Populistas

Tras las últimas elecciones italianas hay gente con un don tan especial que son capaces de separar el grano del trigo. Quizá se fijen en los dedos de frente que tienen algunos políticos, en la calva que lucen o en el número de cirugías estéticas que atraviesan su rostro. Para mí es un misterio, pero esta facultad les permite señalar a los populistas sin despeinarse y a menudo concluyen sus diatribas imaginando lo que ocurriría en nuestra península de registrarse en las urnas unos resultados semejantes. Supongo que en el fondo están hablando de la gobernabilidad de un territorio, y mucho más en el fondo todavía de la capacidad que tendrá el nuevo gobierno para meter a sus ciudadanos en cintura. Este asunto preocupa un montón a los medios, que en su mayoría son bastante carcas, y también a esa entelequia a la que llaman los mercados, que en este país no pasan de mil quinientos ricos y que se nos han subido todos a la chepa. Pero si rascamos un poco enseguida caeremos en la que cuenta de que el populismo, ese mal endémico que azota a los italianos, es indiferenciable del resto de las opciones. Por eso no me explico cómo consiguen distinguirlos.

A mi juicio, y para fijar unos mínimos, no deberíamos confundir los tiranos con los populistas. Es cierto que ambos prototipos se emborrachan con las palabras hasta dar la impresión de que les pasa algo en la boca, pero no es lo mismo sufrir a un dictador cretino que a un cretino a secas. El problema es que en las cúpulas de los partidos existe un tremendo overbooking de hipócritas, por lo tanto hay que estar despierto para comprender su idioma y no caer en sus zarpas. Para no equivocarme con los políticos, sobre todo en época electoral, suelo aplicar a sus intervenciones la más vulgar de las clarividencias: el sentido común. Gracias a este sentido intento simplificar los enunciados a una pregunta simple: ¿entiendo lo que dice? Si a un político no se le entiende sólo pueden ocurrir dos cosas: o no sabe expresarse mejor o no le interesa. Así que es muy probable que en vez de contarnos la verdad nos esté tomando el pelo. La jerga de los eufemismos, sobre todo económicos, es ya una mala señal, porque da la sensación de que está vendiéndole la moto a una minoría, a la que conviene tranquilizar con los ripios que utiliza.

En el supuesto de pasar la primera criba, podemos hacernos ya la siguiente pregunta: ¿me estará mintiendo? Muchos analistas sustituyen la mentira por el nivel de confianza o la credibilidad, pero no responden a la pregunta. Si un político dijo en otra legislatura que iba a hacer algo y no lo hizo, salta a la vista que mintió. Es evidente que cualquier persona tiene derecho a cambiar de postura con respecto a cualquier circunstancia, pero a las que viven de la política y representan además a sus votantes durante cuatro largos años, debe exigírseles que no prometan lo que no pueden o no quieren cumplir. Resulta muy fácil dar tres cuartos al pregonero y luego si te he visto no me acuerdo. Para evitar que los programas electorales se conviertan en papel mojado, no estaría de más que se fuera extendiendo la costumbre de garantizar consultas y referendos para aquellas promesas que pudieran incumplirse. Hay que tener en cuenta además que en ciertas ocasiones se presentan a la feria de los votos movimientos y partidos políticos sin experiencia anterior. Nos conviene saber, por lo tanto, si mantienen de un día para otro su postura o la modifican a lo largo de la campaña.

A mí me basta con estas preguntas, no sólo para diferenciar a los populistas de los políticos serios —que francamente no abundan— sino para establecer también mis afinidades. Las dudas surgen cuando es imposible discernir entre los contrincantes. Si no entiendo a ninguno y pienso que todos mienten se produce una situación kafkiana. Ya sea porque pisaron el gobierno y no cumplieron con su palabra o porque pasaron por la campaña sin mojarse, el resultado final que obtendremos será deplorable. Nos ocurrió hace catorce meses y ya hemos visto a lo que conduce, la pena es que aun habiendo ganado sigan comportándose igual. Yo agradecería un poco de sinceridad. ¿Acaso tienen vergüenza de ser como son y de defender lo que defienden? ¿O es que albergan alguna esperanza de seguir engañándonos?

