Y ahora qué

Si los medios tradicionales suelen dar al gobierno cien días de cortesía antes de criticarle abiertamente, ¿cuánto tiempo regalarán al monarca? ¿Años? La gente más neoliberal y reaccionaria, los que se alinean con el régimen establecido y los partidos que lo sustentan, vivían ayer en el Congreso una sensación despreocupada y vacacional, como si la coronación fuera en realidad un fin de curso. Es cierto que esa inconsciencia, asociada a la impunidad con la que ejercen sus cargos, importa poco a su nicho electoral. Los peperos, hagan lo que hagan, ya sea meter mano en la caja, cobrar sobresueldos en negro, darse a la fuga o tener cuentas en Suiza, continúan ganando elecciones europeas con candidatos impresentables. Obtienen menos sufragios que antes, gracias a la abstención y a los partidos que se postulan todavía más a su derecha, pero todavía son demasiados. Otra cosa es lo que ocurra con los socialistas, que ya no saben qué hacer para recuperar alguna simpatía. El gobierno puede seguir haciéndose el loco y escurriendo el bulto porque tiene una mayoría absoluta que se lo permite. Pero los socialistas no. Y sin ellos el tingladillo que han montado muestra un futuro poco halagüeño para sus negocios, por eso creyeron que cambiando al rey igual seguían las cosas como están y aquí no pasaba nada. Creen que, con un rey nuevo, y en el peor de los casos, la sociedad podrá ocuparse de la monarquía, que siempre da mucho juego, y dejar en un segundo plano las correrías y andanzas de los gobernantes. ¿Pero cuánto puede durar la novedad? ¿Hasta que se juzgue a la exinfanta Cristina? Lo dudo.

La Casta tiene un problema básico de entendimiento sobre el hábitat que mangonea. Lleva décadas campando por sus fueros y no se acostumbra a las críticas ni a las protestas. Mide el tiempo a una escala complaciente, lujo que la mayoría de sus súbditos y peones no pueden permitirse. Mientras los jefes piensan en mantener su herencia, los currelas maniobran para llegar a fin de mes, así que la urgencia en ambos estratos sociales es muy distinta. No te digo ya si no tienes donde caerte muerto. Cuando la comunicación entre clases se rige por instrumentos puramente mercantiles termina por marginarse a barriadas enteras. Somos vistos por las elites como consumidores o clientes potenciales, y somos tasados según nuestra capacidad adquisitiva. Al mismo tiempo van recortando cada vez más nuestros derechos como ciudadanos, tanto en el ámbito laboral como en el político. Si desmontan también las prestaciones que el Estado está obligado a ofrecer como contrapartida a los impuestos que recauda, cada vez será más nítida y obscena la distancia que nos separa. Para disimular el hastío de la sociedad, los medios de persuasión intentan generar una tranquilidad ficticia, como si no hubiera otra opción que tragar con lo que hagan, como si fuera inútil resistirse, pero la gente no se chupa el dedo. La existencia de internet y el uso de las redes sociales nos muestran un panorama desilusionado y sin pulso, un horizonte acabado, endeudado y empobrecido, que cada vez aguanta menos este tipo de celebraciones y que no ve por ninguna parte que haya luz al final de túnel o que surjan por generación espontánea los brotes verdes.

