Retrato de familia

Como el espectáculo de coronar al jefe está muy visto, me da igual aquí que en otra parte, lo lógico es que se haga largo y sea aburrido. A menudo, los que están obligados a tragarse este tipo de muermos, apuntan los detalles para no morir de asco y gracias al cotilleo despiertan algún interés. El chisme más logrado, a mi escaso juicio, versa sobre el vestido de la vicepresidenta del gobierno, que al parecer competía en infantilismo con el que lucían las hijas del monarca. Mención aparte sin embargo merece la fotografía capturada con teleobjetivo por la agencia EFE, donde contemplamos a Froilán hablando por el móvil tras una cortina, apoyando la frente contra el cristal mientras observa la plaza de Oriente desde la balconada. Supongo que habrá muchos más, pero tampoco está en mi ánimo hacer de estas líneas una recopilación de sandeces. El surrealismo es inherente a la monarquía, pero requiere de un interés previo y reconozco que al nuevo rey, en su etapa de príncipe, apenas le escuchaba así que los gallos que sembraron su discurso al principio despertaron mi atención durante un rato pero al cuarto de hora escaso fueron tan previsibles que iban construyendo a mi alrededor una nueva monotonía. Un nuevo sopor.

La parafernalia militar también es muy cansina. Incluso las sandeces que cuentan locutores y periodistas para llenar los tiempos muertos. La sensación de contemplar una ciudad asediada policialmente tampoco ofrece ninguna novedad. A la gente, por lo general, no le agrada que le cierren las calles y le impidan la circulación, menos aún a media mañana y cortando las principales arterias de la capital. De modo que si hablamos de público destaca la media entrada, con grandes claros a lo largo y ancho del trayecto para jalear a la comitiva, lo que constituye un bluf. Esperaba del sistema algo más que bandos, flores y banderas, fruto de la improvisación resuelta a golpe de talonario, y un poco más de logística. La caja tonta mostraba al público a ras de acera para que los planos televisivos pudieran interpretarse como un éxito al menos por los forofos y sin embargo, cometiendo la torpeza de enseñar imágenes aéreas, mostraban también la cruda realidad: que la ciudadanía era más bien escasa. Es lo que ocurre cuando destinas todos los medios a un acontecimiento de Estado que no despierta el interés que pensabas: mucho helicóptero para poca multitud. Tal vez por eso los comentaristas hablaban de miles de personas abarrotando las calles, como si aquello fuera el día del orgullo o la cabalgata de reyes.

Y no será por falta de publicidad, porque desde la abdicación hasta hoy el bombardeo mediático ha sido absoluto. Entonces, ¿qué falla? ¿Por qué estas conmemoraciones no gozan de la misma pegada que antes? ¿Ya no se compra a la gente con bocadillos? ¿Ya no se la trae con autobuses desde donde haga falta? Sea como fuese, resulta evidente que la monarquía, al igual que los partidos mayoritarios, ha sufrido un desgaste importante en cuanto al número de followers. A falta de un referéndum sobre el modelo de Estado y reprimiendo a los republicanos que se atrevieron a hacer acto de presencia durante el recorrido, no queda otra fórmula que contar a los simpatizantes. Y lo que se ve no se esconde. Por eso produce perplejidad. Tanta o más que el presidente de Madrid y la presidenta de Andalucía haciéndose un selfie en el Congreso. Por favor, qué patético. ¿Es que nadie se ocupa de la imagen de esta peña? ¿Cómo es que ningún técnico les da un capón?

Supongo que es una cuestión de convencimiento. El mismo convencimiento que demuestran Mas y Urkullu al negar su aplauso al monarca, se transforma en folclore cuando dos representantes del bipartidismo se retratan juntos y en público como si se alegraran de estar allí. No sé a quién pretenden engañar con esta actitud, tal vez a ellos mismos, pero la distancia entre lo que le ocurre a esta gente y lo que nos pasa a los demás lejos de estrecharse se agranda. Y luego se quejarán de que les llamen Casta, pero ahí están, viviendo ajenos a la realidad y encantados de haberse conocido.

