Rudi y la fotosíntesis

Estos días celebran nuestros políticos el estado de la comunidad. No es que cojan por banda a la interfecta y le pongan de repente un examen sorpresa, todo lo contrario, acuden a visitarla porque hace mucho que no tienen noticias de ella, así que lo mismo se ha muerto y no se han dado ni cuenta. Pero, ¿quién es la comunidad y a qué se dedica? ¿Hablamos realmente de una comunidad autónoma? O, citando sus estatutos, ¿acaso nos referimos a una nacionalidad histórica? En la práctica, que es lo que de verdad interesa, Aragón es ahora una pequeña comarca madrileña, porque una vez que coge la Rudi los mandos de alguna cosa la estruja y la apalea hasta reducirla a su mínima esencia. Hemos llegado a una falta de identidad tan vergonzante que nos da igual la autonomía que el bochorno. De hecho la gente se manifestó ayer por la supervivencia de un equipo de fútbol en esta ciudad, como si el fútbol les diera de comer o les curase las hemorroides. Como si el fútbol fuera más importante que la enseñanza o la cultura. La Rudi, a menos de un año de concluir su mandato, ha conseguido que Aragón sea una nacionalidad prehistórica. O protohistórica. Y estoy convencido de que organiza estos debates sobre el estado de la comunidad para sentir que hace algo, aunque sea mover la lengua, y con esa sensación del deber cumplido marcharse después de veraneo.

A estos encuentros acude la oposición dispuesta a hacer sangre pero a menudo no pasan de la indignación porque en la Aljafería, y con el aire acondicionado a tope, se disfruta como en un balneario. Todavía no me explico, con la de terreno que tienen las Cortes, que los diputados aragoneses no hayan mandado construir allí una piscina climatizada. Podrían disfrutarla ellos mismos, además de sus parientes y amigos, igual que hacen los senadores en Madrid. Tampoco nos engañemos porque, en cualquier caso, desarrollan su labor en un marco incomparable. Supongo que imprime mucha presencia, que incluso te crees alguien, cuando paseas entre naranjos mientras desahucian a la gente al otro lado del foso.

A ras de calle, sin embargo, no le encuentras sentido a semejante inversión. Debe ser por la austeridad, que nos ha vuelto a todos demasiado utilitaristas. Hemos llegado a pensar que las cosas que no sirven suponen un gasto inútil. Y que para lo que hacen nuestros diputados por nosotros podrían reunirse en un aula de la universidad, o en cualquier colegio. Seguro que el dinero sobrante encontraría mejor acomodo en los hospitales o en el desempleo, sufragando la discapacidad y las pensiones. Que se luzca un poco y que se reparta el estado del bienestar entre todos, no sólo entre unos cuantos.

Al fin y al cabo, creíamos que al montar el estado de las autonomías desaparecerían los ministerios y las diputaciones provinciales pero al final resultó que se duplicaron y triplicaron las competencias, que crecieron todas exponencialmente, desarrollando una pesada estructura a nuestro alrededor, un lastre que no resuelve nuestros problemas más básicos. Si a esto añadimos que buena parte de las decisiones vienen impuestas desde Bruselas, donde se han creado las administraciones continentales, es fácil de entender que la Rudi se sienta en la Aljafería como en su propia casa. Aquí no se mueve una hoja y cuando lo hace, como en los gags de los Monty Python, es para caer hasta el suelo emitiendo un gritillo de espanto. Si ese grito además arrastra consigo a la mayoría de las hojas y deja el árbol como el palo de una escoba, mejor que mejor y miel sobre hojuelas. Menos gasto y menos explicaciones. Si algo le encanta a la Rudi es gobernar Aragón desde la nada. Como no hay nada será raro que nadie le exija algo, y en este contexto de naderías la Rudi puede venirse arriba y declarar que la crisis ha terminado. O que hace calor. O que mañana es fiesta. Así como suena y porque lo diga ella, las crisis se terminan como se acaban las guerras: haciendo una declaración. Porque esta señora goza de una tendencia absurda a crecerse o porque simplemente no está dispuesta a hacer otra cosa que discursos, gestos y reflexiones, la Rudi, poseída por el espíritu de la austeridad y los recortes, con la fuerza de un geranio se limita a hacer la fotosíntesis, que no es moco de pavo, convirtiendo la materia inorgánica en orgánica mediante la energía que aporta la luz. Y no estoy hablando de las renovables, tan sólo del mundo vegetal que nos envuelve.

Última llamada

A los socialistas de boquilla, que andan por ahí haciendo cálculos sobre las posibilidades que tienen de mantener sus cargos y sueldos después de las próximas elecciones, les auguro un futuro incierto. Supongo que habrán hecho cuentas y preparado su jubilación, porque de aquí a unos años el panorama político y social será diferente. Mientras tanto, contemplamos el final por capítulos de su larga y patética caída. Los vemos cambiando de muda, volviéndose súper demócratas de repente, eligiendo a sus jefes de manera directa entre los afiliados y sacudiéndose el polvo de encima con el propósito de aguantar lo que haga falta. Tratan de retrasar su propio desastre haciéndose pasar por asamblearios y montando unas elecciones de broma con candidatos de chiste. No me extraña que haya resultado triunfador un mengano al que ahora le hacen la ola los medios de propaganda del sistema invitándole incluso a que abra los telediarios.

Los telediarios, si no resultaran tan previsibles y abyectos, tan manipuladores y tendenciosos, serían ahora fascinantes programas de humor o sorprendentes espacios de comunicación no interactiva. La silenciosa peña de los televidentes no es ya tan pasiva como parece. Insultan al locutor, se mofan de los titulares y crean diálogos paralelos a la supuesta información que reciben. No tragan con facilidad todo lo que les cuentan porque la gente ya está curada de espanto y cuando ven aparecer el rostro nuevo del difuso líder socialista, se dejan al principio llevar por los elogios del presentador, que hace una loa descarada del interfecto, y luego abren las parabólicas, le pasan un paño a los tímpanos y simplemente escuchan. Lo que oyen es lo de siempre pero en otra clave, para ver si así nos entra mejor el mensaje. El mensaje que intenta transmitir Pedro Sánchez es de humildad. Nos cuenta muy humildemente que va siendo hora de ser buenos chicos, que van a comportarse como se espera de ellos y que, como llevan camino de perder hasta las chanclas, están dispuestos a defender los intereses de la mayoría.

