Sahara

Exactamente desconozco lo que me encontraré en Tinduf pero me hago una ligera idea, es cuestión de no darle demasiadas vueltas a la olla. Igual que otros años me fui a Cuba o al Perú, y terminé siendo un incomprendido, ahora con el Sahara la gente tampoco se queda con la copla. Lo primero que piensan es que se trata de un viaje de placer, que haré «tumbing» en un hotel de muchos cometas y disfrutaré del lujo y del confort a mandíbula batiente. La ignorancia es tan atrevida que te golpean en los lomos diciendo con retintín que hay que ver cómo te cuidas. Cuando descubren que el placer del viaje consiste en ir a un campamento de refugiados perdido en el desierto argelino se quedan pasmados. Te miran de reojo, como si fueras un degenerado que se siente superior al rodearse con la miseria ajena. Cuando requiero su colaboración, pasándoles una lista sembrada de artículos de primera necesidad, se descolocan del todo. Lo mismo eres socio de alguna ONG y no lo sabían. Igual has recibido una llamada espiritual por internet y en cualquier instante ingresas en el seminario. ¿Qué diantres te pasa?
   Resulta preocupante que la sociedad esté tan desarticulada, pero no soy mecánico ni me he apuntado a ningún máster en sociología. Parto de la base que la caridad, aparte de insultante, es lamentable. Apoyar a un pueblo con tu simple presencia puede parecer una ridiculez, pero menos da una piedra. En el peor de los casos, lo que pueda hacer en el Sahara, aunque no sea determinante, me abrirá los ojos a nuevos horizontes. Cada día que pasa y a medida que voy cogiendo años, mi afán de protagonismo mengua de tal modo que ya me causa hilaridad.  Así que no voy a ser ni mejor ni peor persona por elegir el Sahara para pasar este fin de año. Me gusta conocer de primera mano lo que ocurre en el planeta y echar una mano, no hay más, ¿tan raro es? Reconozco que soy un cotilla, por supuesto, nunca lo he ocultado, pero tampoco puedo evadirme de que tenemos una parte de responsabilidad civil en cómo se desarrollan los acontecimientos en aquél limbo.
  Nunca me he sentido responsable de las acciones que han cometido los gobiernos de este país a lo largo de la Historia, del mismo modo que no me subyugan las banderas ni los patriotismos tampoco me comprometen los pasaportes, pero la injusticia es tan palmaria que provoca vergüenza ajena. ¿Cómo se puede compensar la situación? Yendo allí, no conozco otra fórmula de expresar mi disconformidad con lo que les pasa. Conviviendo con los saharauis y contemplando con mis propios ojos la situación en la que viven, se percibe en toda su amplitud el significado de su resistencia, de su paciencia infinita y su generosidad en recibirte. Igual que existen delitos contra la humanidad, un gesto solidario de las personas puede, aunque sea durante un instante, equilibrar la balanza. Hacer este viaje es de sentido común. Aportar un grano de arena  al gigantesco desierto, no para enterrar sus aspiraciones sino para que siga cobijando a los millares de personas que hoy residen en las zonas liberadas, es una experiencia que merece la pena vivirse. Compartir con estas gentes el principio y el final de un año tan duro como el que estamos viviendo es un gesto simbólico. Significa que no les olvidamos. Y lo que es más importante, que no nos olvidamos de nosotros mismos.

Abducciones

  Las operaciones de falsa bandera han sido tantas en la Historia de la Humanidad y lo siguen siendo, hasta el extremo de que muchas veces ya no sabemos cuál es auténtica y cuál es ficticia. Tienen en común, y he aquí lo interesante, un puntito de verdad todas ellas. La última y más conocida, que causó la muerte de miles de personas, que provocó una guerra y la pérdida de libertades civiles en el mismo país que sufrió el golpe, es la de las Torres Gemelas en Nueva York. Evidentemente no fue como nos contaron, pero difícilmente podremos algún día señalar quiénes lo llevaron a cabo y con qué razones. Salta a la vista que fue una demolición controlada y no producto del estrellamiento de aviones en la cúspide de los rascacielos.
