La probatina (o vuelve Lynch)

Hace años que no leía artículos y editoriales tan capciosos y devastadores en los periódicos, que no escuchaba en las radios ni presenciaba en las televisiones tal cúmulo de demagogias que, a fuerza de ser repetidas, iban adquiriendo la tonalidad de lo verídico. Causa sonrojo democrático ver cómo se convierten los medios de comunicación en portavoces del gobierno, justo ahora, cuando una semana antes publicaban los cables de WikiLeaks, donde los gobiernos de Aznar y Zapatero se cubrían de gloria al ser descubiertos como meras sucursales de Washington. La guerra económica ha saltado de pronto al terreno de la información. Hoy golpea a la casta de los diplomáticos y mañana sacude a los controladores aéreos. No sólo conocemos ya a los embajadores que tragan con lo que les echen, también sabemos los sueldos que cobran los técnicos en las torres de los aeropuertos. La diferencia es que unos son buenos chicos, hacen lo que les dicen, y los otros se suben por la paredes, cuelgan los bártulos y allá te las compongas. Suele compararse a un controlador aéreo con un médico, pero no con un diplomático. Ni siquiera con un funcionario europeo, a los que les subirán el sueldo un 3,7 % el año que viene. Tampoco son comisarios de la Unión Europea, por ejemplo, cuyos salarios son de aúpa. Los controladores aéreos son peores que la lepra, muy mala gente, de los que se ponen enfermos de pronto y dejan en la estacada a cientos de miles de usuarios del avión. Son el colectivo perfecto para probar por primera vez una herramienta maravillosa: el estado de alarma.

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La princesa de san Blas

Resulta deslumbrante que aún no se hayan cumplido veinticuatro horas de la huelga general y Soraya Sáenz de Santamaría, la portavoz del PP en el Congreso de los Diputados, ni siquiera haya destacado alguna referencia a la misma durante su intervención de hoy en el Fórum Europa. Ha hablado del Tribunal Constitucional, del Estado de las Autonomías, de la particular situación de Cataluña e incluso de Ceuta y Melilla, y luego ha dicho que va siendo hora de fijar las competencias entre las administraciones para llegar a acuerdos en el postzapaterismo.

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Maldita normalidad

Como lo último que se pierde es la esperanza, siempre encaras este tipo de algaradas soñando con que las televisiones sufren un apagón digital e incluso analógico, que las radios se quedan mudas y los periódicos, igual que si fuese navidad, no salen a la calle. Sabes que no va a ocurrir, pero piensas por un instante que con un poco de suerte lo mismo no funcionan los teléfonos, ni los móviles ni los fijos, así que no podrás conectarte a internet y una vez que te vas del mundo imaginas que el agua no corre por los grifos ni responden los interruptores, porque también han cortado el suministro eléctrico.

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Hablando en plata

La gran pregunta de esta semana gira en torno a la huelga general del próximo miércoles día 29, ¿será un éxito o un fracaso? Aunque no gocemos de visión cósmica tampoco es tan difícil de imaginar el resultado, porque la gente prefiere esconder la cabeza como hace el avestruz, y eso que está más quemada que la pipa de un indio. No sólo con el gobierno, sino también con la dirección de sus respectivas empresas y los sindicatos que hay en las mismas, aparte de con los políticos en general. La peña que curra, que cada vez es menos, se caga garras abajo con la situación económica que estamos viviendo y que le muerdan un buen cacho del sueldo por no ir al tajo durante una jornada tampoco le hace ni puta gracia. Es más, tiene la impresión, como siempre, de que no servirá para nada.

