La suerte del tonto

El secretario general de Izquierda Unida, en una declaración veraniega que se mezcla ya con las inminentes fechas del próximo ciclo escolar, afirma que hemos tenido mucha suerte de no quedarnos tontos al recibir una educación franquista. Supongo que ésta es la causa de que millares de padres, en su misma franja generacional, se hayan empecinado en alistar a su prole en colegios católicos. He seguido leyendo con redoblada atención sus palabras para corroborar tan triste certeza, no sufriera una alucinación matinal o me fallaran los reflejos. A juicio de los neurólogos más avanzados, nuestras neuronas tardan una décima de segundo en sincronizar las imágenes, de modo que estando en ayunas lo mismo a mi cerebro le costaba un tiempo extraordinario atar cabos y conclusiones, pero no me ha quedado más remedio que aceptar los titulares y dar crédito a los sentidos. Así que algo falla en todo este sofisma.
El señor Cayo Lara, republicano de convicción, nacido en Argamasilla de Alba —ese lugar de la Mancha de cuyo nombre el Quijote no quería acordarse— y que tan buenos ripios contra la Corona ha ido cosechando a lo largo de su carrera política, confirma que es cuestión de suerte que una generación condenada por el lavado de coco infantil, precisamente el mismo que curas, monjas y demás miembros serviles de la dictadura indujeron en los chavales a modo de electroshock, no hubiera creado unos adultos sumidos en el retardo mental y carentes de sentido crítico.
Un comentario de esta índole, propio del que no se cree idiota porque todavía sigue vivo para contarlo, es incapaz de asumir que sus razones sirven exactamente para demostrar lo contrario. Otra cosa es que extienda su excepción al común de los nacidos durante su época, allá por los años cincuenta y sesenta, para no pecar de arrogante. No me extraña que a lo largo de esta jornada vaya a entrevistarse con el Monarca, al que tantos adjetivos dedicó, reduciendo la ideología a una simple cuestión de formas, unas maneras que el propio político califica de vulgar sumisión.
Modestia aparte salta a la vista que somos tontos y además reincidentes, que es mucho peor. La generación entera de la que habla don Cayo fue condenada a la tontuna hasta el extremo de enviar a sus vástagos a las mismas escuelas donde —más que estudiar— fueron objetos de estudio. La prueba final de que el lavado de cerebro tuvo éxito es el síndrome de Estocolmo que ahora aqueja a demasiados progenitores, los cuales llegan a creer, en el mejor de los casos, que fue una simple cuestión de suerte conservar intactas algunas neuronas para seguir quejándose. Pero nada más. El resto continúa llevando a sus nenes a los salesianos, jesuitas, dominicos, marianistas y un largo etcétera de órdenes religiosas, en cuyas arcas el Estado deposita millones de euros en concertaciones, las mismas que colaboraron entonces a dejar la cabeza de sus papis como el hueso de una oliva. La causa es muy simple. No debían de ser tan nefastas cuando los exalumnos —rayando el colmo de la sandez— traen de nuevo a sus hijos a las mismas aulas.
Cayo Lara se ha convertido en la muestra del botón, en la excepción de la regla, en el ejemplo a «sensu contrario» que cualquier colegio de pago podría esgrimir en su defensa para demostrar su eficacia educativa. A mí, particularmente, este señor me cae simpático pero va dando palos de ciego y de vez en cuando se atiza algún golpe en su propia cabeza. Hubiera sido más práctico afirmar que estamos viviendo exactamente las miasmas que sembró un grupo de pedófilos con sotana en sus tenebrosas aulas y que es lógico ahora que no sepamos discernir lo correcto de lo absurdo, atrapados como estamos en la contradicción. Así se explica que seamos tan mansos y que vayamos por el mundo tragándolas dobladas. El precio de sobrevivir fue la hipocresía intelectual y para el resto sin duda el alzhéimer. Aunque reconozco que es muy mono cantar verdades como las suelta don Cayo sería más útil no caer en lamentables autoengaños. Esta crisis económica, por ejemplo, no la pagará la banca. Pero tampoco la corporación anónima a la que llaman Iglesia, cuya casilla de impuestos recibe millones de aspas en cada ejercicio tributario. ¿Cuestión de suerte?

