Inflexión

La táctica es aguantar el chaparrón y esperar a que amaine. Da igual que llueva pedrisco o venga un tifón, no cambia el temple ni la actitud de los jefes. Tanto el gobierno como la monarquía, pasando por los grandes empresarios y los banqueros, se limitan a evadir sus responsabilidades encogiéndose de hombros y mareando la perdiz. No atienden a razones. No aceptan pruebas ni les interesa cargar con culpas, prefieren soportar el escándalo sin despeinarse mientras chirría la maquinaria de la justicia, una justicia cara y lenta para los que asistimos al lamentable espectáculo sin otra posibilidad que la queja. Al mismo tiempo se vende el estado del bienestar, troceando el bienestar y repartiendo en pedazos el estado, para disfrute y enriquecimiento de unos cuantos. Los yupis de antaño, los reyes del pelotazo, viven ahora en un viva la virgen, a la cual rezan para que arregle sus desgracias porque no está en su voluntad resolverlas.

Si es deleznable privatizar la sanidad nos enteramos encima de que el negocio está en manos de mafias, gentuza que monta un holding en las Caimán y apalanca allí sus beneficios. A los enfermos les sueltan en los hospitales chuletas averiadas, habas duras como canicas o insalubres sopicaldos. La ciudadanía recibe cada vez menos por los impuestos nórdicos que pagamos, a razón del 21% de IVA. A cambio nos entregan basura para hincar el diente. Haber cotizado durante décadas no garantiza que des con tus huesos en un cajero o que termines durmiendo bajo un puente. Los jefes en cambio se lo llevan crudo en sobornos, y no sólo mediante sobres, sino en salarios que claman al infierno. Lo que ocurre en Iberia, la compañía aérea, es de vergüenza ajena, un síntoma claro de la desolación que rasga al tejido social por los cuatro costados. Incluso han llegado a privatizar el agua en ciudades como Mataró, descubriendo que los dueños de la adjudicataria puentean los contadores de sus domicilios con tal de ahorrarse el pago de su propia factura. ¿No es absurdo?

Siempre se puede rizar el rizo y la existencia de La Angorrilla —una de las casas forestales de El Pardo, próxima a La Zarzuela— así lo demuestra. En ella se fundió el rey un par de millones del patrimonio nacional, todo para dotarla del suficiente confort y convertirla durante cuatro años en la residencia de su amiga entrañable. ¿Acaso no es vergonzoso? Pues no, ya ven que da igual. Es como aumentar la velocidad permitida en las autopistas, ¿con qué propósito cambian las leyes de tráfico? Tampoco produce pasmo que los socialistas se hagan con la alcaldía de Ponferrada el 8 de marzo, nada que no se pueda arreglar montando otro partido y a otra cosa. Hasta dónde llegará el lamentable episodio de los papeles de Bárcenas, de la Gürtel, de Urdangarín, ¿se apelmazará el choriceo en la mesa de un solo juez? Y si es así, ¿se olvidará de ellas abandonándolas en un cajón? Quién sabe. Resbalando a diario por la pendiente, de una carroña a otra, lo único que se desmantela es el sentido común. No es extraño que los afectados por la hipoteca utilicen ya cualquier oportunidad a su alcance para presionar a la casta política y financiera. Lo mismo les dan la brasa por la calle que en el portal de su domicilio o a las puertas del Ritz, por eso acuden sin hacer distingos a cualquier televisión e incluso reparten pegatinas con el Pronto. La situación no cambia, a lo sumo empeora y como no devalúan la moneda, se devalúa a las personas, que es más fácil. Las personas, mientras tanto, pasamos del hastío a la depresión, de la depresión al asco, del asco a la indignación y así todos los días en un círculo insaciable de malas noticias.

