Hórror vacui

El año que viene está a la vuelta de la esquina, de modo que es tiempo de hacer inventario y cuadrar las cuentas, cubrirse de gloria y de buenos propósitos o, por el contrario, colgarse de una viga. No hay tintas medias. Al pánico se le llama hoy realismo y está tan de moda ser realista que las felicitaciones virtuales vienen cargadas esta vez de episodios incomprensibles. La peña se compromete a no apuntarse a un gimnasio en el que, con esfuerzo, igual durará cuatro semanas y a desentenderse también de las clases de inglés, que no le servirán para viajar ni conseguir empleo alguno. La imposibilidad de alcanzar objetivos debió empujarles en otra época a la bebida. Sin encontrar allí otra razón que la pérdida de conciencia, comprenden ahora que el mero hecho de pillar un melocotón les desbarataría el presupuesto, de modo que se rajan antes de embarcarse en nada y eso que se ahorran.

El dinero es un bien fungible y el ahorro lleva trazas de ser un síntoma de emprendimiento, algo así como el núcleo duro de la investigación y el desarrollo. No en vano la gente siente que se desarrolla como persona a medida que no gasta un céntimo. Nos hemos vuelto tan emprendedores que, para demostrarlo, la emprendemos ya contra nosotros mismos y de tal manera recortamos lo superficial que nos quedamos en el chasis. Así que el balance del año que acaba suele enredarse con los proyectos venideros hasta crear un vasto nido de renuncias y negaciones. No es una actitud optimista, pero de donde no hay no se puede sacar. Por eso la sociedad se atrinchera en sus inmuebles a pasar el asedio. Lo chocante es que, cuando se relacionan, utilizan los refranes como si fueran eufemismos y para darse un coraje inapropiado afirman que resistir es ganar. De esta manera mantienen por encima de mínimos su nivel de competencia. Aún creen los ingenuos que un día escampará.

Con el único propósito de pasar inadvertidos, nuestra capacidad de investigación se emplea a menudo en el camuflaje. Mientras tanto nuestras innovaciones van derivando hacia lo artístico, en el sentido de que se considera un arte llegar a fin de mes. Sólo es cuestión de tiempo que volvamos a las carretas y levantemos una carpa. Pero invertir, lo que se dice invertir, se confunde a menudo con cubrir los imprevistos. Arreglar o reemplazar lo que se rompe, desde un paraguas a una batidora, alcanza el rango de una inversión. Tal es así, que a menudo se lamenta. En este caldo de cultivo sólo cabe el asombro de no haber muerto por el camino, quizá por esa causa nos comprometemos a mantener la salud en su punto álgido, no vaya a ser que el año que viene nos arruinemos por un empaste o unas cataratas.

En lo que concierne a un servidor, tampoco puedo quejarme. Caigan ustedes en la cuenta de que semejante expresión —que imposibilita los lamentos— está en labios de todo el mundo, aunque signifique cosas distintas según quien la emplee. Antaño se usaba para no detallar tus problemas, no fuera que al compararlos con los de tu vecino se valorasen como de menor cuantía y degenerase la charla hacia la envidia o el sablazo. Ahora no puedes quejarte porque es un derroche de energía. Nadie habla de que se ha comprado un vehículo o de que pretende largarse de viaje a las Maldivas, ahora lo que mola es presumir de los días que llevas sin poner la calefacción. Sintonizamos en otra onda, concretamente en la corta, y con suerte igual vendemos el móvil y la televisión para volver a la radio, no me extrañaría nada. Sin ir más lejos, durante este año que termina, he tenido la dicha de sorprenderme cambiando unas cuantas cosas. Entre otras, los cigarrillos convencionales por los clásicos de liar. Todavía desconozco si se trata de un ahorro o de una inversión, pero tengo claro que esta medida la practicaban mis abuelos, así que de innovadora sólo tiene los filtros. También he vuelto a cambiar de domicilio, siempre como inquilino. Aunque en esta ocasión, y sin que sirva de precedente, no tuve necesidad de cambiar de calle. Esta circunstancia desarrolló momentáneamente mis músculos, al menos durante el traslado, invirtiendo toda la fuerza de los mismos mediante el uso de una carretilla. Jamás una mudanza salió tan barata ni me duró tanto acabarla, pero el espíritu de sacrificio es un valor en alza y quien mueve los músculos mueve también el corazón. Así que nos aguarda a todos un año nuevo casi antiguo, de principios del siglo pasado.