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Pamplinas

Lo monárquico permite las excepciones que otorga pertenecer a un linaje, se ampara en la existencia de clases sociales para sobrevivir a los cambios y se sostiene gracias a las páginas de cotilleos, los programas del corazón y la prensa rosa. Con seis millones de parados es un escándalo alimentar el glamur y una ruina fundirse lo que no se tiene en guirnaldas, banderitas y francotiradores. A estas alturas de la Historia resulta ridículo coronar otra cosa que no sea una montaña.

A los que ponen siempre como excusa que un jefe del Estado nos saldría más caro que un rey, les diré que una familia real, con sus dobles parejas de reyes y reinas, su princesa y su infanta, amén de la prole que vayan criando y toda su parentela, para un país en decadencia resulta un dispendio idiota. Es más, los presidentes del gobierno que han pasado por la Moncloa se han ido acostumbrando a actuar también como jefes de Estado, dejando casi siempre a la vicepresidencia de turno que dé la cara por el gobierno, como si tuviéramos primer ministro también. Gozamos de reyes y exreyes, presidentes y expresidentes, a los que hay que nombrar como si aún estuvieran ejerciendo. Así que yo quitaría un poco de envoltorio para que el regalo de la democracia representativa no fuera tan ostentoso y en la república futura me iría deshaciendo del cargo de jefe de Estado, porque estoy convencido que del sarampión de las vicepresidencias no nos librará nadie.

Alborozarse porque un sujeto vaya a sentar sus nalgas en el trono es algo que no va conmigo. Sólo la gente más carcamal o la que vive en su propio limbo es capaz de emocionarse con la parafernalia. Es tan absurda la situación que para sostenerla hay que llenar de fusileros los áticos de la zona donde se celebrará el acontecimiento, y por añadidura los de todas las calles que atravesará el cortejo hasta llegar a palacio. Ya no se sabe si es la corona la que sostiene el sistema o son los dos partidos mayoritarios los que aguantan a la corona, en cualquier caso ambas instituciones, políticos y reyes, causan vergüenza ajena a la población y deterioran con su persistencia y continuismo la normal convivencia de sus súbditos, lo que crea alarma social. Y la alarma social es ya de tal envergadura, que los colectivos afectados por el gobierno, a falta de alguna institución que mediara por sus intereses, se han visto obligados a organizarse por su cuenta. Creando mareas, plataformas e incluso partidos con el muy sano propósito de defenderse.

Antes tenía cierto sentido pagar impuestos porque recibíamos algo a cambio de nuestro dinero. El trabajo nos garantizaba una jubilación o incluso un subsidio en caso de perderlo. Con los impuestos nos costeábamos una sanidad y una educación, pero ahora sólo sirven para mantener a una pandilla de impresentables en sus poltronas. Cada vez es más nítida esta fotografía social entre la mayoría de la población, agotada de escándalos y pufos. Vemos que el dinero de todos acaba en sus bolsillos y que en vez de reconocerlo se enrocan en sus privilegios. Da mala gana y asco contemplar el descaro con el que mantienen unas estructuras caducas y corrompidas mientras celebran la llegada de un nuevo rey. Lamentando incluso que no se haga a lo grande, demostrando una y otra vez que hay pasta para lo que interesa. Y lo que interesa, salta a la vista, no tiene nada que ver con el bienestar de la sociedad. Esta peña es peor que la gripe de Shangai.

