Retrato de familia

Como el espectáculo de coronar al jefe está muy visto, me da igual aquí que en otra parte, lo lógico es que se haga largo y sea aburrido. A menudo, los que están obligados a tragarse este tipo de muermos, apuntan los detalles para no morir de asco y gracias al cotilleo despiertan algún interés. El chisme más logrado, a mi escaso juicio, versa sobre el vestido de la vicepresidenta del gobierno, que al parecer competía en infantilismo con el que lucían las hijas del monarca. Mención aparte sin embargo merece la fotografía capturada con teleobjetivo por la agencia EFE, donde contemplamos a Froilán hablando por el móvil tras una cortina, apoyando la frente contra el cristal mientras observa la plaza de Oriente desde la balconada. Supongo que habrá muchos más, pero tampoco está en mi ánimo hacer de estas líneas una recopilación de sandeces. El surrealismo es inherente a la monarquía, pero requiere de un interés previo y reconozco que al nuevo rey, en su etapa de príncipe, apenas le escuchaba así que los gallos que sembraron su discurso al principio despertaron mi atención durante un rato pero al cuarto de hora escaso fueron tan previsibles que iban construyendo a mi alrededor una nueva monotonía. Un nuevo sopor.

La parafernalia militar también es muy cansina. Incluso las sandeces que cuentan locutores y periodistas para llenar los tiempos muertos. La sensación de contemplar una ciudad asediada policialmente tampoco ofrece ninguna novedad. A la gente, por lo general, no le agrada que le cierren las calles y le impidan la circulación, menos aún a media mañana y cortando las principales arterias de la capital. De modo que si hablamos de público destaca la media entrada, con grandes claros a lo largo y ancho del trayecto para jalear a la comitiva, lo que constituye un bluf. Esperaba del sistema algo más que bandos, flores y banderas, fruto de la improvisación resuelta a golpe de talonario, y un poco más de logística. La caja tonta mostraba al público a ras de acera para que los planos televisivos pudieran interpretarse como un éxito al menos por los forofos y sin embargo, cometiendo la torpeza de enseñar imágenes aéreas, mostraban también la cruda realidad: que la ciudadanía era más bien escasa. Es lo que ocurre cuando destinas todos los medios a un acontecimiento de Estado que no despierta el interés que pensabas: mucho helicóptero para poca multitud. Tal vez por eso los comentaristas hablaban de miles de personas abarrotando las calles, como si aquello fuera el día del orgullo o la cabalgata de reyes.

Y no será por falta de publicidad, porque desde la abdicación hasta hoy el bombardeo mediático ha sido absoluto. Entonces, ¿qué falla? ¿Por qué estas conmemoraciones no gozan de la misma pegada que antes? ¿Ya no se compra a la gente con bocadillos? ¿Ya no se la trae con autobuses desde donde haga falta? Sea como fuese, resulta evidente que la monarquía, al igual que los partidos mayoritarios, ha sufrido un desgaste importante en cuanto al número de followers. A falta de un referéndum sobre el modelo de Estado y reprimiendo a los republicanos que se atrevieron a hacer acto de presencia durante el recorrido, no queda otra fórmula que contar a los simpatizantes. Y lo que se ve no se esconde. Por eso produce perplejidad. Tanta o más que el presidente de Madrid y la presidenta de Andalucía haciéndose un selfie en el Congreso. Por favor, qué patético. ¿Es que nadie se ocupa de la imagen de esta peña? ¿Cómo es que ningún técnico les da un capón?

Supongo que es una cuestión de convencimiento. El mismo convencimiento que demuestran Mas y Urkullu al negar su aplauso al monarca, se transforma en folclore cuando dos representantes del bipartidismo se retratan juntos y en público como si se alegraran de estar allí. No sé a quién pretenden engañar con esta actitud, tal vez a ellos mismos, pero la distancia entre lo que le ocurre a esta gente y lo que nos pasa a los demás lejos de estrecharse se agranda. Y luego se quejarán de que les llamen Casta, pero ahí están, viviendo ajenos a la realidad y encantados de haberse conocido.

Anuncios

Pamplinas

Lo monárquico permite las excepciones que otorga pertenecer a un linaje, se ampara en la existencia de clases sociales para sobrevivir a los cambios y se sostiene gracias a las páginas de cotilleos, los programas del corazón y la prensa rosa. Con seis millones de parados es un escándalo alimentar el glamur y una ruina fundirse lo que no se tiene en guirnaldas, banderitas y francotiradores. A estas alturas de la Historia resulta ridículo coronar otra cosa que no sea una montaña.

A los que ponen siempre como excusa que un jefe del Estado nos saldría más caro que un rey, les diré que una familia real, con sus dobles parejas de reyes y reinas, su princesa y su infanta, amén de la prole que vayan criando y toda su parentela, para un país en decadencia resulta un dispendio idiota. Es más, los presidentes del gobierno que han pasado por la Moncloa se han ido acostumbrando a actuar también como jefes de Estado, dejando casi siempre a la vicepresidencia de turno que dé la cara por el gobierno, como si tuviéramos primer ministro también. Gozamos de reyes y exreyes, presidentes y expresidentes, a los que hay que nombrar como si aún estuvieran ejerciendo. Así que yo quitaría un poco de envoltorio para que el regalo de la democracia representativa no fuera tan ostentoso y en la república futura me iría deshaciendo del cargo de jefe de Estado, porque estoy convencido que del sarampión de las vicepresidencias no nos librará nadie.

Alborozarse porque un sujeto vaya a sentar sus nalgas en el trono es algo que no va conmigo. Sólo la gente más carcamal o la que vive en su propio limbo es capaz de emocionarse con la parafernalia. Es tan absurda la situación que para sostenerla hay que llenar de fusileros los áticos de la zona donde se celebrará el acontecimiento, y por añadidura los de todas las calles que atravesará el cortejo hasta llegar a palacio. Ya no se sabe si es la corona la que sostiene el sistema o son los dos partidos mayoritarios los que aguantan a la corona, en cualquier caso ambas instituciones, políticos y reyes, causan vergüenza ajena a la población y deterioran con su persistencia y continuismo la normal convivencia de sus súbditos, lo que crea alarma social. Y la alarma social es ya de tal envergadura, que los colectivos afectados por el gobierno, a falta de alguna institución que mediara por sus intereses, se han visto obligados a organizarse por su cuenta. Creando mareas, plataformas e incluso partidos con el muy sano propósito de defenderse.

Antes tenía cierto sentido pagar impuestos porque recibíamos algo a cambio de nuestro dinero. El trabajo nos garantizaba una jubilación o incluso un subsidio en caso de perderlo. Con los impuestos nos costeábamos una sanidad y una educación, pero ahora sólo sirven para mantener a una pandilla de impresentables en sus poltronas. Cada vez es más nítida esta fotografía social entre la mayoría de la población, agotada de escándalos y pufos. Vemos que el dinero de todos acaba en sus bolsillos y que en vez de reconocerlo se enrocan en sus privilegios. Da mala gana y asco contemplar el descaro con el que mantienen unas estructuras caducas y corrompidas mientras celebran la llegada de un nuevo rey. Lamentando incluso que no se haga a lo grande, demostrando una y otra vez que hay pasta para lo que interesa. Y lo que interesa, salta a la vista, no tiene nada que ver con el bienestar de la sociedad. Esta peña es peor que la gripe de Shangai.