Inocentadas

En un día como hoy, cuando los católicos celebran los santos inocentes, los periodistas aprovechan para jugar con las noticias hasta el extremo de no distinguir la realidad de la ficción. Una de ellas, el anuncio de Cospedal a propósito del nulo sueldo que los diputados de la comunidad autónoma que preside, Castilla la Mancha, iban a percibir de ahora en adelante, levantó en su momento mucha polvareda mediática. Los más finos analistas comenzaron a pregonar que los cargos electos debían de tener un salario digno de la faena y que trabajando por el filete acabaría la política en manos de gente adinerada (como si no lo estuviera ya). Medidas tan inútiles como ésta, a la población en su conjunto le parecieron entonces estupendas. De hecho no se explicaban por qué no iban copiando las demás instituciones un castigo tan ejemplar. Supongo que los más inocentes llegaron a creer que diputados, concejales y demás miembros de la casta, pasarían estrecheces para llegar a fin de mes tratando de compatibilizar de mala manera sus respectivos oficios con la asistencia a plenos y comisiones. Pero nada más lejos de la realidad.

O bien, la caverna que nos dirige, se ha dado cuenta ahora del error o no se explicó al principio correctamente. Cuando la Cospedal hablaba de que los diputados de su región, a partir de enero, no cobrarían ningún sueldo omitió que iban a recibir una indemnización de 955 euros al mes, más las dietas, kilometraje y asistencia, que se abonarían aparte. De esta manera llegarían a percibir con toda probabilidad un monto de 1.500 euros —que tampoco está mal— y en el supuesto de colaborar en comisiones o incluso de presidirlas sumarían entonces un bonito total de 2.300. Por mucho que el gobierno regional se ahorre así más de un millón en sueldos, asunto que está por ver, cualquiera se da cuenta de que no es lo mismo gratis que cobrar 1.500. Y sin embargo, nadie le preguntó a Cospedal sobre las razones de su cambio de opinión. Es más, en el supuesto de no haber modificado un ápice su postura, ni siquiera se cuestiona cómo es posible que cobrar 1.500 euros sea lo mismo para ella que no cobrar nada.

Quien todavía conserva el trabajo, sabe que levantarse mil papeles al mes es casi una bicoca, de modo que no comprende que los políticos reciban más y encima a modo de indemnización. Cuando se indemniza a alguien, se le está resarciendo por un daño o perjuicio, no por realizar una tarea de representación pública. Una representación, además, que con frecuencia suele ser múltiple. Tenemos alcaldes que son diputados provinciales, concejales que cobran en una comarca, senadores o diputados que al mismo tiempo ejercen de alcaldes… En fin, existe todo un rosario de puestos institucionales que descansan en las mismas cabezas. ¿Cómo es posible pues que el sueldo de un diputado autonómico pueda considerarse como una indemnización? Y si entienden que cobrar 1.500 al mes es una indemnización, ¿qué representa el salario mínimo para esta gente? ¿Y una pensión? A los políticos que nos gobiernan no les interesa establecer un rasero común entre ellos y el resto de los ciudadanos.

Quizá venga a cuento de que los políticos, refiriéndose a sus ganancias, utilizan una retórica peculiar. Muchos de ellos explican en voz alta que, de seguir trabajando en una empresa privada, cobrarían dos o tres veces más de lo que se llevan a los bolsillos por currar en una institución pública. ¿Pero es cierto lo que afirman o tan sólo es una excusa? Es bastante común que un ministro, cuando se retira de la carrera política, acabe trabajando para una multinacional. Lo raro es que alguien que ya trabaja para una de ellas termine de ministro, a no ser que entre en el juego para beneficiar al lobby que lo catapultó hasta el poder. O incluso a su propia sociedad anónima, que tampoco es tan difícil encontrar ejemplos. Buena parte de las privatizaciones que realizan ahora nuestros políticos últimamente terminan en manos de empresas en las que tienen intereses, reduciendo de este modo la crisis a una cruenta inocentada.