  El asunto es tan pasmoso —y nos viene tan grande su investigación— que causa perplejidad asumir que un puñado de mercenarios puedan volar edificios con gente dentro para que sus jefes ganen una pasta gansa, pero la historia está sembrada de multitud de conflictos que tienen la misma raíz: matar gente a cambio de dinero. Da lo mismo su nacionalidad, siempre y cuando sus cadáveres sean rentables. El problema estriba en demostrar lo que se cuenta. El gobierno americano ofreció un terrible espectáculo televisado a los seis continentes, pero no entregó ninguna prueba. Casi nunca lo hace, de ahí que siempre nazca la sospecha y la teoría de la conspiración. Siempre se juega al espionaje, los intereses de las grandes multinacionales y el barro de las empresas de armamento. Es fácil hallar en este macabro juego fisuras de tamaño considerable, incluso en las propias imágenes que nos presentan los gobernantes para argumentar futuras acciones. A esta mentalidad maquiavélica se la denomina de falsa bandera, contraterrorismo, espionaje o alto secreto. Desde los vuelos de Guantánamo, cuyos papeles se han perdido en España últimamente, a los atentados de Bombay, todo vale en política internacional para obtener resultados. No es raro pues, que ante la debacle económica en que se encuentra Estados Unidos surjan sujetos sin ningún escrúpulo que, al rebufo de los acontecimientos, inyectan ideas arcaicas utilizando resentimientos raciales muy peligrosos en su propio beneficio.
   A estas alturas, la mayoría de los internautas han visto ya a un individuo que trabajaba de comentarista en una emisora de radio estadounidense presentándonos la moneda que, a su juicio, Norteamérica está acuñando «muy en secreto» y a marchas forzadas —el Amero— con la idea de quitar de enmedio al dólar en apenas seis meses. Pues bien, acabo de encargar unos cuantos «ameros» y cuando los tenga en mis manos —durante este mes, según la empresa que me los proporciona— igual me monto también un video en YouTube para hacerme famoso y vivir del cuento. Lo que nunca se me ocurrirá es ponerme a echar pestes sobre las gentes de color y cosas por el estilo. Me parece una abominación manejarse con estas mentalidades en pleno siglo XXI, pero es que en Yanquilandia sigue habiendo mucho carca con rifle en el dormitorio y entre ellos está adquiriendo fama y punch, de hecho tiene millones de entradas diarias en su web a costa de los ingenuos.
  Nadie duda en la Red, de que este sujeto fue arrancado del micrófono por las ideas racistas que escupía a diario, no por la leyenda urbana del Amero. Turner, creo que así se apellida, es un facha de los más impresentables y hace unos días le han acusado además de ser un agente encubierto del FBI. ¿Es verdad? Quién sabe. Yo lo sigo de cerca como si se tratara de Carlos Jesús, el que venía de Reticulín, o como si fuese uno de los cazafantasmas. A medio camino entre Carrascal y Federico J. Los Santos, pero mucho más canalla, ahora está empeñado en que Obama no tome posesión de la Casa Blanca porque no nació en los USA. De hecho no se encuentra su partida de nacimiento en Hawai. ¿Es verdad? Quién sabe. En cualquier caso, el joyero yanqui que manda a la Casa de la Moneda sus medallas y monedas para que las acuñen, las ha vendido ya casi todas. Se ha forrado. Ahora por lo visto el zutano exlocutor está sacando en su web unos billetes de Amero, muy poco creíbles, en los que aparece el Big Ben, alguna pagoda y un especie de gamo que bien podría ser un canguro. En fin, todo un chasco. Puestos a la conspiranoia, circulan por la Red un montón de bulos que adquieren de pronto visos de realidad porque nadie se cree nada. O lo que es lo mismo, cualquier cosa resulta creíble. Como en los periódicos y las televisiones, conviene pasar de puntillas con todo lo que se lee por Internet. Todo tiene algo de verdad, pero también de mentira. La información es un arma poderosa y de doble filo.

