De espaldas

Hay múltiples maneras de encontrarse a la gente, pero a mí me encanta no topármelos de bruces sino de través, canto o perfil, y mucho mejor si descubro a alguien sin que se dé ni cuenta. De espaldas puedes decidir si te apetece o no establecer las clásicas conveniencias de un saludo. Saludar es como desear la salud ajena, que siempre es un acontecimiento barato pero incómodo, porque nos recuerda que tarde o temprano la vamos a diñar y a casi nadie le apetece. Esa es la razón por la que me deprime visitar enfermos. Me encoge, literalmente, contemplar la desgracia ajena. Enseguida noto que el jersey me viene holgado, y no es por un exceso de sudoración o que me haya dado por adelgazar de repente, sólo siento vergüenza de estar sano. Por eso aconsejo a la gente que se cuide, no me gustaría acudir a su domicilio y menos aún aquejado por el síndrome del increíble hombre menguante. Encontrarme en esa tesitura es para mí tan desagradable como escuchar que un conocido estuvo a punto de saludarme en la calle, pero al verme distraído y de espaldas, embebido en mis pensamientos o absorto en las musarañas, prefirió no entrar al trapo. ¿Acaso sintió que estaba enfermo?
Para resolver el problema suelo preguntar en estos casos a dicha persona dónde se produjo el desencuentro — hora, día y lugar— mientras busco detalles en mi memoria y averiguo si era yo el que estaba allí o se trata sin duda de una equivocación. En ningún instante cuestiono la apetencia ajena de establecer diálogos insulsos. Tampoco me planteo si quizá se produjo en el pasado un episodio tan lamentable como ignoto, cuyo efecto más misterioso sea el de alterar una relación, por nimia que fuese, elevándola al rango de las negaciones de saludos. Para mis pobres entendederas, estas menudencias carecen de interés. Los errores de percepción, sin embargo, se me antojan fenómenos demoledores.
Al no gozar de carnés ni pasaportes que muestren nuestra imagen trasera, un hecho tan triste que de por sí enmarca el nulo interés que los gobernantes tienen por la cordura de la ciudadanía, termino por situarme de espaldas a un espejo y agitando otro más pequeño en mis manos, como si estuviera haciendo señas a un avión, con el propósito de descubrir cuál es mi fisonomía oculta, la que no puedo apreciar al afeitarme. El resultado siempre es incierto. Comprendo que, con tantos millones de habitantes que pueblan el planeta, resulte fácil hallar un doble, pero de espaldas seguramente tendremos cientos de réplicas. Cualquiera nos puede tomar por otro y creer que somos pródigos, desaparecidos o incluso cadáveres que andan. Sin saberlo podemos estar debiendo una fortuna o —nunca se sabe lo que es peor— reflejar la imagen de un personaje tan abyecto que su mera presencia despeja la acera de transeúntes. Quién sabe si hicimos daño a conciencia o sin querer, quién sabe si proyectamos a nuestras espaldas la estampa de un torpe o de un forajido. Cualquiera puede pensar por un momento que estamos pillando un resfriado o que, de haber sufrido un accidente y haber perdido un miembro en el desastre, pudiésemos recuperarlo de pronto como si fuera un recortable. Vistos de espaldas somos tan difusos que producimos vértigo y cualquiera, en el más sorprendente de los casos, podría tomarnos incluso por nosotros mismos.

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Desesperanza

La indignación está dando paso a la desesperanza, aunque es difícil saber si sufrimos por reflejo o gracias a la provocación. Hace unos años colocabas un téster en cualquier cerebro y echaba humo, en cambio ahora ni se mueve la aguja. Las encuestas no prestan la más mínima atención a la política. La confianza en los representantes no está por los suelos ni aburre a las ovejas, sencillamente no es tema de conversación. Tan sólo los radicales, es decir, los afiliados y creyentes de siglas partidistas, le dedican al asunto varios minutos e intentando no hacer proselitismo, porque resultan cargantes y han perdido la credibilidad. Como la mayoría de la población está saturada de palabras y buenas intenciones, se deja llevar por las imágenes. No hemos llegado a ver en nuestras calles que arrastren a un sujeto por las piernas y le prendan fuego, Europa no es Haiti. Mediante una simple comparación podemos decir que nos quejamos de vicio. Puestos a encontrar semejanzas resulta que en este estúpido juego de rol que es la existencia nos ha tocado vivir en el paraíso terrenal. Sin casa o sin trabajo, incluso viviendo en un cajero automático, es evidente que aún no estamos en el abismo. Existe un margen para el deterioro que los políticos siembran de frases, un precipicio que al contemplar ciertas fotografías nos corta la respiración y espanta el ánimo: entre la penuria más absoluta y la miseria que clama al cielo, el cable de la vida todavía puede tensarse en el Caribe hasta provocar una agonía infinita. Al dolor del hambre le sobreviene de pronto un terremoto, la inaguantable exigencia de sobrevivir a calvarios que se ligan sin esfuerzo, como si un desastre llamara a otro y corriera la voz, dando lugar a la horripilante llegada de tipos salidos del Averno, individuos que te atan una cuerda a los tobillos, te dan un paseo entre los escombros y después te queman vivo. Así es el planeta Tierra, así es el reino de la desolación. Las excepciones que confirman la regla no son otra cosa que un vergel incomprensible, el limbo al que huyen los supervivientes buscando refugio. Un espacio donde ya no existe la indignación.