«DVD», de Ciro Altabás   |   «Exprés»

«Bráking», de Suso Imbernón y Vicent Gavara

En la cuna del idioma

Escuché cómo llovían pinzas de los tendederos y al compás devolvían el ruido las ventanas golpeando contra sus marcos. Me rebullí entre las sábanas mientras corría el aire por encima de mi cuerpo. Daba gusto dormir así, oyendo cómo se acercaba el otoño mediante una ventolera tan sugerente. Entorné los ojos, me dejé mecer por las olas del aire y las ondas de los sonidos me trajeron entonces de regalo hasta los tímpanos la rotura de un cristal en la lejanía. Una banda sonora, varias octavas más graves, se fue dibujando sordamente contra las tejas de la ortopedia, como si fuese el teclado de un órgano roto, arrullando mi sueño que iba creciendo igual que una tortuga en su caparazón, una simiente en su cáscara o un relato entre los dedos.
Acabábamos de llegar de Salamanca, donde era fácil imaginar un pasado lleno de sombras por sus callejuelas, capas que cerraban la vista y floretes brillando en la noche durante duelos estúpidos que teñían de rojo las piedras. Había hecho un calor atroz. El sol quemaba la garganta empujándote a beber hectolitros de una fría zarzaparrilla de multinacional y obligando a los turistas a subir las cuestas buscando la penumbra bajo los porches. También estuve en Madrid, cuya sofoquina hizo imposible conciliar una hora de catre detrás de otra, haciéndome saltar desde un almohadón empapado en sudor hasta el grifo del lavabo, donde me regaba la nuca en el chorro de agua.
Sumergido en el agobio de la capital recordé los cientos de hijos bastardos de los Fonseca, esa familia salmantina de hondo linaje, cuyos vástagos ilegítimos —a cambio de ser reconocidos— iban a llevar en el campo de batalla sus banderas con el dudoso título de pendones. Vi a los señores de Fonseca cruzar las lindes de sus enemigos al atardecer camino de los burdeles del río Tormes, cuna de la picaresca. Allí aguardaban en barca las rameras, llamadas así por que en lugar de remos agitaban el agua dulce con ramas de los árboles. Conducían a los puteros al arrabal para engendrar con ellos la carne de cañón de sus nuevos pendones. Interesante.
Las banderas que hoy se agitan al viento con orgullo son un anacronismo de las antiguas mancebías castellanas. Los trapos de los mástiles, como las sábanas de los tendales que ahora golpean mi vigilia contra el ladrillo animándome a coger el sueño a la fresca, reflejan con sabiduría el pasado que duerme en nuestras palabras. La riqueza del idioma destila historia por los cuatro costados y al vaivén del viento trasluce la hipocresía de sus gentes, populariza el significado de la realidad y ofrece al mismo tiempo un paisaje para los vocablos. Ya estaba sobrevolando la huerta salmantina, a escasos cien metros de la antigua catedral, donde se supone que los Calixtos y las Melibeas de antaño mantenían idilios auspiciados por las Celestinas de entonces, cuando se quebró la paz de mi dormitorio mediante unos chillidos proferidos en lengua extraña, que llegaron a mis orejas desde el patio de luces.