Monsergas y monigotes

No he estado muy al quite de las tonterías que ha soltado el monarca este año. Por lo que he podido entender el discurso se ha reducido a una cuestión de formas, y cuando hablo de formas me refiero exactamente al diseño postural. Hasta ayer, nuestra corona parlante se colocaba detrás del escritorio, sentado confortablemente en su poltrona de cuero e iba meneando la mollera a derecha e izquierda según le indicasen los regidores y cámaras de televisión. Ahora sin embargo, quizá de una manera más informal, han colocado al rey al filo de su propia mesa, en el canto mismo de la madera noble, aguantando su propio peso en una figura gallarda que pretende al mismo tiempo ofrecer, una vez más, esa campechanía de la que tanto hace gala y que, por el contrario, resulta a todas luces postiza y hasta difícil de mantener. No nos engañemos, el abuelo ya no está para estos trotes y bastante hace con leer el texto que le plantan en los monitores sin quedarse bizco de repente.

Da grima ver cómo soporta el tormento mientras finge naturalidad, como si estuviera acostumbrado a recibir a la gente sentándose sobre media nalga, como si para este hombre su trabajo consistiera en clavar el coxis en la taracea del mueble mientras disimula el calambre que le recorre el espinazo. Son gajes del oficio. En el subconsciente colectivo, la imagen de los jefes todavía se construye alrededor de su mesa de despacho. Con frecuencia te los encuentras detrás de ella, atrincherados tras un bloque de mármol o de cristal, desde donde te llaman a capítulo, te toman las medidas y las intenciones, ordenan y mandan en sus tenderetes. Cuando abandonan su posición de dominio y se presentan delante del mueble, a menudo esperamos de los poderosos un instante de humanidad. Quizá vayan a obsequiarnos con una confidencia, tal vez se aproximan con el interés de regalarnos un par de palmadas en la chepa o igual buscan la cercanía para darnos consuelo tras soltarnos una mala noticia. Nunca se sabe hasta que descubren el pastel.

Por lo general, quien asiste a las chapas que da el rey a sus súbditos por estas fechas, observa el fenómeno con desinterés y aburrimiento, lo contempla en el mejor de los casos como un síntoma de la monótona balsa de aceite en la que vive o se limita a cotillear sobre la decoración de la estancia donde se desarrolla el acontecimiento. Los hay incluso que se sorprenden ante la ausencia de un ordenador, aunque fuera de juguete. Anécdotas aparte, la mayoría de los analistas han coincidido en reseñar que el monarca intentaba aproximarse a la ciudadanía pero que la postura elegida, incómoda para un abuelo recién operado de la cadera, provocó el efecto contrario.

Esa estampa, el apuntalamiento del rey sobre la mesa, es el reflejo de un sistema en franco deterioro que se limita a aguantar como puede la marea. Desde esa postura, cualquier cosa que se diga pasará inevitablemente a un segundo plano. Entre otras razones porque, de hecho, no guarda ya ningún sentido con lo que ocurre. Hablar entonces de que vuelva el espíritu de la transición y se regrese de nuevo a la política con mayúsculas, de servicio y vocacional, incluso llegar a sugerir que se reste protagonismo a la economía en beneficio de la solidaridad, caen por fuerza en saco roto. Sabemos de sobras que el rey no predica con el ejemplo: lo mismo que hizo la vista gorda con su yerno fue capaz de largarse a cazar elefantes a Botswana. Los discursos que están vacíos de contenido, o cuyo contenido descansa sobre los hombros de un individuo de escasa fiabilidad, acaban siempre por indignar a la gente. Todavía son hoy el barómetro del hastío, la firma del desinterés y del aborrecimiento o la diana de burlas y chanzas. Por si la indiferencia pudiera atenuarse de algún modo, siempre podemos comparar la monserga del rey con cada uno de los rollos que lanzan ahora los presidentes de la comunidades autónomas. Nunca se sabe cuál es peor pero se disfrutan las singularidades rayando la náusea o la carcajada.

Los ejemplos de Mariano

Dentro de las estupideces que habitualmente sueltan los políticos en sus discursos, han llamado mucho la atención las que profirió Mariano en su reciente viaje a Afganistán, supongo que con el propósito de infundir moral a las tropas que el gobierno tiene allí instaladas y que nos cuestan a todos un potosí. Por no aburrir y resumiendo, vino a decir el jefe que si trabajáramos todos como militares la economía iría miel sobre hojuelas. Hay que entender esta sandez en el contexto habitual de las conmemoraciones navideñas, cuando el presidente efectúa un viaje relámpago al quinto pino para visitar a los soldados y lo mismo se llena con ellos la boca de mazapanes que de palabras huecas. El asunto es ponerse maravilloso.