La jubilación del ratoncito Pérez

   Llevaba un tiempo resintiéndome del tecer premolar, el del carrillo superior derecho. Había retrasado ya durante quince días y de manera consciente el lamentable momento de acudir a la dentista. No soy de los que huyen de la consulta, prefiero dilatar el proceso mediante estúpidos autoengaños. Los mantengo hasta que el dolor resulta ya insoportable y no me queda más remedio que levantar el auricular y pedir una cita. No me lo hago mirar porque estoy convencido de que, allá en lo más hondo de mi desgana, subyace un problema de entrega. Y no me refiero a un conflicto en la mensajería instantánea, sino a la dificultad de abandonarme. Se me antoja un imposible abrir la boca de par en par y dejarme hurgar en la dentadura. En esos instantes me gustaría ser animista para convencerme de que tengo la misma sensibilidad que un automóvil y que ella, a fin de cuentas, no es más que una especialista en chapa y pintura. Su consulta, por más esfuerzos que haga y a pesar de la similitud de conceptos, no se dibuja en mi lóbulo frontal como un taller mecánico. Más bien adquiere las trazas de un quirófano en miniatura y este tipo de hábitat, con su enorme halógeno colgando del techo y arrojando luz sobre el más nimio de los detalles, supera mi voluntad de tal manera que llego a sentirme irritable, en carne viva y a flor de piel. No podría especificar dónde empieza la ansiedad y dónde termina mi paciencia, por eso recurro al arte de elevar mi propio drama a la enésima potencia.
    Cuando una situación se me hace muy cuesta arriba imagino siempre que todavía cabe algo peor y no merece la pena destacar que todo esfuerzo cae con inusitada frecuencia en saco roto. Sólo soy capaz de añadir complementos espantosos al pánico inicial, remates que se van engarzando igual que vagones a la locomotora del miedo. Por ejemplo, si la consulta de la dentista estuviera en la cima de una montaña, la dentera que me producen las anestesias, los bisturís y las tenazas se asociaría con el vértigo que me convierte en un pólipo durante cualquier ascensión. Aunque me crezco ante las dificultades también me derrumbo ante la multiplicación de las desgracias, así que alegrarme de no vivir en el Nepal no hizo mella en mi carácter. Hacer cumbre y que de premio me extraigan una muela es una forma de triunfar que me infunde un respeto subyugante. No cabe duda de que, si asoma la oportunidad, tengo tendencia a comportarme como un sherpa pero suelo ejercer como tal en vaguadas, llanos y desiertos, jamás si se me nubla la vista al borde de un precipicio, así que me vi obligado a buscar mejores subterfugios. Por ejemplo, si hubiera franca escasez de dentistas en el planeta y mi domicilio estuviese en el África subsahariana lo mismo tendría que utilizar un avión como medio de transporte, artefacto que suele provocarme sudores fríos, pavor en las entrañas y una enorme desconfianza a cerca de los automatismos de la tecnología y la organización sindical de los pilotos. En seguida noté que sumergirme en disparatadas emociones tampoco reverirtía ninguna esperanza, de modo que abandoné la mente en multitud de inconveniencias. Me vi con los dedos de una mano pillados en la puerta, arrollado en la calzada por un ciclomotor, esparcidos mis sesos por la acera tras recibir un ridículo macetazo, cacheado por una agente de policía en el aeropuerto de Bogotá o en mitad de una manifestación de neonazis, todos ellos convenientemente equipados con guadañas para despellejarme en la esquina más próxima. Recuerdo que pensé incluso en que la crisis económica era tan grave que nos veíamos abocados al canibalismo, pero cualquiera que fuese la situación en la que caía en trance siempre había un diente que me molestaba y surgía de la nada una dentista empeñada en arrancármelo de cuajo.
