La nueva sociedad

Todavía no tengo la mollera hidrolizada. Cuando me dejo llevar por la inercia, el surrealismo o simplemente el hastío, caben muy serias dudas al respecto pero lo habitual en mi conducta es procesar los datos que van llegando al coco y contrastar de paso las informaciones que recibo. En el trato cotidiano con la gente y a fuerza de malentendidos, decepciones y chascos, la experiencia nos fuerza a ser menos ingenuos de lo que nos gustaría y más suspicaces de lo que pretendemos, sin embargo ante los medios de comunicación, tal vez por costumbre o por pereza, bajamos a menudo la guardia.

Recuerdo que una parte significativa de la población empezó a contrastar informaciones por puro divertimento. Si un mengano era fan de cómo radiaba el partido de fútbol tal o cual emisora, no se sabe muy bien la causa pero de repente decidió acompañar a sus comentaristas favoritos con las imágenes que ofrecía una cadena de televisión, a la que previamente enmudecía. A estas personas les bastó con pulsar la tecla del mute para caer en la cuenta de que, según los equipos que estuvieran jugando, sus ojos y sus oídos entraban en contradicción. Ha llovido mucho desde entonces pero ahora, con las redes sociales, podemos compartir también todas estas contradicciones con los demás. Y volviendo al socorrido ejemplo del fútbol, hay quien lo ve por la tele, lo escucha por la radio y al mismo tiempo lo sigue por el twiter, sumiéndose de esta manera en otro plano de la comunicación y también del enloquecimiento, pero desahogándose de algún modo frente a la manipulación de los grandes medios y creándose una opinión propia, lo que resulta higiénico para la sociedad.

Gracias a la tecnología, profesionales y aficionados al video, en su mayoría fuera del sistema convencional de noticias, cuelgan en la red visiones distintas de cualquier suceso, permitiéndonos de esta manera contrastar lo que nos venden en los medios tradicionales como una realidad incontestable. Basta con entregar la noticia sin adulterar, de forma objetiva o al menos con cierta limpieza. Al estilo, por ejemplo, de lo que hace Euronews en uno de sus informativos sin palabras. Supongo que lo habrán visto alguna vez y si son muy frikis incluso se habrán vuelto unos adictos, en cualquier caso les habrá llamado la atención por su engranaje comunicativo, al carecer de comentarios superpuestos. La presentación de un hecho tan sólo con imágenes es igualmente manipulable, interpretable, incluso ajustable al patrón de las corporaciones, y sin embargo requiere del espectador un mayor esfuerzo interpretativo. Al final hasta se agradece la falta de una voz en off que te vaya contando lo que se supone que ya estás viendo, que para eso nació la televisión. Supongo que por la novedad del modelo y por lo que se ahorran en traductores, locutores y periodistas —no en vano estoy hablando de una cadena de implantación continental—, comprendes mucho mejor la magnitud de los fraudes. Porque una cosa es tamizar ideológicamente lo que ocurre, según el sesgo del que lo describe, y otra distinta el hacernos creer que pasa otra cosa. Y reconozco que hemos llegado a tal extremo que a mí, cuando más me gusta que me mientan es cuando al mismo tiempo me enseñan la verdad, que ya es la caraba.

Tener a un locutor, alcachofa en mano, diciendo A y que a un metro de él ocurra justo lo contrario, es algo que me fascina. O no se da cuenta, o lleva aprendido el guión y no es capaz de improvisar sobre la marcha, o carece de sentido del ridículo, porque la verdad salta a la vista de tal manera que resulta idiota el negarla. Para desentrañar bulos y arbitrariedades, a veces es suficiente con subir al ático de un edificio y fotografiar desde allí una manifestación, apreciando de forma sencilla que no protestan los cuatro gatos que nos están contando. O al revés. El caso más flagrante ocurrió durante el chupinazo de los sanfermines porque los telespectadores, radioyentes y tuiteros se quejaban de que algo tan evidente como las ikurriñas y pancartas sobre la reunificación de los presos en Euskadi, las que desplegaban los pamplonicas entre la multitud que asistía a la fiesta, sencillamente desaparecían de la retransmisión en ciertas cadenas. Sobre todo en las cadenas públicas, que en la práctica son ahora de titularidad gubernamental. O sea, del partido que manda o que nos desmanda. Y si no recuerden las pitadas al rey en las copas que llevan su nombre. Estarán de acuerdo o en contra de los hechos, pero los hechos no son discutibles. Al menos desde una ética básica y una correcta formación profesional. Ya paga bastante precio el espectador aguantando las cuñas publicitarias para que encima le mientan a la cara. Así que tampoco pueden ahora extrañarse de que alguien pretenda imponer cierto control en medio de tanta bazofia.

En fin. Como muchos de los espectáculos humanos gozan siempre de tiempos muertos, y como muchos de los tiempos muertos son aprovechados por los medios de comunicación para endosar anuncios y rellenos, la gente dedica esta falta de acción en la pantalla a tareas como freírse unos huevos, acostar a los churumbeles, fregar los platos, bajar la basura o sacar a mear al perro. Todo depende de la popularidad del evento, y de la longitud de la publicidad, para que la vida se abra de nuevo camino al margen de lo que ocurra en el plasma. Y para los menos aficionados a las materias patrióticas, ya sean folclóricas o deportivas, se disputen en ellas algún título planetario o promuevan mediante el arrobo la reafirmación local, incluso para aquellos que por un impedimento u otro no pudieran vivir eso que llaman la «magia del directo», siempre nos quedará el diferido buscando por internet. En la red, con cierta dedicación, puedes encontrar cualquier cosa. El problema está a menudo en los medios convencionales, que emiten una programación similar con enfoques muy semejantes y a horarios idénticos. Toda esta uniformidad en el mejor de los casos aburre a las marsopas, y en el peor resulta tan irritante que parece hecha a propósito y con la intención de que los espectadores salgan huyendo hacia las cadenas de pago. Los mismos dueños les ofrecerán allí, a cambio de unos dineros, toda una tómbola de canales temáticos, por los que podrán seguir zapeando y tuiteando mientras envejece la vida entre sus dedos.