Las entrañables amistades

No se me ocurriría calificar una relación de pareja como entrañable salvo que no pudiera ser otra cosa. Lo entrañable, por muy íntimo y afectuoso que sea, se ha devaluado de tal modo que enseguida lo identificas como algo propio del abuelito de la Heidi: arrumacos, ternezas y pare usted de contar. Una etiqueta de este calibre emborrona cualquier imagen sexual que pudiera enquistarse en nuestras cabezas, así que igual la eligieron a conciencia para evitar suspicacias. En cualquier caso no imagino a Corinna diciendo que se come al rey con los ojos o que saltan chispas cuando se miran, conociendo las públicas torpezas de su pareja resultaría más aceptable endulzar su campechanía hasta construir alrededor de ella alguna virtud. Ella sabrá cuál, porque a mí de pensarlo se me nubla la vista. Quién sabe, si lo entrañable parece reñido con lo fogoso, quizá esta expresión sea una forma amable de calificar lo patético. Aún con todo, no negará Corinna que el problema de mantener una amistad con un sujeto casado es que a menudo llueve la caspa. Y si el entrañable sujeto además va haciendo ostentación de que es muy católico y que tiene una familia estupenda todo se tizna de una hipocresía completa. No lo puedo evitar, pero toda esta historia me huele a sobaco y a naftalina.

Según las malas lenguas el rey y la princesa llevan tonteando desde 2004. No es que se hayan conocido hace cuatro días, gracias a los negocios de Urdangarín o la afición común de cazar elefantes, detrás existe una relación de ocho años. Es más, según cuentan en los mentideros los cronistas del corazón, Corinna mantiene una casa en el barrio de El Pardo, cerca de la Zarzuela, donde pasa temporadas con sus dos hijos, fruto de sendos matrimonios anteriores. Se le conocen dos trabajos, fundamentados en las relaciones públicas, y un tercero que se fue al garete. Viaja a menudo y se deja retratar en los medios con frecuencia, aunque afirma que no tiene ningún afán de notoriedad. Cuarenta y ocho tacos, alemana de origen danés, Corinna zu Sayn-Wittgenstein casó en primeras nupcias con Philip Atkins, un empresario británico con el que tuvo una hija, una tal Anastasia, que ahora tendrá diecinueve o veinte años. Se divorció y tuvo un rollete con el millonario Gert-Rudolf Flick, nieto del fundador de la Mercedes Benz. Fue después, en la boda con el príncipe alemán Casimir zu Sayn-Wittgenstein-Sayn cuando alcanzó la nobleza. Por lo visto, su marido tuvo un idilio con Tinsley Mortimer, una actriz adinerada que por entonces estaba casada con Robert Livingston, el magnate de la Standard Oil, y la relación empezó a hacer aguas. Tampoco debía de ser la monda, porque el majo de Casimir durante el noviazgo ya era popular entre la jet set londinense por los saraos que montaba en su apartamento de King’s Road, donde Corinna pudo ampliar el soberbio círculo de sus amistades. De aquél breve matrimonio le queda el recuerdo de su hijo Alexander, que tendrá unos diez años, y si mantiene el título de princesa es porque ni ella ni su ex se han vuelto a casar todavía.

