Mecánica parasitaria

Continúa la batalla entre los que están en el machito y los que quieren dar la vuelta a la tortilla. Ya se habrán dado cuenta de que es una pelea muy desigual, donde unos pocos tienen una fuerza y un poder desmedido en comparación al porcentaje de la sociedad que representan, y donde una mayoría se las ve y se las desea para llegar a fin de mes. O para llegar al ambulatorio. O para llegar simplemente a casa, después de sufrir un desahucio. De un tiempo a esta parte todos tenemos serias dificultades para llegar a algo.

Los medios de persuasión, antes llamados de comunicación o simplemente analógicos, se están empleando a conciencia pero con escaso éxito a favorecer los empeños de los jefes. A los jefes, por lo visto, les hace falta un plus de cosmética para mantener la estabilidad y siguen vendiéndonos la moto de que el país está saliendo de la crisis. Nos cuentan que, a no mucho tardar y gracias al buen hacer de los mandamases, se nos abrirán las puertas giratorias del paraíso y para demostrarlo han empezado a cumplir su programa electoral. ¿Qué programa? El de toda la vida, ya saben, las promesas de la caspa son fáciles de aprender y se reducen habitualmente en una sola premisa: hacer caja. Y no hablo de cuidar la caja común, que la usan como les viene en gana, sino de abastecer su propia caja.

Soy de los que piensan que toda esta chusma lleva cumpliendo su programa electoral desde el momento mismo que tuvieron acceso al tarro de la pomada. Los hay que llevan décadas embadurnándose en ella y lucen ya un cutis petrificado, a prueba de impactos. Hay que ver cómo se revuelven los jueces, atestados de expedientes sobre mangancias y corruptelas, mientras ciertos sujetos campan a sus anchas, como si fueran ajenos a la estafa que estamos sufriendo. Cada institución mantiene viva, y coleando su propia tribu de imputados, llegando a tal extremo la longitud de la ciénaga que fijamos la atención en los árbitros del Tribunal de Cuentas. El colmo ha sido descubrir con arrobo que todo allí se maneja en familia. Literalmente entre parientes, igual que una secta.

Mi imaginación era incapaz de contemplar a los funcionarios del Tribunal de Cuentas como a vendedores de Avon o del Círculo de Lectores, cuya empresa, esta última, acaba de ser adquirida por el grupo Planeta. He de decir en mi descargo que mis escasas conexiones sinápticas tampoco llegaron a sospechar que en pleno centro de León podrían resolver sus diferencias los carcamales a tiro limpio, luctuoso suceso que puso el listón a la altura del barro. No es que la realidad supere a la ficción es que flirtea con la magia, así que también me ha pillado a contrapié que estuviéramos pagando a escote las pensiones privadas de los parlamentarios europeos.

Al principio, por lo visto, los diputados ponían un euro en su propia hucha y los europeos les regalábamos dos, garantizándoles de esta manera una vejez de ensueño. Pero al final resulta que ya les estamos abonando el pack completo, qué diantres, porque toda lealtad tiene un precio y si han apostado fuerte contra las pensiones públicas casi es normal que vayamos costeando entre todos la longevidad de nuestros parásitos. Al fin y al cabo son de otra casta y se lo merecen, los demás estamos en este mundo para servirles y cuando ya no somos útiles que nos parta un rayo. Su política no va más allá de bajar impuestos, casi siempre los suyos. Privatizan hasta el aire que respiras, sobre todo si te lo traen en bombonas desde la seguridad social. Sus negocios y tejemanejes son lo que en verdad les interesa.

Un gobierno de calidad, y más si presume de ser conservador, debe caracterizarse por la intensidad de los lamentos que propaga. Estoy convencido de que en las sedes del Banco Central Europeo y del Fondo Monetario Internacional en algún momento instalaron unos aullímetros con el propósito de medir el sacrificio que iban causando los recortes. Tal vez el mecanismo tenga un sensor que, al alcanzar los baremos establecidos, dispara automáticamente un buen fajo de billetes de banco en las cuentas corrientes de sus altos ejecutivos. No en vano, los aporreamientos en las calles, la masificación en las urgencias sanitarias y los motines escolares acompañan como una banda sonora a cualquier representante de la caverna durante su carrera profesional. Ayer estaban en Golman Sachs, hoy sientan su culo en el gobierno y si el aullímetro se sale de percentiles igual terminan mañana levantándoles un monumento, quién sabe.

