Gastar el nombre

La gente se ha creído hasta la médula que el aleteo de una mariposa en los Pirineos puede desencadenar un tifón en Valencia. Y es verdad, pero depende. La física cuántica lo mismo sirve para gestar divinos entusiastas que agnósticos de cualquier creencia, todo es cuestión de la utilidad y de la manipulación de los axiomas. Los auténticos científicos son conscientes de su incapacidad para determinar ciertos asuntos. No quieren pillarse los dedos y, a la hora de pronunciarse, su lentitud nos exaspera. Hemos visto tantas cosas por la televisión, que la ciudadanía está ansiosa por ver el fin del mundo en vivo y en directo. Lo han anunciado tantas veces que es comprensible incluso que defraude la tardanza. En Suiza resuelven el kit-kat dándole cuartelillo al turismo suicida. La peña acude a Nueva Zelanda para lanzarse desde un rascacielos colgada por los pies a una cuerda y nosotros preocupándonos aquí porque el turismo y el terrorismo no hacen buenas migas. ¿Acaso no somos capaces de ponernos ciegos de vino y corretear después por un empedrado huyendo de una docena de toros de lidia? Si hemos convertido esta locura en un acontecimiento internacional, ¿de dónde nos llueven ahora las malas vibraciones? ¿No es peor lo que se vive en Sicilia?
La balanza de pagos es tan imprevisible como el mercado de futuros, nunca se sabe por dónde sonará la flauta. En la colmena de la humanidad es tan vital la información que se transforma a medida que se arroja luz sobre ella. Fíjense si no en los americanos, que eligieron a una abeja reina tan colorista que el planeta entero se rindió a su pies. Nos cuentan ahora que Obama, la estrella fulgurante, para arreglar el racismo propone ir al bar y compartir unas cervezas. Ni un anuncio de la Ámbar lo hubiera expresado mejor. No hay nada como pillar un buen pedo para olvidarse de los problemas, sobre todo de los que no tienen solución. Aunque seas la abeja reina de la colmena y tengas todos los medios a tu disposición, es mejor recular a tiempo que provocar un tumulto en los suburbios. En cierto asunto, como el que compromete a un policía blanco y chulo con un catedrático negro y despistado, es mejor hacerse el loco. Si el catedrático se olvida las llaves dentro de su casa y acaba forzando su domicilio para recuperarlas, lo lógico en Estados Unidos es que venga la policía y le coloque unas esposas a la espalda, ¿no? Se trata sin duda de un malentendido que podría resolverse echando unas copas, porque ir hurgando en la herida igual gangrena a la sociedad entera y llega de veras el fin del mundo. O el de Los Ángeles y Nueva York que, para la CNN, es sinónimo de apocalipsis suburbano y racial.
El auténtico fin del globo, para las sectas, llegará en cambio dentro de tres años, que es el tiempo que se tarda en convertir a un tipo cuerdo en un paranóico y dejarle sin blanca. Las farmacéuticas, en pleno remake de los timos piramidales, no quieren dejarse comer el terreno y se han puesto las pilas. Ya no saben cómo animar las ventas de su vacuna contra la gripe A y sutilmente entran en detalles sobre si las gestantes, una vez nazca la criatura, deberían o no darle el pecho. Los fundamentalistas ganan por goleada pero el Estado teme que se disparen los abortos. Recuerdan la existencia de los biberones al mismo tiempo que avisan ya de que no habrá vacunas para todos. A mayor alarma social mayor fabricación, y la industria se queja porque no da abasto.
¿Cundirá el pánico o será un bluf? Quién sabe, la vida se ha puesto tan interesante que nadie quiere perdérsela. Meterle la jeringuilla a todo occidente supone tan hermosa inyección de capital que incluso duele colocar el dinero encima de la mesa. Por eso corre el rumor de que la nueva gripe empieza con unas cagaleras y desemboca en neumonía. A medida que se aproxime el invierno es muy posible también que echemos sangre por los ojos hasta que parezca el ébola, el único inconveniente para el triunfo de la gripe es que le gasten el nombre.
La medida entre lo verídico y lo que nos suena falso está en la repetición. La publicidad no ha encontrado otra forma de hacernos llegar el mensaje y es un problema, porque se corre el riesgo de morir de éxito lo mismo que de una enfermedad contagiosa. Dicta la cordura que si algo resulta en extremo cargante conviene ir aparcando su cacareo, so pena de convertir cualquier producto —desde un político a una información pasando por un detergente— en un chiste simplón, una película aburrida o en una leyenda urbana. Gastarle el nombre a lo que sea es tan fácil como peligroso, sólo depende de lo que se quiera conseguir. Hay corporaciones que gastan millones en campañas de opinión y que no están dispuestas a bajarse de la burra. Una vez disparado el efecto de la propaganda, basta el sencillo aleteo de una mariposa para que se derrame un ciclón. Sólo queda por saber quién pone la pasta.

