Última llamada

A los socialistas de boquilla, que andan por ahí haciendo cálculos sobre las posibilidades que tienen de mantener sus cargos y sueldos después de las próximas elecciones, les auguro un futuro incierto. Supongo que habrán hecho cuentas y preparado su jubilación, porque de aquí a unos años el panorama político y social será diferente. Mientras tanto, contemplamos el final por capítulos de su larga y patética caída. Los vemos cambiando de muda, volviéndose súper demócratas de repente, eligiendo a sus jefes de manera directa entre los afiliados y sacudiéndose el polvo de encima con el propósito de aguantar lo que haga falta. Tratan de retrasar su propio desastre haciéndose pasar por asamblearios y montando unas elecciones de broma con candidatos de chiste. No me extraña que haya resultado triunfador un mengano al que ahora le hacen la ola los medios de propaganda del sistema invitándole incluso a que abra los telediarios.

Los telediarios, si no resultaran tan previsibles y abyectos, tan manipuladores y tendenciosos, serían ahora fascinantes programas de humor o sorprendentes espacios de comunicación no interactiva. La silenciosa peña de los televidentes no es ya tan pasiva como parece. Insultan al locutor, se mofan de los titulares y crean diálogos paralelos a la supuesta información que reciben. No tragan con facilidad todo lo que les cuentan porque la gente ya está curada de espanto y cuando ven aparecer el rostro nuevo del difuso líder socialista, se dejan al principio llevar por los elogios del presentador, que hace una loa descarada del interfecto, y luego abren las parabólicas, le pasan un paño a los tímpanos y simplemente escuchan. Lo que oyen es lo de siempre pero en otra clave, para ver si así nos entra mejor el mensaje. El mensaje que intenta transmitir Pedro Sánchez es de humildad. Nos cuenta muy humildemente que va siendo hora de ser buenos chicos, que van a comportarse como se espera de ellos y que, como llevan camino de perder hasta las chanclas, están dispuestos a defender los intereses de la mayoría.

Una mayoría cansada de escuchar buenas palabras asistía con aburrimiento a su discurso y a medida que iba avanzando la entrevista, dirigida con mano de plástico por otro Pedro, el inefable Piqueras, reconozco que entré en sopor y acabé dormitando en el sofá con un molesto pedazo de cena entre las muelas. Me lo quité después a la vieja usanza, con un palillo en lugar de seda dental, y mientras lo hacía pensé que todos los electores de Sánchez estarían haciendo lo mismo en ese preciso instante.

Como la crisis de los cincuenta está causando estragos en mis neuronas, no recuerdo ya quién dijo o escribió, o de qué película extraje que los seres humanos, acuciados por la ley del mínimo esfuerzo, sólo nos decidimos a cambiar el sentido de la marcha cuando estamos al borde del precipicio. Hasta que no llega ese momento seguimos por inercia tomando las mismas decisiones o aguardando a que las cosas se arreglen por sí solas. En contra de lo que suele expresar Punset, creo que nuestra capacidad de anticipación no maneja futuros amplios. Basta con observar el comportamiento de las élites para comprender que, mientras les vaya bien y hagan caja, continuarán por la misma senda. De ahí que no admitan como una realidad propia la que perciben los demás, calificándola de exagerada. El gran roto que rasga a la clase media peninsular, dejando caer en la pobreza a millones de individuos, puede inspirar ternura o caridad entre los jefes, pero todavía queda lejos de su experiencia sufrir los mismos males de aquellos que dicen representar. Tal vez por eso terminan indignando a la gente o en el mejor de los casos aburriendo hasta a las ovejas. Con las prisas en decorar los partidos y abrillantar las instituciones, con esa presteza que imprimen las leyes para apalancar su manera de entender la política y la economía, dudo mucho que consigan frenar de algún modo el cambio que se avecina. Aunque tampoco evita que sigan colocando palos entre las ruedas.