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Ambrosía

Hace bien poco se detectó que la gente con menos poder adquisitivo, los que estaban al borde de la pobreza pero aún tenían un puñado de monedas en el bolsillo, habían acabado largándose a Ikea para llenar la tripa. Podían deambular por los almacenes resguardándose de la intemperie, sentarse en un sofá de los muchos que lo pueblan y pagar por un menú entre seis y ocho eurales. Con ese gasto total de ocho euros han llegado a comer hasta seis personas, que ya es decir, y que yo sepa no ha muerto nadie. Ni siquiera de empacho. Recuerdo de mi última visita que también se podía desayunar un café y un bollo por cincuenta céntimos, pero el bollo dejaba mucho que desear. Con anterioridad se habían descubierto ya los perritos de la cafetería por medio euro y la increíble ración de albóndigas a un euro. Siempre que he tenido la oportunidad de pedir unas pelotillas del Ikea el aspecto de las mismas me ha echado para atrás. Aunque reconozco que si no hay otra cosa te zampas lo que haga falta, ahora no me arrepiento de despreciar estas viandas porque estaban hechas con carne de caballo. Y no tengo nada contra el equino, pero me gusta saber lo que mastico antes de proceder a la ingesta. Tampoco me he metido entre pecho y espalda ninguno de los perritos que exponían en el mostrador. Parecían un tanto raquíticos y apergaminados, así que vete a saber de qué estaban hechos. En cambio tengo mis dudas con la tarta Mörk Choclad —lo reconozco, soy laminero y no lo puedo evitar— y ahora estoy con el estómago revuelto y la mosca detrás de la oreja.

Este malestar general, fruto de la imaginación más que de un trastorno digestivo, es debido a que en Shanghai detectaron bacterias fecales en dichas tartas. Según el jefe internacional de este almacén de cachivaches, conviene llenar la panza de los clientes a un módico precio entre otras razones porque han comprobado que un cliente hambriento no compra muebles. Desconozco si un cliente que sepa de verdad lo que se come en el bufé se atreverá siquiera a pisar la tienda, pero si los chinos dicen que las tartas tienen mierda, con lo poco aprensivos que se me antojan, es que algo huele mal en todo este asunto. Los suecos se han apresurado a desmentir por zonas el hallazgo, jurando que en Europa sus tartas no presentan ni por asomo trazas de coliformes. Los coliformes, ahora que vivimos en la era digital, ya habían colonizado los teléfonos móviles y las tabletas. Igual que antes nos íbamos al baño con el periódico o el Hola bajo el brazo, hemos adquirido la costumbre de llevarnos la tecnología al retrete. Somos así de descuidados —unos más que otros, qué le vamos a hacer— pero conviene asumir que, durante esta época de vacas flacas (o de caballos enjutos, que tanto da), estamos cruzando un umbral demasiado peligroso, el que separa al capitalismo salvaje de la burda escatología. Ahorrando precisamente en limpieza, como si fuera algo secundario o indigno de tener en cuenta, no es que se nos vaya a comer la inmundicia, es que la devoramos pensando que es ambrosía.

La importancia discreta

Todos tenemos nuestro carácter y nuestro corazoncito. Somos el resultado de la sociedad donde vivimos y cuando tenemos la fortuna o la desgracia de acceder a puestos de responsabilidad impregnamos el cargo con nuestras virtudes y miserias. En todos los ámbitos de la vida cotidiana se produce, a tenor de los sujetos que la compongan, una personalización de los centros de trabajo y de ocio, cambiando no sólo los gustos y las modas, sino también los olores, el colorido y la estética general de las zonas que compartimos. En otra época, cuando la información se dilataba durante meses y el transporte tardaba un espanto en aproximar a las personas entre sí, la gente se acostumbraba a designar mediante nombres y apellidos a todos aquellos que, de una manera u otra, ostentaban cierto poder entre el común de los mortales. El cura, el médico y el alcalde no sólo representaban a las fuerzas vivas de una localidad sino que jugaban al dominó en la misma tasca. Sus nombres y sus manías, sus hábitos y costumbres se desplegaban por la iglesia, el hospital y el ayuntamiento de tal manera que iban creando en el subconsciente colectivo una asociación entre el puesto y la estampa del jefe, hasta el punto de que era imposible discernir al individuo en cuestión del cargo que ocupaba.