Aunque parezca mentira, y lamento defraudarles, todo el cotilleo montado alrededor de Corinna y el monarca no me interesa una higa, lo que me llama la atención es el hábitat de viva la virgen en el que crece, se desarrolla y muere la chusma guapa internacional, cuyas andanzas contrastan con la realidad de tal modo que es imposible no someterlos a escarnio en la plaza pública. La plaza de ahora son los medios y las redes sociales, donde se desmenuza el intríngulis de tan entrañable amistad. Con el austericidio que estamos sufriendo a manos de nuestros gobernantes, es lógico que la gente disfrute y se indigne al mismo tiempo con las vicisitudes que atraviesa la aristocracia. Por eso se mira con lupa la frontera entre la ética y la moralidad, los negocios y las zonas oscuras, y cuando una persona como Corinna se gana los cuartos conectando a la «beautiful people», seguir el rastro de sus comisiones es tan imprescindible como leer las tontadas que suelta en el Hola, no en vano se ha llegado a decir que en este momento existen dos reinas de España. La reina que no es la oficial, como si estuviera ganando puntos ante sus futuros súbditos, asegura que consiguió vender la construcción española del tren de alta velocidad en Arabia Saudita, faena que reportaría más de seis mil millones de euros a la empresa beneficiada. Habla también de que ha prestado servicios confidenciales en asuntos clasificados para el gobierno de turno, «situaciones puntuales que ayudó a solucionar por el bien del país». Los políticos de los partidos mayoritarios se han apresurado a desmentir estas actividades dejando a la princesa con el culo al aire, aunque tampoco les he visto que entraran en el meollo de la cuestión. La monarquía está muy tocada gracias al escándalo del duque como para centrarse ahora en las entrañables aventuras del rey.

Además, la solicitud de abdicación pedida por los socialistas catalanes acabó utilizándose como una manera de llamar la atención, un primer paso para independizar a éstos del resto del partido. La actitud derivaría después en las votaciones del congreso de diputados, sobre el derecho a decidir, donde no respetarían la disciplina de voto y abrirían un cisma. Pero la abdicación del rey en Felipe, con el show de Corinna en los medios y la corrupción galopante en la casta política, sólo podría sostenerse con un escándalo todavía mayor. El más evidente, el que implicaría a la infanta Cristina en el caso de su marido, se ha desarticulado en los juzgados sin mediar explicación alguna. Resulta difícil de sostener que la infanta haya sido tan tonta que desconociera sus trápalas, y eso que estaba en el consejo de dirección. Resulta evidente pues que se ha echado tierra sobre el asunto para no complicar todavía más a la corona en el derrumbe de las estructuras. Mientras se desmontan los derechos sociales, la educación y la sanidad, al mismo tiempo que avanza el desempleo y se piden sacrificios inasumibles para las clases menos pudientes, la decadencia y los escándalos han generado un situación de tirantez entre las cúpulas y el pueblo , reducido al papel de espectador y cada vez más harto. Un espectador, por otra parte, al que se le hurta el conocimiento de lo que ocurre en la Casa Real, mediante censuras y componendas, durante ocho largos años. Ocho años de entrañable amistad que sólo destapan el tarro de las esencias cuando resulta imposible ya continuar con el encubrimiento.

La improcedencia

La improcedencia, que constituye el argumento más fértil de la jornada, ocasiona entre los finos analistas episodios de una profunda exaltación. Esto es debido a que no es frecuente pillar a un gobierno, con tan solo catorce meses en el poder, en un marrón tan florido de sobres y millones. Propiciados por la hilaridad o fruto del éxtasis, dichos episodios desafían la gravedad provocando la levitación de los contertulios, tal es el paroxismo que circula en el ambiente. El fenómeno se produce porque la diferencia entre lo procedente y lo improcedente es por lo general tan subjetiva que no te saca de pobre. Dudo que se haya demostrado científicamente la existencia de una causa lógica que obligue a los trabajadores a coger la puerta. Sin embargo los despidos actuales se consideran tan procedentes que hasta la ley los califica de objetivos. Una vez que te mandan a hacer puñetas, has de meterte en pleitos para demostrar lo contrario o con esa objetividad te quedas. Desconocíamos, en cambio, que la herramienta fuera tan útil en manos de los ricos.