De hecho los periódicos tradicionales comienzan a ocultar los resultados de ciertas encuestas porque proyectan unas expectativas lamentables para los intereses que defienden. O dicho de un modo más simpático: que la revolución se extiende. Parece que en las cabezas de los sufridos consumidores sólo existan ya dos bloques de pensamiento, o eres del PP o eres de Podemos, y toda la gama de grises que hay por medio tarde o temprano tendrá que decidirse. Psicológicamente nos hallamos en un cambio de época, pero aún hay muchos que todavía prefieren la caspa y el fango de la corrupción, aquello que conocen frente a cualquier novedad que pudiera presentarse. La novedad produce pánico entre los que están bien situados y genera esperanza entre los más desprotegidos. Los hay que optan por la transformación del sistema de una manera convencida, incluso militante. Pero también es cada día más fácil encontrar a sujetos de cualquier mentalidad dispuestos a votar al coletas para infligir un castigo, una venganza, una limpieza o vaya usted a saber qué. Podemos es tan versátil que lo mismo convierte en don Limpio a cualquier vecino que lo proyecta de igual manera y con el mismo entusiasmo hacia el ámbito más abertzale. A estas alturas de la película, y al margen de los incombustibles electores del PP, resulta que los atribulados contribuyentes se inclinan cada vez más por votar a Podemos, que sacaría el 21 % de los sufragios frente al 27 % que obtendría el PP. Lo que pone a los jefes de los nervios, porque tienen la sensación de que se les agota el tiempo y se les acaba el chollo. Porque ya no saben qué hacer para blindarse. Y porque hagan lo que hagan, a unos se les ve el plumero y a otros no se los cree nadie. El sistema agoniza a cámara lenta. Todas las esperanzas desembocan ahora en la necesidad de una transformación profunda. Es la última llamada, y no sólo para el planeta, los recursos y la ecología sino también para la solidaridad y el respeto hacia los ciudadanos. La democracia, a estas alturas, podría ser mucho más abierta y participativa. Reducirlo todo a un simple cambio generacional resulta patético. Y lo saben.

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Perogrullo y la vergüenza ajena

Un individuo torpe y pazguato, sin fotogenia, al que se le ve el cartón y se distrae con el vuelo de una mosca, de cuando en cuando parece sufrir deslumbramientos que desenfocan su mirada. Asumes que le habrán metido un flash en la jeta y que desde entonces no sabe qué diantres le pasa, porque está confuso y parece ausente. Le llega un olor extraño y lo vemos arrugar la nariz, como si un súcubo estuviera giñando a medio metro del interfecto. En otras ocasiones esboza una sonrisa mema, semejante a la que fabrican los niños para disimular su vergüenza o nos remite una mueca cariada, producida tal vez por una tensión nerviosa o porque su lengua está buscando un tropezón perdido entre las muelas. En cualquier caso don Mariano, o simplemente el señor Rajoy, presidente de gobierno, es un sujeto inconexo de barba recortada y canosa al que le tiemblan de pronto los párpados hasta generar un tic, un guiño incontrolable y molesto que embarulla sus palabras. En sus morros, cuando el fulano en cuestión mueve la boca para no griparse, aparecen entonces las comisuras de unos labios necios, diseñados para sorber una ostra o calzarse un puro pero que, de simple aprensión, no te los imaginas besando a nadie. Como mucho sirven para cristalizar una baba y a medida que Mariano vuelve a leer de forma cansina su interminable discurso te olvidas de ella, lo mismo que haces con cualquier imperfección de las muchas que pueblan su rostro.

Los discursos de Mariano, al contrario de lo que piensa la gente y comparándolos con los temibles rollos del Mar Muerto que lanzaban Zapatero, Aznar o González, nos parecerán eternos pero son más bien cortos. Y no sólo en cuanto al número de folios sino que, atendiendo a toda la expresión del término, están sembrados de verdades de Perogrullo. Perogrullo, o Petro Grillo —según el académico Godoy Alcántara— fue un palentino del siglo XIII que se hizo famoso a fuerza de pregonar obviedades. Pudo tratarse también de un ermitaño cuyas tendencias proféticas y verborrea generalizada causaron profundo impacto durante el siglo XV, sobre todo cuando explicaba a la concurrencia que el primero de enero iba a comenzar el año y que amanecería al alba.

Supongo que al escriba de los discursos que lee Mariano le apasionará Quevedo y Cervantes, esos grandes escritores que llevaron a Perogrullo hasta los altares de la literatura, porque suele cebarse en popularizar los recortes que nos endosa el gobierno mediante múltiples perogrulladas. Al estilo de «blanco y en botella», como si no cupiera la pintura o el batido de coco en el mismo recipiente, Mariano suele condimentar su discurso con ripios de pobre factura. Presumiendo además de que nuestra capacidad deductiva no se verá mermada, a menudo nos estimula con sandeces. Dando por sentado que no existe otra forma de hacer las cosas, demostrando de este modo que da igual quien presida el gobierno, porque haría lo mismo que él, Mariano es capaz de soltar sin un ápice de ironía que está preparando una ley para regenerar la democracia.