La población en su conjunto escucha después estas tonterías en los telediarios y no sabe si Mariano pretende militarizar a la población civil o simplemente nos está vacilando. A los jefes les encanta pasar revista y que se les cuadre la gente, por lo tanto no me extrañaría que en el fondo de su frío corazón, como corresponde a un registrador de la propiedad, estuviera deseando Mariano que recibiéramos sus leyes más nefastas sin rechistar, con la misma templanza que los militares: igual que si fueran órdenes. La tribu peninsular goza de unas tragaderas fabulosas pero es muy protestona y eliminando quizá esta tendencia a quejarse los amos del cotarro vivirían ya en el parnaso. No me cabe otra suposición después de oír la perorata. Ni se me ocurre pensar que el gobierno, con esta chanza, estuviera animando a los parados a que se alisten en masa al ejército, donde encontrarían un futuro boyante. En las empresas convencionales, cuando se establecen comparaciones asimétricas, se nos intenta asimilar a los asiáticos, afirmando que si trabajáramos todos como chinos otro gallo nos cantaría. Así que lo de Mariano resulta incomprensible.

En la era de los chanchullos y las privatizaciones, es muy contradictorio asegurar que trabajando como soldados saldríamos de la crisis. Más que nada porque los soldados, hoy por hoy, no son otra cosa que mercenarios de la administración pública. Con la maquinaria bélica del estado como respaldo y un buen sueldo en la cartera es fácil currárselo bien, no en vano su ministro de la guerra dirige al mismo tiempo una empresa de minas anti-persona, y ése pájaro se lo curra todavía mejor. El resto de los mortales, si abandonáramos la cola del paro y nos alistáramos en el ejército de repente entraríamos en un bucle de imprevisibles consecuencias. Un país como este no puede permitirse el lujo de mantener colonias en el culo del planeta, sobre todo cuando los tanques peninsulares racionan el combustible en las maniobras o crían telarañas en los hangares. Es ridículo aflojar miles de millones de euros cada año en estructuras internacionales tan caducas como la OTAN, donde la voz y el voto de los socios se reducen a seguir a pies juntillas las directrices norteamericanas.

La defensa no es en cualquier caso lo más sangrante de la inoperancia y la desvergüenza gubernamentales. Hay que tener en cuenta que pagamos un auténtico pastón para sufragar estructuras como el Fondo Monetario Internacional, que nos devuelve después las colaboraciones recortando pensiones, derechos sanitarios, educativos y hasta judiciales. No es extraño que los amos del guirigay monetario se nos meen en la oreja y que, a costa de nuestra ingenuidad, se fundan medio millón en unas cuchipandas neoyorquinas francamente escandalosas. Y en plan gratis total para celebrar el año nuevo, con barra libre y a una media de quinientos euracos de gasto público por cubierto. Así se trabaja divinamente. Y de hecho, si todos trabajáramos, no ya como militares si no como ejecutivos del Fondo Monetario Internacional, viviríamos en el mismo cuerno de la abundancia.

Ninis

La juventud se ha interpretado siempre como sinónimo de salud y en la actualidad, atravesando una época tan aciaga, se nos antojan conceptos equivalentes. Por la cuenta que nos trae estamos condenados a ser jóvenes hasta la hora del juicio. Si tuviéramos la desdicha de contraer una enfermedad nos crearía —dolencias aparte— un tremendo agujero en el bolsillo. Y entonces adiós juventud, divino tesoro. Ya lo siento, pero nunca he sido de los que arrojan pestes contra los jóvenes. A menudo me han considerado los adultos en esa edad disparatada que lo mismo sirve para un adolescente que para un treintañero. Igual que ahora se llama la atención de un sujeto mediante ese «co» tan aragonés, me acostumbré de tal modo en mis años mozos a escuchar la coletilla del «joven» tras la oreja que jamás pensé oír otro adjetivo. De hecho la primera ocasión que descubrí a un imberbe dirigiéndose a mí con el clásico título de señor fue ya imposible disimular que tras las arrugas y las canas me ocultaba yo, una persona bastante crecidita. Fue un palo, lo reconozco, aunque nada comparable a los que recibes después. A los ojos de un joven, pasada la cincuentena, no eres más que una ruina, de ahí que no quepa esperar mejor tratamiento que el de usted. El usted es un espacio perturbador, semejante a una trampa, donde el madurito interesante y el viejo cascarrabias se transforman en abuelos.

