Para todos los públicos

Los eufemismos son esas palabras que se emplean para decir justo lo contrario de lo que se piensa. Por ejemplo, si pretendemos hacer un expolio, que es lo mismo que robar, empleamos el verbo privatizar que suena más fino. Por ahora se respeta el trámite de legalizar los robos, para diferenciarlos de la delincuencia común. En caso contrario, cualquiera podría privatizar la virgen del pilar y llevársela a casa. Y no se trata de eso, es cuestión de que se la queden —o que la pongan en valor, que se dice ahora— los amiguetes, aquellos que sueltan un buen pellizo por legalizar el robo. Nadie se plantea recortarle a la casta sacerdotal los diez mil millones de euros que se le regalan anualmente, y eso sigue siendo así porque tienen el monopolio y la custodia de todas las vírgenes, santos, dioses y catecismos del país. Ya sé que es idiota, pero a falta de explicaciones, no cabe entender otra cosa. Es lo que hay. Seguir leyendo

Cicatrices

Cisne X-1, el agujero negro de la Vía Láctea, engulle una nebulosa con la misma facilidad que el rey se zampa unos percebes. Sus súbditos, tan ajenos al espectáculo interestelar como al meteorismo de la corona, asisten impertérritos y en directo al juicio de los trajes, un pelotazo que los analistas denominan «la trama Gurtel», y que no esconde otra cosa que la financiación ilegal del partido que triunfó las pasadas elecciones. Mientras tanto, parece que el desnudo de Paz Vega mosquea a los curas pero que el calendario de Ryanair no levanta las sotanas con idénticas pasiones. La peninsula sigue girando alrededor del sol y de Alemania, pero se entretiene con asuntos de ropa o se indigna al observar la carencia textil, cualquier circunstancia es buena para no entrar al trapo y coser con puntadas cortas el tejido del país, cuya musculatura se desangra en cinco millones de parados. Son tiempos durísimos, hemos vivido por encima de nuestras posibilidades y se acabó la fiesta, qué les voy a contar que no sepan. Seguir leyendo

La dureza de los tiempos

Mientras los jefes mezclan las cenas de navidad con la despedida del ministerio, el rey nos augura que vienen tiempos «muy» duros. No es la primera vez que el monarca se va de la olla emitiendo avisos, igual trabaja ahora el control de calidad y le han comprado un impactómetro, o lo mismo se ha aficcionado a los peces y anda el hombre muy preocupado con el PH del acuario. Sin embargo, comienza a resultar especialmente molesto que el rey siga acojonando al personal, entre otras razones porque no tiene ni repajolera idea de lo que es pasarlas canutas. Buena parte de su existencia la cubrió a la sombra del dictador y el resto la pasa ahora estrechando manos, navegando en el Bribón o esquiando en Baqueira. Comprendo que semejantes sacrificios agotan a cualquiera y por eso, al oír sus presagios, resulta inevitable pensar que este hombre se cachondea del mundo o que en cualquier momento se nos meará encima. Es probable que a fuerza de empinar el codo se haya creído que nos está haciendo un favor, pero a la hora de resumir en advertencias lo que dicen los políticos durante los banquetes, demuestra también que no sabe lo que ocurre en la calle. Tampoco debería de extrañarnos, porque ni siquiera se da por aludido con los negocios de su yerno. Al otro lado de los gruesos muros del palacio, los súbditos llevan ya unos cuantos años comprobando en sus carnes la dureza de la que habla el rey, esa dureza que rara vez siente, a no ser que él mismo se descalabre estrellándose contra una puerta. Seguir leyendo