Y que conste que no soy de los que exigen perfección en las formas. Ni siquiera en los fondos. Ya puede venderme un tipo de blanca dentadura y chocolatina en el pecho la conveniencia de apuntarme a un gimnasio, que si me da grima difícilmente abonaré la matrícula. Puestos a sufrir casi prefiero que me dé la brasa un individuo poco agraciado por la naturaleza y a ser posible con severos defectos para que de algún modo me solidarice con su esfuerzo. Pero es que Mariano no pasa la prueba del algodón. Ni siquiera la del plumero o la de la mopa. Igual es que se ha venido arriba probando la dieta macrobiótica o la del índice glucémico y tras perder cinco kilos de golpe, así a lo tonto, sin comerlo ni beberlo —o más bien comiéndoselo todo, a tenor de la panza que luce—, decidiera ahora cultivar el pellejo y dotarse de cierto tono muscular. Mariano, el mismo que animaba a Bárcenas con mensajitos de texto en momentos de apuro, está dispuesto a vigorizar el sistema y no se le ha ocurrido nada mejor que obligar por ley a que gobierne en las alcaldías la lista más votada. Sea cual fuese la distancia que haya entre el primer partido político y el segundo , y con el propósito de que no se pongan de acuerdo entre los demás para echarle un día del sillón, el cachondo de Mariano nos viene con la perogrullada de que a partir de ahora mandará el que gane. Intuyendo el pobre que será él. Tan grande es la decadencia que lo envuelve y la sentina que lo encharca, que llega a confundir este hombre la regeneración con el modus operandi que maneja la mafia, esa mafia que anda hoy medio colgada por efecto de los antidepresivos. Esa misma mafia que está dispuesta a cambiar las reglas del juego como si la democracia fuera una ruleta trucada y el Estado un casino de su propiedad.

Tal vez por eso, Mariano se ha propuesto levantar la moral entre sus filas, antes de que se vayan todos de veraneo, enviando al Congreso un blíster de veintiséis leyes que nos ajustarán, un poco más si cabe, la correa del cinturón al cuello. Y para demostrar la alegría y el alborozo que producen sus decretos entre amigos y socios no tarda mucho en aparecer Montoro por la televisión soltando como un vulgar Perogrullo que —literalmente— se siente muy orgulloso de pertenecer a la casta. Y no a una casta cualquiera, sino a la de derechas. Así como suena. También la Cospedal nos ha regalado los oídos aclarando sin ninguna vergüenza que ella reivindica la política como una forma de hacer caridad. Tampoco me extraña pues que Esperanza Aguirre, continuando en esta línea, se nos suba a la chepa y diga que el dinero que se recauda para denunciarla ante los tribunales tendríamos que invertirlo en algo más productivo, como indemnizar a las víctimas de ETA. El caso es que, llegados a este punto, no se ya si me produce hilaridad o espanto escuchar las paridas de toda esta chusma, pero entre lo que roban y lo que cobran estoy convencido de que deberían de guardar un perfil más bajo. Su soberbia, a fin de cuentas, no sólo causa estupor sino que redobla la inquina que les estamos cogiendo. Y no es sano.

La nueva sociedad

Todavía no tengo la mollera hidrolizada. Cuando me dejo llevar por la inercia, el surrealismo o simplemente el hastío, caben muy serias dudas al respecto pero lo habitual en mi conducta es procesar los datos que van llegando al coco y contrastar de paso las informaciones que recibo. En el trato cotidiano con la gente y a fuerza de malentendidos, decepciones y chascos, la experiencia nos fuerza a ser menos ingenuos de lo que nos gustaría y más suspicaces de lo que pretendemos, sin embargo ante los medios de comunicación, tal vez por costumbre o por pereza, bajamos a menudo la guardia.

Recuerdo que una parte significativa de la población empezó a contrastar informaciones por puro divertimento. Si un mengano era fan de cómo radiaba el partido de fútbol tal o cual emisora, no se sabe muy bien la causa pero de repente decidió acompañar a sus comentaristas favoritos con las imágenes que ofrecía una cadena de televisión, a la que previamente enmudecía. A estas personas les bastó con pulsar la tecla del mute para caer en la cuenta de que, según los equipos que estuvieran jugando, sus ojos y sus oídos entraban en contradicción. Ha llovido mucho desde entonces pero ahora, con las redes sociales, podemos compartir también todas estas contradicciones con los demás. Y volviendo al socorrido ejemplo del fútbol, hay quien lo ve por la tele, lo escucha por la radio y al mismo tiempo lo sigue por el twiter, sumiéndose de esta manera en otro plano de la comunicación y también del enloquecimiento, pero desahogándose de algún modo frente a la manipulación de los grandes medios y creándose una opinión propia, lo que resulta higiénico para la sociedad.

Gracias a la tecnología, profesionales y aficionados al video, en su mayoría fuera del sistema convencional de noticias, cuelgan en la red visiones distintas de cualquier suceso, permitiéndonos de esta manera contrastar lo que nos venden en los medios tradicionales como una realidad incontestable. Basta con entregar la noticia sin adulterar, de forma objetiva o al menos con cierta limpieza. Al estilo, por ejemplo, de lo que hace Euronews en uno de sus informativos sin palabras. Supongo que lo habrán visto alguna vez y si son muy frikis incluso se habrán vuelto unos adictos, en cualquier caso les habrá llamado la atención por su engranaje comunicativo, al carecer de comentarios superpuestos. La presentación de un hecho tan sólo con imágenes es igualmente manipulable, interpretable, incluso ajustable al patrón de las corporaciones, y sin embargo requiere del espectador un mayor esfuerzo interpretativo. Al final hasta se agradece la falta de una voz en off que te vaya contando lo que se supone que ya estás viendo, que para eso nació la televisión. Supongo que por la novedad del modelo y por lo que se ahorran en traductores, locutores y periodistas —no en vano estoy hablando de una cadena de implantación continental—, comprendes mucho mejor la magnitud de los fraudes. Porque una cosa es tamizar ideológicamente lo que ocurre, según el sesgo del que lo describe, y otra distinta el hacernos creer que pasa otra cosa. Y reconozco que hemos llegado a tal extremo que a mí, cuando más me gusta que me mientan es cuando al mismo tiempo me enseñan la verdad, que ya es la caraba.