Las edades conforman la personalidad y dan brillo al carácter de cada sujeto, de ahí que renuncie con frecuencia a la critica: conviene no olvidar el pasado para comprender nuestro presente. Sin el tamiz de la experiencia difícilmente podemos juzgar las situaciones o los comportamientos ajenos, nos limitamos a generalizar las conductas de unos cuantos atribuyéndoselas a generaciones enteras. Y no es justo, ni siquiera normal. Referirse a lo normal supone adentrarse en un territorio resbaladizo, donde lo frecuente o lo llamativo construyen las rancias estampas y los estereotipos. Aunque podamos describir el contexto y analizar el paisaje social que envuelve a los jóvenes, será complejo ponerse en la piel de cada sujeto. Si es imposible ejercer la paternidad sin tropezar a veces en el paternalismo, si es raro amar a una persona sin caer a veces en los celos y si es confusa la amistad que no sólo se mide por la lealtad sino por el número de las traiciones, salta a la vista que la opinión o incluso el sentimiento que podamos desarrollar con respecto a una idea o una persona tampoco serán de mármol. Y quien tenga un hijo adolescente sabrá de lo que estoy hablando.

Si hubiera seguido a pies juntillas los consejos de mis padres, seguramente me encontraría en un lugar diferente. Desconozco si mejor o peor. Nadie sabe los vuelcos que dará la vida, pero es probable que no estuviera escribiendo estas líneas. Al fin y al cabo somos el resultado de nuestros aciertos y errores, pero también del hábitat que nos rodea. Sabemos que es propio de los jóvenes derrochar la energía, comerse el mundo, rebelarse y probar todo lo que se ponga a su alcance. La adolescencia parece un campo abonado a la arrogancia, los patinazos y las decepciones, una noria emocional donde te demuestras que has dejado de ser niño y que estás en vías de convertirte en un joven adulto mediante el control del egoísmo. Durante esa época tan difusa y sin embargo tan redundante, cualquier triunfo se torna arrollador y cualquier aburrimiento insufrible. El futuro es mañana y el pasado es ayer, aunque lo más corriente sea vivir en un presente continuo. En el ya. Dentro del ya no es posible hacer demasiados planes, sólo caben las estrategias para que ese ya del que hablamos sea lo más parecido a lo que deseas vivir. Y en medio del carrusel saltan chispas.

A medida que vamos creciendo perdemos intensidad y nos batimos el cobre con menor energía, así que nos conviene a los adultos recordar de dónde venimos para mantener la emoción tan despierta como la destreza que se nos supone. No en vano el problema de los jóvenes, generación tras generación, no es otro que canalizar su potencial. Si apartamos por un instante la pereza, causa sorpresa el sambenito que se les ha colgado últimamente. Me refiero a los ninis, aquellos jóvenes que ni trabajan ni estudian. Si no fuera porque la etiqueta resulta desesperanzadora podríamos tomarla a guasa y sin embargo, lo más triste, es que parezca una consecuencia lógica de la realidad. ¿Para qué estudiar si no vas a encontrar un trabajo? ¿Y cómo vas a trabajar si es imposible encontrar un empleo? Se han escrito ríos de tinta a propósito de la pérdida de valores, pero casi siempre desde ángulos capciosos, rara vez se hizo hincapié en el desmantelamiento de principios cívicos y sociales, salvo que entroncaran de alguna manera con la religión católica y las familias más convencionales. El concepto de los ninis nació como una fórmula denigrante hacia aquellos jóvenes que, pudiendo estudiar y trabajar, se tumbaban a la bartola. Se utilizó igual que un martillo contra la escuela pública, intentando demostrar que no criaba emprendedores sino holgazanes adictos al botellón y escapistas por naturaleza. Carne de cañón para el fracaso escolar.

Años después, terminada la era del ladrillo, la generación de los ninis sigue siendo la misma pero ha encontrado razones que la sitúan en el mapa. De hecho la realidad les da la razón. Vivimos en un país corrompido, sin valores ni solidaridad, donde los derechos de nuestros abuelos se pisotean tranquilamente. ¿Qué cabe esperar en un futuro? ¿Cómo podemos educar los padres a un menor de edad en semejantes circunstancias? En esas estamos, y les aseguro que no es fácil.