Una mayoría cansada de escuchar buenas palabras asistía con aburrimiento a su discurso y a medida que iba avanzando la entrevista, dirigida con mano de plástico por otro Pedro, el inefable Piqueras, reconozco que entré en sopor y acabé dormitando en el sofá con un molesto pedazo de cena entre las muelas. Me lo quité después a la vieja usanza, con un palillo en lugar de seda dental, y mientras lo hacía pensé que todos los electores de Sánchez estarían haciendo lo mismo en ese preciso instante.

Como la crisis de los cincuenta está causando estragos en mis neuronas, no recuerdo ya quién dijo o escribió, o de qué película extraje que los seres humanos, acuciados por la ley del mínimo esfuerzo, sólo nos decidimos a cambiar el sentido de la marcha cuando estamos al borde del precipicio. Hasta que no llega ese momento seguimos por inercia tomando las mismas decisiones o aguardando a que las cosas se arreglen por sí solas. En contra de lo que suele expresar Punset, creo que nuestra capacidad de anticipación no maneja futuros amplios. Basta con observar el comportamiento de las élites para comprender que, mientras les vaya bien y hagan caja, continuarán por la misma senda. De ahí que no admitan como una realidad propia la que perciben los demás, calificándola de exagerada. El gran roto que rasga a la clase media peninsular, dejando caer en la pobreza a millones de individuos, puede inspirar ternura o caridad entre los jefes, pero todavía queda lejos de su experiencia sufrir los mismos males de aquellos que dicen representar. Tal vez por eso terminan indignando a la gente o en el mejor de los casos aburriendo hasta a las ovejas. Con las prisas en decorar los partidos y abrillantar las instituciones, con esa presteza que imprimen las leyes para apalancar su manera de entender la política y la economía, dudo mucho que consigan frenar de algún modo el cambio que se avecina. Aunque tampoco evita que sigan colocando palos entre las ruedas.

De hecho los periódicos tradicionales comienzan a ocultar los resultados de ciertas encuestas porque proyectan unas expectativas lamentables para los intereses que defienden. O dicho de un modo más simpático: que la revolución se extiende. Parece que en las cabezas de los sufridos consumidores sólo existan ya dos bloques de pensamiento, o eres del PP o eres de Podemos, y toda la gama de grises que hay por medio tarde o temprano tendrá que decidirse. Psicológicamente nos hallamos en un cambio de época, pero aún hay muchos que todavía prefieren la caspa y el fango de la corrupción, aquello que conocen frente a cualquier novedad que pudiera presentarse. La novedad produce pánico entre los que están bien situados y genera esperanza entre los más desprotegidos. Los hay que optan por la transformación del sistema de una manera convencida, incluso militante. Pero también es cada día más fácil encontrar a sujetos de cualquier mentalidad dispuestos a votar al coletas para infligir un castigo, una venganza, una limpieza o vaya usted a saber qué. Podemos es tan versátil que lo mismo convierte en don Limpio a cualquier vecino que lo proyecta de igual manera y con el mismo entusiasmo hacia el ámbito más abertzale. A estas alturas de la película, y al margen de los incombustibles electores del PP, resulta que los atribulados contribuyentes se inclinan cada vez más por votar a Podemos, que sacaría el 21 % de los sufragios frente al 27 % que obtendría el PP. Lo que pone a los jefes de los nervios, porque tienen la sensación de que se les agota el tiempo y se les acaba el chollo. Porque ya no saben qué hacer para blindarse. Y porque hagan lo que hagan, a unos se les ve el plumero y a otros no se los cree nadie. El sistema agoniza a cámara lenta. Todas las esperanzas desembocan ahora en la necesidad de una transformación profunda. Es la última llamada, y no sólo para el planeta, los recursos y la ecología sino también para la solidaridad y el respeto hacia los ciudadanos. La democracia, a estas alturas, podría ser mucho más abierta y participativa. Reducirlo todo a un simple cambio generacional resulta patético. Y lo saben.

Perogrullo y la vergüenza ajena

Un individuo torpe y pazguato, sin fotogenia, al que se le ve el cartón y se distrae con el vuelo de una mosca, de cuando en cuando parece sufrir deslumbramientos que desenfocan su mirada. Asumes que le habrán metido un flash en la jeta y que desde entonces no sabe qué diantres le pasa, porque está confuso y parece ausente. Le llega un olor extraño y lo vemos arrugar la nariz, como si un súcubo estuviera giñando a medio metro del interfecto. En otras ocasiones esboza una sonrisa mema, semejante a la que fabrican los niños para disimular su vergüenza o nos remite una mueca cariada, producida tal vez por una tensión nerviosa o porque su lengua está buscando un tropezón perdido entre las muelas. En cualquier caso don Mariano, o simplemente el señor Rajoy, presidente de gobierno, es un sujeto inconexo de barba recortada y canosa al que le tiemblan de pronto los párpados hasta generar un tic, un guiño incontrolable y molesto que embarulla sus palabras. En sus morros, cuando el fulano en cuestión mueve la boca para no griparse, aparecen entonces las comisuras de unos labios necios, diseñados para sorber una ostra o calzarse un puro pero que, de simple aprensión, no te los imaginas besando a nadie. Como mucho sirven para cristalizar una baba y a medida que Mariano vuelve a leer de forma cansina su interminable discurso te olvidas de ella, lo mismo que haces con cualquier imperfección de las muchas que pueblan su rostro.