Estos fulanos son conscientes de que seguirán las protestas, y no porque les tengamos una especial inquina sino porque los jefes continuarán infligiendo dolor a la población. Lejos de atender a las demandas ciudadanas, los gobernantes maniobran con irritación ante las críticas, se enrocan en sus posiciones criminalizando cualquier demanda y cualquier demandante, de modo que todo es ETA a las afueras del poder. Y si no lo es, se le parece mucho. Mientras se enqusita el panorama hasta los próximos comicios, allá por mayo del año que viene, y para cubrir la voracidad de las grandes corporaciones y entidades bancarias, reducirán aún más las prestaciones por desempleo dejando en entredicho la inescrutable labor de la virgen del Rocío, a la que compensarán con alguna medalla. O con alguna ley del aborto. Incluso podrían ampliar la mordida que recibe su iglesia en las declaraciones de la renta. Como queda todo un año por delante, y en un año pueden pasar muchas cosas, las gentes del extremo centro comienzan a preguntarse también si no será mejor unir las elecciones generales a las municipales y autonómicas, reduciendo de esta manera el golpe que sufrirían más adelante y asumiendo de paso el control de los riesgos. Incluso están cayendo en la cuenta de que, si anticipan las elecciones, les convendría antes de nada cambiar las reglas del juego. Sacarse de la manga, por ejemplo, una ley que obligue a gobernar a la lista más votada. Aunque no tengan la mayoría, de este modo se evitarían después los engorrosos pactos por su izquierda. Otra medida sería reducir el número de diputados electos por provincia, ganando así otro gajo de representatividad. Cualquier trampa será buena si les permite ganar tiempo y mantener a buen recaudo sus privilegios.

A rebufo del vodevil

Por un lado agradezco que no haya imágenes de todos y cada uno de los sucesos que acompañan a Bárcenas, porque la ausencia de videos y estampas favorece sin duda la imaginación, pero por otro lado reconozco que amenizaría mucho a los espectadores que alguien recogiera los momentos más estelares y los fuera colgando en YouTube. Aunque tampoco me extrañaría que los sucesos estuvieran documentados y alumbrasen un día a la concurrencia, la verdad es que se echa en falta una instantánea de la policía nacional entrando en la sede del partido popular, que es lo que ha ocurrido esta misma tarde. ¿Con qué motivo? A falta de un «garganta profunda» nos tendremos que conformar con una «glotis estrecha», porque hasta el momento en que escribo estas líneas —y de paso me parto la caja— se manejan dos versiones.

La primera es que ha llegado la policía para entregar una citación, en la que piden explicaciones acerca del despacho de Bárcenas. Hagamos un flash back y recordemos que el inefable Bárcenas presentó una denuncia en los juzgados de su barrio —el de Salamanca, donde se lo deben estar pasando en grande— mediante la cual ponía en conocimiento del juez que ciertos sujetos habían entrado en su despacho de la calle Génova el pasado día 18 y le birlaron entre otras cosas un par de ordenadores. Parece lógico —y ya tardaban— que aparezca la policía para comprobar si es posible que Bárcenas todavía gozase de un despacho en la sede madrileña del PP hasta hace diez días. Ahoro sólo confío en que llevaran un cróquis porque cuentan las crónicas que la sede es tan grande que los despachos, siguiendo la estela del gremio de la hostelería, fueron bautizados con igual rimbombancia. De hecho, y con el morbazo a cuestas, se habla en los mentideros de que el despacho del interfecto estaba en la tercera planta, concretamente en la sala Andalucía. También se asegura que la sala Andalucía se sitúa junto al departamento de Distribución. No especifican qué diantres distribuyen, pero no me negarán que su proximidad con la sala de Bárcenas resulta estimulante. En cualquier caso, mientras Bárcenas llegaba a Madrid de heliesquiar en Canadá, parece que la Cospedal envió a uno de sus esbirros, un tal Alberto Pío, letrado de su confianza, para que descerrajara la puerta.