Ruina caracolera

Desde hace unos años están cambiando las mentalidades de la clase media más acomodada. En Zaragoza, por ejemplo, que es la ciudad donde vivo y escribo la presente, todavía se considera moderno tener un automóvil. Coger el autobús o montar en el tranvía es propio de pobres y además resulta un engorro. En horas punta van hasta los topes y su frecuencia de paso por las paradas se dilata en exceso, lo que produce en los usuarios cierto hartazgo contra los transportes públicos. O sea, que aún estamos al nivel de los años sesenta, cuando el consistorio franquista decidió chapar la última línea del trolebús. Todo el mundo respiró aliviado, ya no se verían catenarias ni raíles por ninguna parte. El alquitrán y el asfalto iban a dominar desde entonces las calzadas, al menos hasta hace bien poco, cuando al consistorio se le ocurrió recuperar el tranvía y los automovilistas, interpretándolo como un retroceso, se llevaron las manos a la cabeza. Así que el cambio de mentalidad al que me refiero es a peor, y no sólo entre la ciudadanía sino, lo que es más grave, entre los responsables de que el servicio funcione a la perfección.

Parto de la base de que pagar impuestos debe servir para algo más que abonar los sueldos de los políticos, en caso contrario no tiene sentido mantener un estado, unas comunidades autónomas o unos ayuntamientos. Y los nombro en orden creciente, de menor a mayor importancia porque cuanto más próxima a los ciudadanos está una institución más necesaria resulta. Soy de los que piensan que estar pagando un 21% de IVA al estado por cualquier producto que compremos significa que, con ese dinero que recauda el gobierno, tendríamos que estar gozando de unos servicios públicos casi de lujo. Lo contrario es una estafa y en época de vacas flacas todavía más. Es justo ahora cuando la sanidad debería de ser universal, pública, gratuita y excelente, lo mismo que la educación y la justicia. Es ahora cuando hay que invertir más que nunca en ciencia y en investigación. Es ahora cuando nuestros transportes públicos tendrían que funcionar como un reloj. Por eso el tranvía es un símbolo de lo que se hace con el dinero de todos y en beneficio de todos, por mucho que fastidie a los automovilistas.

Otra cosa es que la puesta en marcha del tranvía produzca serios recortes en el autobús. No es lógico ni coherente, porque ambos medios tendrían que ser complementarios, igual que los servicios de cercanías en el ámbito del ferrocarril. Es una cuestión de prioridades políticas y sociales, al margen del partido que gobierne, mantener en perfecto estado de uso y servicio la red de comunicaciones de una comunidad. Lo mismo que su sanidad, su educación y su justicia. Los impuestos, básicamente, sirven para atender estas necesidades. No las deudas que hayan contraído los bancos, que son entidades privadas y que, para bien y para mal, responden de sus aciertos y errores ante sus dueños y acreedores. No entiendo a los gobernantes que nacionalizan bancos en quiebra y sin embargo privatizan hospitales, entre otras razones porque estas gentes perdieron por el trayecto su razón de ser o quizá nunca la tuvieron. No se explica de otro modo que un cargo electo, destinado a servir a la ciudadanía y gestionar el patrimonio común, acabe actuando como un liquidador de bienes o incluso de personas.

Así que ya ven, estoy a favor del tranvía lo mismo que estoy a favor del autobús o del tren. Tendrían que funcionar mucho mejor y ser más baratos, por supuesto, pero también estoy a favor del agua y de la electricidad, del gas y los combustibles e incluso de la telefonía pública. Creo que hay que recuperar muchos servicios que se privatizaron hace años e incluso crear otros nuevos, como aquellos que promuevan la energía solar. Si en lugar de avanzar en este terreno se malvende o regala todo aquello que funciona no tiene ningún sentido pagar impuestos. ¿Para qué? ¿Para que te chuleen? Es del género idiota mantener estructuras de gobierno que no reportan ningún beneficio social, con pagar a la mafia o trabajar para ella sería más que suficiente. Por eso seguramente no me ha extrañado el comentario del jefe de los empresarios aragoneses, animando a los políticos locales para que empezaran a recortar las plantillas de las instituciones que gobiernan. Quizá se haya quedado corto y hubiera sido más lógico que directamente despeñase a sus interlocutores por la roca Tarpeya. A fin de cuentas, y de seguir con desvergüenza por el camino de los recortes, estaremos pagando unos impuestos noruegos y recibiendo unas prestaciones africanas, contradicción que con frecuencia no suele conducir a nada positivo.