La tabarra infinita

Es tan grande la brasa que nos están dando, y tan fabuloso el gasto en imágenes y palabras, que en lugar de noticias tengo la impresión de estar recibiendo publirreportajes. De hecho me sé la vida del rey de memoria, tanto la del viejo como la del nuevo, y todavía no me explico cómo hay gente que es capaz de diferenciar la una de la otra. Los más carcamales, por ejemplo, llevan unos días descompuestos con el nuevo rey porque, al parecer, no se deja fotografiar con curas ni obispos. Que dice que es católico, desde luego, pero en la intimidad. Será que ya tuvo bastante con el bodorrio que le montaron y de algún modo se da cuenta, o le han asesorado, de que le conviene ofrecer una versión más descafeinada de sus creencias. Una estampa baja en calorías, de las que no producen aerofagias ni desapegos entre laicos, descreídos, agnósticos y ateos, por no hablar de musulmanes y budistas. Pero estas maneras, más propias de un tiquismiquis que de un campechano, no molan a la carcundia ni tampoco al resto, los que estamos acostumbrados a ver comulgar a su padre tan a menudo que una sutileza así nos pasa desapercibida.

En España, los jefes de Estado, desde que tengo memoria, no sólo cazan y pescan sino que se santiguan con la misma naturalidad que presiden una corrida de toros. Así que la renovación de la monarquía, el recambio generacional del que tanto hablan los periodistas y voceros del sistema, se reduce a tiznar de verde al jefe y quitarle de encima al clero, cuya presencia envuelve en naftalina a la corona y le resta mucho glamur. No sé hasta dónde será capaz de llegar la monarquía en su acercamiento a los cuatro millones largos de votantes republicanos, me refiero a los que se retrataron con su voto y no a los que simplemente les gustaría otra cosa aunque se conforman con lo que hay, lo que tengo claro es que ni en los mejores delirios imagino al nuevo rey descolgándose por las cornisas y colgando pancartas ecologistas. ¿Qué menos podría pedírsele a un activista que goza de semejante inviolabilidad? ¿Qué sea una réplica de Carlos de Inglaterra? Para qué engañarnos. Tampoco veo al rey derivando hacia la apostasía, la verdad, aunque no me extrañaría que se dejara fotografiar junto a una tribu amazónica. A los reyes les encanta darse a conocer, y más si son jóvenes y están sanos, porque aprovechan su reinado para viajar a todas partes.

Además, para ser joven y estar sano, basta ahora con no parecerte mucho a tu padre, o aún peor, a tu abuelo. Si resistes la comparación familiar ya puedes tener canas y cuatro largas décadas de existencia a tus espaldas que siempre ofrecerás la versión más joven y dinámica de tus propios ancestros. Lo contrario sería un disparate. Sin embargo llama la atención esa insistencia en aparecer vestido de militar en desfiles y actos que no son exclusivamente castrenses. Es como si el viejo poder, heredado por las armas tras un golpe de Estado, una sangrienta guerra civil y una dictadura vergonzante, todavía fuera capaz de imponer su presencia a la ciudadanía durante sus celebraciones colectivas. Ya es desgracia que un uniforme, a estas alturas de la humanidad, se acepte como traje de gala y sirva de paso para mantener vivos semejantes recuerdos. Me parece una redundancia, un gesto de mal gusto. Es más, y por patético que resulte, ya nos avisan en los publirreportajes que Leonor, cuando alcance la mayoría de edad, entrará en el ejército. Si es que para entonces no lo han abolido y todavía existe, claro. Quienes consideran que todos los pilares del estado sobre el que asientan sus nalgas son inamovibles, sólidos y eternos, no se hacen desde luego preguntas tan extrañas. Se limitan a defender lo que hay como si no hubiera un mañana. Por eso sus jefes van por la vida como si les hubieran escrito un guión, como si tuvieran escaso margen para diferenciarse los unos de los otros. Esa rigidez estructural sólo les permite aportar muy ligeras pinceladas de color sobre el fondo gris que puebla palacios e instituciones, algo en esencia cosmético, porque en lo fundamental están básicamente de acuerdo.