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 ¿La estafa del cambio climático?

 

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Placebos

Estamos a las puertas de agosto y sin embargo aún quedan temas para la conversación sin necesidad de llegar a las manos. Podemos hablar del cambio climático —que es una variante del tiempo—, de los incendios —a las puertas de Zaragoza— y de la ETA, que es muy socorrido. Conversar sobre cualquiera de estas propuestas requiere indignarse mucho con los asesinos, los incendiarios y los contaminadores, para después darle a la lengua durante horas sin llegar a ninguna conclusión. Se sigue quemando la península todos los años, continuamos dejando el planeta hecho una asquerosidad y de vez en cuando aparecen los chicos de la bomba, que así los llamaba el señor Arzalluz para quitarles pegada, como si estuviera refiriéndose a la torpe conducta de unos vecinos gamberros. Sobre estos tres viejos problemas se vierten a diario cientos de palabras y se investiga más bien poco, porque el negocio está precisamente en su presencia, de modo que continuarán sin arreglo. Favorecen la turbiedad, alimentan trapos sucios y hasta promueven el patriotismo, tan sólo el fútbol puede competir en primer plano con la popularidad de estas entelequias en todas las tertulias. Crear fantásticos quistes y espirales, peces soberbios que lo mismo engordan que desaparecen continuamente mientras se muerden la cola, no es síntoma de ninguna enfermedad contagiosa. No se preocupen, está en nuestra naturaleza ser así. Los científicos del Instituto Tecnológico de Massachussets —el MIT— acaban de fotografiar con todo detalle la reacción de las neuronas en plena actividad y, como era de esperar, los resultados no son nada halagüeños. Cuando metemos la pata, apenas existe actividad en el cerebro. No aprendemos de los errores, al contrario, nos resbalan completamente. Sólo cuando tenemos éxito se resgistra en las imágenes cierto chisporroteo neuronal. Es el hecho de acertar lo que genera un procesamiento de informaciones. Cagarla no sirve para nada, incluso se olvida la causa que originó el error, de modo que si los seres humanos tropezamos siempre en la misma piedra no es por torpeza, sino porque somos así de idiotas de nacimiento. A mi juicio, lo sorprendente de la investigación estriba en que no haya sido necesario trepanar a ninguna persona para fotografiarle la mollera, bastó con pillar unos cuantos monos e interactuar con ellos de la misma manera que hacemos entre nosotros. A saber: si se lo montan bien, les envían una señal al coco aplaudiendo su decisión. ¿Y si fallan? Según la revista «Neuron», prestigiosa publicación donde se detalla el proceso, en caso de error no se aplica correctivo alguno al monicaco. Igual es producto de la mentalidad anglosajona, pero una conciencia peninsular —más sensible— enseguida comprendería que con tanta delicadeza jamás se avanza un centímetro en la investigación. Mediante una depurada descarga podría enseñarse al animal que los fallos también tienen su precio y que, si no quiere palmarla electrocutado, le conviene estar despierto y agudo en las decisiones. La indiferencia ante el error sólo genera indolentes o irresponsables. La causa y el efecto, la prueba y el error, no sólo ofrecen premios sino también sonoros castigos. Si uno tiene hambre, por ejemplo, le ruge el estómago. No es que dé lo mismo comer que estar en ayunas. Como los científicos, la mayor parte de las veces, tienen que hacer piruetas con el dinero cabría pensar que al faltarles los fondos tan sólo enviaron al mono señales de aliento cuando acertaban. ¿Probaron a hacerlo también cuando fallaban? La prestigiosa revista «Neuron» no dice nada al respecto, pero es frecuente durante las pruebas clínicas que se deslicen placebos para verificar los resultados. Imaginemos por un instante que sólo te premian cuando metes la berza, ¿creeremos acaso que estamos en plena racha? No todas las situaciones de la convivencia implican conflictos a vida o muerte, de modo que es más complejo distinguir los fallos de los aciertos. Hay ocasiones incluso donde un error permite nuevos inventos, la ciencia está llena de trabajos que empezaron buscando una cosa y terminaron encontrando otra distinta. ¿Acaso es un estimulo externo el que origina la información? ¿Hasta qué punto el que premia no está coaccionando a nuestras neuronas? Nunca se sabe, pero tal vez los científicos del MIT, sin comerlo ni beberlo, hayan dado con la clave de por qué hablamos siempre de lo mismo sin llegar a nada. Igual es que alguien nos dicta desde lo más hondo que estamos triunfando a todas horas, cuando en realidad nos estamos yendo por los Cerros de Úbeda o, lo que es peor, sacudiéndonos de lo lindo.