No voy a entrar en disquisiciones acerca de la justicia, cuyas sentencias confunden la perspectiva de una de las partes con la realidad de los hechos, tan sólo me fijaré en el problema que generan las excepciones. Si el empleado es un alto ejecutivo o un asesor de alto copete, el contrato laboral que haya firmado difícilmente será hasta fin de obra o servicio, de modo que la improcedencia de su despido le saldrá al jefe por un pico. ¿Cómo es posible? Porque el jefe lo sabe desde un principio. Al fin y al cabo buena parte de la trayectoria empresarial quedará bajo la responsabilidad de tan peculiar empleado desde el mismo instante de la rúbrica. Ya sea por su prestigio profesional o sus habilidades a la hora de hacer caja, ciertos individuos se levantan más de veinte mil lereles al mes, comisiones aparte. No en vano son capaces de multiplicar los beneficios de la sociedad de una manera geométrica. Quizá por eso cuando terminan su faena cobran finiquitos de novecientos mil euros, como en el caso que nos ocupa, aparte del salario de tramitación y las vacaciones pendientes. Todo depende de lo que hayan estipulado en su carta de despido, si es que existe, claro. Si no existiera igual estaríamos hablando de un despido nulo y tendrían que readmitir al individuo en cuestión, un tal Bárcenas, el de los papeles. Por de pronto ya se ha apuntado al paro y a lo que te descuides lo cobrará, porque no perdona una. Habrá que verlo cuando acuda a sellar.

A los demás nos ha tocado vivir una época en la que procede cualquier cosa, siempre que venga de arriba. Por eso la gente, como si no se lo creyera, pregona a los cuatro vientos cualquier éxito por pequeño que sea. Es el caso del «sí se puede», ¿recuerdan? Sí se puede parar un desahucio. Sí se puede entrar en un banco y leerle la cartilla al director de la sucursal. Sí se puede lo que ustedes quieran. O lo que es lo mismo: sí que procede. Y procede, sencillamente, porque está ocurriendo. Porque queremos que ocurra. Todo proceder, sin embargo, implica al menos un ápice reflexivo anterior. Uno piensa primero y procede después, todavía no conozco a nadie que haya gestado un acto irreflexivo. Salvo que estemos fingiendo la espontaneidad surge, no se gesta. Pero rumiar en exceso las estrategias puede provocar que te vayas de la pinza y en esa línea es fácil sobrentender que otro, quizá un superior en la jerarquía, es el que te dará la venia para que procedas en consecuencia. De ahí nace el atributo de lo improcedente. Lo aplique un árbitro o un juez, porque subyace en los actos un imperativo legal que nos obliga a todos a seguir las reglas. ¿A todos? Bueno, si el subordinado al que hay que despedir es casualmente el que reparte los dividendos entre los socios, no en vano era el tesorero de tan peculiar entidad, el nivel de obediencia que se le exige es más flexible. Un tipo así puede entrar en discusiones sobre lo que procede o no, alegando sus razones en el juzgado correspondiente. O por decirlo de otro modo, es el «cabrón» que tiene la llave de la pasta que guardan en Suiza. No se diferencia mucho de los que entran a trabajar en los bancos con un contrato blindado y salen después con indemnizaciones millonarias. Un tiburón que sabe mucho, y que de vez en cuando muerde.