Este fenómeno de semejanza también me ocurre cuando escucho a Rajoy y a Rubalcaba, incluso puedo reproducir sus palabras sin necesidad de oírlas. Supongo que es un efecto secundario del lavado de cerebro que arrastro desde antes de la transición, ese eufemismo que no se sabe muy bien qué significa porque, a fin de cuentas, siempre estamos transitando. Por aquel entonces estaba yo transitando hacia la mayoría de edad y escuchaba por los altavoces que llevaban en el techo los vehículos de todos los partidos políticos la tonadilla aquella de “Habla pueblo habla”. A mí me faltaban unos meses para ser pueblo, así que no pude votar que no a la Constitución, entre otras razones porque me parecía un timo. Ahora, en cambio, creo que me sobran ya unas décadas para tragarme entera la broma de otro rey. Como esta gentuza no tiene ninguna vergüenza en utilizar todos los medios a su alcance, ya sean públicos o privados, ya sean impresos o digitales, con el objetivo de que se nos grabe bien en la mollera, hasta rayar el asco y la indiferencia, lo bien que nos va aguantando reyes y la fascinante recuperación económica que disfrutamos gracias a la caspa que nos desgobierna, sólo confío en que a fuerza de remachar siempre los mismos clavos -de la herrumbre que los corroe- terminen por destrozar el rancio tablero que los sustenta.

Hace tiempo ya que la decadencia se instaló en sus despachos y a ella se aferran aunque huela a podrido, aunque los destruya en su desmoronamiento. Para ganar tiempo se agarran a un clavo ardiendo. Y no es que de pronto me haya vuelto un ingenuo, pero es que están acostumbrados a vivir en su propio limbo, de forma tan impune y tan confortablemente que se van de la lengua y la cagan. O acaban pillándoles en algún marrón de los muchos que tienen y todo el asunto se les descontrola. Les da igual. Llevamos contabilizadas una cantidad tal de corruptelas y latrocinios que su simple enumeración contradice la tonta realidad que nos cuentan. Sin embargo insisten en inducir al público mediante hipnosis en una leyenda, una alucinación permanente que, dicho sea de paso, nos cuesta a todos un ojo de la cara. Es cierto que todavía hoy les sigue dando resultados, no tan buenos como antaño pero suficientes, de ahí que le hayan visto las orejas al lobo y en vez de emplear al menos nuevas tácticas publicitarias opten por cerrar las filas huyendo hacia delante. No quieren reconocer que actuando de este modo no consiguen otra cosa que apurar el ritmo y la presión de los acontecimientos. La política de hechos consumados es muy evidente y cansina. Las instituciones deben cambiar, no sólo sus caras. Esto del I+D+i también vale para la política, que está muy enranciada. Y, por favor, dejen ya de darnos la brasa.

Las entrañables amistades

No se me ocurriría calificar una relación de pareja como entrañable salvo que no pudiera ser otra cosa. Lo entrañable, por muy íntimo y afectuoso que sea, se ha devaluado de tal modo que enseguida lo identificas como algo propio del abuelito de la Heidi: arrumacos, ternezas y pare usted de contar. Una etiqueta de este calibre emborrona cualquier imagen sexual que pudiera enquistarse en nuestras cabezas, así que igual la eligieron a conciencia para evitar suspicacias. En cualquier caso no imagino a Corinna diciendo que se come al rey con los ojos o que saltan chispas cuando se miran, conociendo las públicas torpezas de su pareja resultaría más aceptable endulzar su campechanía hasta construir alrededor de ella alguna virtud. Ella sabrá cuál, porque a mí de pensarlo se me nubla la vista. Quién sabe, si lo entrañable parece reñido con lo fogoso, quizá esta expresión sea una forma amable de calificar lo patético. Aún con todo, no negará Corinna que el problema de mantener una amistad con un sujeto casado es que a menudo llueve la caspa. Y si el entrañable sujeto además va haciendo ostentación de que es muy católico y que tiene una familia estupenda todo se tizna de una hipocresía completa. No lo puedo evitar, pero toda esta historia me huele a sobaco y a naftalina.