«El vocabulario» de Repronto   |   Luz en la noche   |   La Corporación

 

Punto de inflexión

No es bueno quedarse en casa, y menos en la casa cuartel, el verano se ha hecho para conocer otros mundos. Tras el atentado de Burgos sonará cruel y hasta fuera de tono comenzar un artículo con estas palabras pero es que nada ocurre a lo tonto ni por casualidad, y conviene saberlo. Los chicos de la bomba aparecen siempre en el momento oportuno, cuando retratan a Aznar enseñando sus carnes prietas en Cerdeña y publican la encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas, en la que se afirma que los herederos del señorito de las Azores van por delante de Peta Zeta en la intención de voto para la próxima temporada electoral. Justo ahora llegan los nenes del petardo, en el preciso instante en que doña Espe le monta una fiesta de cumpleaños al ministro del interior, sonrojándole hasta más allá de las orejas y haciéndole soplar las velas de una tarta de chocolate. Ahora que dimite el tesorero del partido conservador y hace masa química con su escaño del Senado para que no lo trinque la pasma, es cuando vuelven los dinamiteros a regar de sangre las noticias. Sesenta heridos. Dicen los comentaristas políticos que esta peña tan tronada va dando tumbos, que está completamente acorralada y que cualquier día se rinde. Como siempre se escucha la misma canción es fácil que por un oído te entre y te salga por el otro. Sólo hay dos oídos y demasiado ruido de fondo.
Hace tiempo que el bombazo abandonó el «hit parade» de las pesadillas peninsulares, la libreta de ahorros y la gripe A tienen ahora más «punch». Pero, ¿seguimos siendo unos impresionables o estamos ya curados de espanto? Los jefes están convencidos de que aún nos falta un rato para que no nos quepa un piñón por el culo. Fíjense, si no, el teatrillo que han montado los políticos en las Cortes de Aragón para fingir que riñen o se separan, cuando hasta hace poco eran como el jugo y la pepita del mismo melón. Cualquier broma bien interpretadada era hasta hace tan sólo unos años capaz de hipnotizarnos durante meses. Bastaba con soltarla por el telediario y nos la tragábamos hasta el colodrillo. La guerra de Kuwait y de Irak, con el apoteósico y salvaje desenlace de las torres gemelas, se nos antojan hoy unos clásicos del tocomocho universal. Pero en su momento eran una verdad isoslayable, el vivo ejemplo de que una imagen vale más que mil palabras. Aunque la pregunta del millón sea siempre la misma —¿a quién beneficia un crímen?— nos resistimos a ver que una masacre o un atentado pueda favorecer a ciertos grupos de presión económica. Es más simple que los matarifes sean unos descerebrados a sueldo de una vulgar organización independentista. Así nos los pintan, pero una cosa no quita a la otra. ¿No es fascinante?
Como todo hijo de vecino, hasta que no se demuestre lo contrario, tiendo a tragarme lo que me echen. Reconozco que algún cómic, como el de Bin Laden, me cuesta más digerirlo. Que un ricachón jeque barbudo tenga a raya a los ejércitos y policías de todo el planeta suena a tebeo cutre. Y si realmente es así, con los tiempos que corren, es porque interesa. No digo a los gobiernos, que al fin y al cabo son unos mandados, si no a la gente que de verdad maneja la pasta gansa. De la misma forma que subsisten las ideas sobre el bien y el mal, los multimillonarios que mueven el mundo necesitan construir antítesis para meternos en vereda. Y la mejor de todas es la violencia gratuita e indiscriminada contra la población civil. Hasta que se inventaron un enemigo con turbante, el malo de la película global era encarnado como el mismo diablo. Esta mentira funcionó durante décadas, hasta que se descubrió que al otro lado del telón de acero no había otra cosa que hambre y miseria. En Hispania, entre tanto, a los malos también les pasaba algo en la boca, además calzaban una chapela y eran vascos, no debería sorprendernos tanto que surjan algunas malinterpretaciones. Acostumbrar a la gente lleva su tiempo y la sugestión, para que produzca beneficios, exige buenos desembolsos de dinero y de energía.
Siempre he creído con cierto pasmo y horror que somos unas marionetas en manos de cuatro chiflados sin escrúpulos. Igual no tienen nada que perder o lo tienen todo en juego, el asunto es hipnotizarnos. Una vuelta de tuerca más, si no salta el engranaje, podría ser la señal definitiva para que los socialdemócratas se pongan las pilas. Si no acaban con el desempleo y ni siquiera con los dinamiteros, las mangancias de los conservadores importarán entonces una higa. Enseñan cachas en las playas italianas, se dan el capricho de regalar tartas e incluso escenifican rupturas en los parlamentos regionales. La baraja está cambiando de manos. Y se nota.