Había pasado fuera unos días, los justos para escapar de esta ciudad y embarcarme en la exploración de otra, cuyos cimientos no visitaba desde hace dos décadas, así que no tenía constancia de los tejemanejes de mis vecinas en mi ausencia, desconociendo si continuaban sus labores habituales o habían hecho un alto en el verano buscando otras charcas donde croar. En principio atribuí el grito a una lechuza, pero me pareció absurdo que revolotera por el patio en agosto, teniendo mejores plazas donde emigrar. Luego pensé que se trataba de una rueda de afilador, que pulía cuchillos hasta dejar los filos tan dañinos como los de una cimitarra pirata. Reflexionando sobre el inoportuno regreso de mi sordera, cuyas molestias no quiso paliar la sustituta de mi médica de cabecera antes de mi partida a Salamanca, supongo que por vagancia o tal vez por incomodidad, o porque no le apetecía agarrar la jeringa de latón y acabar con mi tapón de cerúmen a fuerza de inyecciones de agua caliente, llegué a pensar que el agudo sonido que venía del patio se deformaba de algún modo en el caracol de mi oído interno creando un sonido alternativo que en nada se parecía al que estaba produciéndose en realidad. Así que cagándome en todos los santos avine a levantarme del lecho, con lo divinamente que se encontraba mi cuerpo sobre aquel colchón, descolgué la linterna islandesa del perchero de la entrada y me asomé al patio.
Fue visto y no visto. Por la cara interna del edificio de enfrente descubrí una sirga de rapelar y varias figuras deslizándose en la negrura de la noche. No fui el único. Comenzaron a encenderse las luces sobre los tejados y en cuestión de segundos se convirtió el patio en una corrala castellana. Con nitidez pude oír las carreras, los tropiezos y las persercuciones más allá de los áticos, gritos de al ladrón, insultos del más variado pelaje y la vertiginosa cercanía de las sirenas policiales.
Esta mañana, al hojear el periódico tomándome un café, he leído que habían capturado con las manos en la masa a una banda de rateros de pasaporte croata, pero en medio del follón nocturno todavía recuerdo que solté algo semejante a un hondo suspiro de conformidad, como si estuviese echando en falta la bulla. Bajé los estores con simpatía, volví a arrebujarme entre las sábanas y me puse a roncar a pierna suelta. No hay nada como estar en casa.