   Era consciente de que la primera cita en raras ocasiones trae consigo otra medida que la pura y simple evaluación de los daños. También sabía por anteriores visitas que una vez que entras al trapo asumes el papel de víctima. Por exigencias del guión te adentras en un «reallity show» de temática «gore», donde una profesional experta encuentra en la dentadura una caries, una piorrea, una muela del juicio que está naciendo de costadillo con el insano propósito de hacerte la vida imposible. En la salita de espera no habrá boletos ni sorteos, tampoco notarios, simplemente te tocará la vez y estarás perdido. Si algo tiene claro mi cerebro es que soy capaz de sufrir un ictus, por eso ni en mis peores pesadillas alimenta mis sueños aproximándose al gremio de los estomatólogos y los cirujanos maxilofaciales. Verles trastear con el instrumental y sentir en la cruceta un descabello son fenómenos tan sincronizados como el trueno que sigue al rayo o la actualización de una cartilla de ahorros cuando extraes dinero en un cajero automático. Entre la causa y el efecto no hay vuelta atrás, por eso retardaba el instante de pedir una cita a mi dentista. Fraccionaba el tiempo y las aspirinas confiando en que se desvaneciera el dolor, esperando inútilmente que el tercer molar se desprendiese de mi mandíbula superior mediante algún encantamiento. Y que a ser posible no me lo tragara del susto. Depositaría después aquel pedazo de marfil bajo mi almohada en la confianza de que, a cambio de una moneda, viniera a llevárselo el ratón del cuento. Pero nada de esto ocurrió y no tuve valor de arrancármelo yo mismo, así que perdí toda esperanza. Siempre sospeché que un roedor tan millonario como inmortal acabaría jubilándose un día en la consulta de mi dentista. Una abrazadera minúscula, que descansaba en un platillo de metal, mantuvo agarrada la muela durante un segundo hasta que desapareció de mis narices. Fue visto y no visto. Y como siempre cabe algo peor, contemplé atónito una aguja reluciente que la dentista hilvanaba en un fino cordel atravesándome las encías. Yo entonces le pregunté como pude si conocía al inventor de los calmantes. O en su defecto, si no podría telefonear a uno de los peones transilvanos, a cualquiera de los que todavía están barrenando los sótanos de mi domicilio y avisarle de que viniera ipso-facto con un martillo a estampármelo en la sien. Agradecería cualquier medida con tal de perder el sentido. Asistiría a la matanza del cerdo en Peñarroya, me afiliaría al real Zaragoza o sería costalero en el Rosario de Cristal, lo que fuese antes de atisbar cómo la dentista asomaba una puntita de la lengua entre sus blancos caninos mientras empuñaba con destreza la aguja y el sedal.

Los tiempos están cambiando

  Han sacado a la venta unos recortables sobre modas medievales utilizando de maniquíes las monárquicas jetas de los reyes de España y han pillado a Felipe González con su novia en Uruguay, viajando en un avioncito para los dos tórtolos. Son noticias propias del Hola, aunque en otros tiempos hubieran acabado en las Cortes. Será que los tiempos están cambiando. La transformación de las costumbres es muy sutil. Se puede hacer chanza de los reyes si responde a una causa justa y se puede hablar de los amoríos de un presidente de gobierno cuando hace años que se jubiló del cargo y sufraga de su bolsillo —¿o lo paga Europa?— el coste de sus viajes. En Luxemburgo, por ejemplo, no puedes sacar al Gran Duque a la palestra y ponerlo a caldo porque se levantan muchas ampollas. En Islandia no te dejan ir a la casa del presidente del gobierno y decirle que dimita porque sale la policía y te echa gas a la cara. En el caso de Luxemburgo, como en el de aquí con los Reyes, el jefe del estado es el Gran Duque Enrique. El parlamento de aquel país votó a favor de legalizar la eutanasia y como el duque es católico se negó a firmar la ley, por lo que no puede entrar en vigor una medida que los elegidos por la ciudadanía han decretado como legal. En Bélgica pasó tres cuartos de lo mismo. Así que los tiempos cambian pero a cámara lenta.