El pasaporte y la simulación diferida

A veces no es necesario realizar presión alguna sobre el gobierno, es cuestión de preguntar tozudamente sobre un suceso en concreto y aguardar con paciencia a que se ahogue en sus propias palabras. La secretaria general del partido popular, una vez que entra en materia, ofrece a menudo singulares ripios a la concurrencia. Respondiendo a las interrogantes que se abrían sobre el finiquito de Bárcenas, apodado ya como el señor de la peineta, acabó diciendo que los últimos emolumentos percibidos por dicho sujeto no eran nóminas en realidad sino la indemnización prorrateada de su despido. Como nadie al que hayan puesto en la calle percibe semejante indemnización (cuatrocientos mil euros, quizás medio millón), y menos aún se la pergeñan de manera encubierta, como si fuese un sueldo, los periodistas continuaron preguntándole al respecto y la Cospedal acabó metiéndose en un jardín. En el jardín donde se hallaba debía combinar varios conceptos sin dar la impresión de haber realizado una pirula. Aunque la triquiñuela legal era palmaria, la Cospedal se empeñó en hablar de indemnizaciones simuladas en diferido, creando así un nuevo eufemismo que disimulaba a su parecer el pegote. Hay pegotes que son complicados de olvidar y este es uno de ellos, porque un despido finaliza siempre con la actividad laboral del afectado, cuya forma se concreta concluyendo la cotización a la seguridad social del individuo, jamás extendiéndola durante un par de años. A no ser, claro está, que hubiese un acuerdo oculto entre la empresa (partido popular) y el supuesto despedido (Bárcenas), circunstancia que añadiría un plus de turbiedad a la relación entre ambos.

En cualquier caso, vaya o no vaya Bárcenas a entregar sus sobres, recaude o no recaude para el PP, legalmente estuvo contratado hasta enero, y así lo demuestran las retenciones que aplicó Hacienda sobre sus jornales. Como la propia Cospedal, a medida que iba dándole a la lengua, dejaba un rastro tal de incongruencias que provocaba su propio asombro, terminó amparándose en el gabinete jurídico de su partido, al que derivó a los presentes para que la dejaran en paz. Pero nadie contempló a través de las cortinas anexas que algún letrado se dispusiera a salir en su defensa para aclarar el entuerto. De hecho, cabe la posibilidad de que la pregunta siga flotando en el aire de la sala de prensa hasta que la Cospedal consiga engañar a un miembro de su gabinete jurídico y explique por fin lo inexplicable. Mientras tanto podemos enterarnos de que Bárcenas, el de la peineta, en su momento cumbre de trasiego de divisas llegó a amasar treinta y ocho millones de euros en Suiza, capitalillo que distrajo el hombre -según cuenta- comprando y vendiendo cuadros, una afición que lo califica como marchante. El juez, por lo que dicen las crónicas, no ha terminado de tragárselo y ha dispuesto que le traiga el pasaporte, no fuera a darse el piro con la excusa de heliesquiar en Laponia. Que todo podría ser.

Así que la extraña simulación en diferido que propuso por la mañana la Cospedal, ha terminado a última hora de la tarde con la retirada del pasaporte de Bárcenas. Le podrían haber puesto un cepo en la pantorrilla, pero las medidas cautelares del juez tan sólo obligan al de la peineta a que comparezca cada quince días ante él. Estoy convencido de que mucha gente, si le hubiesen permitido elegir, le hubiera colgado al cuello un collarín explosivo (como en la película Wedlok). Incluso hubieran propiciado un sorteo para ver quién se queda con el mando a distancia. Ahora sólo resta por conocer la respuesta de Bárcenas. ¿Guardará algún cartucho en la recámara o es que iba de farol?

Quitándole presión

Se está rebajando la expectación. Al partido en el gobierno le disgustan las algaradas inacabables, aunque se realicen los sábados por la tarde, y a los medios de comunicación ya no les apasiona tanto ofrecer una amplia cobertura de las protestas. El resultado se mide por picos de crítica y hondonadas de inflexión. Por un lado, el gobierno comienza a separar en las manifestaciones a golpe de porra y abriendo cabezas a los ciudadanos más jóvenes de los más mayores. Y por otro, los medios exprimen las noticias de las corruptelas mientras reducen la importancia de las protestas. Lo estamos viendo a través de las interpretaciones que se hacen sobre lo que ocurrió el pasado sábado en Madrid. Una vez que termina oficialmente la convocatoria frente a las vallas de la policía, instaladas cada vez más cerca de la plaza de Neptuno y cerrando el acceso a toda la carrera de san Jerónimo, los miles de personas que se habían congregado allí se van disolviendo tranquilamente. Sin embargo se producen después una serie de lamentables detenciones en Atocha cuya información sólo puede obtenerse mediante las redes sociales. Y cuando las noticias llegan por fin a los medios casi siempre acaban siendo tratadas dentro de la categoría de sucesos. Debemos entender que es precisamente en Atocha y Lavapiés donde se congrega la sociedad más crítica de la capital y que no es la primera ni será la última vez que la policía antidisturbios termina practicando razias en esa zona después de las manifestaciones, hasta el extremo de que se está convirtiendo en un hábito.

