La maquinaria

   Una parte nada despreciable de la población está convencida de que las huestes conservadoras, que tienen la sartén por el mango, son las más adecuadas para llevar las riendas del gobierno cuando llega la crisis y vienen mal dadas. Desconozco de dónde surgirá esta mentalidad porque no guarda ninguna consistencia. De hecho, la peña guapa siempre nos hunde en los peores lodos y el que sufrimos ahora es un retrato evidente de cómo las gasta semejante pandilla. Supongo que una creencia tan extraña sólo refleja un problema óptico. Nos hacen falta unas buenas gafas. Quien goza de una saneada cuenta corriente pone mucho mimo en que, gobierne quien gobierne, acabe beneficiando sus tejemanejes. Tres millones de parados —y un millón de ellos sin ningún subsidio— así lo demuestran. Cuál es la política social del Gobierno, ¿ofrecer un aval de 200 millones a la General Motors para que fabrique un coche? No hay imaginación ni horizonte y además importa poco que la multinacional siga chantajeando con «regulaciones».
   La solución que ofrecen los diversos institutos de empleo autonómicos, como es tradición desde la reconversión industrial de los ochenta, se circunscribe a cambiar las estadísticas y nomenclaturas de los que se quedan sin trabajo. Si las cifras del paro dieron origen a encuestas de población activa es debido a que los currantes fueron convertidos en desempleados, más tarde en desocupados y próximamente, así lo anuncian sin ningún decoro, en «beneficiarios». El beneficio que obtienen, al menos es lo que cabe entender, se caracteriza por la asistencia a unos cursos que los «ocupan». La pescadilla se muerde la cola gracias a las enseñanzas impartidas por empresas de dudosa moral, las cuales aprovechan la demanda que el propio Estado monta para emplear a sus educadores organizando un amplio tenderete de aprendizaje, reconversión y puesta a punto de los parados. No me extraña que los sindicatos, tan atentos a cualquier maniobra, se apunten para dar clases. El propósito es devolver a los peones al «mercado» laboral, ¿pero saben de qué mercado hablan?
   Siempre que la izquierda sube al gobierno se generan expectativas y al incumplirlas regresa de nuevo la derecha al poder. Esta simpática alternancia conforma tal cúmulo de ineptitudes, vicios y corruptelas que se antoja imposible levantar una generación honorable de jefes. La aristocracia política tiende a jubilarse en los despachos de las multinacionales, levantan desde allí fundaciones a mayor gloria de sus apellidos e imparten conferencias de toda índole hasta lograr incluso algún doctorado «honoris causa». La vieja dicotomía entre izquierda y derecha parece un canelo que aún resulta útil a las estructuras económicas. Apenas resuelven los problemas cotidianos de la gente común, pero la maquinaria de control es formidable. Aún no conozco a ningún ladrón de guante blanco que haya sido arrestado por el crack financiero. Llama la atención, en cambio, la pasta que se levantan los bancos y los fabricantes de coches a costa de la crisis. Les auxilian como si fueran damnificados y no hubiesen tenido ganancia alguna durante décadas. Incluso las constructoras quiebran tras lustros de magníficos pelotazos y nadie investiga la carroña. Desconocemos a los culpables porque la trasparencia democrática brilla por su ausencia, de modo que no es muy descabellado imaginar que la constante pérdida de empleos continuará engordando durante el año próximo, al mismo ritmo además que multinacionales y entidades financieras siguen sangrando las arcas públicas. En un ambiente piramidal, donde un puñado de accionistas y especuladores se forran a costa de la mayoría, parece un chiste de humor negro que el filibusterismo somalí sea una plaga a combatir y en cambio se permita campar a sus anchas a los piratas financieros. En estas condiciones raya lo grotesco que la población siga creyendo en su ignorancia que los conservadores vendrán otra vez y lo arreglarán todo. A dónde se fueron, ¿a abrir una cuenta en Liechtenstein?

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