Salvo en los municipios más pequeños, donde todavía es posible encontrarse con el poder local a la vuelta de la esquina, la proximidad entre ciudadanos y mandatarios resulta difícil. Los beneficios del roce, para las clases dirigentes, siempre han sido cuantificables por medio de la popularidad. A medida que llegaba el progreso y la población se expandía era más difícil aplaudir o increpar a los que mandaban, lo que representó un alivio para los interfectos. Gracias a los medios de comunicación podían seguir transmitiendo sus mensajes sin necesidad de estar constantemente en el candelero. Lo que antes era más fácil de averiguar, los marrones y trampas de cada uno de ellos, las contradicciones entre lo que estaban diciendo y lo que hacían a nuestras espaldas, se ensombrecieron por la masificación. Y al cabo del tiempo nos encontramos hoy con la sorpresa de vivir en una aldea global que nos transporta a un sitio muy parecido al pueblo de antaño, con el mismo olor a sobaco y la misma caspa de entonces, sólo que retransmitido en una pantalla de plasma o en un ordenador, en una tableta o en un teléfono, con la misma impregnación del pasado pero a mayor distancia del poder. Por ejemplo, podemos enterarnos de que en la clínica donde descansa el rey, tras ser operado de las cervicales, ha reventado hoy una bombona de oxígeno. Lo que ha provocado mucho revuelo informativo. Y no sólo eso, también podemos conocer que un hombre de unos cincuenta años sufrió el lunes un infarto en las instalaciones que esa misma clínica tiene en la calle anexa, en sus consultas externas. La imagen de quién es el rey nos llega de inmediato a la memoria, pero desconocemos el rostro del cincuentón infartado, cuya importancia se diluye en un plano colateral.

En este plano se observa que un sujeto corriente, desposeído del título de rey o de cualquier otro que podría añadírsele para dotarle de una mayor relevancia, no puede ser enviado a la clínica donde está instalado el monarca porque no son de igual categoría. Querámoslo o no, ésta es la realidad que subyace tras el protocolo que siguen los médicos en la consulta externa de La Milagrosa. Por eso llamaron al SAMUR para que trajeran una Uvi móvil y condujeran al enfermo al hospital de san Carlos, que está a tres kilómetros de la consulta. Teniendo a menos de doscientos metros la clínica, en la misma manzana, enseguida saltan las suspicacias. ¿Por qué se realiza una maniobra tan extraña, aun a costa de la vida de una persona? La única explicación –bastante absurda por otra parte- se fundamenta en que la clínica anexa es privada, y el hospital todavía es público. Cualquiera se pregunta entonces sobre cuáles son las razones de pagar a escote una intervención al rey mediante la sanidad privada, pudiéndose realizar en la pública, y sin embargo no pueda hacerse lo mismo en el caso de este hombre anónimo, al que le pilla casualmente a tiro de piedra su hospitalización. Muchos pensarán que soy un ingenuo, pero a mí me parece obvio que un rey puede -y debe- ser asistido en un hospital público, a no ser que sufra un accidente y se vea obligado a ingresar en el primero que tenga a mano. Con esta actitud generaría confianza y prestigio en la sanidad universal, que aún disfrutamos pese a las amenazas de privatización del gobierno, acercando su cargo y su persona a los súbditos que pagan impuestos para mantener su corona. Sería lógico que llegara a compartir habitación, como tantos otros ciudadanos, con un enfermo en similares circunstancias, demostrando así que al menos somos iguales ante la enfermedad y el dolor, como corresponde a la constitución en la que se amparan. Pero debe ser un engorro y una lata codearse con el populacho.

Patria potestad

Prohibirle a alguien el derecho a decidir me parece una soberana tontería. Ante una medida de estas características es lógico que la persona en cuestión, si no se larga de pronto, busque emanciparse a la mayor brevedad. Da igual la edad que tenga. A los seres humanos nos gusta disfrutar de cierta independencia y cuando no la tenemos intentamos aparentarla, tal vez así vamos generando a nuestro alrededor un poco de respeto, por ficticio que sea. Lo contrario, que es el juntarse en parejas, tríos o hasta equipos completos, se entiende como algo propio de la madurez, porque abre las puertas a un modo de convivencia entre iguales y autosuficientes. O al menos así debería de ser, porque el mundo está lleno de relaciones asimétricas. A mí me gusta lo asimétrico, creo que es imposible rayar la perfección por mucho que nos cueste evadirnos de ella. El problema no es la mayoría de edad, ni siquiera las estrecheces que atraviesan las familias multiparentales, simplemente nos resistimos a dibujar en el mapa las responsabilidades que compartimos. Actualmente, y así nos luce el pelo, se presta una mayor importancia a las económicas, relegando a órdenes inferiores todos aquellos méritos y virtudes que pudieran ensombrecerlas.