  El todavía jefe de los Estados Unidos se arrepiente ahora de haber hecho caso a la CIA con el rollo increíble de las armas de destrucción masiva en Irak. Dudo mucho que este individuo acabe en el Penal Internacional de La Haya, igual que Blair o Aznar, juzgado por crímenes contra la Humanidad, pero es un avance que diga lo que sabíamos todos antes de la invasión. Es agradable saber que no estábamos locos y que si hay algún loco es él, de modo que los tiempos están cambiando aunque no sepamos todavía si es a peor. En Estados Unidos la deuda alcanza a casi setenta mil dólares por norteamericano, mientras el presidente saliente continúa repartiendo miles de millones entre las entidades financieras que solicitan el préstamo del Estado. Supongo que el gobierno aragonés terminará quedándose la fábrica entera de Figueruelas y comiéndose el aval de doscientos kilazos, porque la GM presenta un nuevo expediente de regulación de empleo para siete mil trabajadores. Siempre podrán decir nuestros mandamases que sin el aval la situación sería lamentable, pero todo este guirgay de millones, cada día que pasa, huele peor. Es lo que ocurre cuando los tiempos cambian, que ya no sabemos ni la hora en que vivimos. La mangancia es tan fácil que un periodista del New York Daily News, para demostrar cómo campa a sus anchas el latrocinio, se ha dado el gustazo de comprar el Empire State — edificio completo— en hora y media escasa. Se inventó una empresa, se sacó de la manga el notario, le metió caña a la impresora y en un pispas se hizo con el rascacielos. Nadie comprobó nada, alucinante ¿no? Pues así están las cosas. No me extraña que en Zaragoza, el vecino por antonomasia, el jefe de la oposición en el ayuntamiento, se ponga como un buey por el despilfarro en el nuevo consistorio. Al fin y al cabo estamos hablando de alguien que conoce muy bien el paño, no en vano asesoró en su momento al arzobispado para que vendiera el seminario a la Rudi, que entonces era la alcaldesa y ahora es jefa del PP en Aragón. Habrá que echarle un vistazo a los papeles del consistorio franquista, habrá que tirar de hemeroteca para saber cómo el seminario acabó en manos de los curas siendo el terreno en el que se asentaba de propiedad municipal. Los tiempos cambian, sí, pero a veces retroceden tanto en la historia para tomar impulso que nos topamos con esos pequeños marrones del pasado que tanto desagradan a las gentes de bien pensar, de modo que se olvidan. Se olvida la memoria porque ya no hay arreglo. Se olvida porque hay demasiada caca bajo las alfombras. No me extraña que el asuntejo del despacho de Belloch acabe en agua de borrajas, es lo que hay. Si los bancos suizos pierden mil millones al mes, si Fraga y Carrillo todavía se enzarzan con la guerra civil en la tele y si Joe Biden, el nuevo vicepresidente de Barck Obama le saca la cara a Bush con las armas de destrucción masiva, será que los tiempos cambian de cara y de aspecto pero que rara vez cambian de verdad.