Los abusos sexuales y el Vaticano

Cuatro maneras de acabar con el mundo

Estuve Muerto

 

Sucesos

Estábamos acabando el verano y echábamos en falta la noticia sobre el monstruo del lago Ness, un clásico en agosto. Al fin la tenemos. Se trata, ni más ni menos, de una fotografía del bicho y el conseguidor de la proeza informativa ha sido esta vez el buscador Google Earth. La imagen es tan penosa que, comparada con las que se montan ahora en YouTube sobre platillos volantes, resulta un desastre. Pero ya han cubierto el expediente.
Y el Gobierno de Peta Zeta también, porque acaba de aclarar la cifra que va a fundirse en la estúpida lucha contra la gripe A. Más de 333 millones de euracos. No sabemos todavía si la cantidad será suficiente para las farmacéuticas agraciadas y si terminarán con el terrorífico palizón que nos están dando en la tele o lo mismo les parece una roñosidad y siguen con la monserga. Es comprensible que pudiendo ganar el doble no se van a conformar con la mitad. Menos mal que Moratinos, el ministro de asuntos exteriores, acaba de informarnos que Obama nos hará una visitilla. Esta noticia y la de que un megaprostíbulo sevillano ha colgado una pancarta a la entrada del burdel anunciando que están de rebajas, es un poderoso incentivo para encarar septiembre con otra cara.
Los holandeses, que son muy modernos, permiten a sus hijas de trece años que den la vuelta al mundo en un barquito, circunstancia que causa tal estupor entre los jueces que les retiran la custodia de la niña. Los americanos, en cambio, que parecen más carcas, encuentran a Jaycee Lee con dos criaturas bajo el brazo, regalo forzoso de su secuestrador. La mujer, ahora con 29 tacos, desapareció hace más de tres lustros y la han descubierto conviviendo al estilo austriaco en el cobertizo de Philipp Craig, cuya esposa, por lo visto, tampoco sospechaba nada. Mientras tanto, en la calle Orense de Madrid, los menores se tirotean alegremente. Ayer le volaron a uno la tapa de los sesos a las cinco de la madrugada y tuvieron sus amiguetes que cogerlo en volandas para llevarlo corriendo hasta el hospital más cercano. Estas cosas ocurren durante el verano lo mismo que en invierno, pero ahora se recogen en las portadas de los periódicos justo al lado de los seis millones de coches que inundan las carreteras. A la peña le pone los sucesos una barbaridad. Sólo los frikis pasan de la caja tonta como de comer caca.
Al mismo tiempo que el presidente de gobierno anuncia que la TDT de pago será el copón de la baraja, los frikis se multiplican. No me extraña que los futbolistas millonarios digan que son gente normal, aunque en el fondo sean tontos de baba. Los raros pasan de anuncios y de abonar una cuota por quitárselos de encima, se bajan los programas directamente de internet y se los ven cuando les viene en gana. Dudo mucho que se bajen los partidos de fútbol. Un estudio de la empresa Big Champagne destaca, por ejemplo, que en todo el mundo se han descargado la serie Heroes alrededor de cincuenta millones de veces y la de Fringe, cuya segunda temporada aún no se ha emitido en América, más de veintiún millones y medio. Ante la fobia televisiva que nos envuelve, con una velocidad similar en banda ancha a la que gozan en Lituania y con una Comisión Nacional de Telecomunicaciones que pone trabas a la Municipal de Transportes de Madrid, para que abra una linea WiFi en los autobuses —como servicio incluido en el billete—, media docena de taxistas de la capital del reino ofrecen a los pasajeros la oportunidad de navegar en la red mientras se desplazan. El futuro audiovisual y la prensa libre reside en los espacios virtuales, donde lo mismo encuentras sandeces que grandes verdades. Sólo es cuestión de separar el grano y la paja, asunto que cada día se me hace más difícil a la hora de leer los periódicos, oír las radios y ver la tele. Igual me compro el Pronto, el Cuore y el Más Allá y me hago unas risas.