Tener a un locutor, alcachofa en mano, diciendo A y que a un metro de él ocurra justo lo contrario, es algo que me fascina. O no se da cuenta, o lleva aprendido el guión y no es capaz de improvisar sobre la marcha, o carece de sentido del ridículo, porque la verdad salta a la vista de tal manera que resulta idiota el negarla. Para desentrañar bulos y arbitrariedades, a veces es suficiente con subir al ático de un edificio y fotografiar desde allí una manifestación, apreciando de forma sencilla que no protestan los cuatro gatos que nos están contando. O al revés. El caso más flagrante ocurrió durante el chupinazo de los sanfermines porque los telespectadores, radioyentes y tuiteros se quejaban de que algo tan evidente como las ikurriñas y pancartas sobre la reunificación de los presos en Euskadi, las que desplegaban los pamplonicas entre la multitud que asistía a la fiesta, sencillamente desaparecían de la retransmisión en ciertas cadenas. Sobre todo en las cadenas públicas, que en la práctica son ahora de titularidad gubernamental. O sea, del partido que manda o que nos desmanda. Y si no recuerden las pitadas al rey en las copas que llevan su nombre. Estarán de acuerdo o en contra de los hechos, pero los hechos no son discutibles. Al menos desde una ética básica y una correcta formación profesional. Ya paga bastante precio el espectador aguantando las cuñas publicitarias para que encima le mientan a la cara. Así que tampoco pueden ahora extrañarse de que alguien pretenda imponer cierto control en medio de tanta bazofia.

En fin. Como muchos de los espectáculos humanos gozan siempre de tiempos muertos, y como muchos de los tiempos muertos son aprovechados por los medios de comunicación para endosar anuncios y rellenos, la gente dedica esta falta de acción en la pantalla a tareas como freírse unos huevos, acostar a los churumbeles, fregar los platos, bajar la basura o sacar a mear al perro. Todo depende de la popularidad del evento, y de la longitud de la publicidad, para que la vida se abra de nuevo camino al margen de lo que ocurra en el plasma. Y para los menos aficionados a las materias patrióticas, ya sean folclóricas o deportivas, se disputen en ellas algún título planetario o promuevan mediante el arrobo la reafirmación local, incluso para aquellos que por un impedimento u otro no pudieran vivir eso que llaman la «magia del directo», siempre nos quedará el diferido buscando por internet. En la red, con cierta dedicación, puedes encontrar cualquier cosa. El problema está a menudo en los medios convencionales, que emiten una programación similar con enfoques muy semejantes y a horarios idénticos. Toda esta uniformidad en el mejor de los casos aburre a las marsopas, y en el peor resulta tan irritante que parece hecha a propósito y con la intención de que los espectadores salgan huyendo hacia las cadenas de pago. Los mismos dueños les ofrecerán allí, a cambio de unos dineros, toda una tómbola de canales temáticos, por los que podrán seguir zapeando y tuiteando mientras envejece la vida entre sus dedos.

Aferramientos

La gente ya no se acuerda pero al principio de la transición, cuando se produjeron las primeras elecciones, los nuevos diputados y concejales se sintieron marcados por la zozobra y el desamparo. Se vivían tiempos revueltos y la carcundia estaba encolerizada ante la disolución del franquismo como un azucarillo en la democracia, de modo que las caras más visibles de los partidos de la izquierda necesitaban cierta protección. Fue entonces cuando nació el aforamiento y todo el mundo, salvo los herederos del antiguo régimen, contemplaron aquella medida con lucidez. Tengan en cuenta que la policía se empleaba a conciencia en aquella época y tras una carga de caballería no era tan complicado encontrar por el suelo un cadáver. Tampoco era difícil que se disparase una pistola. Repasen los periódicos de la época y comprenderán que el aforamiento de los representantes políticos a finales de los setenta permitió a muchos de ellos que no les abrieran el cráneo de un porrazo durante una manifestación. Los representantes sin padrino, los herederos de la clandestinidad, necesitaban blindarse de alguna manera ante la vieja casta del movimiento nacional y los falangistas de última hornada. Diseñaron y levantaron un poder emergente, con fueros frente a la acción policial y judicial, dotando a las Cortes Generales de fondos suficientes como para resistir un asedio. Hoy, de hecho, almacena más de sesenta millones de euros al margen de su presupuesto legal. Pero lo más importante fue que los nuevos diputados y senadores, alcaldes y concejales compartían escaño en igualdad salarial con los herederos de la dictadura, reconvertidos a la democracia por arte de birlibirloque y sostenidos por los poderes fácticos.