La maquinaria

   Una parte nada despreciable de la población está convencida de que las huestes conservadoras, que tienen la sartén por el mango, son las más adecuadas para llevar las riendas del gobierno cuando llega la crisis y vienen mal dadas. Desconozco de dónde surgirá esta mentalidad porque no guarda ninguna consistencia. De hecho, la peña guapa siempre nos hunde en los peores lodos y el que sufrimos ahora es un retrato evidente de cómo las gasta semejante pandilla. Supongo que una creencia tan extraña sólo refleja un problema óptico. Nos hacen falta unas buenas gafas. Quien goza de una saneada cuenta corriente pone mucho mimo en que, gobierne quien gobierne, acabe beneficiando sus tejemanejes. Tres millones de parados —y un millón de ellos sin ningún subsidio— así lo demuestran. Cuál es la política social del Gobierno, ¿ofrecer un aval de 200 millones a la General Motors para que fabrique un coche? No hay imaginación ni horizonte y además importa poco que la multinacional siga chantajeando con «regulaciones».
   La solución que ofrecen los diversos institutos de empleo autonómicos, como es tradición desde la reconversión industrial de los ochenta, se circunscribe a cambiar las estadísticas y nomenclaturas de los que se quedan sin trabajo. Si las cifras del paro dieron origen a encuestas de población activa es debido a que los currantes fueron convertidos en desempleados, más tarde en desocupados y próximamente, así lo anuncian sin ningún decoro, en «beneficiarios». El beneficio que obtienen, al menos es lo que cabe entender, se caracteriza por la asistencia a unos cursos que los «ocupan». La pescadilla se muerde la cola gracias a las enseñanzas impartidas por empresas de dudosa moral, las cuales aprovechan la demanda que el propio Estado monta para emplear a sus educadores organizando un amplio tenderete de aprendizaje, reconversión y puesta a punto de los parados. No me extraña que los sindicatos, tan atentos a cualquier maniobra, se apunten para dar clases. El propósito es devolver a los peones al «mercado» laboral, ¿pero saben de qué mercado hablan?
   Siempre que la izquierda sube al gobierno se generan expectativas y al incumplirlas regresa de nuevo la derecha al poder. Esta simpática alternancia conforma tal cúmulo de ineptitudes, vicios y corruptelas que se antoja imposible levantar una generación honorable de jefes. La aristocracia política tiende a jubilarse en los despachos de las multinacionales, levantan desde allí fundaciones a mayor gloria de sus apellidos e imparten conferencias de toda índole hasta lograr incluso algún doctorado «honoris causa». La vieja dicotomía entre izquierda y derecha parece un canelo que aún resulta útil a las estructuras económicas. Apenas resuelven los problemas cotidianos de la gente común, pero la maquinaria de control es formidable. Aún no conozco a ningún ladrón de guante blanco que haya sido arrestado por el crack financiero. Llama la atención, en cambio, la pasta que se levantan los bancos y los fabricantes de coches a costa de la crisis. Les auxilian como si fueran damnificados y no hubiesen tenido ganancia alguna durante décadas. Incluso las constructoras quiebran tras lustros de magníficos pelotazos y nadie investiga la carroña. Desconocemos a los culpables porque la trasparencia democrática brilla por su ausencia, de modo que no es muy descabellado imaginar que la constante pérdida de empleos continuará engordando durante el año próximo, al mismo ritmo además que multinacionales y entidades financieras siguen sangrando las arcas públicas. En un ambiente piramidal, donde un puñado de accionistas y especuladores se forran a costa de la mayoría, parece un chiste de humor negro que el filibusterismo somalí sea una plaga a combatir y en cambio se permita campar a sus anchas a los piratas financieros. En estas condiciones raya lo grotesco que la población siga creyendo en su ignorancia que los conservadores vendrán otra vez y lo arreglarán todo. A dónde se fueron, ¿a abrir una cuenta en Liechtenstein?