Según las malas lenguas el rey y la princesa llevan tonteando desde 2004. No es que se hayan conocido hace cuatro días, gracias a los negocios de Urdangarín o la afición común de cazar elefantes, detrás existe una relación de ocho años. Es más, según cuentan en los mentideros los cronistas del corazón, Corinna mantiene una casa en el barrio de El Pardo, cerca de la Zarzuela, donde pasa temporadas con sus dos hijos, fruto de sendos matrimonios anteriores. Se le conocen dos trabajos, fundamentados en las relaciones públicas, y un tercero que se fue al garete. Viaja a menudo y se deja retratar en los medios con frecuencia, aunque afirma que no tiene ningún afán de notoriedad. Cuarenta y ocho tacos, alemana de origen danés, Corinna zu Sayn-Wittgenstein casó en primeras nupcias con Philip Atkins, un empresario británico con el que tuvo una hija, una tal Anastasia, que ahora tendrá diecinueve o veinte años. Se divorció y tuvo un rollete con el millonario Gert-Rudolf Flick, nieto del fundador de la Mercedes Benz. Fue después, en la boda con el príncipe alemán Casimir zu Sayn-Wittgenstein-Sayn cuando alcanzó la nobleza. Por lo visto, su marido tuvo un idilio con Tinsley Mortimer, una actriz adinerada que por entonces estaba casada con Robert Livingston, el magnate de la Standard Oil, y la relación empezó a hacer aguas. Tampoco debía de ser la monda, porque el majo de Casimir durante el noviazgo ya era popular entre la jet set londinense por los saraos que montaba en su apartamento de King’s Road, donde Corinna pudo ampliar el soberbio círculo de sus amistades. De aquél breve matrimonio le queda el recuerdo de su hijo Alexander, que tendrá unos diez años, y si mantiene el título de princesa es porque ni ella ni su ex se han vuelto a casar todavía.

Aunque parezca mentira, y lamento defraudarles, todo el cotilleo montado alrededor de Corinna y el monarca no me interesa una higa, lo que me llama la atención es el hábitat de viva la virgen en el que crece, se desarrolla y muere la chusma guapa internacional, cuyas andanzas contrastan con la realidad de tal modo que es imposible no someterlos a escarnio en la plaza pública. La plaza de ahora son los medios y las redes sociales, donde se desmenuza el intríngulis de tan entrañable amistad. Con el austericidio que estamos sufriendo a manos de nuestros gobernantes, es lógico que la gente disfrute y se indigne al mismo tiempo con las vicisitudes que atraviesa la aristocracia. Por eso se mira con lupa la frontera entre la ética y la moralidad, los negocios y las zonas oscuras, y cuando una persona como Corinna se gana los cuartos conectando a la «beautiful people», seguir el rastro de sus comisiones es tan imprescindible como leer las tontadas que suelta en el Hola, no en vano se ha llegado a decir que en este momento existen dos reinas de España. La reina que no es la oficial, como si estuviera ganando puntos ante sus futuros súbditos, asegura que consiguió vender la construcción española del tren de alta velocidad en Arabia Saudita, faena que reportaría más de seis mil millones de euros a la empresa beneficiada. Habla también de que ha prestado servicios confidenciales en asuntos clasificados para el gobierno de turno, «situaciones puntuales que ayudó a solucionar por el bien del país». Los políticos de los partidos mayoritarios se han apresurado a desmentir estas actividades dejando a la princesa con el culo al aire, aunque tampoco les he visto que entraran en el meollo de la cuestión. La monarquía está muy tocada gracias al escándalo del duque como para centrarse ahora en las entrañables aventuras del rey.