UNA VISITA A LA CASA LIS DE SALAMANCA

¿Qué se esconde detrás de la Gripe A? 

Penny & Sheldon    |    Anclado    |    Los polvos mágicos del señor Sandman

Cristos y anticristos

El verano oficial, que para el común de los curritos se concreta en el mes de agosto, finaliza cargado de paranoias sobre la salud y la economía del próximo curso. La península ya no es una, grande y libre —como afirmó la dictadura y los actuales escudos salmantinos— sino una familia escuálida, desavenida, hipócrita y preocupada que observa con pasmo el nuevo ciclo escolar y laboral. Según las últimas encuestas, el producto interior bruto se contrae más de un 4%, la inversión cae un 17% y el consumo retrocede un 6%. Se exporta un 16% menos y las importaciones bajan un 22%. En resumidas cuentas, no hay pasta y encima corremos el riesgo de pillar una gripe rara y desaparecer de la faz de la tierra. Ayer mismo murió Carmen Sevilla, al menos en la tele y en la Wikipedia, porque luego se desmintió el cotilleo y nos quedamos con un palmo de narices.
Nos hubiera venido de perlas un funeral multitudinario. Nada mejor que el llanto, los quejíos y una semblanza magnífica de las torpezas ajenas. El drama hispano libera las emociones, relaja los nervios y suelta la congoja interior levantando el ánimo del personal superviviente. Hay ganas de que la peña más famosa vaya estirando la pata porque el mundo Vip está petado de abuelos con un pie en la tumba.
Mientras se preparan las esquelas, el populacho se larga al cine, donde aún se está fresquito, a ver las ablaciones y las castraciones de la última peli de Lars Von Trier —el Anticristo—, que es una bacanal sangrienta, el anticipo porno-gore del fin del mundo, con toda su hipérbole, su casquería y menudillos. Aparte de los telediarios, es en el cine donde se masca y se huele la tragedia colectiva. No me extraña que el Gobierno de Peta Zeta se muestre generoso con todos los compatriotas condenados a muerte en el extranjero y decida soltar sesenta mil euros por reo, a ver si hay suerte.
Tener un abogado de los que cobran un pastón te salva el pellejo en el proceloso mundo exterior, otra cosa es lo que ocurra en el interior, donde exhumar un cadáver de la guerra incivil puede llevar décadas y si te empeñas mucho además la Diputación General de Aragón te puede clavar una multa de órdago. Tan cara está la muerte, que ni en la cuneta donde descansan los huesos de Lorca —junto a los de otras cuatro personas— los familiares consiguen ponerse de acuerdo. Nunca se sabe lo que resulta más aleccionador, si dejar los restos donde están — para escarnio de sus matarifes— o levantarles un panteón de mármol de Carrara. En cualquier caso todo funcionará a escote, porque la memoria histórica de nuestros gobernantes —aunque se quejen los fachas de aquella emérita cruzada — dio a luz una ley tan raquítica que nunca se cerrarán las llagas.
Hasta la literatura se pone también truculenta. Con motivo de su nueva novela —titulada «Pobre George»— le acaban de hacer una entrevista a la escritora norteamericana Paula Fox, en la que afirma que es difícil actualmente superar los treinta años de existencia sin cortarse las venas. A esa edad, la peña comienza a estar harta de trabajar a todas horas con el único propósito de sobrevivir. Quieren algo más que sentirse gordos y feos, necesitan un giro en su vida, lo que es un lujo para la clase media.
La crisis ha devorado casi un millón y medio de empleos en España, y como hay que sacar el dinero de cualquier parte, la clase media se siente muy preocupada por la seguridad. Los ingleses comienzan a darse cuenta de que instalar un millón de cámaras de video en las calles para vigilar a los viandantes sólo ha sido un chollo para las empresas fabricantes de tecnología, porque apenas se pudieron verificar, tirando por lo alto, unos mil delitos con ellas. Nada del otro jueves. Tampoco ha dicho nada que no supiéramos ya el insigne Badiola, aunque ha puesto su granito de arena en la escenografía general de terror que envuelve a todo el personal en este agosto que finaliza. A saber: que sin una vacunación rápida contra la gripe A, tendremos una explosión de casos a la vuelta de la esquina. A su juicio, y según las investigaciones, el origen de esta gripe es porcino y se registran alrededor de quince mil casos semanales. Sin caer en paranoias, Badiola advierte que si tenemos los síntomas es altamente probable que hayamos contraído la enfermedad, de modo que nos conviene telefonear al médico y no salir de casa para evitar contagios. No ha dicho nada sobre quién nos traerá el sueldo y la comida a domicilio, supongo que no es un asunto que atañe a su departamento. Ahora que pretenden endurecer las leyes contra el tabaco y que van a crujir unos quince mil bares, podemos pasar las fiebres y las vomitonas viendo la caja boba desde el sofá. Acabar las vacaciones y caer en la clásica depresión de la vuelta al trabajo, se lleva desde el sofá de una forma más apacible. Muchos ciudadanos pasan tantas horas tumbados allí que lo mismo podría servirles de ataúd.

48 horas en São Paulo   |   El Tren Fantasma   |   Marrakech, con Pablo Carbonell

 