Creo que hemos vivido siempre en una península centrípeta y tutelada, muy suspicaz, hipócrita y paternalista, homófoba, en exceso católica y al mismo tiempo cargada de supercherías. Sólo nos une el negocio y a veces ni eso, porque las grandes empresas siempre han gozado de un espíritu internacional. Y además tendente al monopolio. Los himnos y las banderas refuerzan una idea de pertenencia que a los dueños de las grandes corporaciones en realidad les importa un bledo, tan sólo se deben a los beneficios que genera su propio logotipo. Si van a vender más manteniendo juntas a las tribus, promoverán la unión y la concordia y si hay tajada en la confrontación serán los primeros en provocar el derrumbe de las estructuras. El hábil uso de las herramientas publicitarias y la fuerza del capital empujarán a la ciudadanía en la dirección económica correcta, aquella que determinen los amos del cotarro. Todo esto viene a raíz de las comparaciones que realizan los políticos a propósito de Cataluña, donde interpretan el derecho de autodeterminación como la libertad de emanciparse o de divorciarse, según el interés de cada cual. En cualquier caso, me parece chocante que los derechos que se reconocen a las personas se hurten a los pueblos.

A menudo suelo hablar de la península ibérica, o simplemente de la península, por no referirme a España, ni siquiera al Estado. Creo que el concepto de lo que es España ha sido manipulado de tal forma por el nacionalismo español que sólo puede ser defendido –llevando el asunto hacia el terreno cómico- por sujetos al estilo de Torrente o la vieja del visillo. Y el concepto de Estado, refiriéndose al español, tampoco ha conseguido alumbrar nuevos misterios. Sobre todo cuando el Estado se pervierte, yendo contra la naturaleza de su existencia, privatizando los servicios públicos que está obligado a ofrecer. El problema es que al otro lado, en el nacionalismo catalán, nos damos de bruces con la misma leyenda y no encuentro ninguna grandeza en defender posturas arcaicas. Los inclusismos y los separatismos están cortados por el mismo patrón ideológico, por eso es tan fácil que sus defensores, igual que los bueyes almizcleros, se den de cabezazos entre sí y despierten los comportamientos más retrógrados entre sus huestes. Parto de la base de que todo el mundo tiene derecho a vivir su vida, incluidos los pueblos, pero no deja de ser triste que en la disputa se repitan los esquemas, dando origen a una réplica del mismo sistema. Una Cataluña independiente, tan neoliberal y tan corrupta como la España de hoy, se me antoja una pérdida de tiempo y de energías para los catalanes, así que entiendo los sentimientos pero no comparto los resultados. Mariano y Artur -Rajoy y Mas- representan las dos caras de una misma moneda, por eso me da la impresión de que se complementan perfectamente. Si estuviéramos representados por personas adultas y con vocación de servicio quizá podríamos resolver nuestros conflictos de una manera honesta y sincera, pero en manos de trileros cualquier intento de diálogo acabará en bronca y confusión. A mi gustaría que todos los pueblos de la península l se independizasen, incluso que fueran capaces luego de formar una confederación ibérica. Lo que me parecería absurdo es que llevara las riendas Passos Coelho, Mariano Rajoy o Artur Mas. Para un viaje así no se necesitan alforjas.

El peregrino con aspas

Se han llevado al papa en helicóptero produciendo el pasmo entre los fieles, que no saben a qué carta quedarse. Esta ascensión precipitada, esta levitación figurada, esta subida a los cielos mediante un transporte construido en serie por los seres humanos, es sin duda un espectáculo menor. Una pena. Esperaba de Ratzinger que se fuera del Vaticano a bombo y platillo, quizá con unos fuegos artificiales o desapareciendo tras una cortina de magnesia, pero se ha dado el piro como si estuviera huyendo de un lupanar o de un casino y ya no pudiera soportar el agobio que le produce la miseria humana. A los seres que no son de este mundo les evitan el roce construyendo a su alrededor una muralla de guardaespaldas y cuando las cosas se ponen feas los rescatan de la multitud llevándoselos por los aires. Por eso me extraña que el papa eligiera una fuga tan melodramática. No se sabe muy bien si es un preso volando hacia Alcatraz o un dictador escapando de la marabunta. Vivimos unos tiempos tan revueltos que la simple contemplación de una turba aplaudiendo podría interpretarse como un motín, de hecho no hay nada como los vítores y las ovaciones para indicar a cualquiera que vaya haciendo las maletas. Por eso me esperaba una fiesta.