Además, la solicitud de abdicación pedida por los socialistas catalanes acabó utilizándose como una manera de llamar la atención, un primer paso para independizar a éstos del resto del partido. La actitud derivaría después en las votaciones del congreso de diputados, sobre el derecho a decidir, donde no respetarían la disciplina de voto y abrirían un cisma. Pero la abdicación del rey en Felipe, con el show de Corinna en los medios y la corrupción galopante en la casta política, sólo podría sostenerse con un escándalo todavía mayor. El más evidente, el que implicaría a la infanta Cristina en el caso de su marido, se ha desarticulado en los juzgados sin mediar explicación alguna. Resulta difícil de sostener que la infanta haya sido tan tonta que desconociera sus trápalas, y eso que estaba en el consejo de dirección. Resulta evidente pues que se ha echado tierra sobre el asunto para no complicar todavía más a la corona en el derrumbe de las estructuras. Mientras se desmontan los derechos sociales, la educación y la sanidad, al mismo tiempo que avanza el desempleo y se piden sacrificios inasumibles para las clases menos pudientes, la decadencia y los escándalos han generado un situación de tirantez entre las cúpulas y el pueblo , reducido al papel de espectador y cada vez más harto. Un espectador, por otra parte, al que se le hurta el conocimiento de lo que ocurre en la Casa Real, mediante censuras y componendas, durante ocho largos años. Ocho años de entrañable amistad que sólo destapan el tarro de las esencias cuando resulta imposible ya continuar con el encubrimiento.

Herencias y abdicaciones

Por grande o pequeña que sea una herencia, y siempre que no aporte deudas, los beneficiarios suelen tirarse los trastos a la cabeza. Todos conocemos las mil y una perrerías que se suceden entre hermanos a la muerte de sus padres, cuando al abrir el testamento descubren quién se queda con el piso y las alhajas, o incluso mucho antes, durante la enfermedad del pariente, cuando desaparecen bienes o se venden inmuebles. La hipocresía familiar, que reparte emociones y sentimientos por igual entre los vástagos, que oculta o amplía los favoritismos, suele concluir a menudo cuando el notario abre la plica y destapa las últimas voluntades del finado. Entonces se disparan los reproches y las inquinas, por eso se emplea como recurso narrativo de primer orden y suele dar tanto juego en las telenovelas.

La verdad es que muchos de estos problemas podrían resolverse si los progenitores cedieran el testigo antes de diñarla, en pleno uso de sus facultades y reservándose el usufructo para la vejez. Pero tienden a utilizar su propiedad para controlar a los hijos, ya sea porque no los crean capaces de utilizarla conforme a sus intereses o porque nunca encuentren el momento idóneo de separarse de sus bienes. Retirarse, soltar las riendas del poder, por minúsculo que fuese, y ceder el paso a los jóvenes siempre produce cambios. Por mucha información que se transfiera entre generaciones, tarde o temprano emergen las zonas oscuras de un negocio, las fallas de un piso y los inconvenientes que trae consigo cualquier herencia. Además siempre quedará la duda de si el nuevo propietario no se beberá el bar o se comerá el restaurante a los cuatro días. Al fin y al cabo, la herencia es a la familia lo que el dinero al capitalismo, por eso una buena parte de la sociedad agradece e incluso se identifica con las familias reales, capaces de aglutinar en una sola imagen todas sus virtudes y defectos.

En países sin tradición monárquica, o que en su momento lograron deshacerse de ella, se copian a veces los peores clichés. Por lo general, cuando una sociedad es próspera y al mismo tiempo abierta, la vida privada de sus élites suele pasar desapercibida. Sin embargo, encontramos presidentes de gobierno que hacen tal ostentación de sus vínculos familiares que son tratados por la prensa del corazón igual que si fueran simplemente famosos. Basta con recordar las últimas ñoñerías de Obama en su toma de posesión. Estos tics, habituales en la nobleza, se fuerzan de cara a la galería para obtener un plus de popularidad. De esta forma se acercan a la sensibilidad que exige de ellos la clase media y les permite valorar el nivel de simpatía que gozan entre sus súbditos o votantes. Lo hemos visto hace poco en este país con el rey, el cual, estimando que su discurso navideño y las andanzas del duque de Palma rebajaban mucho la credibilidad de la corona, decidió reaparecer de nuevo en la tele para levantar su propia imagen. Más le hubiera valido al rey que le entrevistara el loco de la colina, porque lo de Hermida, como ejercicio periodístico, fue de vergüenza ajena.