El aforamiento —o la inmunidad de los representantes públicos— analizado con la perspectiva que ofrecen cuarenta años de chapa y pintura, fue una jugada maestra. Permitió a las viejas familias adineradas mantener su poderío económico mediante una ley simplona, la que garantizaba a los colaboracionistas de la transición un señorío ilusorio, un trato especial que hasta ese momento sólo percibían ellos, sus allegados y los que tuvieran a bien designar para que se ocuparan, como dios manda, de sus intereses. Estamos hablando de una época en la que se atropellaban los derechos de la gente por inercia y por costumbre, como quien pasa la mopa para abrillantar el terrazo.

A tal punto llegó la farra que se extendió el uso de una frase que hoy causaría cierto impacto viral, la ya mítica “usted no sabe con quién está hablando”, y que permitía a cualquiera promover una pausa durante una lluvia de hostias. Aquí entonces sólo te salvaba de la quema el ser alguien o darte ínfulas, y como hubiera hecho cualquier conde o marqués ante un trato indigno o vejatorio, impropio de su alcurnia y su cuenta bancaria, nos soliviantábamos también los demás con la esperanza al menos de ser sometidos mediante una causa por ridícula que fuera. Hace cuarenta años pedíamos a la policía, no ya que se identificaran ellos, al revés, que antes de repartir estopa nos tomaran en consideración. No por gusto sino para establecer la presunción de inocencia y que de algún modo quedara constancia de los hechos porque el habeas corpus era un drama. Y lo sigue siendo. Quién nos iba a decir ahora que entregar el carné sólo serviría para verificar nuestro domicilio y recibir una buena multa.

Si la presunta culpabilidad de antaño ahora se regala por añadidura, dentro de lo viejuna que sigue siendo España, sus jefes e instituciones, aspirábamos entonces a ser tratados con la misma dignidad que nuestros representantes públicos. Es más, creíamos que aforando a los diputados se crearían leyes después para proteger los derechos y las libertades, tratando con un mínimo de decencia a las personas. Ahora estoy convencido de que ese respeto duró el tiempo que les costó adaptarse al sistema. Pronto dejó de contemplarse el aforamiento como un santo y seña. No recuerdo cuándo se convirtió en un salvoconducto pero después llegaron los pases, las entradas de palco, los asientos vip y las zonas reservadas. Poco a poco, el hecho de haber sido elegido como representante adquirió la categoría de privilegio, produciéndose la consabida distancia entre políticos y ciudadanos. Aparecieron entonces las tramas, el ladrillo, los coches oficiales, los sobresueldos en negro y de regaliz y hasta las cuentas en Suiza. Si tuviera que escoger una imagen del deterioro me quedaría con la llegada de Artur Mas en helicóptero, durante las protestas del 15M en Barcelona, cuando los diputados del Parlament —que iban a votar nuevos recortes contra la ciudadanía— tuvieron la oportunidad de volver a sentir por un momento la experiencia de la fragilidad humana. En aquel instante, cuarenta años después de los cuarenta años de dictadura, los votantes se atrevían a pedir respeto a sus representantes en su misma cara y en vez de mostrar aquellos un ápice de humildad, salieron huyendo. Desacostumbrados al roce con la gente se encastillaron en sus pesebres y no hay otra forma de despegarlos de sus poltronas que formando partidos, foros y movimientos ciudadanos, acudiendo incluso a las elecciones con el propósito de limpiar los malos hábitos que se instalaron en la administración.

El aforamiento sólo ha servido pues para incluir en las élites a los políticos y partidos garantes del régimen, dando paso luego a una simple licencia para delinquir, la que permite ser juzgado entre pares por un tribunal superior. Tan supremo es el juzgado que incluso es capaz de comprender perfectamente las trápalas inmobiliarias de un presidente de comunidad autónoma, hasta el punto de no ver delito en las mismas. De modo que puede seguir trapicheando a su gusto, cobrando en áticos, forrándose según su agenda de ilustres contactos y aferrándose al sillón como si no hubiera un mañana. Resistiendo igual que una infanta al vapuleo. Aguantando como un rey su propia andropausia. Retrocediendo hasta el siglo XIX en plena era de la tecnología, la ciencia y la información. Tratándonos en definitiva como a menores de edad, aunque ya no funcione.