Si te encargan descerrajar una puerta, existiendo vituosos cerrajeros en el mercado, de los que abren en un pispás lo que haga falta, supongo que enseguida te preguntas si Bárcenas, en su despacho, tendrá una puerta o un puente levadizo. Recapitulemos por un segundo y dejémonos llevar por la marea, ¿podríamos intuir que Bárcenas, al llegar al aeropuerto, ya sabía lo que estaba ocurriendo en su despacho? Conociendo cómo se las gasta, tal vez hubiera instalado algún dispositivo electrónico en la sala Andalucía y al saltar la alarma en su despacho recibió un aviso puntual en su teléfono móvil. Por otra parte, ya es suficiente con imaginar al abogado en mangas de camisa, con un destornillador en una mano y una maza en la otra, intentando reventar la cerradura. Aunque es cierto que no acudió solo a rematar la faena, sino flanqueado por dos operarios, semejante escena merece cuando menos un sketch en Polònia, el programa de humor de la televisión catalana. Otra cosa es lo que pasara después, porque corren las noticias más variopintas. Recordemos que la denuncia de Bárcenas cargaba contra el PP y el abogado del partido, Alberto Pío, por un delito contra la intimidad, forzar la puerta del despacho y examinar de forma exhaustiva toda la documentación, parte de la cual es de carácter personal. Igualmente acusa Bárcenas de que le han sustraído los ordenadores portátiles que estaban guardados en la misma sala, y por eso requiere a la actual tesorera del partido, Carmen Navarro, para que devuelva inmediatamente el material requisado. ¿Y dónde acabó el material? Según cuentan las crónicas se ha «diferido» a la sala Murcia, en la quinta planta.

Y me queda la segunda versión de la entrada policial en la calle Génova, la que alude a que los agentes que entraron en la sede del partido popular eran miembros de la policía científica y que acudieron allí para recoger huellas en el despacho de Bárcenas. En este caso la fotografía del evento podría pasar de sugerente a prometedora. No me explico todavía cómo es que no han untado a algún segundón o incluso a algún operario de los que revientan puertas. No dudo que al menos debieron recabar información entre los múltiples amigos y familiares que Bárcenas colocó durante dos décadas en la sede. Esta gente, de su absoluta confianza, afirma que su padrino en el PP seguía entrando en la sede del partido como Bárcenas por su casa hasta el pasado miércoles. No sé si hablan del miércoles 20 o de antes de ayer, que también era miércoles. En cualquier caso resulta que Bárcenas, ante el asombro de la concurrencia y el descrédito de la Cospedal, tenía las puertas de la calle Génova abiertas de par en par. Si seguimos la línea de acción que subyace bajo este guirigay entenderíamos incluso que el inefable Bárcenas, a falta de una carta de despido, sigue considerándose a sí mismo como un trabajador en activo. Igual por eso no se apuntó al paro (hubiera sido un error). O lo mismo es que alquilan los despachos del partido y Bárcenas está al corriente de pago, quién sabe a estas alturas cuál es la realidad y cuál es la estrategia. De todas formas como el espectáculo continúa copando las primeras páginas de los periódicos, no nos conviene desesperar. Tengan en cuenta que circula una tercera versión sobre la visita policial a la sede del PP. En esta útima secuencia, y tras escuchar de labios del portero que allí Bárcenas no tenía despacho alguno, parece que los agentes se han vuelto a comisaría con las manos vacías. Desconozco cuál será el próximo fascículo del culebrón de Bárcenas, pero podría convertirse en una astracanada.