El mal menor

Hemos visto a Noam Chomsky paseándose alegremente por Caracas del brazo de Hugo Chávez, el presidente venezolano, y la gente se pregunta si los norteamericanos se han vuelto locos. Probablemente. Lo que ocurre es que algunos yanquis son muy raros. No se impresionan por trapos y tanques, razonan, observan y mueven ficha. Los imperios son aburridos, monopolizadores y jamás logran saciarse, de modo que resulta necesario compensar, aunque sólo sea intelectualmente. Desde siempre un puñado de cineastas, profesores, escritores y otra peña relacionada con la cultura se ha ido colocando al otro lado de la balanza para centrifugar nuestras neuronas, movimiento que les ha costado el boicot de sus compatriotas, la marginación en sus ámbitos y soberbios dolores de cabeza, amén de otras lindezas. Es un asunto viejo y desde luego no es exclusivo de los actores españoles, tan dados a manifestarse contra las guerras y la dominación marroquí del Sáhara. ¿Y cuál es el problema esta vez? Si todo es de color de rosa con el gobierno de Obama, ¿por qué Chomsky se deja fotografiar con un cutre tiranuelo como Chávez? ¿No le va a desacreditar semejante retrato? A estas alturas de su vida profesional es algo que le trae al pairo. La fama de Chomsky en Latinoamérica es sobrada y sus críticas al imperio están documentadas hasta la extenuación en docenas de libros, así que no le queda más remedio que tomar una postura coherente, sobre todo en el preciso momento en que el gobierno de Obama acaba de firmar con el de Colombia la instalación de siete bases militares norteamericanas en su territorio. Esta circunstancia está levantando sospechas en el continente y desde Argentina a Bolivia pasando por Perú o el Ecuador, la población siente que los americanos del norte tal vez no han cambiado tanto como predican en el mundo, sino que juegan ahora con más sutileza pero en el mismo sentido de siempre. Tal vez esa sea la razón de que Chomsky haya partido hacia Venezuela para manifestarse en contra: hay que compensar la balanza del otro lado para que no sea tan fácil y el símbolo opositor a la construcción de nuevas bases militares no es otro que Hugo Chávez.
Cuando sólo faltan tres días para la cumbre de Bariloche, en Argentina, donde se reunirá la Unión de Naciones Sudamericanas, el caudillo de los venezolanos ha manifestado su deseo de romper relaciones con Colombia debido a las bases norteamericanas, a las que considera una amenaza para su territorio. Ha dicho igualmente de sus vecinos que viven en un narcoestado y ha calificado a Uribe, el presidente colombiano, como al irresponsable de peor calaña que ha conocido en su vida. El litigio que mantienen ambos jefes viene de lejos, cuando Uribe acusó a Chávez de apoyar a las FARC vendiéndoles el armamento que había comprado a los suecos. El dictadorzuelo venezolano y el mafioso colombiano son tal para cual, la diferencia es que el primero va a cara descubierta y el segundo juega a respetar las formas. Mientras Chávez cierra emisoras de radio y medios de comunicación opositores, Uribe pacta con los americanos para mantenerse en el poder el tiempo que sea necesario. Ya está gobernando en su segunda legislatura, en la cual ha modificado la Constitución del país comprando a varios políticos contrarios, y mediante un referendum pretende volver a presentarse de nuevo, al viejo estilo de Chávez pero a la colombiana. Así que estamos ante dos sujetos que pretenden perpetuar sus respectivos poderes de dos maneras en apariencia distintas aunque en el fondo sean muy parecidas. Al margen de los intereses económicos, los gobiernos occidentales suelen posicionarse en contra de Venezuela por una simple cuestión de formas. Las más descaradas desagradan a las benditas democracias europeas y norteamericanas, nuestros políticos prefieren modalidades más hipócritas, que siempre dejan flancos abiertos para hacer apaños y establecer negocios. Decidir entre lo malo y lo peor, suele ser una tarea compleja y a menudo te abrasas en el intento. Apostando por el mal menor tarde o temprano llega la derrota, por eso los intelectuales se encargan de contrapesar la opinión pública.

Cosas de Marcianos   |   El Taladro

El restaurante ALINEA de Chicago     |   El Faro de Ulla en Noruega

 