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La vida en rosa

Mi calle se ha convertido a lo tonto en la Gran Vía —gracias al reventón de las tuberías del pasado sábado— y aún no ha fallecido nadie en el atasco, lo que interpreto como una señal. La señal de que, entre la Casa Grande y la plaza de Paraíso, no sólo cabe un tranvía sino un aeropuerto entero. Como nadie entiende por qué no se chapa el paseo y comienza el maremagnum, es probable también que nos quepa el cerebro del alcalde en una fiambrera, porque una vez puestos a abrir agujeros la ocasión la pintan calva.
Los munícipes están demasiado entretenidos sembrando de folletos los buzones de la ciudad con la última ordenanza sobre las bicis, cuyo único propósito es alterar de algún modo las conciencias de ciclistas y peatones para que no lleguen a patearse las tripas en las aceras. El panfleto —más que regalarse— tendrían que haberlo vendido, porque se trata de una versión alternativa al código de tráfico digna de ser hojeada en cualquier piscina. O sea, un best seller en potencia.
También se habla mucho en la capital de Aragonia del último fiasco del concierto de Madona en la Feria de Muestras, actuación a la que hubiese podido asistir por cinco euros en las rebajas de última hora pero de la que pasé olímpicamente. Me temía que fuese un espectáculo de aldea global. Con todos los ingredientes necesarios para ser considerado de aldea y al mismo tiempo una tontada universal. Los iconos más rompedores del planeta pueden venir a Zaragoza y quedar sin ningún sonrojo a la misma altura que Marianico el Corto, lo que es un honor. El surrealismo iba a la deriva y sin tocar fondo cuando logra alcanzar el cénit por méritos propios, narrando la realidad como si se tratara de un relato de ficción. Mil y una anécdotas pueblan la red a propósito de la grillera en que se convirtió el concierto de Madona. Si el Boss se atreve en Gijón a cantar el adiós patria querida, la peña se pregunta por qué Madona no empezó aquí apaleando una jota de picadillo, que nos hubiese partido el alma.
La industria farmacéutica, mientras tanto, continúa metiéndonos el miedo a chorros con la gripe A, que es lo más parecido al cuento del lobo que se ha escrito nunca en materia sanitaria. Por activa y por pasiva anuncian tal plaga colectiva que la gente no sabe ya si encerrarse a cal y canto en su domicilio —cosa fácil, sin curro ni dinero para gastar— o ponerse a balar igual que un manso corderillo vacunándose cuando le digan. El pánico no acaba de cuajar, por eso repiten todos los días que vamos a caer como moscas. Y lo que es peor, que cuando nos dé la pájara no vendrá Carla Bruni a recogernos del suelo. Y mucho menos en moto.
El jamacuco de Sarko en los jardines de Versalles, mientras bajaba el fulano la panza a eso de las dos de la tarde —¿a quién se le ocurre ir trotando a esa hora, aunque sea por Versalles?—, sólo es comparable al fastuoso y motorizado salvamento que realizó la primera dama de Francia, al estilo de buscando a Jaques pero en angelito de la guarda. La imagen de la Bruni eclipsa París igual que Cat Woman, como si fuese una súper heroína de cómic, así que los más finos analistas observan que la pareja presidencial lleva camino de convertirse en un tándem peronista, calcado a los Kichner pero al gusto de «la vida en rosa», ese negocio de papel couché que tan inolvidables portadas ofrece a la revista Hola.
La vida en rosa y a la francesa es lo opuesto a la vida escort a la italiana, con mucho morbo pero muy cutre, aunque nada comparable a la vida en Salander versión maña. Nunca más se supo de la hijastra del alcalde, la que irrumpió en los telediarios peninsulares cual hacker en alpargatas de Loewe. Actuando desde el despacho de su papastro, en la urbanización del Zurullo, y con la misma impunidad de estar bajándose una peli, logró lo que nadie hasta ahora había conseguido: llevar a Belloch a los juzgados, aunque sólo fuese a declarar. Esto es una mujer con los pies en el suelo, y no lo que dice la Junta de Andalucía. Pero como la actualidad dura lo mismo que un anuncio al comienzo de una teleserie, levantas una piedra y aparece una noticia, zapeas y surge un espot. La TDT es un aberrante atasco de espacios publicitarios, lo mismo que mi calle, llena de guardias y silbatos, se ha convertido en un instante en el centro mismo de la ciudad. Cualquier día le da al alcalde una bajada de glucosa circulando por aquí en bici y tiene que acudir a socorrerle su hijastra en patineta. No sé a qué esperan, porque daría mucho que hablar y todo sería muy näif.

