Requetebién de la muerte

Mientras se desplazan alocadamente los muebles y hasta los inmuebles por los aires, la peña busca refugio o se acurruca en un rincón a esperar que escampe. Nos desenvolvemos entre los males que nos aquejan como si estuviéramos en medio de un poltergeist, no me extraña que se extienda la falacia de que la crisis es un fenómeno sobrenatural. Sólo falta que en lugar de sartenes para captar fondos regalen ouijas en los bancos. Lo más encantador de una ouija es que no sabes quién mueve el vaso y el trilero, amparado en el anonimato, nos puede hacer creer lo que le venga en gana. Tal vez por eso los culpables de toda esta telequinesia económica se están viniendo arriba y se permiten ya unas conjeturas esperpénticas.

Uno de estos truhanes, a mi nulo juicio, es el señor Klaus Regling, director y gerente del MEDE, cuya institución se encarga de la estabilidad financiera y de los fondos de rescate europeos. A sus 63 tacos no sé a quién pretende engañar, será que estudió económicas en Hamburgo licenciándose luego en Ratisbona y desde entonces se lo tiene muy creído, no en vano cuatro años después de obtener el título ya había cruzado el charco, vivía en Washington y se colocaba en el Fondo Monetario Internacional. De allí pasó a trabajar para la Asociación de la Banca Alemana y más tarde en el ministerio de finanzas. Volvió al FMI y posteriormente regresó al ministerio germano, acabando el trajín en el paraíso fiscal de la City de Londres, donde dirigió un grupo empresarial de estrategia de capitales.

Debió salirle el negocio de lo más redondo porque lo llamaron de Bruselas para llevar los asuntos económicos y financieros de Europa, cargo que ocupó durante siete años, y terminó asesorando al gobierno de la Merkel. Con semejante experiencia a sus espaldas se montó una consultora de postín que ya funciona sola, milagro que le permite en la actualidad mantener el control de los fondos de rescate europeos y al mismo tiempo asesorar a las corporaciones sobre dónde están las oportunidades y los pelotazos más jugosos. Klaus Rigling está en todas las natillas pero siempre en un plano intermedio, donde se pueden mover los muebles sin quedar en exceso al descubierto. Todo un pieza, al estilo de Rato pero en discreto. Pues este pieza nos asegura ahora que a España le va a ir “muy, pero que muy bien” en el futuro. Que el ajuste fiscal acabará pronto y que a partir de entonces comenzará de nuevo el crecimiento.

Nos cuenta de manera condescendiente que nuestra situación es “muy especial pero que lo peor ya ha pasado” y que en cuatro o cinco años esto volverá a ser Jauja. Como para mí esto nunca fue Jauja, entiendo que nos van a dar cera hasta que se cansen. Para chequear toda esta broma no hay que hacer muchos esfuerzos, basta con atender a los saldos que ofertan Rubalcaba y sus cuates a la hora de captar nuestra atención y nuestros votos. Al estilo de Hollande pero en chusco, la dirección de este partido nos vuelve a vender ahora una moto vieja y mal tuneada como si fuera el copón de la baraja. A grandes rasgos y por abreviar, prometen eximir de impuestos a parados, pensionistas y mileuristas con hijos a su cargo. Lo que no es ninguna hazaña. Hablan también de bajar el IVA de la cultura, de crear un impuesto de lujo, de subir otra vez las tasas sobre el alcohol y el tabaco e incluso pretenden devolver a Madrid las competencias autonómicas en materia de sucesiones y herencias.

Las demás promesas que realizan, como luchar contra el fraude de las grandes fortunas, quedan sin detallar. Sólo su producto estrella, prohibir mediante una enmienda en la Constitución las amnistías fiscales, se concreta en los papeles pero no hablan de recuperar lo que se está perdiendo por el camino de los recortes: las escuelas, los hospitales, la dependencia… Si en cuatro o cinco años, como asegura Klaus Rigling, la situación fuera a mejor, cabría esperar de los partidos que optan al gobierno en un futuro una mínima voluntad de ir recuperando el minúsculo estado del bienestar que disfrutábamos. Pero no es así. El PSOE no se moja. Dice que quiere reducir por ley la brecha salarial entre hombres y mujeres pero a la hora de concretar el cómo asumen que se logrará a fuerza de poner inspectores. Y todos sabemos que tan ilustre oficio en lugar de multiplicarse no hace otra cosa que menguar, de modo que no resultan demasiado creíbles. Entre otras cosas porque hasta ahora su cacareada conferencia está pasando de puntillas en los asuntos más graves. Precisamente en los mismos que Rajoy y su alegre pandilla clavan la puya una y otra vez. Convencidos como están de que los contratos basura, con despido por el filete incluido, están dando buenos resultados pretenden ahora extenderlos a todos los demás. Así que con un panorama tan triunfalista creo yo que no vamos a ninguna parte.