La farsa

Según el Financial Times, es posible que la General Motors busque por medio de la Vauxhall volver a quedarse con la Opel. Dentro del habitual mareo al que nos tienen acostumbrados las multinacionales, tenemos que manejar los dimes y diretes con cierto escepticismo, pero si fuera cierta la última información todo este caos de subvenciones y negociaciones de venta no sería otra cosa que un cachondeo para ganar tiempo y dinero. Los dueños y accionistas de la General Motors se habrían forrado el riñón y al mismo tiempo solventado su quiebra a fuerza de marear la perdiz todo lo que fuese necesario. Como no perdían nada, lo siguen haciendo y de paso se nos mean en la oreja. Los fabricantes belgas y los austriacos, con el apoyo de los bancos rusos, se han estado disputando la tarta de la Opel con los chinos para nada porque al final los norteamericanos podrían recuperar el timón de su empresa automovilística. Bastó con llegar a la quiebra y poner en venta el patrimonio para que surgieran las ofertas y una vez alcanzado el listón de sus objetivos, el gobierno yanqui podría soltar un pozal de dólares en la firma, alrededor de cuatro mil trescientos millones. Igual se trata de otra estrategia para subir las apuestas, pero la enervante situación de miles de puestos de trabajo en la cornisa exige más seriedad y menos cambalache. En cambio es al revés. Las grandes corporaciones utilizan sin escrúpulos cualquier coyuntura y los gobiernos occidentales continúan haciéndoles el juego enriqueciendo a los dueños con absoluta impunidad. Aparte de la falta de ética, canta un horror el trapicheo en las negociaciones. Si los gobiernos están atrapados como rehenes o reciben prebendas a cambio de su domesticación es algo que se nos escapa, aunque salta a la vista que la crisis financiera se lleva en los despachos como si se tratara de una interminable partida de póquer.
El finlandés Martin Scheinin y el austriaco Manfred Nowak, relatores de las Naciones Unidas, han pedido formalmente la creación de un tribunal internacional para juzgar los delitos creados por las multinacionales. Hasta ahora en la Corte de La Haya podían ser incriminados los gobernantes y militares de cualquier país —excepto los estadounidenses, cuyo gobierno se negó a firmar los estatutos— pero nunca se atrevieron los jefes a crear semejante herramienta de control. Las farmacéuticas han sido capaces de utilizar como cobayas a cientos de niños nigerianos con el fin de probar un medicamento contra la meningitis, causando la muerte de once chavales y graves enfermedades a casi doscientos. Una vez llevados a pleito, se les pidieron indemnizaciones de miles de millones, pero las sortearon con los afectados personalmente para no llegar a juicio. Tres cuartos de lo mismo ocurrió con la petrolera del Exxon Valdez en Alaska o el desastre de Bophal en la India. Los altos ejecutivos de las corporaciones actúan en el mundo como si nada pudiera ocurrirles a ellos ni a las empresas que representan. Se habla del cambio climático pero da la impresión de que es culpa de los consumidores, jamás de los fabricantes ni de los gobiernos, que actúan de intermediarios. El problema global de la contaminación y la falta de ética empresarial salpica a los más pobres con saña. En el tercer mundo, no sólo pagan justos por pecadores, sino que lo hacen varias veces y algunas con su propia vida.
Ahora que se ha descubierto en el océano Pacífico una gigantesca isla de plásticos, mayor de lo que se esperaba, y que se ha comprobado que los desperdicios han pasado a la cadena alimenticia, es muy probable que cada vez que nos comemos un pez estemos literalmente engullendo las bolsas del supermercado. La isla de basura está en aguas internacionales y nadie mueve un músculo por limpiarla, sin embargo allí acuden los peces y los pescadores, que traen tan suculentos manjares a nuestros platos. No es el único problema al que estamos abocados. Buena parte de nuestras verduras, hortalizas y frutas están modificadas genéticamente, así que no sabemos lo que estamos comiendo. Las multinacionales no sólo trapichean con los automóviles sino también con los medicamentos y la comida. Vivimos en una mascarada continua, una farsa que amenaza nuestra salud y nuestros bolsillos.