«Los hijos de las bombas», una más de Repronto | La amorosa | Bill & Bob | Soledad

El berrinche

Antes de los pactos de la Moncloa, allá por la prehistoria democrática, cuando se reunían los sindicatos y la patronal con el gobierno, era común que saltaran chispas. Los agentes sociales —los representantes de los currelas y de los jefes— se sentaban a la misma mesa intentando que el gobierno asumiera sus quejas y demandas. Era la dura época de Adolfo Suárez. Hace cuatro años que había terminado la crisis del petróleo y la gente comenzaba a oír esa extrañísima retahíla de palabrotas —como coyuntura, inflación y fuga de capitales— que, a medida que iban saliendo de la boca de los políticos, se las iban aprendiendo los periodistas para repetirlas constantemente en los telediarios de antaño.
Los televidentes, a partir de octubre de 1977, tuvieron que reciclar su léxico a marchas forzadas. Este fenómeno se ha ido actualizando desde entonces hasta hoy, cuando nos hemos acostumbrado de tal manera a llamar a las cosas por otro nombre que apenas caemos en la cuenta. Supongo que los apelativos tradicionales eran tan descarados que daba grima pronunciarlos. A este fenómeno lingüístico se le denominó después con cinismo «poética financiera».
Todo un clásico de los ejemplos estriba en que no es lo mismo poner de patitas en la calle a los trabajadores —o empleados— que flexibilizar las plantillas. Escuchando la segunda acepción resulta inevitable que venga a la memoria un zapatero pasando por la horma el calzado, esmerándose mediante un muelle para aumentar unos milímetros el cuero y nos quepa el pie sin necesidad de crear rozaduras ni gastar los cuartos en tiritas. La plantilla tiene que ver también con el apoyo del pie dentro del calzado, para aumentar su comodidad y evitar los malos olores, incluso para cubrir los agujeros de una suela. Es más caro que te peguen unos filis que adquirir una plantilla, así que puede ser una opción aceptable comprar una plantilla mientras llega la pasta. Si además es flexible, miel sobre hojuelas, porque todavía durará más. La similitud entre los zapateros y los empresarios, o entre los trabajadores y el calzado, apenas enternece a nadie. La imagen de un limpiabotas aún es difícil de extirpar del imaginario colectivo, como el puro y la chistera de los chistes de El Roto.
Gracias al pacto de la Moncloa, no sólo se estabilizó políticamente el país sino que se calzaron las gruesas vías de la pacificación laboral para unas décadas. O, dicho en romance de poética financiera, los sindicatos pasaron a formar parte del tejido empresarial poco a poco pero muy intensamente, hasta hacer cumbre durante la época de Felipe González. Salvo que los negocios se hundan —y a veces ni queriendo— los sindicatos mayoritarios no moverán un músculo en favor del beneficio real de sus afiliados. Otro asunto es que no lo hagan en beneficio propio. La causa es muy simple: hace años que son un eslabón más del engranaje. Muchas de las reuniones que ahora tienen los líderes de los sindicatos con los de la patronal son francamente amigables. Nadie imagina que sean distintas.
La economía y el apaño artesanal han ido de la mano en la jerga de los empresarios hasta que nacieron las agencias bursátiles y los diseñadores financieros. Los técnicos en la materia, frecuentemente tiburones a la caza de suculentos bocados, llevaban en su maletín maravillosos eufemismos que tuvimos que ir aprendiendo con rapidez para saber de qué diablos hablaba esta gentuza. Ahora los sindicatos y los empresarios emplean el mismo lenguaje y por eso llama la atención que últimamente no se pongan de acuerdo.
Las últimas declaraciones de la CEOE, a propósito de que el presidente del gobierno, el señor Zapatero, había sufrido un berrinche, resultan muy aleccionadoras. En la actualidad es inconcebible no estar de acuerdo en cuestiones económicas. Sólo cabe sufrir una llantina, un disgusto que se manifiesta en los niños aparatosamente. Ante una conducta tan infantil, los adultos sólo deben mantenerse firmes, tarde o temprano se les pasa el sofocón y vuelven al redil más mansos que unas ovejitas.
La patronal se ha subido tanto a la chepa del gobierno que no guarda ningún respeto al presidente, cachondeándose en público de sus enfados al calificarlos de berrinches. Los políticos, para los jefes, han llegado a ser simples intermediarios y no conciben que al apretarles las tuercas les dé la tarantela. Es más, cuando se quejan de Zapatero en la Prensa es porque a los periodistas también los pagan ellos con sus anuncios, y va siendo hora de que muestren un poco de agradecimiento. El cuento de que van pidiendo por ahí el despido libre es una falacia. A quién se le ocurre, por favor. Lo que realmente quieren es que sea también gratuito, flexible de verdad, al más viejo estilo norteamericano. El problema es que se han topado con un gobierno gazmoño, cursi y niñato, al que hay que aguantar sus caprichos pasajeros, berrinches y tontadas. Pero bueno, ya amainará el temporal y conseguirán los jefes que les paguen por despedir a la gente, que en definitiva es de lo que se trata.