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Suspenso colectivo

Acaban de publicar la última encuesta telefónica donde se valora a los líderes políticos del uno al diez y todos han vuelto a suspender. La peña está curada de espanto. No coge el teléfono porque la acribillan plomizos vendedores y cuando está distraída o espera una llamada en concreto, no mira el chivato para ver si reconoce el número y termina suspendiendo a todo el elenco de los líderes políticos. A los encuestadores les da lo mismo porque su oficio es recabar datos y a los periodistas, los que interpretan luego las calificaciones, también les importa un bledo porque se fijan en la décima que distancia a los contendientes. De este modo puedes sacar un cuatro de media y en un terreno abstencionista ganar las elecciones. Es lo que tiene este sistema, que no se deja nunca un escaño vacío.
Sólo se cuentan los votos emitidos y a razón de ellos se reparte la tarta, así es muy difícil que la aristocracia política se retracte y evolucione. Se ha comprobado igualmente la inutilidad de estas encuestas. No sirven para cambiar los hábitos de los dirigentes, tan sólo perpetúan sus miserias. La gente más concienciada se asombra al hacer un análisis porque observa que las derechas, por muy corruptas y ladronas que sean, están ahora en una posición dominante y podría ser que ganasen los próximos comicios. Se resisten a comprender que el sistema democrático, abrasado por la Ley d’Hont y su forma de representación política, tan sólo promueve el hastío de los votantes.
Analistas y tertualianos profesionales hablan sobremanera de que sería interesante crear una forma de participación distinta, donde las listas de los partidos fueran abiertas y la población pudiera elegir a personas de distintos grupos, independientemente de su ideología. A los partidos no les priva esta fórmula. Prefieren la disciplina y el chanchulleo, la obligación de seguir las directrices emanadas desde las cúpulas directivas. Me parece positivo elegir a las personas, pero tal y como está el patio debería de hacerse en un marco coherente. Si sólo vota el 50% de la ciudadanía, el hemiciclo tendría que reducirse en un 50%. Es lo justo, de lo contrario nos encontramos con que da igual el número de los votantes, se desprecia la abstención como si fuera una apestada y, lo más abyecto de todo, es que se sobrentienda la apatía y la irresponsabidad en aquellos que se niegan a regalar su soberanía. En la clase política no existe la menor autocrítica, y no es serio encogerse de hombros ante esta circunstancia, porque el sistema se deteriora con el trascurso de los años y acaba donde ahora estamos, en la vacuidad más deprimente.
La consecuencia es obvia. Si algo refleja la última encuesta sobre la valoración de los líderes políticos es que aparece como tercera fuerza estatal el grupo de Rosa Díez, tan escorado en posiciones conservadoras que podría ejercer como una ultraderecha semifascista. Tanto el PP como el PSOE pierden sus simpatías en favor de un clan de difusa mentalidad y reduccionista percepción social. Su presencia en un futuro parlamento daría voz a los ultramontanos y los intransigentes, sentando las bases de una democracia fuera de la realidad ciudadana, ajena a cualquier principio solidario y dedicada a desmontar el ya vaporoso estado del bienestar que todavía gozamos. Recuerden que el único voto en contra del aumento de los subsidios por desempleo que registró la cámara baja fue precisamente el de la señora Díez. Si no se asienta una nueva fórmula de reparto de escaños corremos el riesgo de visualizar el castigo a los políticos con la entrega de votos a movimientos facciosos. La Historia, en situaciones de crisis, lo ha demostrado de una manera contundente y sin embargo los líderes se resisten a comprender tan simple enseñanza. Lo lamentable de esta abulia es que tarde o temprano la pagaremos todos.