La ventaja de renunciar a un cargo vitalicio es que regala siempre un plus de popularidad. Pudiendo vivir del cuento hasta que mueras, la gente aprecia un montón que abandones la silla e incluso está predispuesta a comprender las razones que te empujan a tomar una decisión tan sana. Si les cuentas que estás viejo y malito, que te viene grande el curro, porque lo justo te llega el riego para encontrar la píldora de la tensión, lo normal es convertir el papamóvil en una ambulancia y acercarlo al hospital más próximo. Si no fuera para tanto se entendería que lo vayan a ingresar en un asilo o en un parador. Depende de cuánto se vaya de la pinza. Como se desconoce lo que realmente le pasa a este fulano —y si alguien lo sabe no lo cuenta— esta solución se nos antoja rápida y forzada. Pasearlo embutido en esa urna con ruedas y darle unas vueltas al ruedo de la plaza de san Pedro propicia que los feligreses caigan en éxtasis, pero el arrobo es insignificante si lo comparamos con el que hubiera supuesto hacerle la ola, mantearlo, pillarlo en volandas o conducirle hasta Castel Gandolfo a corderetas. Estas escenas son del gusto de las cofradías y hubieran causado una honda impresión, pero se optó por una renuncia en frío, cuya emotividad se desprendía a golpe de hélice por Roma sin ninguna tragedia visible, sin victorias que añadir al currículo, sin pena ni gloria. Esperaba al menos que le lanzaran un misil, quizá hubiéramos entendido así la importancia del acontecimiento.

Cuando un individuo se rinde o declara que ya no puede más, espera hallarse entre sujetos sensibles que comprendan su derrota. Queda feo perder el honor. Aunque nadie sepa dónde reside ni qué cualidades lo forman, suele explicarse por la humillación que consagra. Una vez traspasado el umbral del escarnio, sin nada que ganar ni que perder salvo la propia vida, te sumerges en un mundo donde es difícil distinguir al pobre del santón o al vagabundo del peregrino, quizá por eso nos hablan de las vestimentas que usan, para que podamos diferenciar a un papa de otro sin meter la gamba. A mí el Ratziger me parece una bestia parda, de modo que si tiene algún enemigo dentro será lo peor de lo peor. Aunque no consigo hacerme una idea de la dimensión del sujeto, entiendo que tras el cónclave se despejarán las dudas. En cualquier caso, lo que vale con un papa no vale para el siguiente. Al anterior, que también era una pieza para echarle de comer aparte, lo mostraron decrépito, babeante, roncando en toda su decadencia. Sin embargo al presumido que se acaba de jubilar, a este peregrino de luxe que acabará sus días en un convento del Vaticano, no le agrada ofrecer en un futuro semejante martirio, por lo que ha preferido conservarse en formol. Allá cada cual con sus propias miserias, pero que no me vendan ahora su decisión como un hito histórico. Lo histórico hubiera sido —es una idea— convertir su ridículo país en un comedor para los pobres.

A rebufo del vodevil

Por un lado agradezco que no haya imágenes de todos y cada uno de los sucesos que acompañan a Bárcenas, porque la ausencia de videos y estampas favorece sin duda la imaginación, pero por otro lado reconozco que amenizaría mucho a los espectadores que alguien recogiera los momentos más estelares y los fuera colgando en YouTube. Aunque tampoco me extrañaría que los sucesos estuvieran documentados y alumbrasen un día a la concurrencia, la verdad es que se echa en falta una instantánea de la policía nacional entrando en la sede del partido popular, que es lo que ha ocurrido esta misma tarde. ¿Con qué motivo? A falta de un «garganta profunda» nos tendremos que conformar con una «glotis estrecha», porque hasta el momento en que escribo estas líneas —y de paso me parto la caja— se manejan dos versiones.