Ahora todo el mundo se da cuenta que el rey, en el mejor de los extremos, es un abuelo con achaques y accidentes. Tiende a la caza mayor como cabra que tira al monte, no acaba de poner orden en su propia casa y con frecuencia le encuentran alguna amante. Por eso, los que simpatizan con la monarquía animan al jefe para que pase el testigo a su hijo. Una abdicación le colocaría en un atractivo segundo plano, permitiéndole una vía menos expuesta a las cámaras y a la cual podría dedicarse sin grandes fingimientos. La reina de Holanda, como su madre con anterioridad, acaba de hacerlo y en los Países Bajos nadie discute la medida. Claro que aquí todavía estamos buscando en las cunetas a los fusilados durante la guerra civil y puestos a cambiar de rey igual considerábamos más interesante optar por una república. Sin embargo, es casi imposible encontrar entre los dos grandes partidos de la clase política a alguien que apueste por un régimen distinto al de la monarquía constitucional. De modo que, salvo un desbarajuste en el panorama, no caerá esa breva y tendremos monarquía para rato. Asistiremos a la decadencia física y social del rey lo mismo que comprobamos a diario las consecuencias de la corrupción sobre la democracia representativa. La corona y los políticos seguirán perdiendo credibilidad al tiempo que la economía se desmorona.

A mí personalmente me importa un bledo que el rey abdique o no. Pienso que el problema está en la existencia misma de la institución, arcaica por naturaleza. Aunque quizá, desde el ámbito del humor, sea más rentable que se empecine el abuelo en aferrarse al machito. Sus trápalas y ocurrencias han permitido la creación de chanzas tan memorables que su solo recuerdo empuja a la carcajada. El único problema es que la monarquía la pagamos entre todos y que la herencia se la reparten entre ellos. Con la abdicación en Felipe, soportaríamos el gasto de dos reyes y dos reinas, las viejas y las nuevas, la casa del príncipe se convertiría en la casa de la princesa y de nacer más hijos de los nuevos reyes supongo que irían naciendo también nuevos ducados y condados para los nuevos infantes, aparte de los que ya existen gracias a las hijas y yernos de Juan Carlos, que tan buen resultado están dando. La descendencia de todos ellos, aunque enseguida los coloquen en bancos, eléctricas o compañías telefónicas, alguien tendrá que aguantarla. Así que soy partidario, puestos a hablar de abdicación, a entenderla etimológicamente en su sentido de renuncia al trono. Al fin y al cabo, los reyes siguen siendo reyes aunque no tengan un reino que gobernar. Y eso que nos ahorramos todos.

Para partirse la caja

La realidad es sofocante, perturbadora y agoniosa, aburre de tal modo que duerme a las ovejas. Hablamos con frecuencia de lo complicado que resulta existir, de que cualquier esfuerzo, por mínimo que sea, nos agota. Hemos superado no sólo la barrera del dolor, sino la frontera de la manipulación, la aduana de la credulidad y hasta el control de alcoholemia. Pero todo cansa. Estamos acostumbrados a las hojas de ruta y a las operaciones militares de acción rápida, le hemos cogido el gusto a obedecer las órdenes sin más ni más. El sistema ha empleado décadas en constreñir nuestras libertades y derechos hasta el extremo de que nuestros cerebros reflejan la falta de uso. La vida funciona deprisa cuando los jefes mandan, sin embargo transcurre a cámara lenta cuando la gente se queja o no le queda otro remedio que responder. Entonces nos parece que no corre el tiempo, que la supervivencia cuesta una eternidad, y al defendernos de cualquier represalia dudamos de la razón que nos empuja. Seguir leyendo