La improcedencia

La improcedencia, que constituye el argumento más fértil de la jornada, ocasiona entre los finos analistas episodios de una profunda exaltación. Esto es debido a que no es frecuente pillar a un gobierno, con tan solo catorce meses en el poder, en un marrón tan florido de sobres y millones. Propiciados por la hilaridad o fruto del éxtasis, dichos episodios desafían la gravedad provocando la levitación de los contertulios, tal es el paroxismo que circula en el ambiente. El fenómeno se produce porque la diferencia entre lo procedente y lo improcedente es por lo general tan subjetiva que no te saca de pobre. Dudo que se haya demostrado científicamente la existencia de una causa lógica que obligue a los trabajadores a coger la puerta. Sin embargo los despidos actuales se consideran tan procedentes que hasta la ley los califica de objetivos. Una vez que te mandan a hacer puñetas, has de meterte en pleitos para demostrar lo contrario o con esa objetividad te quedas. Desconocíamos, en cambio, que la herramienta fuera tan útil en manos de los ricos.

No voy a entrar en disquisiciones acerca de la justicia, cuyas sentencias confunden la perspectiva de una de las partes con la realidad de los hechos, tan sólo me fijaré en el problema que generan las excepciones. Si el empleado es un alto ejecutivo o un asesor de alto copete, el contrato laboral que haya firmado difícilmente será hasta fin de obra o servicio, de modo que la improcedencia de su despido le saldrá al jefe por un pico. ¿Cómo es posible? Porque el jefe lo sabe desde un principio. Al fin y al cabo buena parte de la trayectoria empresarial quedará bajo la responsabilidad de tan peculiar empleado desde el mismo instante de la rúbrica. Ya sea por su prestigio profesional o sus habilidades a la hora de hacer caja, ciertos individuos se levantan más de veinte mil lereles al mes, comisiones aparte. No en vano son capaces de multiplicar los beneficios de la sociedad de una manera geométrica. Quizá por eso cuando terminan su faena cobran finiquitos de novecientos mil euros, como en el caso que nos ocupa, aparte del salario de tramitación y las vacaciones pendientes. Todo depende de lo que hayan estipulado en su carta de despido, si es que existe, claro. Si no existiera igual estaríamos hablando de un despido nulo y tendrían que readmitir al individuo en cuestión, un tal Bárcenas, el de los papeles. Por de pronto ya se ha apuntado al paro y a lo que te descuides lo cobrará, porque no perdona una. Habrá que verlo cuando acuda a sellar.

A los demás nos ha tocado vivir una época en la que procede cualquier cosa, siempre que venga de arriba. Por eso la gente, como si no se lo creyera, pregona a los cuatro vientos cualquier éxito por pequeño que sea. Es el caso del «sí se puede», ¿recuerdan? Sí se puede parar un desahucio. Sí se puede entrar en un banco y leerle la cartilla al director de la sucursal. Sí se puede lo que ustedes quieran. O lo que es lo mismo: sí que procede. Y procede, sencillamente, porque está ocurriendo. Porque queremos que ocurra. Todo proceder, sin embargo, implica al menos un ápice reflexivo anterior. Uno piensa primero y procede después, todavía no conozco a nadie que haya gestado un acto irreflexivo. Salvo que estemos fingiendo la espontaneidad surge, no se gesta. Pero rumiar en exceso las estrategias puede provocar que te vayas de la pinza y en esa línea es fácil sobrentender que otro, quizá un superior en la jerarquía, es el que te dará la venia para que procedas en consecuencia. De ahí nace el atributo de lo improcedente. Lo aplique un árbitro o un juez, porque subyace en los actos un imperativo legal que nos obliga a todos a seguir las reglas. ¿A todos? Bueno, si el subordinado al que hay que despedir es casualmente el que reparte los dividendos entre los socios, no en vano era el tesorero de tan peculiar entidad, el nivel de obediencia que se le exige es más flexible. Un tipo así puede entrar en discusiones sobre lo que procede o no, alegando sus razones en el juzgado correspondiente. O por decirlo de otro modo, es el «cabrón» que tiene la llave de la pasta que guardan en Suiza. No se diferencia mucho de los que entran a trabajar en los bancos con un contrato blindado y salen después con indemnizaciones millonarias. Un tiburón que sabe mucho, y que de vez en cuando muerde.