En pleno austericidio resulta incomprensible una coronación. Y más todavía si nos desayunamos con una mangancia nueva a diario. Rebajar el impuesto de la renta con carácter universal solo ofrece calderilla a la mayor parte de los contribuyentes, cuyo salario es tan vaporoso y escueto que observamos el ya viejo fenómeno del mileurismo con envidia y cierto rencor. En cambio a las cúpulas del Ibex 35, a los directivos de los bancos y las multinacionales del gas o de la electricidad, a los amos del cotarro les ahorra un buen pico. Así que todo es dicha y felicidad en las alturas. Si a los que más debería gravarse salen de rositas, no les quepa duda de que por algún sitio tendrá el gobierno que recaudar, a menos que se desentienda de pagar el rescate financiero y los intereses de la deuda que ha generado. Y no les veo en esa línea. La venta de casi la mitad de los aeropuertos es un ejemplo de por dónde piensan hacer caja. La subida del IVA al 21 % en los medicamentos también resulta un buen indicador. Así que bajar el impuesto de la renta al mismo nivel que lo cogió Mariano en 2011 y vendérnoslo además como si fuera el síntoma de algo, no sólo parece estúpido sino también peligroso. Porque el gobierno sólo está dispuesto a hacer el canelo. No va a cambiar. Está muy cómodo enrocado en las instituciones, desde las cuales se permite incluso el sarcasmo mediante la publicidad. Ya habrán visto el anuncio que afirma que Hacienda somos todos y que debemos exigir factura al chapista, al dentista o al fontanero, a cualquiera menos al arquitecto de la sede del Partido Popular, que cobró en negro según el juez. Si a este desastre, no sólo de conducta sino de credibilidad, le añadimos la cuestión catalana y los seis millones de parados, la agonía del régimen se hace cada vez más patente.

Retrato de familia

Como el espectáculo de coronar al jefe está muy visto, me da igual aquí que en otra parte, lo lógico es que se haga largo y sea aburrido. A menudo, los que están obligados a tragarse este tipo de muermos, apuntan los detalles para no morir de asco y gracias al cotilleo despiertan algún interés. El chisme más logrado, a mi escaso juicio, versa sobre el vestido de la vicepresidenta del gobierno, que al parecer competía en infantilismo con el que lucían las hijas del monarca. Mención aparte sin embargo merece la fotografía capturada con teleobjetivo por la agencia EFE, donde contemplamos a Froilán hablando por el móvil tras una cortina, apoyando la frente contra el cristal mientras observa la plaza de Oriente desde la balconada. Supongo que habrá muchos más, pero tampoco está en mi ánimo hacer de estas líneas una recopilación de sandeces. El surrealismo es inherente a la monarquía, pero requiere de un interés previo y reconozco que al nuevo rey, en su etapa de príncipe, apenas le escuchaba así que los gallos que sembraron su discurso al principio despertaron mi atención durante un rato pero al cuarto de hora escaso fueron tan previsibles que iban construyendo a mi alrededor una nueva monotonía. Un nuevo sopor.

La parafernalia militar también es muy cansina. Incluso las sandeces que cuentan locutores y periodistas para llenar los tiempos muertos. La sensación de contemplar una ciudad asediada policialmente tampoco ofrece ninguna novedad. A la gente, por lo general, no le agrada que le cierren las calles y le impidan la circulación, menos aún a media mañana y cortando las principales arterias de la capital. De modo que si hablamos de público destaca la media entrada, con grandes claros a lo largo y ancho del trayecto para jalear a la comitiva, lo que constituye un bluf. Esperaba del sistema algo más que bandos, flores y banderas, fruto de la improvisación resuelta a golpe de talonario, y un poco más de logística. La caja tonta mostraba al público a ras de acera para que los planos televisivos pudieran interpretarse como un éxito al menos por los forofos y sin embargo, cometiendo la torpeza de enseñar imágenes aéreas, mostraban también la cruda realidad: que la ciudadanía era más bien escasa. Es lo que ocurre cuando destinas todos los medios a un acontecimiento de Estado que no despierta el interés que pensabas: mucho helicóptero para poca multitud. Tal vez por eso los comentaristas hablaban de miles de personas abarrotando las calles, como si aquello fuera el día del orgullo o la cabalgata de reyes.

