Paleta de colores

Los británicos están muy preocupados porque vuelve el rosa. O más bien porque jamás se fue y ahora anda este color de crecida, copando los estantes de los comercios y tiñendo las mentes de las niñas de una fantasía antinatural. Será que en el Reino Unido todavía viven del cuento. Se sobrentiende que si los príncipes eran azules, las princesas tendrían que ser rosas. Aunque en la narración original nada se dice al respecto, en la realidad cotidiana, fuera del carnaval idiota de los grandes almacenes, prima una escala de grises tan mareante que el colorido se reduce a una capciosa interpretación de la gama cromática. Desconozco la razón, pero ya de pequeño manejaba serias dudas sobre el tipo de príncipe al que un servidor, en las proximidades de la edad adulta, tendría que responder. Las perdices nunca han sido plato de mi devoción y en el supuesto de alcanzar la felicidad a fuerza de empachos prefiero hacerlo con huevos fritos, manjar gastronómico más sencillo. Tuve también un problema con el azul, aparte de un montón de significativas incógnitas a cerca de la monarquía. ¿Azul cielo o magnético? ¿Hasta dónde podía decolorarse el clásico azul marino, tan aburrido y simplón, que impregnaba a los hombres de los años sesenta? ¿Por qué el color azul tenía que ser por fuerza marino? ¿Sólo era así en el huso horario donde había nacido yo o por contagio había conformado ya una epidemia universal? ¿De dónde iba a ser príncipe un niño que estaba viviendo en una dictadura? Y si —contradicciones aparte— ya existía un príncipe con pretensiones de ejercer a la muerte del jefe, ¿podría en un futuro haber dos?
Nunca lo supe y nadie me lo explicó, en aquella época no se exigía la comprensión ni el aprendizaje de las personas, por infantes que fueran, tan sólo teníamos que asumir los conceptos y aplicarlos de una forma mecánica. En cualquier caso a mí, la idea de ser príncipe, se me antojó una prueba digna de un loco. No alcanzaba a localizar mi castillo, tampoco notaba que mi padre fuera un rey, aunque fuese en el exilio, y no me veía de mayor tan siquiera como cabeza de familia, de modo que se me antojó un suceso harto improbable conseguir en apenas veinte años una herencia de tal calibre que me facilitara el dispendio de una corte y la alegre manutención de una princesa. Almenas y caballerizas aparte, no sería feliz, y todavía menos comiendo perdices, problemas que, para mi asombro, lejos de sumirme en una depresión me abrieron nuevos horizontes.
Ahora que estoy al borde de los cincuenta, soy capaz incluso de asegurar que estoy preparado para que venga una diosa y me retire de la circulación, aunque se empeñe, por ejemplo, en vestirme de rosa. Todavía no se ha escrito este cuento y en el caso de que durmiera en algún cajón y se publicase en el próximo milenio, lo mismo me sigue obligando a comer perdices, con lo indigestas que son, así que el conflicto que tienen los británicos con la paleta de colores comienza a parecerme enfermizo. Tarde o temprano entenderán que aunque la mona se vista de seda mona se queda y que los príncipes azules, de existir, lo mismo son alienígenas. Supongo que se sienten contentos haciendo creer a los demás en estas tonterías, pero las princesas y los príncipes actuales suelen pedir en estas fechas juguetes carísimos. Les gusta la ropa de marca, da lo mismo rosa que azul, porque siempre cuesta un potosí. Amén de la fijación de roles por géneros, el problema de este cuento es que sólo vale para reyes. Si no te ha tocado la lotería, empeñarte en elevar de forma tan sistemática la cifra creciente de daltónicos, al cabo de unos años, cuando crezcan los príncipes sin reino, todo el problema se volverá contra ti como un bumerán.

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