La cabeza fuera del agua

La comisión Europea le ha dado un toque a Mariano para que deje de recortar los servicios públicos, es más, le ha dicho que tendría que maniobrar al revés, comentándole de paso que nuestra economía caerá a lo largo del año un 1,4%, que el déficit superará el 10% (debido a los miles de millones que entierra en los bancos) y que sufriremos un paro del 27%. Así que el panorama que dibujó Mariano en las Cortes y el croquis que Bruselas acaba de poner encima de la mesa no se parecen en nada. Quizá por eso la multinacional Gamesa eólica le ha dicho a Mariano que la Marca España es un cagarro, no es que no sirva para nada sino que resulta contraproducente para la exportación. Incluso el barómetro del Instituto Elcano afirma en su último sondeo que las corruptelas son el problema que más daño hace fuera de nuestras fronteras a la imagen de España, seguido del paro y de la pobreza.

No me extraña que la mitad de los menores de cuarenta y cinco tacos se haya planteado emigrar. Porque una cosa es vivir en el país de Mariano y otra muy distinta sobrevivir. En cualquier caso, jactarse hoy de ser español es sinónimo de llevar a gala el latrocinio y la marrullería, lo que representa una desventaja internacional. Sobre todo a los que venden turbinas, esos ventiladores de enormes aspas que generan energía a partir del viento, como en La Muela. A nadie le gusta remover constantemente el olor de la inmundicia con la sana intención de que no te impregne. Además, no es fácil escapar a la peste cuando el jefe de los empresarios está imputado por malversación y el subjefe, al que apodan el rey del cáterin, adeuda nueve millones de lereles al estado. Si a todo este paisaje añadimos que el Herald Tribune dedica su portada a Urdangarín y que el New York Times denuncia que los servicios de inteligencia españoles están presionando a la prensa para que no se cebe con la monarquía, llegar a la conclusión de que ya hemos sacado la cabeza fuera del agua resulta inquietante.

Primero, porque suponiendo que hayamos sacado verdaderamente la cabeza del agua, nadie nos asegura que en breves nos vengamos abajo. Segundo, porque igual hemos sacado la cabeza al borde mismo de la asfixia, es decir, boqueando los últimos estertores. Y tercero, porque es muy probable que Mariano desde la orilla nos vuelva a empujar de nuevo hasta el fondo con cualquiera de sus decretos-ley. La imagen de haber sacado la cabeza del agua, aplicada a la economía, es como pillar unas liendres. Por eso estoy convencido de que esta figura literaria no es fruto de la verborrea mariana sino del mantra que le repite su coach para darle ánimos y que se venga arriba. Quizá me equivoque y extrajo el ripio de un libro de autoayuda, sumándolo después a su monólogo interno. Porque Mariano no habla catalán en la intimidad, sencillamente habla solo. Menos mal que nuestro presidente de gobierno, aunque parezca corto de vista y un poco lelo, no necesita que una funcionaria le vaya chivando los discursos espatarrada por el suelo como al alcalde de Gandía. Mariano pertenece a la misma casta pero tiene otro nivel. Es peor que los caramelos con efecto saciante.

Contabilidad analítica y cemento armado

Honrando a la inopia en la que vive, Mariano ha salido de las Cortes diciendo que el gobierno estaba fuerte. Podría haber soltado que estaba gordo más bien, o tan maduro como para caerse del árbol, pero hablar de la fuerza por oscura que nos parezca quizá le sonase mejor. Si hubiera dicho que el gobierno estaba corrompido, tal vez le hubiera escuchado alguien, al menos por la novedad. Al fin y al cabo, fuera del hábitat en el que se mueve Mariano no se oye otra cosa que el ruido de las mangancias y aunque construya un muro de silencio alrededor de los sobres parece que le persigan allá donde vaya. Hoy mismo, poco antes de finalizar la última sesión de los teleñecos, se ha sabido que Bárcenas —el señor de las peinetas— se cubrió las espaldas contratando los servicios de un notario, al que le colocó las listas de su «contabilidad analítica».