Los vendedores de palabras

Una amiga me preguntó —hace ya unos eones— que cómo iba viendo el panorama y le contesté, resumiendo y por abreviar, que los socialistas desaparecerían del mapa. Cuando me da el ramalazo profético me pongo imposible y enseguida me arrepiento pero hoy, si me preguntase sobre la situación, tendría menos claro que este partido se fuera a evaporar de las instituciones por simple combustión espontánea. Creo que en su deriva le van a echar pozales de dinero fresco y de publicidad gratuita para ver si asoma la testuz y continúa, per secula seculorum, cumpliendo el rol que le fue asignado y del que todavía se enorgullece: ser el corcho que cierra la botella. No en vano el sistema es un vino añejo que debe criarse en barrica, a resguardo del vandalismo y las inclemencias meteorológicas, por eso dice el señor Madina que necesitan un «shock de modernidad».

A mi lamentable juicio, creo que de modernidad van sobrados y que si necesitan algún tipo de shock podrían empezar por recortarse el sueldo hasta que se parezca, por ejemplo, al salario mínimo o como mucho a la nómina de un profesor de instituto. Sólo de esta forma se darían cuenta de lo que vale un peine y lo mismo deciden entonces incrementar la paga a los demás. No caerá esa breva porque escuchan argumentos similares y los tildan rápidamente como demagogia, negándose así a comprender la contradicción que encierra y lo cómodo que resulta pedir sacrificios a los demás mientras llenas tu propia saca. Comprendo que es más sencillo ejercer de moderno que de socialista, pero yo, en su caso, me lo haría mirar.

Si lo moderno se antepone por principio a lo clásico y se siente como actual, hasta los diccionarios reconocen que un sujeto se las da de moderno cuando no puede ya presumir de otra cosa o porque, sencillamente, acaba de empezar y todo se le antoja novedoso y etéreo. Pero, ¿cómo se moderniza, por ejemplo, al señor Bono? ¿Y al señor Belloch? Un alcalde como el de Zaragoza, que se queja por la ausencia de fastos en la coronación del nuevo monarca, ¿acaso es modernizable?

Cuentan que los partidos los forman sus gentes, pero es que hay gentes en ciertos partidos cuyo perfil es tan clásico que hace daño a la vista. Quien acabe llevando las riendas de la socialdemocracia española, tan formal y tan antipática que nos cae gorda, si de veras quiere modernizar algo y no sólo darle un barniz, tendría que empezar a mojarse el culo y ponerse al lado de sus clientes potenciales. Y hablo de clientes con sorna, para ver si de esta manera se interesan por el negocio, porque hoy no sería tan complicado enfrentarse a la herrumbre si los gobiernos socialistas del pasado no hubieran colaborado con saña en la oxidación. Aquellas leyes de la patada en la puerta o la imposición de servicios mínimos en las huelgas, constituyen hoy un andamiaje perfecto para que los carcamales del gobierno disuelvan cualquier protesta. Pelear ahora contra una inercia de décadas nos regalará sin duda momentos de una agonía fascinante, pero no dejan de ser absurdos y además generan acidez.

Similares en su trapisonda a los peperos, que a fuerza de echar caspa sobre las instituciones su mera contemplación enferma, los socialistas de ahora, como Sánchez o Madina —que estuvo ayer en Zaragoza— son conscientes de que ya no levantan pasiones. Así que, lejos de buscar un eslogan con pegada prefieren actuar como moderados y traga piedras, de ahí que Madina, en su carrera hacia el liderazgo, califique ahora su proyecto como una «esperanza pegada a la realidad». Apenas han transcurrido unos días desde que su contrincante, más joven y goloso, le triplicara en avales, y la promesa de un shock de modernidad se ha transformado ya en una ilusión posibilista. No me imagino lo que nos venderán después, ¿una seriedad atractiva? ¿Una propuesta edificante? ¿Un anuncio de Mimosín?

Mecánica parasitaria

Continúa la batalla entre los que están en el machito y los que quieren dar la vuelta a la tortilla. Ya se habrán dado cuenta de que es una pelea muy desigual, donde unos pocos tienen una fuerza y un poder desmedido en comparación al porcentaje de la sociedad que representan, y donde una mayoría se las ve y se las desea para llegar a fin de mes. O para llegar al ambulatorio. O para llegar simplemente a casa, después de sufrir un desahucio. De un tiempo a esta parte todos tenemos serias dificultades para llegar a algo.

Los medios de persuasión, antes llamados de comunicación o simplemente analógicos, se están empleando a conciencia pero con escaso éxito a favorecer los empeños de los jefes. A los jefes, por lo visto, les hace falta un plus de cosmética para mantener la estabilidad y siguen vendiéndonos la moto de que el país está saliendo de la crisis. Nos cuentan que, a no mucho tardar y gracias al buen hacer de los mandamases, se nos abrirán las puertas giratorias del paraíso y para demostrarlo han empezado a cumplir su programa electoral. ¿Qué programa? El de toda la vida, ya saben, las promesas de la caspa son fáciles de aprender y se reducen habitualmente en una sola premisa: hacer caja. Y no hablo de cuidar la caja común, que la usan como les viene en gana, sino de abastecer su propia caja.

