predicar contra el ejemplo que ella misma representa y se atrapa con frecuencia en sus propias contradicciones, no es extraño que a su alrededor se monten las conjeturas más agudas. No deja de ser lamentable que una mujer tenga que dar explicaciones sobre su vida privada, tenga o no un cargo relevante en la política o en la empresa, ocurre que el refrán «dime de lo que presumes y te diré de lo que careces» se ajusta en su caso como un guante. Sus silencios en cuanto a la paternidad de la criatura que espera se interpretan más como intentos de ocultar un escándalo que como algo inherente a su vida privada. Cuando el periodismo de lo couché se conecta con el cotorreo político el resultado es espeluznante. Henos aquí dilucidando al común de los mortales si Aznar se habrá echado o no un casquete con la Rachida— sin tomar las más obvias precaucciones — llegando el choteo hasta tal extremo que se convierte en portada digital de todos los medios escritos, para mayor escarnio de los implicados y absoluto solaz del populacho, que se relame con estos enjuagues lo mismo que un servidor. Es inevitable. No tiene mayor misterio que liberales y socialdemócratas retocen allende sus conyugales camas, pero si los garantes de las viejas costumbres se refocilan de tapadillo y a lo somarda, con tan mala fortuna encima que se descubren cuernos, chismes y demás sandeces, entonces su moralina política se desmorona y acaba dando pábulo a sabrosos chascarrillos. Llega un instante en que da lo mismo que sea verdad o se trate de un bulo, sólo de imaginarlo te partes el alma.

La genética de la fidelidad

En todas partes se discrepa sobre cómo se hacen las cosas, incluso en las familias más apañadas se producen desacuerdos sobre las propinas y los favoritismos. El dinero nos trae de cabeza y causa muchas rupturas. Ahora que el desempleo cabalga de nuevo, el alcalde de la inmortal ciudad de la Expo se ha puesto a la cabeza de los munícipes del reino para rader de las arcas del mega Ministerio de Economía un puñado de céntimos. La caja fuerte del consistorio está pelada y el petróleo sigue bajando, a este paso la flota de autobuses de Tuzsa tendrá que moverse a hidrógeno o enchufarse a la red eléctrica. Por muy barata que se ponga la gasofa —algún día tendrá que bajar de precio— no puede venderse el pabellón puente por escamas para pagar el transporte público. La Expo se lo ha comido todo, hasta la medalla de oro del cronista oficial, el gran vecino del PP. El dispendio ha sido tan grande que incluso se han pagado los lápices y los folletos de Naciones Unidas. Un derroche. Ya me han dado la cantada sobre los presupuestos de la Casita de Chocolate, porque la ONU no se gasta un colín en la sede y hay que apoquinarle hasta los envíos. Pero es que la ONU es así. Mola mucho traérsela a casa, pero le tienes que aflojar la mosca hasta que se cansen. Y van sobrados de aguante. Para darse el pingüe con la ONU hay que gozar de una saca sin fondo o ser más pobre que Carracuca. No valen las medias tintas. Así que la «Carta de Zaragoza», según Ban ki-moon, se puede quedar en nada.
   La Expo de Zaragoza ha resultado una medianía, un cagar con medio culo, una Fitur en pequeño, algo que tendría que haber financiado la Academia del Cine en su apartado de documentales turísticos para potenciar los hologramas o los Imax. Así que no se puede ser fiel a la Expo ni al alcalde sin sufrir una lipotimia en las filas kilométricas de finales de agosto. Ahora que empieza septiembre y la Expo va hacia abajo, tendrán que llegar los genetistas suecos a tocarnos la moral para convertirnos en individuos fieles a la fuerza, porque ya es muy dificil tragar con esta broma. Cajas de diez mil euros por comida en el gremio hostelero, a base de recalentar el papeo y montar un autoservicio, no se hacen ni durante las fiestas del Pilar. Con seis o siete cajas en uno de los restaurantes de Ranillas, a la hora del café ya has pagado los sueldos de toda la plantilla. En las cenas igual te sacas la luz, la basura y otros gastos, así que calculen lo bien que sale el negocio de «restauración» en el meandro el resto del mes porque todos los garitos y chiringuitos los lleva la misma gente, una empresa de fuera. ¿Menudo chollo, no? Pues eso ha sido la Expo: documentales y fluvivasos. Ahora hay que ser fiel a los principios, porque si no viene el PP en unos años y nos mete en vereda. Pues que despabilen, oiga, ¿acaso no sabían dónde se estaban metiendo? Montar una Expo sostenible cuesta un pulmón de acero inoxidable, ni los suecos se atreven. Endiñarnos un eufemismo, con lo agradecidos que somos, está tirado.
   El mismo alcalde que nos pedía al comienzo del gran evento que fuésemos por la vida con la cabeza bien alta, que pudiendo ser la tercera ciudad del país sería de tontos continuar siendo la quinta, ahora asume el mando de la ciudades y comienza a pedir su ración de la tarta. Entre la Europa de los Pueblos y la Europa de las Ciudades, el Gobierno peninsular prefiere la Europa de los Estados. Nunca se sabe lo que es peor, pero resulta evidente que el que no llora no mama, así que el alcalde se ha puesto a pedir que algo caerá. Vivimos en una pseudoyanquilización posmoderna, donde todavía caben un puñado de grandes superficies, estilo Plaza Imperial, para gastarnos los cuartos. En plena recesión y con los bolsillos vacíos, se abre hoy junto al aérodromo de Sanjurjo —llamarlo aeropuerto me parece un exceso— este nuevo hogar del consumo. Puestos a huir, que sea hacia adelante.