Los discursos de Mariano, al contrario de lo que piensa la gente y comparándolos con los temibles rollos del Mar Muerto que lanzaban Zapatero, Aznar o González, nos parecerán eternos pero son más bien cortos. Y no sólo en cuanto al número de folios sino que, atendiendo a toda la expresión del término, están sembrados de verdades de Perogrullo. Perogrullo, o Petro Grillo —según el académico Godoy Alcántara— fue un palentino del siglo XIII que se hizo famoso a fuerza de pregonar obviedades. Pudo tratarse también de un ermitaño cuyas tendencias proféticas y verborrea generalizada causaron profundo impacto durante el siglo XV, sobre todo cuando explicaba a la concurrencia que el primero de enero iba a comenzar el año y que amanecería al alba.

Supongo que al escriba de los discursos que lee Mariano le apasionará Quevedo y Cervantes, esos grandes escritores que llevaron a Perogrullo hasta los altares de la literatura, porque suele cebarse en popularizar los recortes que nos endosa el gobierno mediante múltiples perogrulladas. Al estilo de «blanco y en botella», como si no cupiera la pintura o el batido de coco en el mismo recipiente, Mariano suele condimentar su discurso con ripios de pobre factura. Presumiendo además de que nuestra capacidad deductiva no se verá mermada, a menudo nos estimula con sandeces. Dando por sentado que no existe otra forma de hacer las cosas, demostrando de este modo que da igual quien presida el gobierno, porque haría lo mismo que él, Mariano es capaz de soltar sin un ápice de ironía que está preparando una ley para regenerar la democracia.

Y que conste que no soy de los que exigen perfección en las formas. Ni siquiera en los fondos. Ya puede venderme un tipo de blanca dentadura y chocolatina en el pecho la conveniencia de apuntarme a un gimnasio, que si me da grima difícilmente abonaré la matrícula. Puestos a sufrir casi prefiero que me dé la brasa un individuo poco agraciado por la naturaleza y a ser posible con severos defectos para que de algún modo me solidarice con su esfuerzo. Pero es que Mariano no pasa la prueba del algodón. Ni siquiera la del plumero o la de la mopa. Igual es que se ha venido arriba probando la dieta macrobiótica o la del índice glucémico y tras perder cinco kilos de golpe, así a lo tonto, sin comerlo ni beberlo —o más bien comiéndoselo todo, a tenor de la panza que luce—, decidiera ahora cultivar el pellejo y dotarse de cierto tono muscular. Mariano, el mismo que animaba a Bárcenas con mensajitos de texto en momentos de apuro, está dispuesto a vigorizar el sistema y no se le ha ocurrido nada mejor que obligar por ley a que gobierne en las alcaldías la lista más votada. Sea cual fuese la distancia que haya entre el primer partido político y el segundo , y con el propósito de que no se pongan de acuerdo entre los demás para echarle un día del sillón, el cachondo de Mariano nos viene con la perogrullada de que a partir de ahora mandará el que gane. Intuyendo el pobre que será él. Tan grande es la decadencia que lo envuelve y la sentina que lo encharca, que llega a confundir este hombre la regeneración con el modus operandi que maneja la mafia, esa mafia que anda hoy medio colgada por efecto de los antidepresivos. Esa misma mafia que está dispuesta a cambiar las reglas del juego como si la democracia fuera una ruleta trucada y el Estado un casino de su propiedad.

Tal vez por eso, Mariano se ha propuesto levantar la moral entre sus filas, antes de que se vayan todos de veraneo, enviando al Congreso un blíster de veintiséis leyes que nos ajustarán, un poco más si cabe, la correa del cinturón al cuello. Y para demostrar la alegría y el alborozo que producen sus decretos entre amigos y socios no tarda mucho en aparecer Montoro por la televisión soltando como un vulgar Perogrullo que —literalmente— se siente muy orgulloso de pertenecer a la casta. Y no a una casta cualquiera, sino a la de derechas. Así como suena. También la Cospedal nos ha regalado los oídos aclarando sin ninguna vergüenza que ella reivindica la política como una forma de hacer caridad. Tampoco me extraña pues que Esperanza Aguirre, continuando en esta línea, se nos suba a la chepa y diga que el dinero que se recauda para denunciarla ante los tribunales tendríamos que invertirlo en algo más productivo, como indemnizar a las víctimas de ETA. El caso es que, llegados a este punto, no se ya si me produce hilaridad o espanto escuchar las paridas de toda esta chusma, pero entre lo que roban y lo que cobran estoy convencido de que deberían de guardar un perfil más bajo. Su soberbia, a fin de cuentas, no sólo causa estupor sino que redobla la inquina que les estamos cogiendo. Y no es sano.

Aferramientos

La gente ya no se acuerda pero al principio de la transición, cuando se produjeron las primeras elecciones, los nuevos diputados y concejales se sintieron marcados por la zozobra y el desamparo. Se vivían tiempos revueltos y la carcundia estaba encolerizada ante la disolución del franquismo como un azucarillo en la democracia, de modo que las caras más visibles de los partidos de la izquierda necesitaban cierta protección. Fue entonces cuando nació el aforamiento y todo el mundo, salvo los herederos del antiguo régimen, contemplaron aquella medida con lucidez. Tengan en cuenta que la policía se empleaba a conciencia en aquella época y tras una carga de caballería no era tan complicado encontrar por el suelo un cadáver. Tampoco era difícil que se disparase una pistola. Repasen los periódicos de la época y comprenderán que el aforamiento de los representantes políticos a finales de los setenta permitió a muchos de ellos que no les abrieran el cráneo de un porrazo durante una manifestación. Los representantes sin padrino, los herederos de la clandestinidad, necesitaban blindarse de alguna manera ante la vieja casta del movimiento nacional y los falangistas de última hornada. Diseñaron y levantaron un poder emergente, con fueros frente a la acción policial y judicial, dotando a las Cortes Generales de fondos suficientes como para resistir un asedio. Hoy, de hecho, almacena más de sesenta millones de euros al margen de su presupuesto legal. Pero lo más importante fue que los nuevos diputados y senadores, alcaldes y concejales compartían escaño en igualdad salarial con los herederos de la dictadura, reconvertidos a la democracia por arte de birlibirloque y sostenidos por los poderes fácticos.

