El farero de La Huerva

No sólo tropiezo en la misma piedra sino que caigo de bruces y me golpeo siempre en la frente. Siendo esclavo de la reiteración es fácil ser pasto de las pesadillas. No lo hago a propósito ni con la esperanza de que se me abra el tercer ojo —contando el del culo sería el cuarto—, pero llega un momento en que hasta la más estúpida de las ocurrencias se antoja fruto de la fatalidad. O de la ignorancia, que es lo mismo.

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Recuperando el pulso

El gobierno nos vuelve a cambiar por todo el morro la hora. Entrada la madrugada, cuando sea domingo legalmente, se producirá otra vez un fenómeno extraño: a las  dos serán las tres. A tan curioso cachondeo lo denominan horario de verano. Nunca nos aclaramos con el día ni con las manecillas del reloj, porque la nocturnidad y alevosía del sábado mientras se cuela en el domingo, precisamente busca que no caigamos en la cuenta, una circunstancia que resulta imposible.

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