La contabilidad analítica, a diferencia del resto de las contabilidades, es la que se ocupa de ordenar la naturaleza de un gasto, de un ingreso o del movimiento económico que interese, y según las distintas actividades o proyectos que desarrolla lo mismo sirve para cubrir un roto que un descosido. Cabe suponer que la verdadera contabilidad analítica del partido popular es la que se entrega al Tribunal de Cuentas, de modo que Bárcenas se refiere a la otra, la del dinero negro, donde señala de quién proceden los cobros y a quién se reparte sobresueldos. Y para que no quepa la menor duda de lo que hizo Bárcenas con la pasta en B le entrega los papeles a un notario de su barriada, la de Salamanca, dando fe su titular de todo el embrollo y demostrándole a Mariano de paso que se le va la fuerza por la boca. Incluso cuando no la abre. Igual es cierto que en su partido se relajó la ética y terminó fallando el control. También es posible que no tuvieran control ni ética alguna. Me temo incluso que hayan confundido la ética y el control de los que tanto presumen con la impunidad más absoluta. Sólo así se comprende el silencio que promueve el gobierno alrededor de Bárcenas y sus millones en Suiza.

Viendo a este fenómeno de las finanzas, chulo y pijo donde los haya, trotar por las calles de Madrid mientras sortea las cámaras y los micrófonos, me da en la nariz que esconde más de lo que a primera vista podemos leer. Y por lo que parece no está dispuesto a arrojar la toalla. Quizá un día terminen pillándolo como a Roldán, en calzoncillos y dándole a la coca en un burdel de carretera, en cuyo caso me gustaría que fuese en compañía del propio Mariano, o al menos con alguien del gobierno. Si no se descubre pronto alguna ordinariez semejante, este hombre se agarrará al caucho de la poltrona con los dientes y a medida que pase el tiempo hará masa química con el sillón. Hablamos de un sujeto al que no le bastan las pruebas convencionales para admitir su culpa, supongo pues que anda pidiendo una película y su correspondiente banda sonora, para eso vivimos en la era digital. Y como no hay imágenes de la corrupción, como no le hemos visto recogiendo un sobre y guardándose un fajo de billetes en la cartera, resulta que todo son insidias y falsedades. Por eso Mariano ha salido del congreso sintiéndose mejor que la hormiga atómica. Que nadie espere explicaciones, porque no las dará. Se nos ha subido a la chepa de tal modo que seguirá haciendo la misma política económica que le ha lanzado al estrellato, y nos lo suelta a la cara sin vergüenza ni reparo porque en el fondo le resbala. Tiene su mayoría absoluta, recibió su herencia envenenada y no le queda otro remedio que cumplir con su deber. A este ritmo no tardará mucho en sentirse astronauta, como el que sale en un anuncio de desodorantes.

El aluvión

Hace tiempo que hemos sobrepasado el nivel de saturación, ya de por sí es una tarea surrealista encontrar adjetivos que califiquen adecuadamente el asco de la ciudadanía. Mientras la fiscalía anticorrupción interroga en Madrid a los implicados en los papeles de Bárcenas, a las orillas del Ebro sorprende que no cedan las alcantarillas por la presión del sumidero. Hace unas semanas empezaron a emerger las miserias del partido de Biel, el PAR, la eterna bisagra para los gobiernos del PSOE y del PP, un clan clientelista donde los haya. En el viejo reino hace décadas que tan particular tripartito —PP-PAR-PSOE— maneja los dineros de la comunidad autónoma, agradeciendo siempre la colaboración de quien garantiza la gobernabilidad —el PAR— mediante poltronas en comarcas y empresas públicas, gracias a las cuales ha ido tejiendo este partido durante años tal malla de intereses que es difícil situar un foco de luz sobre ellos sin que se venga abajo todo el monario. El partido de Biel, año tras año, se ha ido convirtiendo en una especie de somatén institucional. Su órgano ejecutivo ramifica a sus afiliados en todos los planos del poder, desde los ayuntamientos a las diputaciones pasando por las comarcas e instalándose cómodamente en el Pignatelli y en la Aljafería. Asesores, técnicos y hasta sindicalistas de cualquier sigla, se han apuntado al PAR garantizándole un cupo de representación política desde la transición hasta nuestros días, circunstancia que ha permitido desde siempre a sus lacayos el mantenimiento de cargos y sueldos a costa del erario público. Tanto los socialistas como los conservadores toleran este juego sin ningún complejo, hasta el punto de negociar sus coaliciones de gobierno a cambio de mantener libres de toda culpa las taifas y cortijos de las gentes del PAR. Y todo este barro flota desde antaño en la riada de la corrupción sin que la justicia se decida a meterle mano, no sea peor el remedio que la solución.