El aforamiento —o la inmunidad de los representantes públicos— analizado con la perspectiva que ofrecen cuarenta años de chapa y pintura, fue una jugada maestra. Permitió a las viejas familias adineradas mantener su poderío económico mediante una ley simplona, la que garantizaba a los colaboracionistas de la transición un señorío ilusorio, un trato especial que hasta ese momento sólo percibían ellos, sus allegados y los que tuvieran a bien designar para que se ocuparan, como dios manda, de sus intereses. Estamos hablando de una época en la que se atropellaban los derechos de la gente por inercia y por costumbre, como quien pasa la mopa para abrillantar el terrazo.

A tal punto llegó la farra que se extendió el uso de una frase que hoy causaría cierto impacto viral, la ya mítica “usted no sabe con quién está hablando”, y que permitía a cualquiera promover una pausa durante una lluvia de hostias. Aquí entonces sólo te salvaba de la quema el ser alguien o darte ínfulas, y como hubiera hecho cualquier conde o marqués ante un trato indigno o vejatorio, impropio de su alcurnia y su cuenta bancaria, nos soliviantábamos también los demás con la esperanza al menos de ser sometidos mediante una causa por ridícula que fuera. Hace cuarenta años pedíamos a la policía, no ya que se identificaran ellos, al revés, que antes de repartir estopa nos tomaran en consideración. No por gusto sino para establecer la presunción de inocencia y que de algún modo quedara constancia de los hechos porque el habeas corpus era un drama. Y lo sigue siendo. Quién nos iba a decir ahora que entregar el carné sólo serviría para verificar nuestro domicilio y recibir una buena multa.

Si la presunta culpabilidad de antaño ahora se regala por añadidura, dentro de lo viejuna que sigue siendo España, sus jefes e instituciones, aspirábamos entonces a ser tratados con la misma dignidad que nuestros representantes públicos. Es más, creíamos que aforando a los diputados se crearían leyes después para proteger los derechos y las libertades, tratando con un mínimo de decencia a las personas. Ahora estoy convencido de que ese respeto duró el tiempo que les costó adaptarse al sistema. Pronto dejó de contemplarse el aforamiento como un santo y seña. No recuerdo cuándo se convirtió en un salvoconducto pero después llegaron los pases, las entradas de palco, los asientos vip y las zonas reservadas. Poco a poco, el hecho de haber sido elegido como representante adquirió la categoría de privilegio, produciéndose la consabida distancia entre políticos y ciudadanos. Aparecieron entonces las tramas, el ladrillo, los coches oficiales, los sobresueldos en negro y de regaliz y hasta las cuentas en Suiza. Si tuviera que escoger una imagen del deterioro me quedaría con la llegada de Artur Mas en helicóptero, durante las protestas del 15M en Barcelona, cuando los diputados del Parlament —que iban a votar nuevos recortes contra la ciudadanía— tuvieron la oportunidad de volver a sentir por un momento la experiencia de la fragilidad humana. En aquel instante, cuarenta años después de los cuarenta años de dictadura, los votantes se atrevían a pedir respeto a sus representantes en su misma cara y en vez de mostrar aquellos un ápice de humildad, salieron huyendo. Desacostumbrados al roce con la gente se encastillaron en sus pesebres y no hay otra forma de despegarlos de sus poltronas que formando partidos, foros y movimientos ciudadanos, acudiendo incluso a las elecciones con el propósito de limpiar los malos hábitos que se instalaron en la administración.

El aforamiento sólo ha servido pues para incluir en las élites a los políticos y partidos garantes del régimen, dando paso luego a una simple licencia para delinquir, la que permite ser juzgado entre pares por un tribunal superior. Tan supremo es el juzgado que incluso es capaz de comprender perfectamente las trápalas inmobiliarias de un presidente de comunidad autónoma, hasta el punto de no ver delito en las mismas. De modo que puede seguir trapicheando a su gusto, cobrando en áticos, forrándose según su agenda de ilustres contactos y aferrándose al sillón como si no hubiera un mañana. Resistiendo igual que una infanta al vapuleo. Aguantando como un rey su propia andropausia. Retrocediendo hasta el siglo XIX en plena era de la tecnología, la ciencia y la información. Tratándonos en definitiva como a menores de edad, aunque ya no funcione.

Mecánica parasitaria

Continúa la batalla entre los que están en el machito y los que quieren dar la vuelta a la tortilla. Ya se habrán dado cuenta de que es una pelea muy desigual, donde unos pocos tienen una fuerza y un poder desmedido en comparación al porcentaje de la sociedad que representan, y donde una mayoría se las ve y se las desea para llegar a fin de mes. O para llegar al ambulatorio. O para llegar simplemente a casa, después de sufrir un desahucio. De un tiempo a esta parte todos tenemos serias dificultades para llegar a algo.

Los medios de persuasión, antes llamados de comunicación o simplemente analógicos, se están empleando a conciencia pero con escaso éxito a favorecer los empeños de los jefes. A los jefes, por lo visto, les hace falta un plus de cosmética para mantener la estabilidad y siguen vendiéndonos la moto de que el país está saliendo de la crisis. Nos cuentan que, a no mucho tardar y gracias al buen hacer de los mandamases, se nos abrirán las puertas giratorias del paraíso y para demostrarlo han empezado a cumplir su programa electoral. ¿Qué programa? El de toda la vida, ya saben, las promesas de la caspa son fáciles de aprender y se reducen habitualmente en una sola premisa: hacer caja. Y no hablo de cuidar la caja común, que la usan como les viene en gana, sino de abastecer su propia caja.

Soy de los que piensan que toda esta chusma lleva cumpliendo su programa electoral desde el momento mismo que tuvieron acceso al tarro de la pomada. Los hay que llevan décadas embadurnándose en ella y lucen ya un cutis petrificado, a prueba de impactos. Hay que ver cómo se revuelven los jueces, atestados de expedientes sobre mangancias y corruptelas, mientras ciertos sujetos campan a sus anchas, como si fueran ajenos a la estafa que estamos sufriendo. Cada institución mantiene viva, y coleando su propia tribu de imputados, llegando a tal extremo la longitud de la ciénaga que fijamos la atención en los árbitros del Tribunal de Cuentas. El colmo ha sido descubrir con arrobo que todo allí se maneja en familia. Literalmente entre parientes, igual que una secta.