Y no será por falta de publicidad, porque desde la abdicación hasta hoy el bombardeo mediático ha sido absoluto. Entonces, ¿qué falla? ¿Por qué estas conmemoraciones no gozan de la misma pegada que antes? ¿Ya no se compra a la gente con bocadillos? ¿Ya no se la trae con autobuses desde donde haga falta? Sea como fuese, resulta evidente que la monarquía, al igual que los partidos mayoritarios, ha sufrido un desgaste importante en cuanto al número de followers. A falta de un referéndum sobre el modelo de Estado y reprimiendo a los republicanos que se atrevieron a hacer acto de presencia durante el recorrido, no queda otra fórmula que contar a los simpatizantes. Y lo que se ve no se esconde. Por eso produce perplejidad. Tanta o más que el presidente de Madrid y la presidenta de Andalucía haciéndose un selfie en el Congreso. Por favor, qué patético. ¿Es que nadie se ocupa de la imagen de esta peña? ¿Cómo es que ningún técnico les da un capón?

Supongo que es una cuestión de convencimiento. El mismo convencimiento que demuestran Mas y Urkullu al negar su aplauso al monarca, se transforma en folclore cuando dos representantes del bipartidismo se retratan juntos y en público como si se alegraran de estar allí. No sé a quién pretenden engañar con esta actitud, tal vez a ellos mismos, pero la distancia entre lo que le ocurre a esta gente y lo que nos pasa a los demás lejos de estrecharse se agranda. Y luego se quejarán de que les llamen Casta, pero ahí están, viviendo ajenos a la realidad y encantados de haberse conocido.

Pamplinas

Lo monárquico permite las excepciones que otorga pertenecer a un linaje, se ampara en la existencia de clases sociales para sobrevivir a los cambios y se sostiene gracias a las páginas de cotilleos, los programas del corazón y la prensa rosa. Con seis millones de parados es un escándalo alimentar el glamur y una ruina fundirse lo que no se tiene en guirnaldas, banderitas y francotiradores. A estas alturas de la Historia resulta ridículo coronar otra cosa que no sea una montaña.

A los que ponen siempre como excusa que un jefe del Estado nos saldría más caro que un rey, les diré que una familia real, con sus dobles parejas de reyes y reinas, su princesa y su infanta, amén de la prole que vayan criando y toda su parentela, para un país en decadencia resulta un dispendio idiota. Es más, los presidentes del gobierno que han pasado por la Moncloa se han ido acostumbrando a actuar también como jefes de Estado, dejando casi siempre a la vicepresidencia de turno que dé la cara por el gobierno, como si tuviéramos primer ministro también. Gozamos de reyes y exreyes, presidentes y expresidentes, a los que hay que nombrar como si aún estuvieran ejerciendo. Así que yo quitaría un poco de envoltorio para que el regalo de la democracia representativa no fuera tan ostentoso y en la república futura me iría deshaciendo del cargo de jefe de Estado, porque estoy convencido que del sarampión de las vicepresidencias no nos librará nadie.

Alborozarse porque un sujeto vaya a sentar sus nalgas en el trono es algo que no va conmigo. Sólo la gente más carcamal o la que vive en su propio limbo es capaz de emocionarse con la parafernalia. Es tan absurda la situación que para sostenerla hay que llenar de fusileros los áticos de la zona donde se celebrará el acontecimiento, y por añadidura los de todas las calles que atravesará el cortejo hasta llegar a palacio. Ya no se sabe si es la corona la que sostiene el sistema o son los dos partidos mayoritarios los que aguantan a la corona, en cualquier caso ambas instituciones, políticos y reyes, causan vergüenza ajena a la población y deterioran con su persistencia y continuismo la normal convivencia de sus súbditos, lo que crea alarma social. Y la alarma social es ya de tal envergadura, que los colectivos afectados por el gobierno, a falta de alguna institución que mediara por sus intereses, se han visto obligados a organizarse por su cuenta. Creando mareas, plataformas e incluso partidos con el muy sano propósito de defenderse.

