Y ahora qué

Si los medios tradicionales suelen dar al gobierno cien días de cortesía antes de criticarle abiertamente, ¿cuánto tiempo regalarán al monarca? ¿Años? La gente más neoliberal y reaccionaria, los que se alinean con el régimen establecido y los partidos que lo sustentan, vivían ayer en el Congreso una sensación despreocupada y vacacional, como si la coronación fuera en realidad un fin de curso. Es cierto que esa inconsciencia, asociada a la impunidad con la que ejercen sus cargos, importa poco a su nicho electoral. Los peperos, hagan lo que hagan, ya sea meter mano en la caja, cobrar sobresueldos en negro, darse a la fuga o tener cuentas en Suiza, continúan ganando elecciones europeas con candidatos impresentables. Obtienen menos sufragios que antes, gracias a la abstención y a los partidos que se postulan todavía más a su derecha, pero todavía son demasiados. Otra cosa es lo que ocurra con los socialistas, que ya no saben qué hacer para recuperar alguna simpatía. El gobierno puede seguir haciéndose el loco y escurriendo el bulto porque tiene una mayoría absoluta que se lo permite. Pero los socialistas no. Y sin ellos el tingladillo que han montado muestra un futuro poco halagüeño para sus negocios, por eso creyeron que cambiando al rey igual seguían las cosas como están y aquí no pasaba nada. Creen que, con un rey nuevo, y en el peor de los casos, la sociedad podrá ocuparse de la monarquía, que siempre da mucho juego, y dejar en un segundo plano las correrías y andanzas de los gobernantes. ¿Pero cuánto puede durar la novedad? ¿Hasta que se juzgue a la exinfanta Cristina? Lo dudo.

La Casta tiene un problema básico de entendimiento sobre el hábitat que mangonea. Lleva décadas campando por sus fueros y no se acostumbra a las críticas ni a las protestas. Mide el tiempo a una escala complaciente, lujo que la mayoría de sus súbditos y peones no pueden permitirse. Mientras los jefes piensan en mantener su herencia, los currelas maniobran para llegar a fin de mes, así que la urgencia en ambos estratos sociales es muy distinta. No te digo ya si no tienes donde caerte muerto. Cuando la comunicación entre clases se rige por instrumentos puramente mercantiles termina por marginarse a barriadas enteras. Somos vistos por las elites como consumidores o clientes potenciales, y somos tasados según nuestra capacidad adquisitiva. Al mismo tiempo van recortando cada vez más nuestros derechos como ciudadanos, tanto en el ámbito laboral como en el político. Si desmontan también las prestaciones que el Estado está obligado a ofrecer como contrapartida a los impuestos que recauda, cada vez será más nítida y obscena la distancia que nos separa. Para disimular el hastío de la sociedad, los medios de persuasión intentan generar una tranquilidad ficticia, como si no hubiera otra opción que tragar con lo que hagan, como si fuera inútil resistirse, pero la gente no se chupa el dedo. La existencia de internet y el uso de las redes sociales nos muestran un panorama desilusionado y sin pulso, un horizonte acabado, endeudado y empobrecido, que cada vez aguanta menos este tipo de celebraciones y que no ve por ninguna parte que haya luz al final de túnel o que surjan por generación espontánea los brotes verdes.

En pleno austericidio resulta incomprensible una coronación. Y más todavía si nos desayunamos con una mangancia nueva a diario. Rebajar el impuesto de la renta con carácter universal solo ofrece calderilla a la mayor parte de los contribuyentes, cuyo salario es tan vaporoso y escueto que observamos el ya viejo fenómeno del mileurismo con envidia y cierto rencor. En cambio a las cúpulas del Ibex 35, a los directivos de los bancos y las multinacionales del gas o de la electricidad, a los amos del cotarro les ahorra un buen pico. Así que todo es dicha y felicidad en las alturas. Si a los que más debería gravarse salen de rositas, no les quepa duda de que por algún sitio tendrá el gobierno que recaudar, a menos que se desentienda de pagar el rescate financiero y los intereses de la deuda que ha generado. Y no les veo en esa línea. La venta de casi la mitad de los aeropuertos es un ejemplo de por dónde piensan hacer caja. La subida del IVA al 21 % en los medicamentos también resulta un buen indicador. Así que bajar el impuesto de la renta al mismo nivel que lo cogió Mariano en 2011 y vendérnoslo además como si fuera el síntoma de algo, no sólo parece estúpido sino también peligroso. Porque el gobierno sólo está dispuesto a hacer el canelo. No va a cambiar. Está muy cómodo enrocado en las instituciones, desde las cuales se permite incluso el sarcasmo mediante la publicidad. Ya habrán visto el anuncio que afirma que Hacienda somos todos y que debemos exigir factura al chapista, al dentista o al fontanero, a cualquiera menos al arquitecto de la sede del Partido Popular, que cobró en negro según el juez. Si a este desastre, no sólo de conducta sino de credibilidad, le añadimos la cuestión catalana y los seis millones de parados, la agonía del régimen se hace cada vez más patente.

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