La televisión suele consumir vorazmente este tipo de episodios con el amarillismo que la caracteriza, pero una vez que se harta de ofrecer palizas las posterga –como siempre ha hecho- al territorio de los actos vandálicos. En sintonía con esta actitud, hemos visto a la delegada del gobierno en Madrid loando las virtudes pacíficas de la marea ciudadana del sábado, aceptando una postura inédita hasta entonces y que contradice a otras de su propio partido, las cuales contemplaban a los manifestantes como herederos de los golpistas de antaño. Incluso muestra a los espectadores tres botellas, que en apariencia podrían ser tres cócteles molotov, a los que califica de artefactos explosivos, afirmando para su oprobio que fueron desactivados por los Tedax. Estoy convencido de que la vis cómica de esta señora, por mucho que juegue con la ignorancia ajena, aún conseguirá en el futuro superar su propio esperpento, pero la naturalidad con la que aceptó esta vez la contestación en la calle indica que el daño que producían en un principio está remitiendo. El sistema se ha acostumbrado ya a que la gente se aproxime a una distancia prudencial del parlamento, logrando además que el espacio designado a las Cortes ocupe un perímetro tan grande como absurdo y que los manifestantes, por innumerables que sean, se ocupen de mantener el orden y vuelvan luego pacíficamente a sus tareas.

Las revueltas generadas alrededor del 15M entran así en un periodo de latencia. Empieza a dar lo mismo que sean cinco o seis, que lo llamen democracia y no lo sea o que se haya agotado el pan de los chorizos: la maquinaria del sistema resiste los embates y defiende sus estructuras. Y lo que es más triste: sin que tiemble la mano que maneja la porra. Otro asunto es la credibilidad política, que está muy diezmada. Sumergidos en un mar de huelgas y con un desempleo galopante, cuyas cifras podrían alcanzar los seis millones y medio de personas a finales de año, sufriendo además recortes y privatizaciones, observamos a Urdangarín bajando y subiendo la cuesta del juzgado. Incluso leemos en los periódicos que una tal Corina, la entrañable amiga del rey, tan solo trataba de ofrecer un «trabajo digno» al majo de Iñaki. La sociedad en su conjunto se siente más que harta e indignada con todo este runrún, pero no encuentra un flanco abierto en la desmoronada actitud de sus gobernantes para que rectifiquen su conducta. No ofrecen explicaciones y nadie dimite, prefieren huir hacia delante y durante los próximos meses, si no me equivoco, vamos a vivir tiempos todavía más revueltos. A medida que se acerque la fecha del 14 de abril se centrará la contestación en un cambio de régimen, alentándolo incluso como una fórmula de estabilidad dentro del sistema. Esta fisura, cada vez más evidente, se ampliará según crezcan los escándalos que sufren tanto el partido gobernante como la corona. Y la única manera que hasta ahora encuentra el gobierno, para frenar de algún modo la espiral de los acontecimientos, no es otra que la de magnificar su interés dejando que se consuma después en sus propias brasas. Así se irá pudriendo la situación paulatinamente. Nadie espera a estas alturas grandes cambios, excepto que la sobrina de Aznar acabe en Sálvame y cosas parecidas.