Antes tenía cierto sentido pagar impuestos porque recibíamos algo a cambio de nuestro dinero. El trabajo nos garantizaba una jubilación o incluso un subsidio en caso de perderlo. Con los impuestos nos costeábamos una sanidad y una educación, pero ahora sólo sirven para mantener a una pandilla de impresentables en sus poltronas. Cada vez es más nítida esta fotografía social entre la mayoría de la población, agotada de escándalos y pufos. Vemos que el dinero de todos acaba en sus bolsillos y que en vez de reconocerlo se enrocan en sus privilegios. Da mala gana y asco contemplar el descaro con el que mantienen unas estructuras caducas y corrompidas mientras celebran la llegada de un nuevo rey. Lamentando incluso que no se haga a lo grande, demostrando una y otra vez que hay pasta para lo que interesa. Y lo que interesa, salta a la vista, no tiene nada que ver con el bienestar de la sociedad. Esta peña es peor que la gripe de Shangai.

Cruzando el Rubicón

La caspa está muy contenta porque tiene la impresión de que no hay marcha atrás. Una vez que se traspasan ciertos límites es muy complicado volver al punto de partida y el trago de votar la abdicación del rey ha sido el bache más evidente que han sufrido desde hace décadas. Y no porque los demás tropiezos fueran menores, sino más bien por su carácter orgánico. Una vez superado lo orgánico comprenden que el sistema ha entrado de lleno en fase autista y suspiran con alivio, más que nada porque se ven acariciando sus poltronas hasta que se encuentre un remedio para la enfermedad. Cualquier inconveniente, la menor de las discrepancias, podría disparar la prima de riesgo y con ella sus propias primas, así que era cuestión de arreglar pronto la monarquía para lucirla en plan novedad. Las coronaciones, igual que las bodas reales y demás zarandajas de la corte, ofrecen siempre una cortina estupenda para un gobierno en caída libre. Entre otras cosas porque cambia el foco de las miradas. Ya no es una cuestión de supervivencia, sino de agarre y ventosa. Hay que ganar tiempo y el relevo del rey les favorece.

A mi juicio, el punto álgido de la farsa que contemplamos ayer en el Congreso no fue la irrupción de escarapelas republicanas en el hemiciclo, sino el reproche que hizo el presidente de la cámara a los diputados presentes, de toda laya, instándoles a largarse al bar si el asunto que se estaba tratando no les interesaba. No es la primera vez ni será la última en que los diputados van a su bola pasando olímpicamente de lo que se pía desde la tribuna, de modo que se solapan conversaciones mientras campan a sus anchas y el zumbido permanente de la cháchara se solapa e incluso barre el discurso del ponente, tal es su interés e importancia. Es normal que las gentes ociosas y apesebradas no sepan distinguir la importancia de un evento, pero también es lógico que a sabiendas del resultado lo consideren un trámite. Es lo que ocurre cuando un partido tiene la mayoría absoluta, que la democracia de salón aburre sobremanera. No te digo ya si además el partido de la oposición, ese invento que se sacaron de la manga para meterle un poco de marcha al parlamentarismo, vota con el gobierno el 80% de las veces. Entonces todo es tan previsible que hasta resulta feo.

A la caspa, o a los señores del ultra centrismo, les gustaría que se reflejase más la emoción en sus conciudadanos, a los que tratan siempre de súbditos. Pero se dan cuenta que ni siquiera entre ellos se guardan respeto, por eso prefiere el presidente del congreso que los diputados se vayan al bar en vez de estar molestando. Si hay algo que caracterice a un súbdito es la pasión que demuestra hacia sus jefes y estatuas de culto, de modo que se sienten hasta útiles cuando escuchan vítores, palmas y demás berreas. Pero enseguida se atemorizan cuando les montan un escrache. Un neocón que se precie, igual que cualquier hincha, se ruboriza viendo un desfile y se queda afónico gritando vivas a la bandera, a la nación, al jefe del Estado y en general, cuando sienta ya que se repite, a lo primero que se le ocurra. Lo fundamental es soltar el ripio como si le estuvieran pagando algún sobresueldo por dejarse allí el aparato fonador. Sólo así expresa el vulgo sus sentimientos: de corazón y rozando lo castizo, mostrando el ingenio popular que tanto gusta en los telediarios y demás medios de persuasión.