Soy de los que piensan que toda esta chusma lleva cumpliendo su programa electoral desde el momento mismo que tuvieron acceso al tarro de la pomada. Los hay que llevan décadas embadurnándose en ella y lucen ya un cutis petrificado, a prueba de impactos. Hay que ver cómo se revuelven los jueces, atestados de expedientes sobre mangancias y corruptelas, mientras ciertos sujetos campan a sus anchas, como si fueran ajenos a la estafa que estamos sufriendo. Cada institución mantiene viva, y coleando su propia tribu de imputados, llegando a tal extremo la longitud de la ciénaga que fijamos la atención en los árbitros del Tribunal de Cuentas. El colmo ha sido descubrir con arrobo que todo allí se maneja en familia. Literalmente entre parientes, igual que una secta.

Mi imaginación era incapaz de contemplar a los funcionarios del Tribunal de Cuentas como a vendedores de Avon o del Círculo de Lectores, cuya empresa, esta última, acaba de ser adquirida por el grupo Planeta. He de decir en mi descargo que mis escasas conexiones sinápticas tampoco llegaron a sospechar que en pleno centro de León podrían resolver sus diferencias los carcamales a tiro limpio, luctuoso suceso que puso el listón a la altura del barro. No es que la realidad supere a la ficción es que flirtea con la magia, así que también me ha pillado a contrapié que estuviéramos pagando a escote las pensiones privadas de los parlamentarios europeos.

Al principio, por lo visto, los diputados ponían un euro en su propia hucha y los europeos les regalábamos dos, garantizándoles de esta manera una vejez de ensueño. Pero al final resulta que ya les estamos abonando el pack completo, qué diantres, porque toda lealtad tiene un precio y si han apostado fuerte contra las pensiones públicas casi es normal que vayamos costeando entre todos la longevidad de nuestros parásitos. Al fin y al cabo son de otra casta y se lo merecen, los demás estamos en este mundo para servirles y cuando ya no somos útiles que nos parta un rayo. Su política no va más allá de bajar impuestos, casi siempre los suyos. Privatizan hasta el aire que respiras, sobre todo si te lo traen en bombonas desde la seguridad social. Sus negocios y tejemanejes son lo que en verdad les interesa.

Un gobierno de calidad, y más si presume de ser conservador, debe caracterizarse por la intensidad de los lamentos que propaga. Estoy convencido de que en las sedes del Banco Central Europeo y del Fondo Monetario Internacional en algún momento instalaron unos aullímetros con el propósito de medir el sacrificio que iban causando los recortes. Tal vez el mecanismo tenga un sensor que, al alcanzar los baremos establecidos, dispara automáticamente un buen fajo de billetes de banco en las cuentas corrientes de sus altos ejecutivos. No en vano, los aporreamientos en las calles, la masificación en las urgencias sanitarias y los motines escolares acompañan como una banda sonora a cualquier representante de la caverna durante su carrera profesional. Ayer estaban en Golman Sachs, hoy sientan su culo en el gobierno y si el aullímetro se sale de percentiles igual terminan mañana levantándoles un monumento, quién sabe.

Estos fulanos son conscientes de que seguirán las protestas, y no porque les tengamos una especial inquina sino porque los jefes continuarán infligiendo dolor a la población. Lejos de atender a las demandas ciudadanas, los gobernantes maniobran con irritación ante las críticas, se enrocan en sus posiciones criminalizando cualquier demanda y cualquier demandante, de modo que todo es ETA a las afueras del poder. Y si no lo es, se le parece mucho. Mientras se enqusita el panorama hasta los próximos comicios, allá por mayo del año que viene, y para cubrir la voracidad de las grandes corporaciones y entidades bancarias, reducirán aún más las prestaciones por desempleo dejando en entredicho la inescrutable labor de la virgen del Rocío, a la que compensarán con alguna medalla. O con alguna ley del aborto. Incluso podrían ampliar la mordida que recibe su iglesia en las declaraciones de la renta. Como queda todo un año por delante, y en un año pueden pasar muchas cosas, las gentes del extremo centro comienzan a preguntarse también si no será mejor unir las elecciones generales a las municipales y autonómicas, reduciendo de esta manera el golpe que sufrirían más adelante y asumiendo de paso el control de los riesgos. Incluso están cayendo en la cuenta de que, si anticipan las elecciones, les convendría antes de nada cambiar las reglas del juego. Sacarse de la manga, por ejemplo, una ley que obligue a gobernar a la lista más votada. Aunque no tengan la mayoría, de este modo se evitarían después los engorrosos pactos por su izquierda. Otra medida sería reducir el número de diputados electos por provincia, ganando así otro gajo de representatividad. Cualquier trampa será buena si les permite ganar tiempo y mantener a buen recaudo sus privilegios.