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Vanish

Se está armando un alboroto con Vanish. Me lo acaba de contar Ibón en el Moderno, después de darme una patada en las canillas. Mi café con leche se movió peligrosamente aunque apenas sentí el golpe porque la gélida Ibón calza en verano unas chanclas. Hablo de su frialdad emotiva porque nada a primera vista lo indica. A una mulata, nacida a diez cuadras del muelle de Maracaibo en 1985, ningún estibador intentaría buscarle otras emociones que aquellas que fuesen surgiendo de sus propias feromonas. En cambio, a los que nos dedicamos a escribir, enseguida nos pierde el chismorreo así que le pregunté si había alguna causa para recibir coces bajo la mesa. Como no obtuve respuesta la interpreté afirmativamente. Imaginé además que la razón residía en la actitud escurridiza que tuve hace un par de semanas con Jenny, su compañera de piso. Jamás calificaría mi conducta como propia de una anguila. Huir de la cafetería seguramente hizo de mí un sujeto inaprensible, pero era tan fingido el mosqueo de Ibón que aquel chancletazo era sin duda un encargo de terceros y si conviene ponerse en el lugar de los demás es para hacerse una idea de hasta dónde desbarran, no para ir recibiendo palos sin ton ni son.
¿Quién era Vanish? ¿De qué alboroto hablaba esta zagala? Llega un momento chungo, malo de veras, en que estás obligado a salir por patas y resulta que alguien lo interpreta a su gusto y capricho y no te lo perdona, porque a su juicio se te ha ido la pinza. Una cosa es ser el vecino de enfrente y otra distinta una cobarde rata de alcantarilla. Comprendo que es inútil luchar contra las malas lenguas, por eso todavía no entiendo cómo llegué al extremo de dar explicaciones. Quizá es que los hombres van cuando las mujeres vuelven. Quizá estaba pensando en crear una unidad didáctica a propósito de Dj Rancio. Quizá estaría mejor haciendo la maleta y yéndome de vacaciones al pueblo como todo el mundo, aunque no tuviese pueblo al que ir podría inventarme uno. Pero terminé contándole el momento cumbre de Rancio en el retrete, su ataque de pánico y que me había dado una lástima tan grande aquel hombre que no me quedó otra opción que facilitarle la fuga. ¿Resultado? Ibón se tronchó de la risa en mi propia cara.
—¿Y qué tiene de malo escapar? A mí me parece una respuesta tan inteligente como otra cualquiera.
—No lo arregles que es peor —me espetó.
—A los egoistas, el paisaje general os importa un bledo, ¿no?
—¿Y por qué me metes en el mismo pozo? —protestó Ibón—, ¿acaso piensas que Jenny no mira los chicharrones de los demás?
—Al revés —me disculpé—. ¡Si goza de una vista extraordinaria! El único problema es que sólo ve lo que le interesa.
—No seas tan metiche —sonrió despectivamente—, su memoria es muy ladilla pero le dura lo mismo que un zaperuco.
Ibón realmente se llama Ivonne, porque al igual que Jenny, su compañera de piso, tiene nombre de telenovela. En Venezuela se estila mucho esta manía, como en el resto de la América Latina. Aunque desconozco si fruncir el entrecejo, quitarse las gafas de sol y pedir un granizado en la barra, todo junto y mientras se iba pasando una lima descaradamente por las uñas, tal vez era fruto de otra estrategia continental, viéndola venir —en sentido real y también figurado— comenté de pasada que no estaba dispuesto a pagar sus consumiciones. Y para qué quieres más.
Soltó que era consciente del nulo significado que para mí tenían ciertos hábitos, como el ser un amigo galante, leal y desprendido. O dicho en su jerga: «lo siento pana pero no eres mi sucursal, ¿aún no sabes que tengo un tinieblo?».
Mientras un servidor iba mojando el churro en el café le repliqué que no se equivocara, ni yo era un niche desgraciado, ni ella se había caído de un balcón de la calle Zurita. Por un oído le entró y por el otro debió de salirle, y como se hacía la sorda aproveché para sacar a colación el hecho de que el mes pasado tuviera que dar con la puerta en las narices a una de las antiguas realquiladas.
—¿Cómo se llamaba? —le pregunté.
—¿Quién? — respondió mirándome de reojo.
—La que echásteis de casa.
—¿Cuál de ellas? —presumió. Y mientras le iba metiendo sorbos al granizado mediante una pajita retráctil dejó caer otra pregunta. —¿Ya viste el video en YouTube?
—Video, ¿qué video?
Hace mucho que desapareció mi sentido del ridículo, pero se me pusieron los pelos de punta y no era debido al aire acondicionado. Me contó que alguien había colgado en la red la escapada de Dj Rancio con ese inesperado benefactor que muchos en el barrio ya identificaban conmigo, y cuyas imágenes ahora no se encontraban por ninguna parte. Ibón le echó la culpa a un tal Vanish que, por lo que dicen, está levantando un gran alboroto. Vaya por delante que Vanish no es el nombre de otra compañera de piso. Tampoco es la mosquita muerta que anduvo tocando los timbres de toda la casa confiando que un alma caritativa le diera un chance en su domicilio, nunca supe a cambio de qué. Vanish, simplemente, es un nuevo programa de ordenador. Una herramienta que permite la destrucción de cualquier archivo, de una tacada y para siempre.