La cordillera de enero

Después de gastarnos lo que no tenemos podemos fundirnos lo que podríamos ganar si no lo hubiésemos empeñado hace unos años, pero nos importa un bledo porque llegan las rebajas. Es el momento de darle el sablazo a alguien para que nos preste una pasta que no le sobra y podamos así regalársela al tendero para comprar cuatro chorlitadas que lo mismo encontramos dentro de nada en la basura. O en el colmado de los chinos, que al fin y al cabo es igual. No es que nos encante ir de tiendas, es que nos aburrimos hasta el bostezo. La decadencia es una pendiente que no termina de cuajar. Llevo escuchando el sonsonete de la cuesta de enero desde los años 60, contemplando siempre en el paisaje el mismo repecho, ahora ya de magníficas proporciones y lejos de convertirse en una meseta o conformar un puerto de montaña estable, ha debido crear toda una cordillera. Un farallón, contra el que chocamos como insectos.
Hemos pasado del Caprabo al Día y después al Lidl para terminar en el Aldi, sin darnos cuenta de que tarde o temprano volveremos al mercadillo de siempre, cuyos puestos todavía resisten. Para las clases medias y bajas, la crisis es un fenómeno atmosférico, donde el granizo sigue a las nevadas y el huracán a la niebla. El grosor de la mala suerte se comunica a la tropa mediante el telediario y termina consumiendo a los contribuyentes para crear en su memoria un estado mental. Una vez instalado no hay manera de sacárselo de encima. En el mejor de los casos vivimos instantes efímeros de menor agobio, que calificamos en seguida de bonanza, como si al adjetivarlos de esta forma fuesen a consagrar un cambio de tendencia. La economía se va deslizando mientras tanto hacia el campo de la adivinanza, el lanzamiento de tabas o la insondable lectura de los posos del café, aguantando por inercia y haciendo gráficas comparativas. Hemos pasado del insulto a la pena y del subsidio a la caridad. Aún así seguimos soñando con un próspero futuro, en el que podremos gastar a manos llenas sin preocuparnos de estar en rebajas o en plena temporada de ventas, almacenando productos de moda o absolutamente rancios, sin registrar en nuestras pupilas que este camino no conduce a ninguna parte pero que la vida es el camino y el camino se hace al gastar. Es el gasto, romo e inconsistente, lo que permite mantener la ilusión de que el sistema funciona.

Predicciones

Me encanta hacer predicciones porque no acierto nunca. O me da por ser pesimista y se me presenta ante las narices un negro futuro o peco justo de lo contrario y el mundo se me antoja un derroche de luz y de color. Este fin de año lo he pasado en plan anacoreta, como si los huesos no dieran para más después de comerme las Antípodas. Es habitual dedicarse en estas fechas a echar un vistazo al pasado, hacer planes de futuro e intentar comprender qué diablos estamos haciendo sobre la faz de la Tierra, pero a medida que se van cogiendo años todas estas cuestiones desaparecen de la memoria, se esconden por la fuerza del presente y te limitas a cambiar de calendario tirando el viejo a la basura. En la basura, con su división por elementos reciclables, te cuestionas incluso si sirve de algo dedicar un segundo a subdividir tus detritus y si no será más conveniente acelerar el deterioro para que llegue cuanto antes el desastre colectivo que, en el fondo, es lo que estamos deseando. El catastrofismo de las películas americanas así nos lo confirma y los líderes políticos —si acaso es posible llevar las riendas de un país y no dejarlo hecho unos zorros, cosa que dudo— no mueven un músculo por remediarlo, de tan bien que viven y lo encantados que están de haberse conocido. La ingenuidad, sin embargo, parece inasequible al desaliento. Nos empeñamos en que la infancia continúe creyendo en las hadas, los reyes magos y el corte inglés, empujándonos a nosotros mismos a correr con los gastos de la ignorancia de nuestros vástagos, que ya no caben en el planeta. Haya crisis o la disfracemos de oportunidad, los billetes de banco siguen circulando por las calles y los televisores emiten anuncios para sufragar la industria del entretenimiento, el cloroformo con el que se amuerma a las gentes. No hay nada más hermoso que observar cómo se aferran los seres humanos a sus respectivos receptores de televisión; aunque no tengan un clavel que colgarse en la solapa, los conservan como oro en paño. Si necesitamos olvidar incluso el presente más inmediato, ¿cómo vamos a predecir el año que viene? Hacer el cálculo más nimio resulta una sandez. Con anuncios o con autobombo, lo único que podemos aventurar para este año que comienza es que los televisores seguirán ejerciendo el papel de chimenea, que continuaremos observando la pantalla igual que los neanderthales consumirse la hoguera, y que desde ella nos contarán lo que les venga en gana con el único propósito de que nada cambie. Es fascinante dejar que corra el tiempo igual que hace el agua cuando sale del grifo. Y ellos, los que tienen la sartén por el mango, lo saben. Aún cabría exigirles que contratasen a buenos guionistas, pero la realidad es que nos conformamos con cualquier cosa.