Los vuelos secretos

   Los secretos de Estado forman un terreno resbaladizo en el que es muy fácil patinar, hundirse o afirmar lo que a uno le venga en gana. Se habla de que existen barcos secretos navegando por aguas internacionales, cárceles flotantes donde no se respeta la legalidad internacional y los individuos sobreviven sin las mínimas garantías judiciales. Se cuenta que en las bases militares que proliferan por el mundo —no sólo en Guantánamo— se actúa de la misma forma que en estos barcos. También existen aviones secretos que vuelan con el beneplácito de los gobiernos para conducir a los detenidos de una prisión a otra sin que un juez pueda intervenir. Incluso se advierte a los emigrantes de que en los aeropuertos occidentales hay cuartos secretos donde se retiene a los pasajeros en condiciones humillantes para devolverlos a sus países. Amparados en el secretismo actúan los gobernantes fuera de las leyes, a veces con conocimiento de hechos delictivos y otras en la más absoluta de las inopias. Resulta muy complicado dilucidar quién sabe lo que ocurre, quién se muestra negligente en sus responsabilidades y quien colabora. Los espías se organizan en tinglados de inteligencia y reciben órdenes de sus superiores, pero actúan con absoluta impunidad frente al poder político de los países. En muchos casos constituyen un poder paralelo al del propio Estado. A fuerza de garantizar su existencia se constituyen en maquinarias de difícil control y lealtad. Si algún suceso secreto de pronto emerge a la luz pública cabe preguntarse las razones de semejante aparición y a quién beneficia. Es cierto que las víctimas de las acciones ilegales son propensas a desenterrar las verdades, y que hacen todo lo que está en su mano para enseñar las vergüenzas y trapalas de aquellos que condujeron a sus parientes y amigos a situaciones desesperadas. Incluso a veces la prepotencia de los agentes o los soldados ofrece en bandeja pruebas irrefutables de los atropellos sufridos por la ciudadanía. La triste realidad es que lo conocido en materia de torturas, vejaciones y detenciones ilegales constituye una parte exigua del total. La mayoría de los dislates continúan en secreto años después. Información y contrainformación, espionaje y contraespionaje, terrorismo y contraterrorismo, agentes dobles y negocios de toda índole, siempre generan negros espacios donde vale todo. Lo máximo que puede ocurrir es que algún suceso infumable brote en la prensa y las víctimas inocentes de cualquier indecencia gubernativa pidan daños y perjuicios en un juzgado, que alguien tenga que dimitir si llegan a comprobarse las acusaciones y que el enjambre de la inteligencia y del espionaje, una vez puesto en duda, en lugar de desmontarse adquiera altas cotas de perfeccionamiento. Los estados, con la excusa de defenderse de enemigos externos e internos, se arrogan el derecho de actuar como delincuentes. A nadie conviene que se destripen sus maniobras, de ahí que sea tan sencillo hablar por boca de ganso, levantar leyendas o jugar con toda la baraja en la mano. Hoy por hoy está demostrado que cientos de aviones de la CIA sobrevolaron Europa con el consentimiento de los gobiernos europeos, a los que abastecieron y permitieron hacer escalas en sus aeropuertos. El Partido Popular y el Socialista parece que no se lamentan de estos hechos, ni en las Cortes Generales ni el Parlamento de Estrasburgo, como mucho se acusan mutuamente de ser conocedores y de apoyar en mayor o menor grado estas ilegalidades, estos delitos secretos. Cientos de aviones aterrizaron en este país camino de Guantánamo, durante el gobierno de Aznar y durante el gobierno de Zapatero. Que lo hayan permitido ambos gobiernos no indica que el delito no exista, es un agravante intolerable. Comprendo que asaltar un avión de la inteligencia estadounidense puede provocar un conflicto diplomático pero antes de llegar a esta situación es preferible no permitir el aterrizaje. La colaboración está tipificada en la Ley, también la denegación de auxilio, y va siendo hora de que la Audiencia Nacional tome cartas en el caso o lo envíe al Tribunal de La Haya.

