EasyTone

Esas fantásticas alpargatas de Reebok que te ponían los muslos a la altura del sobaco y las nalgas como piedras son un bluf. A dicha marca le han metido un puro en Yanquilandia asegurando que la publicidad que rodea al producto es engañosa, porque no basta con irse de compras o darte un paseo para endurecer las magras. Igual que no haces caja por el mero hecho de levantarte de la cama, tampoco luces unas curvas de espanto al adquirir unas zapatillas caras. La tecnología, como la democracia, resulta muy engañosa. El gobierno de todos, como el EasyTone, es una «gimnasia con bolas». El problema llega cuando explotan las pelotillas de aire que esconde el fabricante bajo el caucho, entonces te partes un tobillo y si no te metes en pleitos allá te las compongas.   Seguir leyendo

Una brisa de habas

La peña se las ve y se las desea para llegar a mediados de mes, incluso para sobreponerse al impacto de la primera semana, por eso las administraciones —da igual que sean europeas, estatales, autonómicas o locales— aplauden con una cerrada ovación cuando alguien la diña en el pavimento. Me temo que hasta se parten la caja cuando la causa del deceso no es otro que respirar «el peor aire del país». La hoja parroquial —o el Heraldo, tal para cual— lo comunicó ayer en primera página como si se tratara de una novedad, y en el ayuntamiento se han subido por las paredes. Dicen que los datos son tan antiguos que causan vergüenza ajena y se preguntan de dónde los habrá sacado la Organización Mundial de la Salud. Ecologistas en Acción, que hacen su propias mediciones, llevan años dando la brasa y saben muy bien que en la avenida de Navarra se respiran tantas partículas por metro cúbico que de hecho se mascan. ¿Y a quién le importa? ¿A los asmáticos, a los que sufren de neumonía? Da igual, cuando la peña no tiene empleo tampoco piensa en la asfixia y si lo hace es su problema. Igual que les pasará a los gordos o a los fumadores, llegará un momento en que la culpa por respirar un aire contaminado será nuestra y sólo nuestra. «¿No podía haberse mudado usted a otro sitio? A Mongolia quizá, ¿o es que el mundo le parece pequeño?» Seguir leyendo

Expuestos

Según la revista Pediatrics, es suficiente con dejar a los churumbeles viendo a Bob Esponja en la tele durante nueve minutos para que pierdan completamente la atención sobre lo que ocurre fuera de dicho contexto. Desconozco si se quedan en blanco para siempre o el efecto se mantiene durante la proyección del episodio, pero me parece un exceso. Si los adultos, mientras retransmiten un partido de fútbol, entran en barrena de manera instantánea, ¿por qué tardan tanto las criaturas? ¿Es un fórmula de enganche comercial? ¿Les endosan muchos anuncios? Si los profesionales del ramo hacen como que se suben por las paredes al conocer que los telediarios de las cadenas públicas estatales aún gozan de cierta libertad informativa —como si fuera posible contar lo que pasa en la actualidad—, produce escalofríos imaginar la manipulación que rodea a los niños cuando se sientan a ver los dibujos animados.    Seguir leyendo

La geometría variable

Escribí ayer sobre la credibilidad de las malas noticias y sobre las ganas que tenemos de que ocurra lo contrario: que las buenas sean ciertas. El resultado nunca es preciso porque fácilmente cualquiera nos da gato por liebre. La bondad o la maldad de algo depende muchas veces de una percepción personal, por eso los medios de incomunicación apuran el pensamiento para que opinemos contra nuestra lógica o pongamos en solfa nuestras ideas. Es cuestión de machacar siempre los clavos, de este modo las mayores aberraciones, sometidas al color de una bandera, resultan justificables. Lo hemos comprobado en cientos de guerras. Las últimas, en Irak o Afganistán, delatan que los ocupantes —lo que llaman el mundo occidental— amparándose en las malas gentes que pueblan dichos países y en los tiranos que las gobiernan, acuden a civilizarlos por la fuerza, disponiendo de sus recursos y campando a sus anchas. Nos lo venden a diario en la tele y gracias a su constante publicidad nos hemos dejado convencer de que en Libia ocurre tres cuartos de lo mismo. Como Gadafi es una bestia parda, está bien bombardear Trípoli y costear su derrocamiento a sangre y fuego, aunque los sustitutos del individuo a deponer sean tan criminales como el anterior. Lo primero son los negocios y el resto son tontadas. Repsol estará agradecida, y aú más sus socios de Pemex, pero que nadie piense que el gas o el petroleo van a bajar de precio… La geometría variable funciona siempre en un solo sentido.   Seguir leyendo