Otra vuelta de tuerca

Un periodista  del sistema le pone la alcachofa en la jeta a un político y le pregunta: ¿usted se considera de la casta? Qué te va a contestar, alma de cántaro, ¿que no le consta? Hazle la  misma pregunta a un juez del tribunal supremo o del constitucional, a ver qué te dice. O a un teniente general del ejército. Vete después a una multinacional de la construcción o de la energía, pregunta  por el jefe y haz tres cuartos de lo mismo en alguna entidad financiera. También valen los terratenientes y los cardenales, que la casta es muy prolija.  Al margen de lo que te respondan todos ellos, y a fuerza de preguntar, seguro que  obtendríamos un retrato,  una caricatura de esa casta de la que tanto se habla. La casta, al fin y al cabo, no es otra cosa que una oligarquía, eso que antes se denominaba la “jet” o los “vips”, una pandilla que defiende y prima sus intereses frente a los del conjunto de la sociedad, con su alegre pelotón de nuevos ricos y advenedizos pero también con los viejos chupópteros y correveidile, los linajes familiares y su correspondiente tropa de esbirros bien pagados.  Por eso es importante identificar a cada uno de los sujetos que la sustentan, la proyectan y la componen. Por sus actos la conoceréis.

A menudo hablamos de la casta cuando nos referimos al 1% de la población, un porcentaje minúsculo que disfruta de sus privilegios sin rendir cuentas a nadie, pero pocas veces subrayamos  a ese  5% de colaboracionistas, los que aspiran a lo mismo mientras prestan sus servicios. Sin esa gente, la casta de este país no hubiera sido  intocable durante  décadas, viviendo con impunidad y ostentación,  por encima de sus posibilidades y de las nuestras, reduciendo la democracia a un guiñol y aprovechándose sin  escrúpulos de las circunstancias. Toda esta gentuza vive tan holgadamente que ha llegado a creer que su estado de felicidad es algo connatural al cargo que ocupan. Sólo así se comprende la magnitud de los escándalos  y la estafa tan descarada que estamos sufriendo el resto, gracias a su desmesura y  desfachatez  hemos llegado a enterarnos de sus caprichos y sus mangancias, que no son pocas.

Así que el concepto de casta no es sinónimo de político, desde luego. Hay políticos que son de la casta  y muchos otros trabajan de manera obediente para ellos, pero no todos. A la mayoría de los dóciles y bien mandados los hemos visto hoy retratarse en el parlamento al votar que sí a la abdicación del rey en su hijo. Y se han quedado tan anchos porque es lo políticamente correcto. Es muy fácil defender el orden establecido, sigues la hoja de ruta de la troika y allá te las den todas. Al Banco Central Europeo, al Fondo Monetario y al Banco Mundial les interesa  que seamos buenos chicos. Que no haya cambios en la cúpula y si los hay que sea para recibir más de lo mismo. Más recortes para la gente y más pasta para los bancos, que son un pozo sin fondo. No me extraña que las empresas del Ibex, en los tres primeros meses del año, hayan registrado unas ganancias de siete mil y pico millones de euros. Tampoco me extraña que, justo el mismo día de la información anterior, el juez Ruz encuentre en Suiza dos nuevas cuentas de Bárcenas. La política y la economía con frecuencia van de la mano en demasiados aspectos y por el roce se contaminan las dos en su defensa de los mercados, esa entelequia que hace progresar a las grandes corporaciones del mismo modo que arruina a las pequeñas empresas.