La primera es que ha llegado la policía para entregar una citación, en la que piden explicaciones acerca del despacho de Bárcenas. Hagamos un flash back y recordemos que el inefable Bárcenas presentó una denuncia en los juzgados de su barrio —el de Salamanca, donde se lo deben estar pasando en grande— mediante la cual ponía en conocimiento del juez que ciertos sujetos habían entrado en su despacho de la calle Génova el pasado día 18 y le birlaron entre otras cosas un par de ordenadores. Parece lógico —y ya tardaban— que aparezca la policía para comprobar si es posible que Bárcenas todavía gozase de un despacho en la sede madrileña del PP hasta hace diez días. Ahoro sólo confío en que llevaran un cróquis porque cuentan las crónicas que la sede es tan grande que los despachos, siguiendo la estela del gremio de la hostelería, fueron bautizados con igual rimbombancia. De hecho, y con el morbazo a cuestas, se habla en los mentideros de que el despacho del interfecto estaba en la tercera planta, concretamente en la sala Andalucía. También se asegura que la sala Andalucía se sitúa junto al departamento de Distribución. No especifican qué diantres distribuyen, pero no me negarán que su proximidad con la sala de Bárcenas resulta estimulante. En cualquier caso, mientras Bárcenas llegaba a Madrid de heliesquiar en Canadá, parece que la Cospedal envió a uno de sus esbirros, un tal Alberto Pío, letrado de su confianza, para que descerrajara la puerta.

Si te encargan descerrajar una puerta, existiendo vituosos cerrajeros en el mercado, de los que abren en un pispás lo que haga falta, supongo que enseguida te preguntas si Bárcenas, en su despacho, tendrá una puerta o un puente levadizo. Recapitulemos por un segundo y dejémonos llevar por la marea, ¿podríamos intuir que Bárcenas, al llegar al aeropuerto, ya sabía lo que estaba ocurriendo en su despacho? Conociendo cómo se las gasta, tal vez hubiera instalado algún dispositivo electrónico en la sala Andalucía y al saltar la alarma en su despacho recibió un aviso puntual en su teléfono móvil. Por otra parte, ya es suficiente con imaginar al abogado en mangas de camisa, con un destornillador en una mano y una maza en la otra, intentando reventar la cerradura. Aunque es cierto que no acudió solo a rematar la faena, sino flanqueado por dos operarios, semejante escena merece cuando menos un sketch en Polònia, el programa de humor de la televisión catalana. Otra cosa es lo que pasara después, porque corren las noticias más variopintas. Recordemos que la denuncia de Bárcenas cargaba contra el PP y el abogado del partido, Alberto Pío, por un delito contra la intimidad, forzar la puerta del despacho y examinar de forma exhaustiva toda la documentación, parte de la cual es de carácter personal. Igualmente acusa Bárcenas de que le han sustraído los ordenadores portátiles que estaban guardados en la misma sala, y por eso requiere a la actual tesorera del partido, Carmen Navarro, para que devuelva inmediatamente el material requisado. ¿Y dónde acabó el material? Según cuentan las crónicas se ha «diferido» a la sala Murcia, en la quinta planta.

Y me queda la segunda versión de la entrada policial en la calle Génova, la que alude a que los agentes que entraron en la sede del partido popular eran miembros de la policía científica y que acudieron allí para recoger huellas en el despacho de Bárcenas. En este caso la fotografía del evento podría pasar de sugerente a prometedora. No me explico todavía cómo es que no han untado a algún segundón o incluso a algún operario de los que revientan puertas. No dudo que al menos debieron recabar información entre los múltiples amigos y familiares que Bárcenas colocó durante dos décadas en la sede. Esta gente, de su absoluta confianza, afirma que su padrino en el PP seguía entrando en la sede del partido como Bárcenas por su casa hasta el pasado miércoles. No sé si hablan del miércoles 20 o de antes de ayer, que también era miércoles. En cualquier caso resulta que Bárcenas, ante el asombro de la concurrencia y el descrédito de la Cospedal, tenía las puertas de la calle Génova abiertas de par en par. Si seguimos la línea de acción que subyace bajo este guirigay entenderíamos incluso que el inefable Bárcenas, a falta de una carta de despido, sigue considerándose a sí mismo como un trabajador en activo. Igual por eso no se apuntó al paro (hubiera sido un error). O lo mismo es que alquilan los despachos del partido y Bárcenas está al corriente de pago, quién sabe a estas alturas cuál es la realidad y cuál es la estrategia. De todas formas como el espectáculo continúa copando las primeras páginas de los periódicos, no nos conviene desesperar. Tengan en cuenta que circula una tercera versión sobre la visita policial a la sede del PP. En esta útima secuencia, y tras escuchar de labios del portero que allí Bárcenas no tenía despacho alguno, parece que los agentes se han vuelto a comisaría con las manos vacías. Desconozco cuál será el próximo fascículo del culebrón de Bárcenas, pero podría convertirse en una astracanada.