Lujo y oportunismo

   El ilustre vecino —nombrado cronista oficial de la Expo por el alcalde, que ya es la bomba — está de mal café debido a las renuncias en la ingesta que conlleva su estricto régimen alimenticio, por eso dicen las malas lenguas que la emprende a voces en el pleno, en el Justicia y en los tribunales agitando el expediente del viejo seminario entre sus manos. Nadie se cree que el despilfarro en el nuevo consistorio sea la auténtica razón de su cabreo. Se ha dilapidado el dinero público a manos llenas en esta ciudad durante el último año y pocos han levantado la voz en medio del alboroto, así que los ladridos resultan ahora incomprensibles. La duplicación de despachos entre la plaza de las catedrales y el seminario no es un asunto práctico y sin embargo pasa de puntillas, igual que la pasta gansa que se llevó el arzobispado vendiéndonos un edificio que símplemente se le prestó en la dictadura. Utilizar el viejo ayuntamiento para el paripé del chupinazo de las fiestas, los plenos y demás gaitas es un despilfarro idiota que en cambio la peña ve como lo más normal del mundo, porque sólo se queja de los mármoles, las maderas nobles y las duchas de hidromasaje que han montado en el nuevo. Es obvio que el vecino entre los vecinos acabará disfrutando de un lóbrego cuartucho en el seminario, será cuestión de ver si se lo monta en Ikea. Aunque ahora se suba por las paredes tampoco quiere decir que la esté gozando. En su propio partido, por lo visto, le quieren dar puerta y él se limita a dificultar la puñalada. Tras la llegada de Luisa Fernanda a la jefatura de los populares en Aragón, asunto que no le hizo mucha gracia a la interfecta pero que se labró a pulso en las Cortes Generales — recordemos que se dió el piro elegante durante el debate del trasvase—, esta señora necesita montar su propio tenderete y enderezar el timón de la derecha local. El vecino, por lo que se charra en el «ambiente neocón», que es súmamente cotilla, resulta muy cargante para la Rudi. No le queda otra salida al super vecino que montar un pollo fabuloso en el consistorio y alargar el fregado lo que haga falta para minar la credibilidad del alcalde. La Expo, cuyas bondades cantó este cronista al aceptar el cargo, le reportarán votos a su contrincante en un futuro y no puede permitirse el lujo porque sus posaderas están juego. La mejor forma de incrementar la iracundia es dejar de fumar o ponerse a régimen. Mejor aún si se superponen las dos carencias, porque la agudeza de ingenio buscará entonces salida más allá del tejido de las alfombras, de la madera de las mesas o del mármol de los suelos, cualquier cosa valdrá para mantener el sillón y seguir optando a quedarse un día con el bastón del actual alcalde. Si lo consigue, asunto que está por ver, comprenderemos que disfrute del fino trabajo de ebanistería a ciento y pico mil euros o se fume un puro frente al rosetón de alabastro del seminario porque estos espacios son de uso institucional y una vez construídos difícilmente se desmontan. A mí me gustaría saber, por ejemplo, qué pasa con lo que se desmonta. Aunque sea por derribo. ¿Dónde fueron los muebles de la Gerencia de Urbanismo, los que hasta hace poco había en el Cubo de la Romareda? No olvidemos que también costó un riñón decorar los despachos de García Nieto y de Ocejo. ¿Dónde acabaron los muebles de la alcaldía pepera de Atarés? Porque Belloch se encontró vacío el despacho al tomar posesión. Comprendo que nuestros políticos se agarren a un clavo ardiendo para descabalgarse , pero no es la primera ni será la última vez que demuestran un abandono absoluto de la propiedad pública. La tesorería y la intervención de un consistorio tienen mucho que decir en estos tejemanejes. ¿Está todo en regla cuando se traspasan poderes y se cambian sillones? ¿Son comparables los gastos a los de otros municipios o son excesivos? Me parece del género hipócrita que a un concejal se le ponga la subclavia como una morcilla de Soria hablando del dispendio y acto seguido, sin ningún decoro, haga uso de las instalaciones alegremente. ¿No resulta absurdo?