Otra excepción en las corruptelas suele producirse alrededor del fútbol. Parece ser que, si nadie pone remedio, estamos condenados a pagar a escote un crédito que pidió el real Zaragoza en 2004, por una cantidad de ocho millones de euros y que con absoluto desparpajo avaló el gobierno aragonés. Recordemos que esta medida recibió el empujón de un consejero de economía que luego, casualidades de la vida, acabó presidiendo el equipo de fútbol. La entidad deportiva, que es una empresa privada y para colmo de un constructor, habrá abonado tres millones de la deuda contraída pero desde junio se olvidó las cuotas y por eso se apelotonan ahora en nuestros bolsillos. Los prestamistas —Ibercaja, CAI y Cajalón— comenzaron a engordar los intereses y contando ya los desembolsos y requerimientos estamos a punto de soltar la friolera de un millón de euros a las entidades financieras.

Quizá sea una deuda legal, ¿pero estamos hablando de una deuda legítima? Los bancos han recibido todo tipo de ayudas económicas para reflotar sus negocios. Reciben dinero del Banco Central Europeo a un interés estúpido y luego compran los bonos que emite, entre otros, el gobierno aragonés (más de 500 millones, el 58% de lo presupuestado para 2013) a un 6% de beneficio. Y piensan rebañar el plato del 42% restante. Mientras tanto, y con la excusa de la fusión, los bancos amenazan con recortar plantillas y cerrar sucursales, dejando en el limbo además la obra social de las antiguas cajas. Sin embargo la Rudi —Luisafer para los humoristas— está convencida de que Aragón funciona mucho mejor que la mayoría de las comunidades autónomas que componen el estado, y que por esa razón no tendrá que mendigar, como han hecho otras, ningún rescate al gobierno central. Esta señora, la presidenta del gobierno aragonés, deleita a sus seguidores con rimbombantes narraciones a cerca de la solvencia y la estabilidad de su gabinete, hasta el extremo de estar dispuesta a comparecer en la Aljafería para explicarnos que existen políticos buenos y políticos malos, y que no podemos generalizar, porque en los papeles de Bárcenas al fin y al cabo no figura nadie de estos lares. Supongo que si algún día les alcanzase de lleno el escándalo, y salieran a la luz —por ejemplo— los papeles de Biel, muchos políticos de esta tierra tendrían que comerse con patatas su propia hipocresía. Hasta entonces el mejor símbolo de la decadencia, si tuviéramos que inmortalizarla de alguna forma, nos lo ha regalado hoy el cierzo en una sola fotografía, quebrando el mástil de la bandera española en el mismo centro de Zaragoza, lo que podría considerarse un mal presagio. O tan sólo la lógica consecuencia del aluvión de corruptelas que arruinan la reputación de nuestros representantes y al mismo tiempo la paciencia de los ciudadanos.