El aluvión

Hace tiempo que hemos sobrepasado el nivel de saturación, ya de por sí es una tarea surrealista encontrar adjetivos que califiquen adecuadamente el asco de la ciudadanía. Mientras la fiscalía anticorrupción interroga en Madrid a los implicados en los papeles de Bárcenas, a las orillas del Ebro sorprende que no cedan las alcantarillas por la presión del sumidero. Hace unas semanas empezaron a emerger las miserias del partido de Biel, el PAR, la eterna bisagra para los gobiernos del PSOE y del PP, un clan clientelista donde los haya. En el viejo reino hace décadas que tan particular tripartito —PP-PAR-PSOE— maneja los dineros de la comunidad autónoma, agradeciendo siempre la colaboración de quien garantiza la gobernabilidad —el PAR— mediante poltronas en comarcas y empresas públicas, gracias a las cuales ha ido tejiendo este partido durante años tal malla de intereses que es difícil situar un foco de luz sobre ellos sin que se venga abajo todo el monario. El partido de Biel, año tras año, se ha ido convirtiendo en una especie de somatén institucional. Su órgano ejecutivo ramifica a sus afiliados en todos los planos del poder, desde los ayuntamientos a las diputaciones pasando por las comarcas e instalándose cómodamente en el Pignatelli y en la Aljafería. Asesores, técnicos y hasta sindicalistas de cualquier sigla, se han apuntado al PAR garantizándole un cupo de representación política desde la transición hasta nuestros días, circunstancia que ha permitido desde siempre a sus lacayos el mantenimiento de cargos y sueldos a costa del erario público. Tanto los socialistas como los conservadores toleran este juego sin ningún complejo, hasta el punto de negociar sus coaliciones de gobierno a cambio de mantener libres de toda culpa las taifas y cortijos de las gentes del PAR. Y todo este barro flota desde antaño en la riada de la corrupción sin que la justicia se decida a meterle mano, no sea peor el remedio que la solución.

Otra excepción en las corruptelas suele producirse alrededor del fútbol. Parece ser que, si nadie pone remedio, estamos condenados a pagar a escote un crédito que pidió el real Zaragoza en 2004, por una cantidad de ocho millones de euros y que con absoluto desparpajo avaló el gobierno aragonés. Recordemos que esta medida recibió el empujón de un consejero de economía que luego, casualidades de la vida, acabó presidiendo el equipo de fútbol. La entidad deportiva, que es una empresa privada y para colmo de un constructor, habrá abonado tres millones de la deuda contraída pero desde junio se olvidó las cuotas y por eso se apelotonan ahora en nuestros bolsillos. Los prestamistas —Ibercaja, CAI y Cajalón— comenzaron a engordar los intereses y contando ya los desembolsos y requerimientos estamos a punto de soltar la friolera de un millón de euros a las entidades financieras.

Quizá sea una deuda legal, ¿pero estamos hablando de una deuda legítima? Los bancos han recibido todo tipo de ayudas económicas para reflotar sus negocios. Reciben dinero del Banco Central Europeo a un interés estúpido y luego compran los bonos que emite, entre otros, el gobierno aragonés (más de 500 millones, el 58% de lo presupuestado para 2013) a un 6% de beneficio. Y piensan rebañar el plato del 42% restante. Mientras tanto, y con la excusa de la fusión, los bancos amenazan con recortar plantillas y cerrar sucursales, dejando en el limbo además la obra social de las antiguas cajas. Sin embargo la Rudi —Luisafer para los humoristas— está convencida de que Aragón funciona mucho mejor que la mayoría de las comunidades autónomas que componen el estado, y que por esa razón no tendrá que mendigar, como han hecho otras, ningún rescate al gobierno central. Esta señora, la presidenta del gobierno aragonés, deleita a sus seguidores con rimbombantes narraciones a cerca de la solvencia y la estabilidad de su gabinete, hasta el extremo de estar dispuesta a comparecer en la Aljafería para explicarnos que existen políticos buenos y políticos malos, y que no podemos generalizar, porque en los papeles de Bárcenas al fin y al cabo no figura nadie de estos lares. Supongo que si algún día les alcanzase de lleno el escándalo, y salieran a la luz —por ejemplo— los papeles de Biel, muchos políticos de esta tierra tendrían que comerse con patatas su propia hipocresía. Hasta entonces el mejor símbolo de la decadencia, si tuviéramos que inmortalizarla de alguna forma, nos lo ha regalado hoy el cierzo en una sola fotografía, quebrando el mástil de la bandera española en el mismo centro de Zaragoza, lo que podría considerarse un mal presagio. O tan sólo la lógica consecuencia del aluvión de corruptelas que arruinan la reputación de nuestros representantes y al mismo tiempo la paciencia de los ciudadanos.