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La notoriedad

Al abrir el otro día el periódico, una noticia que daba la impresión de haber sido calcada de un tebeo, me condujo a la estupefacción. Y no es que sea difícil, porque me tengo por curioso, ocurre que en esta época tan sobresaltada cualquier novedad, por salvaje que parezca, rompe moldes al minuto siguiente y la espiral no acaba jamás. Por ejemplo, que llegue un juez y considere que setenta kilos de éxtasis no representan una cantidad tan notoria como para meter a nadie en la cárcel, me dejó afónico durante un rato.
Reaccionando en un principio desde el cinismo, pensé que setenta kilos de arrobo y enajenación, por mucho embeleso que encierren, apenas dan para un rapto contemplativo. Setenta kilos de trance son imposibles de embotellar por litros, ni siquiera empleando garrafas de admiración.
Todavía desconozco la causa que me impulsó a abrír el armario de mi farmacopea personal, el viejo secreter donde guardo mi alijo de aspirinas, bosporones e ibuprofenos, para deducir a la canal que, cajón incluido, no pasaría los dos kilogramos de tiritas, mercromina y agua oxigenada. He de reconocer también que soy de los que piensan que si las drogas fueran legalizadas otro gallo nos cantaría, por eso mantuve una lectura detallada de las causas y condicionantes que argumentó el magistrado para dejar en libertad a la docena larga de personas que, debidamente retratados de espaldas en la foto de agencia y con el propósito de cubrir su identidad, parecían escucharle con atención y el más sabio de los silencios. Nunca comprendí, en cualquier caso, si hablaban de setenta kilos netos o brutos, tampoco si la mercancía se iba vendiendo en lotes o eran cantidades al menudeo. Pequeñas dosis que, una vez juntas, conformaban setenta kilos de humanidad, más o menos el paisaje que ofrece un macho alfa en la sociedad de consumo occidental, con todos sus músculos y terminaciones nerviosas.
Desde luego, no es lo mismo echarse setenta kilos a la espalda que ir subiéndolos por una escalera de dos en dos, cualquier trabajador de una mudanza lo sabe. Son setenta kilos, más o menos, lo que pesa un gigante de los que salen en las fiestas del Pilar, pero miden cuatro metros de alto. Esa era precisamente la altura desde la que cayeron setenta kilos exactos de carbón en junio sobre un minero palentino y casi se quedó tonto en el impacto. Hay un poema de Ruben Sada que se llama precisamente así, setenta kilos, justo el peso de los productos pirotécnicos que decomisó la guardia civil en un kiosko de Castellón en septiembre del año pasado. A doña Luz Barceló, una de las primeras juezas de familia que ha tenido Chile, le ha costado dios y ayuda reducir setenta kilos de grasa corporal que, a su entender, tenía en forma de flotador alrededor del ombligo. Quitarse de encima semejante tara no es moco de pavo, alguna importancia tendrá. Y cuando los del Seprona pillaron a dos furtivos en el pantano de Bolarque —provincia de Guadalajara— con una notoriedad idéntica, sólo que en forma de lucios y carpas, consideraron que era una infracción muy grave al reglamento. Y a los del Seprona les importa un bledo que alegues en tu legítima defensa que los peces son para el consumo propio.