Treinta y dos años después

Buena parte de lo que hoy puede leerse en la prensa escrita está teñido por el Cuéntame de aquél 23 de febrero de 1981, cuando un tipo de cabeza hueca y tricornio de charol desenfundó la pistola del cinto y se presentó en las Cortes al mando de un pelotón de imberbes pegando tiros al techo. ¿Fue una estampa de república bananera? Con la distancia de los años y en plan nórdico tal vez, aunque yo la recuerdo bastante jasca, muy castellana y con un toque macarra. Se me grabaron dos fotos en el coco. La primera, fundamental para entender el cotarro, era la imagen de la pistola. Un fulano bigotudo la iba enseñando al público como quien muestra la verdad de la vida (que a su juicio era la muerte) y con ella en la mano iba indicando que estaba dispuesto a utilizarla si no seguían sus instrucciones. Y la segunda es una imagen en movimiento, el resorte mecánico que se produce cuando trescientos y pico diputados responden al unísono. Oyes la ráfaga de balas y al instante se produce la ola. Fantástico y emotivo. El mensaje era claro como el agua: tengan ustedes miedo.

Por entonces tenía yo veinte tacos, que es más o menos como dieciséis o diecisiete de ahora. Hacía teatro y gozaba de una vida bohemia aunque provinciana. A última hora de la tarde tenía previsto acercarme hasta el Oasis para escuchar un recital poético de Ángel Guinda, que era lo máximo a lo que se podía aspirar un lunes en Zaragoza. En aquella época no existía internet. Ni los móviles, que son un invento de antes de ayer. Si estabas fuera de casa y querías llamar por teléfono, entrabas en un bar o buscabas una cabina. No había ese despliegue de pantallas que ahora te encuentras en cualquier cafetería, en la mayoría de ellas ni siquiera había un triste televisor. Así que me encontré a las puertas del Oasis con la persiana bajada. La persiana era de fleje y se cerraba por los dinteles igual que un acordeón, atrapando el polvo de los extremos y creando una frontera metálica entre el público y los artistas. Recuerdo que habría una veintena de personas congregadas en la reja mientras el propio poeta, del otro lado, nos informaba que había suspendido la función. La orden de suspender el acto no venía del gobierno civil, era fruto del miedo.

Aquella noche se cerraron muchos bares sencillamente por miedo a lo que pudiera ocurrir y cuando llegué a casa me recibió mi padre con una bronca que me pilló a contrapié. Quizá fueran las once, no más y estaba el hombre desencajado. Intentó arrearme un par de mangazos en la mollera sin demasiada convicción, como si estuviera ventilando la habitación y al mismo tiempo trasmitiendo de paso un ápice de sentido común en aquella cabeza de chorlito, pero aquellos soplamocos no tenían otro objetivo que amansar el manojo de nervios que le tensaba por dentro. Para entonces ya me había hecho cargo de la situación y era consciente del problema, pero era incapaz de sentir miedo. Y la verdad es que nunca me he visto como un tipo valiente. Tan sólo tuve la suerte de no sufrir la primera onda expansiva, la que se proyecta con la información y que suele hacer mella entre los más mayores. Una vez que escuché las noticias de la radio comencé a preocuparme, pero era ya demasiado tarde para que el miedo cuajase en mi persona. Sin embargo, estaba muy expectante. Hasta que no apareció ese mamarracho armado con una pistola en el congreso de los diputados, lo que ocurriera allí no parecía tan importante como para sostener el interés de la gente, y eso que iban a sustituir a un presidente del gobierno por otro. Desde luego aún no existía esta sensación de hartazgo que tenemos ahora con los políticos, aunque sí cierto desinterés.