Al tejido de esta corrupción se la presenta de manera tan extendida que incluso se embarra en el problema a toda la sociedad civil. Si todos hacemos trampas, ¿no será que nuestros representantes son el reflejo de nuestra propia miseria? Pues no. Es más bien al revés. Basta con hacer un repaso histórico para comprender que los sistemas piramidales crean siempre las mismas estructuras de poder, y con ellas las mismas fórmulas de economía y de control social. Estos periodistas del sistema que van por ahí preguntando a los políticos si se sienten parte de la casta, en un alarde de sinceridad deberían preguntarse también si no estarán haciéndoles el juego. ¿Quién les paga? Si  los políticos cobran sus nóminas gracias a los impuestos, lo lógico es que trabajen para el común de los mortales. Pero si además reciben sobresueldos y mordidas,  la lógica cambia. Con los periodistas convencionales es más simple, no en vano la mayoría de los grandes medios de comunicación están en manos de esa casta de la que tanto se habla. Y si sabes quién te paga, ya sabes para quién trabajas.

La tabarra infinita

Es tan grande la brasa que nos están dando, y tan fabuloso el gasto en imágenes y palabras, que en lugar de noticias tengo la impresión de estar recibiendo publirreportajes. De hecho me sé la vida del rey de memoria, tanto la del viejo como la del nuevo, y todavía no me explico cómo hay gente que es capaz de diferenciar la una de la otra. Los más carcamales, por ejemplo, llevan unos días descompuestos con el nuevo rey porque, al parecer, no se deja fotografiar con curas ni obispos. Que dice que es católico, desde luego, pero en la intimidad. Será que ya tuvo bastante con el bodorrio que le montaron y de algún modo se da cuenta, o le han asesorado, de que le conviene ofrecer una versión más descafeinada de sus creencias. Una estampa baja en calorías, de las que no producen aerofagias ni desapegos entre laicos, descreídos, agnósticos y ateos, por no hablar de musulmanes y budistas. Pero estas maneras, más propias de un tiquismiquis que de un campechano, no molan a la carcundia ni tampoco al resto, los que estamos acostumbrados a ver comulgar a su padre tan a menudo que una sutileza así nos pasa desapercibida.

En España, los jefes de Estado, desde que tengo memoria, no sólo cazan y pescan sino que se santiguan con la misma naturalidad que presiden una corrida de toros. Así que la renovación de la monarquía, el recambio generacional del que tanto hablan los periodistas y voceros del sistema, se reduce a tiznar de verde al jefe y quitarle de encima al clero, cuya presencia envuelve en naftalina a la corona y le resta mucho glamur. No sé hasta dónde será capaz de llegar la monarquía en su acercamiento a los cuatro millones largos de votantes republicanos, me refiero a los que se retrataron con su voto y no a los que simplemente les gustaría otra cosa aunque se conforman con lo que hay, lo que tengo claro es que ni en los mejores delirios imagino al nuevo rey descolgándose por las cornisas y colgando pancartas ecologistas. ¿Qué menos podría pedírsele a un activista que goza de semejante inviolabilidad? ¿Qué sea una réplica de Carlos de Inglaterra? Para qué engañarnos. Tampoco veo al rey derivando hacia la apostasía, la verdad, aunque no me extrañaría que se dejara fotografiar junto a una tribu amazónica. A los reyes les encanta darse a conocer, y más si son jóvenes y están sanos, porque aprovechan su reinado para viajar a todas partes.