Mi imaginación era incapaz de contemplar a los funcionarios del Tribunal de Cuentas como a vendedores de Avon o del Círculo de Lectores, cuya empresa, esta última, acaba de ser adquirida por el grupo Planeta. He de decir en mi descargo que mis escasas conexiones sinápticas tampoco llegaron a sospechar que en pleno centro de León podrían resolver sus diferencias los carcamales a tiro limpio, luctuoso suceso que puso el listón a la altura del barro. No es que la realidad supere a la ficción es que flirtea con la magia, así que también me ha pillado a contrapié que estuviéramos pagando a escote las pensiones privadas de los parlamentarios europeos.

Al principio, por lo visto, los diputados ponían un euro en su propia hucha y los europeos les regalábamos dos, garantizándoles de esta manera una vejez de ensueño. Pero al final resulta que ya les estamos abonando el pack completo, qué diantres, porque toda lealtad tiene un precio y si han apostado fuerte contra las pensiones públicas casi es normal que vayamos costeando entre todos la longevidad de nuestros parásitos. Al fin y al cabo son de otra casta y se lo merecen, los demás estamos en este mundo para servirles y cuando ya no somos útiles que nos parta un rayo. Su política no va más allá de bajar impuestos, casi siempre los suyos. Privatizan hasta el aire que respiras, sobre todo si te lo traen en bombonas desde la seguridad social. Sus negocios y tejemanejes son lo que en verdad les interesa.

Un gobierno de calidad, y más si presume de ser conservador, debe caracterizarse por la intensidad de los lamentos que propaga. Estoy convencido de que en las sedes del Banco Central Europeo y del Fondo Monetario Internacional en algún momento instalaron unos aullímetros con el propósito de medir el sacrificio que iban causando los recortes. Tal vez el mecanismo tenga un sensor que, al alcanzar los baremos establecidos, dispara automáticamente un buen fajo de billetes de banco en las cuentas corrientes de sus altos ejecutivos. No en vano, los aporreamientos en las calles, la masificación en las urgencias sanitarias y los motines escolares acompañan como una banda sonora a cualquier representante de la caverna durante su carrera profesional. Ayer estaban en Golman Sachs, hoy sientan su culo en el gobierno y si el aullímetro se sale de percentiles igual terminan mañana levantándoles un monumento, quién sabe.

Estos fulanos son conscientes de que seguirán las protestas, y no porque les tengamos una especial inquina sino porque los jefes continuarán infligiendo dolor a la población. Lejos de atender a las demandas ciudadanas, los gobernantes maniobran con irritación ante las críticas, se enrocan en sus posiciones criminalizando cualquier demanda y cualquier demandante, de modo que todo es ETA a las afueras del poder. Y si no lo es, se le parece mucho. Mientras se enqusita el panorama hasta los próximos comicios, allá por mayo del año que viene, y para cubrir la voracidad de las grandes corporaciones y entidades bancarias, reducirán aún más las prestaciones por desempleo dejando en entredicho la inescrutable labor de la virgen del Rocío, a la que compensarán con alguna medalla. O con alguna ley del aborto. Incluso podrían ampliar la mordida que recibe su iglesia en las declaraciones de la renta. Como queda todo un año por delante, y en un año pueden pasar muchas cosas, las gentes del extremo centro comienzan a preguntarse también si no será mejor unir las elecciones generales a las municipales y autonómicas, reduciendo de esta manera el golpe que sufrirían más adelante y asumiendo de paso el control de los riesgos. Incluso están cayendo en la cuenta de que, si anticipan las elecciones, les convendría antes de nada cambiar las reglas del juego. Sacarse de la manga, por ejemplo, una ley que obligue a gobernar a la lista más votada. Aunque no tengan la mayoría, de este modo se evitarían después los engorrosos pactos por su izquierda. Otra medida sería reducir el número de diputados electos por provincia, ganando así otro gajo de representatividad. Cualquier trampa será buena si les permite ganar tiempo y mantener a buen recaudo sus privilegios.

Y ahora qué

Si los medios tradicionales suelen dar al gobierno cien días de cortesía antes de criticarle abiertamente, ¿cuánto tiempo regalarán al monarca? ¿Años? La gente más neoliberal y reaccionaria, los que se alinean con el régimen establecido y los partidos que lo sustentan, vivían ayer en el Congreso una sensación despreocupada y vacacional, como si la coronación fuera en realidad un fin de curso. Es cierto que esa inconsciencia, asociada a la impunidad con la que ejercen sus cargos, importa poco a su nicho electoral. Los peperos, hagan lo que hagan, ya sea meter mano en la caja, cobrar sobresueldos en negro, darse a la fuga o tener cuentas en Suiza, continúan ganando elecciones europeas con candidatos impresentables. Obtienen menos sufragios que antes, gracias a la abstención y a los partidos que se postulan todavía más a su derecha, pero todavía son demasiados. Otra cosa es lo que ocurra con los socialistas, que ya no saben qué hacer para recuperar alguna simpatía. El gobierno puede seguir haciéndose el loco y escurriendo el bulto porque tiene una mayoría absoluta que se lo permite. Pero los socialistas no. Y sin ellos el tingladillo que han montado muestra un futuro poco halagüeño para sus negocios, por eso creyeron que cambiando al rey igual seguían las cosas como están y aquí no pasaba nada. Creen que, con un rey nuevo, y en el peor de los casos, la sociedad podrá ocuparse de la monarquía, que siempre da mucho juego, y dejar en un segundo plano las correrías y andanzas de los gobernantes. ¿Pero cuánto puede durar la novedad? ¿Hasta que se juzgue a la exinfanta Cristina? Lo dudo.