Ya se cansarán

Los técnicos y asesores de Mariano tienen un sentido del humor muy particular. Del mismo modo que plantean una comparecencia virtual, colocando una tele en la sala de prensa, le arrean a Mariano un casco de traducción simultánea —que parece una orejera contra el ruido ambiental— y le animan a que sonría igual que un bobalicón, para ver cómo se las apaña con la Merkel. El resultado, si no fuera indignante, sería de chiste. Nunca sale este hombre bien parado de los acontecimientos y sin embargo actúa una y otra vez como si le acompañara el éxito allá donde fuese. Por si cupiera la menor duda, cada vez que aparece Mariano en público dibuja el mismo monólogo interno, gracias al cual se da ánimos a sí mismo. En esta ocasión berlinesa no ha tenido de hecho ningún reparo en afirmar que no sólo se siente con ganas e ilusión sino que poco menos que está poseído por el lado oscuro de la fuerza, el coraje del diablo de Tasmania y la determinación del coyote en su eterna carrera contra el correcaminos. A este barbudo lisonjero, patricio en sus vicios y hechuras, cuya mano jamás tiembla hasta el extremo de que podría tostarla en unas brasas, las insidias y las infamias que viertan los demás sencillamente le resbalan. Está convencido de que nada puede probarse y por lo tanto conmina a los mensajeros de tan nefastas noticias a que dejen ya de dar la tabarra. Los papeles de Bárcenas, a su juicio, son falsos. Quizá no lo sean todos, pero la mayoría son una broma de mal gusto, por eso anuncia que su partido acudirá a los tribunales contra todos los que duden de su palabra. Lo que resulta patético.

Los hombres de negro, mientras tanto, han pasado el informe correspondiente al segundo tramo del rescate bancario y como saben que no es el mejor momento para incidir en los recortes y las privatizaciones han confirmado que todo va miel sobre hojuelas, aunque permanecerán vigilantes. Los guías y supervisores del neoliberalismo avisan a Mariano de que debe estar disponible porque cabe la posibilidad de que surjan, igual que los rebollones en el monte, una serie de vulnerabilidades en la ejecución de los activos tóxicos. La situación económica es muy desafiante y lo mismo se necesita más trabajo conceptual en las próximas semanas, sobre todo en los proyectos de nuevas reformas, las cuales tendrían que adoptarse con rapidez y eficazmente. Como las parábolas de los hombres de negro producen en Mariano una fascinación asombrosa, no duda este hombre en actuar de verdugo, por eso habla de fuerza, coraje y determinación, incluso de la ilusión que le embriaga y las ganas que tiene de proseguir con la faena. Las mismas que gozaba, a su entender, el día de la jornada electoral, cuando triunfó por mayoría absoluta. Así que debe tener Mariano una moral —si no de hierro— quizá de corcho: empapa cualquier amenaza hasta que la evapora por agotamiento.

Todavía recuerdo que, en la conferencia virtual del pasado sábado, sugirió que la auténtica soberanía popular residía en los mercados. Los mercados no habían prestado demasiado interés a los millones de euros que se desperdigaban en los bolsillos de la cúpula del partido popular, de modo que sería ridículo tomarse a pecho el asunto y presentar dimisiones. Si los mercados apoyan a Mariano, que salga el sol por Antequera. Sin embargo, la jornada bursátil del lunes tuvo una caída de casi el 4%, la mayor desde septiembre, desplomándose entre un 4% y un 6% las grandes firmas del Ibex y llegando a subir treinta puntos la prima de riesgo, consecuencia directa de que salieran a la luz los papeles de Bárcenas. Parece ser que los mercados están un tanto inquietos con el reparto de sobres pero a Mariano no le consta. A Mariano sólo le consta lo que los hombres de negro quieren oír, por eso habla de que el déficit estructural se ha reducido un 3,5% durante el año pasado. Es el precio que se paga por triturar la justicia, la sanidad y la escuela pública hasta alcanzar el cénit de los seis millones de parados. No me extraña que la Merkel diga de Mariano que le causa gran respeto y admiración —no va a decir que es un tonto del haba—, ella sabe de buena tinta que al resto de los mortales nos produce urticaria. Pero es su lacayo y de momento no tiene otro al que lanzarle el hueso y darle en el lomo unas cuantas palmadas.