Para venirse arriba

Precisamente cuando todo parece perdido el sentido del humor se desborda. Cuentan las crónicas que «más de cien mil personas se congregaron ayer en Roma con el propósito de solicitar encarecidamente a la NASA que el satélite que caerá pasado mañana sobre el planeta lo haga sobre la cabeza de Berlusconi». Sabedores de los esfuerzos que hacen los yanquis para controlar el trasto sugieren que, por un pelín más de tiempo, no abandonen su cometido y centren la atención en derivar su trayectoria hacia las coordenadas que habían escrito en las pancartas. No es un acontecimiento real pero nuestra conciencia presta cierta credibilidad a la «noticia» porque en el fondo deseamos que algo semejante llegue a ocurrir algún día. Y no me refiero a que un cacharro de siete toneladas reduzca a este engendro político a la fosfatina, es que somos capaces de conformarnos con la idea de que sus paisanos reclamen a voz en grito un ápice de justicia celeste.  Seguir leyendo

Escuelas impías

Privatizar los servicios públicos perjudica a la sociedad en su conjunto y sólo sirve para que un puñado de ladrones engorden su cuenta corriente. Cualquier cometido, manejado por cualquier gobierno, resulta más económico en teoría que si lo ejerce una empresa particular. Y digo en teoría porque los intereses personales de la casta política son tan ubicuos que pueden montar instituciones mixtas —y de hecho lo hacen— con el propósito clientelista de beneficiar a sus allegados, parientes y afines. Salvo estas excepciones, cada vez más palmarias, lo realmente público siempre es más barato y de mejor calidad que lo privado. Sobre todo cuando se ejerce sobre lo público el debido control social. Uno de los casos más evidentes se produce con la educación.

La privada, que ahora se denomina «concertada», nos cuesta un riñón. Los colegios católicos son subvencionados por el gobierno con soberbias millonadas y los padres que deciden llevar a sus churumbeles a estos centros pagan dos veces la factura (por la matrícula y por los impuestos). ¿No es absurdo? Respetando que las familias tienen derecho a elegir la educación de sus vástagos —faltaría más— lo coherente es que la paguen de sus bolsillos. Es ridículo que los demás contribuyamos económicamente a fomentar su capricho pero aún resulta más kafquiano que despidan maestros de la escuela pública para que el gobierno de turno pueda gastar un poco más en la concertada. Me parece un robo.    Seguir leyendo

El algodón sí engaña

La realidad se está convirtiendo en un cóctel de teleseries norteamericanas, al estilo de «Breaking Bad» y «Modern Family», por citar unos ejemplos, pero sólo la segunda de ellas arrasa en los premios Emmy. Todavía resulta aceptable que un profesor de química, a causa de un cáncer, se convierta en capo de la metanfetamina pero si además fuera gay e hispano, o hubiera adoptado una niña vietnamita, el impacto sería excesivo. Supongo que es más rentable dividir por lotes que presentar al público una emulsión, de modo que vivimos una época jodida pero fascinante. Lo mismo nos amenazan con que va a caer un satélite descontroladamente sobre la Tierra que exportamos el fantasma del 15 de mayo a Wall Street, aunque sea en una versión apta para scouts. Al mismo tiempo que el desempleo desborda el planeta, los Estados Unidos disfrutan actuando como un país «detergente». Los yankis, al contrario que los emergentes —como China, la India, Rusia y Brasil— lavan su mierda echándosela encima a los demás, por eso el jefe de la Casa Blanca se permite el lujo de dar clases a los europeos. No es caridad, lo único que pretende es que su economía no se hunda por completo en su propio guano financiero. Es un imposible porque la carroña vino de allí, pero aplicando la vieja táctica de huir hacia delante se lleva el pasmo con alegría. No se explica de otro modo que sean incapaces de pillar al vuelo un satélite y nos vendan el cohete de que pasado mañana llegarán a Marte. Reconocer que la sociedad actual no se parece ni en pintura al «sueño americano» de los años 50 y endosarnos a la vez un bodrio apabullante —titulado «el árbol de la vida»— produce cierta esquizofrenia en el espectador. La contradicción es tan evidente que igual la generan para alimentar sus negocios, quién sabe.  Seguir leyendo