La Casta tiene un problema básico de entendimiento sobre el hábitat que mangonea. Lleva décadas campando por sus fueros y no se acostumbra a las críticas ni a las protestas. Mide el tiempo a una escala complaciente, lujo que la mayoría de sus súbditos y peones no pueden permitirse. Mientras los jefes piensan en mantener su herencia, los currelas maniobran para llegar a fin de mes, así que la urgencia en ambos estratos sociales es muy distinta. No te digo ya si no tienes donde caerte muerto. Cuando la comunicación entre clases se rige por instrumentos puramente mercantiles termina por marginarse a barriadas enteras. Somos vistos por las elites como consumidores o clientes potenciales, y somos tasados según nuestra capacidad adquisitiva. Al mismo tiempo van recortando cada vez más nuestros derechos como ciudadanos, tanto en el ámbito laboral como en el político. Si desmontan también las prestaciones que el Estado está obligado a ofrecer como contrapartida a los impuestos que recauda, cada vez será más nítida y obscena la distancia que nos separa. Para disimular el hastío de la sociedad, los medios de persuasión intentan generar una tranquilidad ficticia, como si no hubiera otra opción que tragar con lo que hagan, como si fuera inútil resistirse, pero la gente no se chupa el dedo. La existencia de internet y el uso de las redes sociales nos muestran un panorama desilusionado y sin pulso, un horizonte acabado, endeudado y empobrecido, que cada vez aguanta menos este tipo de celebraciones y que no ve por ninguna parte que haya luz al final de túnel o que surjan por generación espontánea los brotes verdes.

En pleno austericidio resulta incomprensible una coronación. Y más todavía si nos desayunamos con una mangancia nueva a diario. Rebajar el impuesto de la renta con carácter universal solo ofrece calderilla a la mayor parte de los contribuyentes, cuyo salario es tan vaporoso y escueto que observamos el ya viejo fenómeno del mileurismo con envidia y cierto rencor. En cambio a las cúpulas del Ibex 35, a los directivos de los bancos y las multinacionales del gas o de la electricidad, a los amos del cotarro les ahorra un buen pico. Así que todo es dicha y felicidad en las alturas. Si a los que más debería gravarse salen de rositas, no les quepa duda de que por algún sitio tendrá el gobierno que recaudar, a menos que se desentienda de pagar el rescate financiero y los intereses de la deuda que ha generado. Y no les veo en esa línea. La venta de casi la mitad de los aeropuertos es un ejemplo de por dónde piensan hacer caja. La subida del IVA al 21 % en los medicamentos también resulta un buen indicador. Así que bajar el impuesto de la renta al mismo nivel que lo cogió Mariano en 2011 y vendérnoslo además como si fuera el síntoma de algo, no sólo parece estúpido sino también peligroso. Porque el gobierno sólo está dispuesto a hacer el canelo. No va a cambiar. Está muy cómodo enrocado en las instituciones, desde las cuales se permite incluso el sarcasmo mediante la publicidad. Ya habrán visto el anuncio que afirma que Hacienda somos todos y que debemos exigir factura al chapista, al dentista o al fontanero, a cualquiera menos al arquitecto de la sede del Partido Popular, que cobró en negro según el juez. Si a este desastre, no sólo de conducta sino de credibilidad, le añadimos la cuestión catalana y los seis millones de parados, la agonía del régimen se hace cada vez más patente.

Retrato de familia

Como el espectáculo de coronar al jefe está muy visto, me da igual aquí que en otra parte, lo lógico es que se haga largo y sea aburrido. A menudo, los que están obligados a tragarse este tipo de muermos, apuntan los detalles para no morir de asco y gracias al cotilleo despiertan algún interés. El chisme más logrado, a mi escaso juicio, versa sobre el vestido de la vicepresidenta del gobierno, que al parecer competía en infantilismo con el que lucían las hijas del monarca. Mención aparte sin embargo merece la fotografía capturada con teleobjetivo por la agencia EFE, donde contemplamos a Froilán hablando por el móvil tras una cortina, apoyando la frente contra el cristal mientras observa la plaza de Oriente desde la balconada. Supongo que habrá muchos más, pero tampoco está en mi ánimo hacer de estas líneas una recopilación de sandeces. El surrealismo es inherente a la monarquía, pero requiere de un interés previo y reconozco que al nuevo rey, en su etapa de príncipe, apenas le escuchaba así que los gallos que sembraron su discurso al principio despertaron mi atención durante un rato pero al cuarto de hora escaso fueron tan previsibles que iban construyendo a mi alrededor una nueva monotonía. Un nuevo sopor.

La parafernalia militar también es muy cansina. Incluso las sandeces que cuentan locutores y periodistas para llenar los tiempos muertos. La sensación de contemplar una ciudad asediada policialmente tampoco ofrece ninguna novedad. A la gente, por lo general, no le agrada que le cierren las calles y le impidan la circulación, menos aún a media mañana y cortando las principales arterias de la capital. De modo que si hablamos de público destaca la media entrada, con grandes claros a lo largo y ancho del trayecto para jalear a la comitiva, lo que constituye un bluf. Esperaba del sistema algo más que bandos, flores y banderas, fruto de la improvisación resuelta a golpe de talonario, y un poco más de logística. La caja tonta mostraba al público a ras de acera para que los planos televisivos pudieran interpretarse como un éxito al menos por los forofos y sin embargo, cometiendo la torpeza de enseñar imágenes aéreas, mostraban también la cruda realidad: que la ciudadanía era más bien escasa. Es lo que ocurre cuando destinas todos los medios a un acontecimiento de Estado que no despierta el interés que pensabas: mucho helicóptero para poca multitud. Tal vez por eso los comentaristas hablaban de miles de personas abarrotando las calles, como si aquello fuera el día del orgullo o la cabalgata de reyes.

Y no será por falta de publicidad, porque desde la abdicación hasta hoy el bombardeo mediático ha sido absoluto. Entonces, ¿qué falla? ¿Por qué estas conmemoraciones no gozan de la misma pegada que antes? ¿Ya no se compra a la gente con bocadillos? ¿Ya no se la trae con autobuses desde donde haga falta? Sea como fuese, resulta evidente que la monarquía, al igual que los partidos mayoritarios, ha sufrido un desgaste importante en cuanto al número de followers. A falta de un referéndum sobre el modelo de Estado y reprimiendo a los republicanos que se atrevieron a hacer acto de presencia durante el recorrido, no queda otra fórmula que contar a los simpatizantes. Y lo que se ve no se esconde. Por eso produce perplejidad. Tanta o más que el presidente de Madrid y la presidenta de Andalucía haciéndose un selfie en el Congreso. Por favor, qué patético. ¿Es que nadie se ocupa de la imagen de esta peña? ¿Cómo es que ningún técnico les da un capón?