El aeromodelismo a escala industrial

Dicen los de Amazon, la empresa que lo vende todo por internet, que están trabajando con drones para ver si es posible enviar las compras a domicilio. Por lo visto se funden un pastón en transportar cualquier zarandaja y tirando de drones no sólo llegarían antes a casa de sus clientes sino que ahorrarían una billonada en sueldos de camioneros y repartidores.

El aeromodelismo está alcanzando unas cotas impensables. Lo mismo sirve para el espionaje que para sembrar de bombas una comarca, tal vez por esa multifuncionalidad comentó el PSOE últimamente que podrían sustituirse las alambradas de cuchillas en Ceuta y en Melilla pon un puñado de drones. Igual pretenden arrojar desde los cielos peladillas a los inmigrantes, pero también pueden barrer la frontera con gas lacrimógeno y aquí paz y después gloria. La cuchillería lo deja todo perdido pero los avioncitos teledirigidos son requetelimpios y efectivos. El problema es que todo lo que vuela puede caer o estrellarse, por eso tiene que estar vigilado por el sistema de aviación civil para que no haya accidentes y aún con todo es posible que un helicóptero, como pasó en Escocia, caiga encima de un pub y se lleve por delante a media docena de parroquianos.

En cualquier caso hay mucha pasta en juego y el panorama que nos aguarda, si no se le pone algún freno a este negocio, podría ser desolador. Si ya de por sí resulta inaguantable la circulación rodada en cualquier ciudad del mundo, imagínense ahora que sobrevuelan nuestras cabezas un montón de chismes y cachivaches. Ya sea con el propósito de espiar nuestros movimientos, sustituyendo así a la policía de proximidad por un ingenio mecánico, o con la estúpida idea de vendernos cualquier sandez, llegaríamos a un extremo en que los insectos resultarían menos molestos y dañinos que un enjambre de drones.

Se ha dicho muchas veces que las palomas son las ratas del aire, pero es que los drones podrían ser las nuevas cucarachas voladoras. O las avispas. Lo mismo se apelotonarían en nuestras ventanas para entregarnos un paquete que para estampar en el vidrio una cámara, una escucha o un holograma publicitario, de modo que tampoco sería difícil comerse un artefacto de este género al doblar una esquina o al tender la colada. Los drones pintarían nuestras fachadas y hasta regarían nuestras plantas, sacarían de paseo a los abuelos y llevarían a los nenes al colegio, es una simple cuestión de diseño y tecnología construir artefactos de toda laya. Es una simple cuestión de tiempo y de dinero que el uso de seres humanos en las cuestiones laborales se reduzca al mínimo imprescindible. Los grandes jefes del cotarro llevan décadas promocionando la mecanización de la producción y la distribución de sus productos. Se habla mucho de los robot, pero el uso de los drones para cualquier asunto, por enfermizo que resulte, podría dar un juego asombroso. La imaginación de Julio Verne se esbafaría como una gaseosa de haber conocido la fantasía que despliegan los ingenieros actuales, los que proyectan al viejo aeromodelismo hacia una escala de producción industrial.

INGENUIDAD UCRANIANA
Sorprenden en la Europa mediterránea las imágenes que llegan de Kiev, donde la población se agolpa en las calles pidiendo a sus gobernantes que se alejen de Rusia y se acerquen a Bruselas. Desconocen lo bien que lo estamos pasando aquí.

El valor añadido

Antes vivíamos en el absurdo por abundancia y ahora por miseria. Lo importante es continuar pegados al terreno de la sandez que, en el país donde nos ha tocado vivir, es sinónimo de calidad y por lo tanto una materia prima de consumo imprescindible. Los medios de incomunicación nos aseguran que sólo los negocios que ofrecen productos importantes sobrevivirán a la crisis, como si las televisiones, las radios y los periódicos realizasen una labor fundamental. «Marcar la diferencia», como afirman los yanquis, no significa otra cosa que vender a manos llenas, aunque vendas coprolitos. Enganchar al cliente de tal modo que no pueda desprenderse de una marca y la adquiera constantemente representa un éxito comercial y eleva su consumo a la categoría de productos con indispensable «valor añadido». Ahora estamos en la fase de «añadirle valor» a lo que hacemos para ver si funciona mejor o sigue siendo la misma mierda de antes. Las grandes corporaciones optan por maquear la caca, abrillantarla o darle otro color para ver si cuela como algo distinto, pero huele de la misma manera así que no hay forma de venderla como un bombón. Ayer mismo los bancos centrales de todo el planeta bañaron de dólares el globo terráqueo y a mí no me ha llegado ni un solo billete, así que estamos igual que antes de ayer: añadiendole «valor» a lo que carece de importancia. Alguien se está forrando a nuestra costa gracias a este tipo de tonterías y se está cubriendo el riñón de tal modo que incluso no le importa pagar una pizca en impuestos del patrimonio.  Seguir leyendo