Y ahora qué

Si los medios tradicionales suelen dar al gobierno cien días de cortesía antes de criticarle abiertamente, ¿cuánto tiempo regalarán al monarca? ¿Años? La gente más neoliberal y reaccionaria, los que se alinean con el régimen establecido y los partidos que lo sustentan, vivían ayer en el Congreso una sensación despreocupada y vacacional, como si la coronación fuera en realidad un fin de curso. Es cierto que esa inconsciencia, asociada a la impunidad con la que ejercen sus cargos, importa poco a su nicho electoral. Los peperos, hagan lo que hagan, ya sea meter mano en la caja, cobrar sobresueldos en negro, darse a la fuga o tener cuentas en Suiza, continúan ganando elecciones europeas con candidatos impresentables. Obtienen menos sufragios que antes, gracias a la abstención y a los partidos que se postulan todavía más a su derecha, pero todavía son demasiados. Otra cosa es lo que ocurra con los socialistas, que ya no saben qué hacer para recuperar alguna simpatía. El gobierno puede seguir haciéndose el loco y escurriendo el bulto porque tiene una mayoría absoluta que se lo permite. Pero los socialistas no. Y sin ellos el tingladillo que han montado muestra un futuro poco halagüeño para sus negocios, por eso creyeron que cambiando al rey igual seguían las cosas como están y aquí no pasaba nada. Creen que, con un rey nuevo, y en el peor de los casos, la sociedad podrá ocuparse de la monarquía, que siempre da mucho juego, y dejar en un segundo plano las correrías y andanzas de los gobernantes. ¿Pero cuánto puede durar la novedad? ¿Hasta que se juzgue a la exinfanta Cristina? Lo dudo.

La Casta tiene un problema básico de entendimiento sobre el hábitat que mangonea. Lleva décadas campando por sus fueros y no se acostumbra a las críticas ni a las protestas. Mide el tiempo a una escala complaciente, lujo que la mayoría de sus súbditos y peones no pueden permitirse. Mientras los jefes piensan en mantener su herencia, los currelas maniobran para llegar a fin de mes, así que la urgencia en ambos estratos sociales es muy distinta. No te digo ya si no tienes donde caerte muerto. Cuando la comunicación entre clases se rige por instrumentos puramente mercantiles termina por marginarse a barriadas enteras. Somos vistos por las elites como consumidores o clientes potenciales, y somos tasados según nuestra capacidad adquisitiva. Al mismo tiempo van recortando cada vez más nuestros derechos como ciudadanos, tanto en el ámbito laboral como en el político. Si desmontan también las prestaciones que el Estado está obligado a ofrecer como contrapartida a los impuestos que recauda, cada vez será más nítida y obscena la distancia que nos separa. Para disimular el hastío de la sociedad, los medios de persuasión intentan generar una tranquilidad ficticia, como si no hubiera otra opción que tragar con lo que hagan, como si fuera inútil resistirse, pero la gente no se chupa el dedo. La existencia de internet y el uso de las redes sociales nos muestran un panorama desilusionado y sin pulso, un horizonte acabado, endeudado y empobrecido, que cada vez aguanta menos este tipo de celebraciones y que no ve por ninguna parte que haya luz al final de túnel o que surjan por generación espontánea los brotes verdes.

En pleno austericidio resulta incomprensible una coronación. Y más todavía si nos desayunamos con una mangancia nueva a diario. Rebajar el impuesto de la renta con carácter universal solo ofrece calderilla a la mayor parte de los contribuyentes, cuyo salario es tan vaporoso y escueto que observamos el ya viejo fenómeno del mileurismo con envidia y cierto rencor. En cambio a las cúpulas del Ibex 35, a los directivos de los bancos y las multinacionales del gas o de la electricidad, a los amos del cotarro les ahorra un buen pico. Así que todo es dicha y felicidad en las alturas. Si a los que más debería gravarse salen de rositas, no les quepa duda de que por algún sitio tendrá el gobierno que recaudar, a menos que se desentienda de pagar el rescate financiero y los intereses de la deuda que ha generado. Y no les veo en esa línea. La venta de casi la mitad de los aeropuertos es un ejemplo de por dónde piensan hacer caja. La subida del IVA al 21 % en los medicamentos también resulta un buen indicador. Así que bajar el impuesto de la renta al mismo nivel que lo cogió Mariano en 2011 y vendérnoslo además como si fuera el síntoma de algo, no sólo parece estúpido sino también peligroso. Porque el gobierno sólo está dispuesto a hacer el canelo. No va a cambiar. Está muy cómodo enrocado en las instituciones, desde las cuales se permite incluso el sarcasmo mediante la publicidad. Ya habrán visto el anuncio que afirma que Hacienda somos todos y que debemos exigir factura al chapista, al dentista o al fontanero, a cualquiera menos al arquitecto de la sede del Partido Popular, que cobró en negro según el juez. Si a este desastre, no sólo de conducta sino de credibilidad, le añadimos la cuestión catalana y los seis millones de parados, la agonía del régimen se hace cada vez más patente.