La foto de Mr.Bean   |   Mr. Bean en el dentista

Un edificio en movimiento    |    Los Alpes franceses

 

El caldo gordo

Hemos llegado a tal extremo de sandez que la realidad está en manos de los tribunales, desde el Estatuto de Cataluña a la corrupción política. Dejamos en manos de los árbitros la interpretación de las reglas básicas de comportamiento en los cargos públicos y de la organización del Estado entre las distintas autonomías. La pregunta es: ¿qué significa la justicia? Desde tiempos remotos, el hecho de ser justo estaba intimamente ligado al deseo de venganza. Una vez «demostrada la culpabilidad» de un ladrón los verdugos procedían a amputarle la mano. Eran los viejos cauces del Código de Hammurabi, el ojo por ojo y el diente por diente, gracias a los cuales se hurtó a la población de las armas para evitar el caos y la masacre que supone que cada cual se tome la justicia al buen tuntún, pero al mismo tiempo el derecho al uso de la fuerza quedaba sometido al control de unos pocos, consagraba en el poder a las élites y en rara ocasión sometía a los jefes a la misma tutela de la ley. Así que nada suele ser tan simple como nos lo pintan.
Detrás de la ley están las ideas que promueven determinadas personas y grupos de interés. En las democracias occidentales, basta tener una mayoría parlamentaria —derivada de unas elecciones— para gestar leyes que tendrán que aplicar los jueces pero también, en los altos tribunales de un país, se elige a los magistrados constitucionales según el color de los partidos y los pactos a los que lleguen. Los ejemplos más contundentes suelen resultar meridianos cuando se nombra defensores del pueblo, lo mismo en el plano estatal como en sus distintas variantes autonómicas, así que la justicia queda impregnada por las ideas y es modificable según cambien las tornas en el futuro espectro político. El resultado suele ser penoso para la sociedad, que se ve privada de «auténticos defensores del pueblo» y entregada en brazos de personajes poco conflictivos con las instituciones, cuyos sueldos y capacidad de maniobra depende de los políticos que los eligen.
Las leyes evolucionan según las ideas, y no siempre van a mejor. ¿Qué es pues la justicia? ¿Será aplaudible si nos da la razón y errónea cuando nos lleve la contraria? ¿Sentará precedentes duraderos o éfimeros según las circuntancias? Y en el mejor de los casos, ¿no es demasiado lenta? Llegan tan tarde algunos fallos y apelaciones que terminan por levantar ampollas en las heridas previamente cicatrizadas. La sociedad se aboca a debates orquestados a favor y en contra de las decisiones judiciales que están por producirse y que pueden afectar la convivencia ciudadana. Se intenta influir en la opinión de los jueces a la hora de dictar una sentencia firme y se toman posiciones en asuntos de sentido común. Ya tendrían que estar resueltos y no pervertirlos todavía más con el fin de rentabilizar una sentencia en las próximas convocatorias a urnas. Lo mismo desde el gobierno que desde la oposición se presiona a favor o en contra de un estatuto aprobado por los catalanes en refrendo, y sacando de quicio una cuestión superada volvemos a estar de pronto al inicio del problema. Es el cuento de nunca acabar.
Si fuésemos capaces de llevar tales entuertos de forma respetuosa, seguramente no tendría mayor trascendencia discutir sobre cualquier fenómeno, pero los seres humanos —y los habitantes de esta península con especial encono— nos tomamos las banderas y pendones demasiado en serio, estupidez que nos complica la existencia y que desvía la atención de lo fundamental. La realidad no será distinta porque el más elevado de los tribunales juzque de modo favorable o negativo un estatuto u otro, es la convivencia entre las gentes y los pueblos la que construye a diario conductas y comportamientos nocivos o saludables. Ir siempre por la senda de la confrontación sólo conduce al hastío y a la mala sangre, al resentimiento y la desidia. Engordando los problemas del conjunto de la sociedad es fácil que pasen desapercibidas las miserias personales, pero a estas alturas de la democracia tendríamos que ser adultos. Saber diferenciar entre los intereses económicos de los pueblos y las estrategias personales de sus dirigentes es fundamental. Si no somos capaces de mantener la cabeza fría les estaremos haciendo el caldo gordo y nos manipularán lo que les venga en gana.

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