Desatarse

A la gente de orden le produce espanto la multitud. Aunque hagan caja, la simple visión de una turba les pone de los nervios. Muchas veces me he preguntado el porqué de sus críticas despiadadas y a menudo he llegado a la sospechosa inquietud de que en realidad no aborrecen el mogollón ni el griterío, sino que sienten una atracción tan magnética por la muchedumbre que se ven impelidos a estamparse con ella. Su rechazo es astronómicamente proporcional a su deseo y se retroalimenta de manera constante, de ahí que si un día aciago rompen las ataduras nos regalen espectáculos de sorprendentes matices. No salen del armario, se arrojan por la ventana. No acuden a las manifestaciones, sino que se alistan en la policía para tener un arma. Y no es que vayan a los sanfermines, más bien se transforman en súcubos. Seguir leyendo