Héroes de tresillo

El fin del mundo se nos está quedando pequeño. Se nos administra el apocalípsis en comprimidos, lo que produce irritabilidad en los afectados pero que todavía no arrasa por completo al tejido social. Y eso que ya hemos perdido la cuenta de las injusticias y los atropellos. Nos deja fríos descubrir un nuevo caso de mangancia, aburre incluso a los analistas escuchar los discursos y china chana, tacita a tacita, nos acostumbramos a lo que nos echen. Tragamos quina hasta el extremo de reírnos de nuestra miseria y atrapados en el sistema llevamos camino de acabar en la inopia.

En este contexto puede resultar escalofriante que un sujeto agarre una ametralladora y monte una escabechina en un parvulario, pero es una consecuencia previsible. Incluso causa extrañeza que no pase con más frecuencia, sobre todo si tenemos en cuenta el curioso hábitat en el que se crían los yanquis. En lo que antes llamábamos Occidente, y que ahora no es otra cosa que una amalgama de corporaciones, el umbral del dolor ha crecido de forma exponencial. Lo que antes provocaba espanto gracias a la reiteración emborrona la indiferencia y hasta resulta comprensible, como si formara parte de un plan. ¿Recuerdan el revuelo que produjo la primera desahuciada que se lanzó por el balcón? Hasta el gobierno se sacó del sobaco una ley para frenar los casos más sangrantes, aquellos que podían resultar apetitosos para las cadenas de televisión, esas que tan a menudo convierten las noticias en una crónica de sucesos. Desde entonces llevamos media docena de suicidios por idénticas causas y no se cambia ni una letra de la ley. Incluso ha salido un obispo a la palestra quitándole dramatismo al asunto.

Recuerdo que al principio de la democracia se referían a nosotros tildándonos de ciudadanos, luego nos llamaron contribuyentes, después consumidores… Entre una versión y otra también fuimos afiliados, electores e incluso público. Esta útima acepción, la de ser espectadores, es la que ahora se tambalea porque siempre nos quedará el recurso al pataleo o a cambiar de canal, y tampoco es bueno. Semejante protesta acabaría cargando la paciencia de líderes y mandamases que, acostrumbrados a una calma chicha durante décadas, ni siquiera soportan la discrepancia. Mientras evaporan los viejos derechos adquiridos, como la sanidad, la educación y la justicia, en cuyos ámbitos seremos tratados como clientes —siempre que abonemos la factura—, los jefes olvidan la ciencia y la investigación en el baúl de los recuerdos, reimplantando de paso la enseñanza del catolicismo en las aulas. Igual es que pretenden tratarnos luego como a feligreses. Sin ir más lejos se les llena la boca de tal manera que reducen su credibilidad a una simple cuestión de fe. Por eso hablan de impartir dolor y por eso cada vez son menos los creyentes. Está muy claro que nos están robando, ya sea de una forma directa y literal, o por medio de estafas encubiertas y sin embargo nos dibujan un paisaje de crisis colectiva en el que no hay más remedio que sufrir en silencio las inclemencias financieras. Y en el peor de los casos morir en una esquina procurando no llamar mucho la atención. La realidad es muchas veces tan agria que el fin del mundo se nos está quedando pequeño, seguramente del tamaño de nuestro cuarto de estar.

Quizá estas gentes vivan en un cielo muy particular, a la diestra de los consejeros de las grandes corporaciones. Quizá cobran treinta veces el salario mínimo, sueldo que en lugar de bajar subió un 4% el año pasado. Quizá se resisten a viajar en clase turista porque pierden mucha dignidad al rozarse con el resto de sus congéneres, aquellos que todavía se pueden permitir el lujo de viajar en avión. Supongo que toda esta peña, la que goza de retribuciones singulares, es la que luego va metiendo cizaña por despachos y salas de juntas para que finalmente el gobierno pida un nuevo rescate. No me cabe ninguna duda de que servirá para garantizar sus emolumentos. Ojalá sirva también para despejar las dudas, si es que para entonces todavía nos queda alguna.