Además, para ser joven y estar sano, basta ahora con no parecerte mucho a tu padre, o aún peor, a tu abuelo. Si resistes la comparación familiar ya puedes tener canas y cuatro largas décadas de existencia a tus espaldas que siempre ofrecerás la versión más joven y dinámica de tus propios ancestros. Lo contrario sería un disparate. Sin embargo llama la atención esa insistencia en aparecer vestido de militar en desfiles y actos que no son exclusivamente castrenses. Es como si el viejo poder, heredado por las armas tras un golpe de Estado, una sangrienta guerra civil y una dictadura vergonzante, todavía fuera capaz de imponer su presencia a la ciudadanía durante sus celebraciones colectivas. Ya es desgracia que un uniforme, a estas alturas de la humanidad, se acepte como traje de gala y sirva de paso para mantener vivos semejantes recuerdos. Me parece una redundancia, un gesto de mal gusto. Es más, y por patético que resulte, ya nos avisan en los publirreportajes que Leonor, cuando alcance la mayoría de edad, entrará en el ejército. Si es que para entonces no lo han abolido y todavía existe, claro. Quienes consideran que todos los pilares del estado sobre el que asientan sus nalgas son inamovibles, sólidos y eternos, no se hacen desde luego preguntas tan extrañas. Se limitan a defender lo que hay como si no hubiera un mañana. Por eso sus jefes van por la vida como si les hubieran escrito un guión, como si tuvieran escaso margen para diferenciarse los unos de los otros. Esa rigidez estructural sólo les permite aportar muy ligeras pinceladas de color sobre el fondo gris que puebla palacios e instituciones, algo en esencia cosmético, porque en lo fundamental están básicamente de acuerdo.

Este fenómeno de semejanza también me ocurre cuando escucho a Rajoy y a Rubalcaba, incluso puedo reproducir sus palabras sin necesidad de oírlas. Supongo que es un efecto secundario del lavado de cerebro que arrastro desde antes de la transición, ese eufemismo que no se sabe muy bien qué significa porque, a fin de cuentas, siempre estamos transitando. Por aquel entonces estaba yo transitando hacia la mayoría de edad y escuchaba por los altavoces que llevaban en el techo los vehículos de todos los partidos políticos la tonadilla aquella de “Habla pueblo habla”. A mí me faltaban unos meses para ser pueblo, así que no pude votar que no a la Constitución, entre otras razones porque me parecía un timo. Ahora, en cambio, creo que me sobran ya unas décadas para tragarme entera la broma de otro rey. Como esta gentuza no tiene ninguna vergüenza en utilizar todos los medios a su alcance, ya sean públicos o privados, ya sean impresos o digitales, con el objetivo de que se nos grabe bien en la mollera, hasta rayar el asco y la indiferencia, lo bien que nos va aguantando reyes y la fascinante recuperación económica que disfrutamos gracias a la caspa que nos desgobierna, sólo confío en que a fuerza de remachar siempre los mismos clavos -de la herrumbre que los corroe- terminen por destrozar el rancio tablero que los sustenta.

Hace tiempo ya que la decadencia se instaló en sus despachos y a ella se aferran aunque huela a podrido, aunque los destruya en su desmoronamiento. Para ganar tiempo se agarran a un clavo ardiendo. Y no es que de pronto me haya vuelto un ingenuo, pero es que están acostumbrados a vivir en su propio limbo, de forma tan impune y tan confortablemente que se van de la lengua y la cagan. O acaban pillándoles en algún marrón de los muchos que tienen y todo el asunto se les descontrola. Les da igual. Llevamos contabilizadas una cantidad tal de corruptelas y latrocinios que su simple enumeración contradice la tonta realidad que nos cuentan. Sin embargo insisten en inducir al público mediante hipnosis en una leyenda, una alucinación permanente que, dicho sea de paso, nos cuesta a todos un ojo de la cara. Es cierto que todavía hoy les sigue dando resultados, no tan buenos como antaño pero suficientes, de ahí que le hayan visto las orejas al lobo y en vez de emplear al menos nuevas tácticas publicitarias opten por cerrar las filas huyendo hacia delante. No quieren reconocer que actuando de este modo no consiguen otra cosa que apurar el ritmo y la presión de los acontecimientos. La política de hechos consumados es muy evidente y cansina. Las instituciones deben cambiar, no sólo sus caras. Esto del I+D+i también vale para la política, que está muy enranciada. Y, por favor, dejen ya de darnos la brasa.