Supongo que es una cuestión de convencimiento. El mismo convencimiento que demuestran Mas y Urkullu al negar su aplauso al monarca, se transforma en folclore cuando dos representantes del bipartidismo se retratan juntos y en público como si se alegraran de estar allí. No sé a quién pretenden engañar con esta actitud, tal vez a ellos mismos, pero la distancia entre lo que le ocurre a esta gente y lo que nos pasa a los demás lejos de estrecharse se agranda. Y luego se quejarán de que les llamen Casta, pero ahí están, viviendo ajenos a la realidad y encantados de haberse conocido.

Pamplinas

Lo monárquico permite las excepciones que otorga pertenecer a un linaje, se ampara en la existencia de clases sociales para sobrevivir a los cambios y se sostiene gracias a las páginas de cotilleos, los programas del corazón y la prensa rosa. Con seis millones de parados es un escándalo alimentar el glamur y una ruina fundirse lo que no se tiene en guirnaldas, banderitas y francotiradores. A estas alturas de la Historia resulta ridículo coronar otra cosa que no sea una montaña.

A los que ponen siempre como excusa que un jefe del Estado nos saldría más caro que un rey, les diré que una familia real, con sus dobles parejas de reyes y reinas, su princesa y su infanta, amén de la prole que vayan criando y toda su parentela, para un país en decadencia resulta un dispendio idiota. Es más, los presidentes del gobierno que han pasado por la Moncloa se han ido acostumbrando a actuar también como jefes de Estado, dejando casi siempre a la vicepresidencia de turno que dé la cara por el gobierno, como si tuviéramos primer ministro también. Gozamos de reyes y exreyes, presidentes y expresidentes, a los que hay que nombrar como si aún estuvieran ejerciendo. Así que yo quitaría un poco de envoltorio para que el regalo de la democracia representativa no fuera tan ostentoso y en la república futura me iría deshaciendo del cargo de jefe de Estado, porque estoy convencido que del sarampión de las vicepresidencias no nos librará nadie.

Alborozarse porque un sujeto vaya a sentar sus nalgas en el trono es algo que no va conmigo. Sólo la gente más carcamal o la que vive en su propio limbo es capaz de emocionarse con la parafernalia. Es tan absurda la situación que para sostenerla hay que llenar de fusileros los áticos de la zona donde se celebrará el acontecimiento, y por añadidura los de todas las calles que atravesará el cortejo hasta llegar a palacio. Ya no se sabe si es la corona la que sostiene el sistema o son los dos partidos mayoritarios los que aguantan a la corona, en cualquier caso ambas instituciones, políticos y reyes, causan vergüenza ajena a la población y deterioran con su persistencia y continuismo la normal convivencia de sus súbditos, lo que crea alarma social. Y la alarma social es ya de tal envergadura, que los colectivos afectados por el gobierno, a falta de alguna institución que mediara por sus intereses, se han visto obligados a organizarse por su cuenta. Creando mareas, plataformas e incluso partidos con el muy sano propósito de defenderse.

Antes tenía cierto sentido pagar impuestos porque recibíamos algo a cambio de nuestro dinero. El trabajo nos garantizaba una jubilación o incluso un subsidio en caso de perderlo. Con los impuestos nos costeábamos una sanidad y una educación, pero ahora sólo sirven para mantener a una pandilla de impresentables en sus poltronas. Cada vez es más nítida esta fotografía social entre la mayoría de la población, agotada de escándalos y pufos. Vemos que el dinero de todos acaba en sus bolsillos y que en vez de reconocerlo se enrocan en sus privilegios. Da mala gana y asco contemplar el descaro con el que mantienen unas estructuras caducas y corrompidas mientras celebran la llegada de un nuevo rey. Lamentando incluso que no se haga a lo grande, demostrando una y otra vez que hay pasta para lo que interesa. Y lo que interesa, salta a la vista, no tiene nada que ver con el bienestar de la sociedad. Esta peña es peor que la gripe de Shangai.

Cruzando el Rubicón

La caspa está muy contenta porque tiene la impresión de que no hay marcha atrás. Una vez que se traspasan ciertos límites es muy complicado volver al punto de partida y el trago de votar la abdicación del rey ha sido el bache más evidente que han sufrido desde hace décadas. Y no porque los demás tropiezos fueran menores, sino más bien por su carácter orgánico. Una vez superado lo orgánico comprenden que el sistema ha entrado de lleno en fase autista y suspiran con alivio, más que nada porque se ven acariciando sus poltronas hasta que se encuentre un remedio para la enfermedad. Cualquier inconveniente, la menor de las discrepancias, podría disparar la prima de riesgo y con ella sus propias primas, así que era cuestión de arreglar pronto la monarquía para lucirla en plan novedad. Las coronaciones, igual que las bodas reales y demás zarandajas de la corte, ofrecen siempre una cortina estupenda para un gobierno en caída libre. Entre otras cosas porque cambia el foco de las miradas. Ya no es una cuestión de supervivencia, sino de agarre y ventosa. Hay que ganar tiempo y el relevo del rey les favorece.

A mi juicio, el punto álgido de la farsa que contemplamos ayer en el Congreso no fue la irrupción de escarapelas republicanas en el hemiciclo, sino el reproche que hizo el presidente de la cámara a los diputados presentes, de toda laya, instándoles a largarse al bar si el asunto que se estaba tratando no les interesaba. No es la primera vez ni será la última en que los diputados van a su bola pasando olímpicamente de lo que se pía desde la tribuna, de modo que se solapan conversaciones mientras campan a sus anchas y el zumbido permanente de la cháchara se solapa e incluso barre el discurso del ponente, tal es su interés e importancia. Es normal que las gentes ociosas y apesebradas no sepan distinguir la importancia de un evento, pero también es lógico que a sabiendas del resultado lo consideren un trámite. Es lo que ocurre cuando un partido tiene la mayoría absoluta, que la democracia de salón aburre sobremanera. No te digo ya si además el partido de la oposición, ese invento que se sacaron de la manga para meterle un poco de marcha al parlamentarismo, vota con el gobierno el 80% de las veces. Entonces todo es tan previsible que hasta resulta feo.