Esta algarada puso en guardia a la casta, que se protegió de sucesivas intentonas ampliando el rango de su seguridad y a partir de entonces ya no fue tan fácil acercarse al edificio de la Carrera de san Jerónimo. Y mucho menos entrar. Se convocaron manifestaciones para defender la democracia, interpretando que la voluntad popular residía precisamente en aquellos señores que fueron secuestrados por los golpistas, cuyas caras más visibles saldrían de la cárcel años después sin retractarse y cuya trama civil se evaporó en la neblina de los acontecimientos. Es chocante que hoy, cuando se cumplen treinta y dos años de aquella asonada, salgan a la luz pública unas memorias de Sabino Fernández Campo –antiguo secretario general de la casa del rey- que desmienten por completo la versión oficial de lo que sucedió en la Zarzuela durante la intentona. Las ha colgado Anasagasti, el senador nacionalista vasco, en su blog y en un extracto de las mismas nos muestra a un rey confabulado secretamente con los golpistas, celebrando con champán la entrada de Tejero en el parlamento. Al margen de la veracidad de lo que se cuenta, cuya comprobación es al menos tan compleja como creerse a pies juntillas el mito del monarca que se nos vendió entonces, salta a la vista que la ingenuidad que manteníamos durante el siglo pasado con respecto a los cargos públicos resulta imposible de sostener en el presente.

La cabeza fuera del agua

La comisión Europea le ha dado un toque a Mariano para que deje de recortar los servicios públicos, es más, le ha dicho que tendría que maniobrar al revés, comentándole de paso que nuestra economía caerá a lo largo del año un 1,4%, que el déficit superará el 10% (debido a los miles de millones que entierra en los bancos) y que sufriremos un paro del 27%. Así que el panorama que dibujó Mariano en las Cortes y el croquis que Bruselas acaba de poner encima de la mesa no se parecen en nada. Quizá por eso la multinacional Gamesa eólica le ha dicho a Mariano que la Marca España es un cagarro, no es que no sirva para nada sino que resulta contraproducente para la exportación. Incluso el barómetro del Instituto Elcano afirma en su último sondeo que las corruptelas son el problema que más daño hace fuera de nuestras fronteras a la imagen de España, seguido del paro y de la pobreza.

No me extraña que la mitad de los menores de cuarenta y cinco tacos se haya planteado emigrar. Porque una cosa es vivir en el país de Mariano y otra muy distinta sobrevivir. En cualquier caso, jactarse hoy de ser español es sinónimo de llevar a gala el latrocinio y la marrullería, lo que representa una desventaja internacional. Sobre todo a los que venden turbinas, esos ventiladores de enormes aspas que generan energía a partir del viento, como en La Muela. A nadie le gusta remover constantemente el olor de la inmundicia con la sana intención de que no te impregne. Además, no es fácil escapar a la peste cuando el jefe de los empresarios está imputado por malversación y el subjefe, al que apodan el rey del cáterin, adeuda nueve millones de lereles al estado. Si a todo este paisaje añadimos que el Herald Tribune dedica su portada a Urdangarín y que el New York Times denuncia que los servicios de inteligencia españoles están presionando a la prensa para que no se cebe con la monarquía, llegar a la conclusión de que ya hemos sacado la cabeza fuera del agua resulta inquietante.

Primero, porque suponiendo que hayamos sacado verdaderamente la cabeza del agua, nadie nos asegura que en breves nos vengamos abajo. Segundo, porque igual hemos sacado la cabeza al borde mismo de la asfixia, es decir, boqueando los últimos estertores. Y tercero, porque es muy probable que Mariano desde la orilla nos vuelva a empujar de nuevo hasta el fondo con cualquiera de sus decretos-ley. La imagen de haber sacado la cabeza del agua, aplicada a la economía, es como pillar unas liendres. Por eso estoy convencido de que esta figura literaria no es fruto de la verborrea mariana sino del mantra que le repite su coach para darle ánimos y que se venga arriba. Quizá me equivoque y extrajo el ripio de un libro de autoayuda, sumándolo después a su monólogo interno. Porque Mariano no habla catalán en la intimidad, sencillamente habla solo. Menos mal que nuestro presidente de gobierno, aunque parezca corto de vista y un poco lelo, no necesita que una funcionaria le vaya chivando los discursos espatarrada por el suelo como al alcalde de Gandía. Mariano pertenece a la misma casta pero tiene otro nivel. Es peor que los caramelos con efecto saciante.