Y a las 5 serán las 4

A las tres serán las dos pero a mi cuerpo le da lo mismo: a la hora de comer tiene hambre y a la de dormir le entra el sueño. No hace falta cambiar la hora porque los hábitos son pertinaces. Puedo engañarlo un domingo pero el lunes se da cuenta y protesta.  A fuerza de disciplina y costumbre llega un momento en que se amolda mi chasis a lo que le echen, más o menos como ocurre con todo. No sé a quién beneficia que dos veces al año nos chiflemos con los relojes, deberían  investigarlo, pero a mí no me compensa. Tampoco me llena de júbilo que vayan privatizando hospitales y escuelas.  Hay un montón de imposiciones que se echan encima de  las espaldas de la mayoría porque sobre el papel resultan atractivos – se gasta mucho en proyectos, dosieres y estadísticas – y sin embargo  en la práctica sólo agradan los resultados a un puñado de millonarios. No me extraña que su riqueza crezca en proporción geométrica a la pobreza de los demás.

Es de cajón que, cuanto antes se haga de noche, más gastaremos en gas y electricidad, así que trastear con la relojería multiplica la cuenta corriente de las multinacionales. En cambio los economistas del régimen hacen números para demostrar que la triquiñuela de cambiar la hora es una bendición divina. También hacen logaritmos neperianos para que comprendamos que esta crisis que nos han endosado no es ninguna estafa sino una desgracia colectiva, algo semejante a un tsunami, y que ya escampará. Sólo hay que seguir el protocolo.  Y el protocolo, igual que la hoja de ruta, no lo discute nadie. El protocolo es algo parecido al maná de las biblias, que llueve del cielo y engorda sin esfuerzo, pero sólo alimenta a los creyentes.  Por eso los pelotazos de hoy son robos muy exquisitos, reservados a la clase más alta. A esta clase, la derivada de juntar a los grandes empresarios de las corporaciones y a los políticos de los partidos de masas en una tela de araña difícil de separar, la denominamos casta. La casta, esa aristocracia moderna que ha convertido la democracia representativa en un cuento para niños, dirige el país con mano firme conforme a sus intereses económicos. Y si le conviene cambiar la hora dos veces al año simplemente lo hace.

Desmonta hospitales levantados con el dinero común para entregarlos a sus amigos. Fractura la tierra y el mar para extraer el gas sin preocuparse demasiado por las consecuencias. Convierte la energía solar en un capricho de gente adinerada. Y privatiza las costas. Estrangula las escuelas públicas, impide la justicia a los más desfavorecidos sembrándola de tasas y se olvida de los discapacitados como quien pierde un clip por la calle. La solidaridad vuelve a ser un concepto optativo relacionado con la limosna, y los derechos sociales quedan al albur de la lástima en el más profundo de los desamparos. Estamos llegando a un punto de inflexión, y no me refiero al que se produce cuando la economía toca fondo y comienza a remontar,  sino de un punto de no retorno, traspasado el cual quedarán restablecidas las viejas formas sociales. Por eso chirrían de vez en cuando las estructuras.  Por eso y porque ya nos da igual que a las 3 tengamos que retrasar los relojes una hora. La obediencia es mala consejera.

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