En cambio setenta kilos de éxtasis, cuidadosamente repartidos a lo largo de unas décadas —y suponiendo que no caduquen jamás—, dan para una vida entera de caricias virtuales y parte incluso de la siguiente, todo depende de cuándo empieces a calzártelo y de si no te da antes un derrame cerebral. De todos modos nunca he entendido por qué es un delito tener setenta kilos de éxtasis y no lo es, sin embargo, tener setenta kilos de viagra o de tranquilizantes en casa. ¿Será que unas sustancias van con receta y otras no?
En su momento me llamó mucho la atención que un día como hoy, pero hace seis años, la policía cantonal helvética detuviese a un fetichista en las proximidades de la frontera alemana precisamente con setenta kilos de ropa interior femenina. Setenta kilos de bragas y sujetadores dan mucho de sí en unas rebajas. Es cierto que después dejaron al fulano en libertad, al fin y al cabo los agentes que le pusieron las esposas confesaron haber maniobrado bajo un «impulso ciego». Estuve una semana dándole vueltas a lo que significa para un policía suizo actuar con tal grado de obcecación pero sólo hoy, a la vista de las circunstancias, he podido deducir que la notoriedad de cualquier materia es proporcional al impulso ciego que la reprime. ¿En qué contexto se valora? ¿Qué representan setenta kilos, por ejemplo, comparados con setenta toneladas? A un equipo de fútbol, 70 kilos —en euros— le duran lo que cuesta extender un cheque. Un jugador, de los que están en la cresta de la ola, sale a 35 kilos por pantorrilla.
El dinero es hoy como el mareante cloroformo de antaño. Es muy difícil para un juez determinar la notoriedad de un delito cuando están todos ellos tan devaluados. Hace un lustro, sin ir más lejos, la policía austriaca encontró setenta kilos de éxtasis —el 70 lleva camino de ser un número áureo— escondidos en las ruedas de un vehículo. El alijo daba entonces para doscientas treinta y dos mil dosis y podrían haber sacado unos tres millones y medio de euros vendiéndolos en la calle. A 3,5 euros el gramo. Hagan cuentas y verán que ahora, en plena economía sumergida, un cifra así no da para pagar ni la seguridad social de los delincuentes, lo mismo es más rentable ponerse un kiosko y vender caramelos. Menos mal que los jueces de hoy se las saben todas. Casi enternece llegar a comprender que setenta kilos de estupefacientes son un delito modesto. Una tontada.

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