A la caspa, o a los señores del ultra centrismo, les gustaría que se reflejase más la emoción en sus conciudadanos, a los que tratan siempre de súbditos. Pero se dan cuenta que ni siquiera entre ellos se guardan respeto, por eso prefiere el presidente del congreso que los diputados se vayan al bar en vez de estar molestando. Si hay algo que caracterice a un súbdito es la pasión que demuestra hacia sus jefes y estatuas de culto, de modo que se sienten hasta útiles cuando escuchan vítores, palmas y demás berreas. Pero enseguida se atemorizan cuando les montan un escrache. Un neocón que se precie, igual que cualquier hincha, se ruboriza viendo un desfile y se queda afónico gritando vivas a la bandera, a la nación, al jefe del Estado y en general, cuando sienta ya que se repite, a lo primero que se le ocurra. Lo fundamental es soltar el ripio como si le estuvieran pagando algún sobresueldo por dejarse allí el aparato fonador. Sólo así expresa el vulgo sus sentimientos: de corazón y rozando lo castizo, mostrando el ingenio popular que tanto gusta en los telediarios y demás medios de persuasión.

Otra vuelta de tuerca

Un periodista  del sistema le pone la alcachofa en la jeta a un político y le pregunta: ¿usted se considera de la casta? Qué te va a contestar, alma de cántaro, ¿que no le consta? Hazle la  misma pregunta a un juez del tribunal supremo o del constitucional, a ver qué te dice. O a un teniente general del ejército. Vete después a una multinacional de la construcción o de la energía, pregunta  por el jefe y haz tres cuartos de lo mismo en alguna entidad financiera. También valen los terratenientes y los cardenales, que la casta es muy prolija.  Al margen de lo que te respondan todos ellos, y a fuerza de preguntar, seguro que  obtendríamos un retrato,  una caricatura de esa casta de la que tanto se habla. La casta, al fin y al cabo, no es otra cosa que una oligarquía, eso que antes se denominaba la “jet” o los “vips”, una pandilla que defiende y prima sus intereses frente a los del conjunto de la sociedad, con su alegre pelotón de nuevos ricos y advenedizos pero también con los viejos chupópteros y correveidile, los linajes familiares y su correspondiente tropa de esbirros bien pagados.  Por eso es importante identificar a cada uno de los sujetos que la sustentan, la proyectan y la componen. Por sus actos la conoceréis.

A menudo hablamos de la casta cuando nos referimos al 1% de la población, un porcentaje minúsculo que disfruta de sus privilegios sin rendir cuentas a nadie, pero pocas veces subrayamos  a ese  5% de colaboracionistas, los que aspiran a lo mismo mientras prestan sus servicios. Sin esa gente, la casta de este país no hubiera sido  intocable durante  décadas, viviendo con impunidad y ostentación,  por encima de sus posibilidades y de las nuestras, reduciendo la democracia a un guiñol y aprovechándose sin  escrúpulos de las circunstancias. Toda esta gentuza vive tan holgadamente que ha llegado a creer que su estado de felicidad es algo connatural al cargo que ocupan. Sólo así se comprende la magnitud de los escándalos  y la estafa tan descarada que estamos sufriendo el resto, gracias a su desmesura y  desfachatez  hemos llegado a enterarnos de sus caprichos y sus mangancias, que no son pocas.

Así que el concepto de casta no es sinónimo de político, desde luego. Hay políticos que son de la casta  y muchos otros trabajan de manera obediente para ellos, pero no todos. A la mayoría de los dóciles y bien mandados los hemos visto hoy retratarse en el parlamento al votar que sí a la abdicación del rey en su hijo. Y se han quedado tan anchos porque es lo políticamente correcto. Es muy fácil defender el orden establecido, sigues la hoja de ruta de la troika y allá te las den todas. Al Banco Central Europeo, al Fondo Monetario y al Banco Mundial les interesa  que seamos buenos chicos. Que no haya cambios en la cúpula y si los hay que sea para recibir más de lo mismo. Más recortes para la gente y más pasta para los bancos, que son un pozo sin fondo. No me extraña que las empresas del Ibex, en los tres primeros meses del año, hayan registrado unas ganancias de siete mil y pico millones de euros. Tampoco me extraña que, justo el mismo día de la información anterior, el juez Ruz encuentre en Suiza dos nuevas cuentas de Bárcenas. La política y la economía con frecuencia van de la mano en demasiados aspectos y por el roce se contaminan las dos en su defensa de los mercados, esa entelequia que hace progresar a las grandes corporaciones del mismo modo que arruina a las pequeñas empresas.

Al tejido de esta corrupción se la presenta de manera tan extendida que incluso se embarra en el problema a toda la sociedad civil. Si todos hacemos trampas, ¿no será que nuestros representantes son el reflejo de nuestra propia miseria? Pues no. Es más bien al revés. Basta con hacer un repaso histórico para comprender que los sistemas piramidales crean siempre las mismas estructuras de poder, y con ellas las mismas fórmulas de economía y de control social. Estos periodistas del sistema que van por ahí preguntando a los políticos si se sienten parte de la casta, en un alarde de sinceridad deberían preguntarse también si no estarán haciéndoles el juego. ¿Quién les paga? Si  los políticos cobran sus nóminas gracias a los impuestos, lo lógico es que trabajen para el común de los mortales. Pero si además reciben sobresueldos y mordidas,  la lógica cambia. Con los periodistas convencionales es más simple, no en vano la mayoría de los grandes medios de comunicación están en manos de esa casta de la que tanto se habla. Y si sabes quién te paga, ya sabes para quién trabajas.