Sin problemas

Resulta interesante ir por detrás de la noticia. La ansiedad, producida por la hipnótica expectación que me empuja hacia el otro lado del planeta, me hace ver que lo que ocurre en esta esquina del mundo es fráncamente aburrido. Siento que la gente de las Antípodas, obligados por la fuerza de Coriolis a girar en sentido inverso y vivir además cabeza abajo, por fuerza tienen que ser de una pasta distinta a los gachupinos de esta península. Conviene acostumbrarse a dejar la mollera limpia porque viviendo al revés toda la sangre subirá al cráneo, circunstancia que sin duda produce unos severos pinchazos neuronales. Como la dieta mediterránea comienza a hacer estragos en mi persona, para ir adecuando mi estómago al jet-lag de la Polinesia me estoy hartando de comer helados y llevo el vientre suelto. Las digestiones ligeras y los sueños inútiles me teletransportan en cualquier instante a una playa paradisiaca, donde me veo buscando un cocotero libre donde echar una siesta, así que no voy por delante de la información, llevo unas cuantas jornadas persiguiéndola.
Los periodistas de olfato registran enseguida por dónde saltará la liebre informativa, los intestinales simplemente se dedican a criticar el género. Si vas caminando por los márgenes del pasado todo resulta más sencillo, es cuestión de no atarse a la ansiedad y observar el panorama a vista de pájaro. Lo primero que atrae poderosamente la atención en el marasmo de las noticias es el sarao que se llevan entre manos las buenas familias de toda la vida. La saga del Bigotes, el Correa, los Agag y toda esta basca de impresentables, logran con facilidad afilar los teclados y cargar de tinta las impresoras. Con sus magras aventuras al estilo Berlusconi, el Partido Popular está sembrado de inolvidables personajes gremiales.
La chaqueta les tira de la sisa a los políticos conservadores y todavía manejan suficiente capital público y privado como para ir al sastre, aún se pueden permitir el lujo de acudir a su peluquería de siempre y pedir el clásico lavar y marcar, nunca hubiera podido imaginar que los trajes caros y los peinados a la moda condujeran en la política provinciana a las farras con prostitutas caucásicas, pero a nadie le amarga un dulce cuando se lo sirven a domicilio. Sobre todo si tus deseos son órdenes. «¿Qué es lo que quieres, prenda? Habla por esa boquita». Los carácteres gremiales van a la caza de un nicho económico donde fraguar su porvenir, trabajan el oficio de la mamporrería y así tráfican con influencias. Excelente.
En este caldo de cultivo, individuos de aire patán pero suficientemente barnizados en la educación católica, se mueven a sus anchas conectando a los sujetos con sus necesidades más perentorias. Sin problemas. Sin cortapisas ni desagradables enredos, efectos secundarios ni engorrosas complicaciones. Si quieres un traje o mojar el churro, allí está Correa para lo que haga falta. Correa es como Luis Ricardo, el robot televisivo de la infancia, es el conseguidor y los tres reyes magos juntos. Hace unos días, sin embargo, decía Rajoy en los periódicos que Correa era tan inteligente que iba para presidente del gobierno, pero el gachó no aguanta el tirón y no desea otra cosa que le hagan la cama, le traigan el bufé al dormitorio y que otro ocupe su lugar.
Todavía enternecen las fotos del bodorrio de la hija de Aznar, donde el maestro Paco Correa, alias don Vito, el que entró en las filas del PP de la mano del mítico Álvarez Cascos, perfectamente embutido en su frac y engominada su pelamabrera en kilos de brillantina, saludaba con cariño al novio, que ahora figura de manera contable en la caja B de las empresas Gürtel. Ya saben que «gürtel» significa correa en alemán, subterfugio que no sólo garantiza el don de lenguas al interfecto sino también su aguda perspicacia a la hora de elegir un nombre para sus empresas. El mismo individuo que garantizaba a su alegre pandilla discreción y ausencia de problemas, ha terminado metiendo al partido popular en una tinaja de cutres corruptelas verdaderamente prodigiosa. Supongo que ahora los periodistas irán como locos tras una fotografía golosa, la de los implicados en pelotas durante alguna orgía burlesca. Vivir a orillas del Mediterráneo hace que la sangre se agolpe en la bragueta.

Incredulidad

Peta Zeta asegura que la subida de los impuestos afectará a las rentas más altas y nadie se lo cree. Una excavadora manda a hacer puñetas las líneas teléfonicas y de televisión por cable de unos setecientos usuarios y todo el mundo piensa que es lo lógico. Se dan por inauguradas las obras del tranvía cuando se jode la luz, cierran el agua o te quedas sin internet. No hay crisis ni existe deflación sin una buena subida de impuestos, desde el IVA al catastro pasando por la recogida de basuras y el IRPF. Tampoco hay obras sin que se rompan tuberías ni salten los cables. El caos ha de ser completo para que lo entendamos mejor.
El alcalde, que viaja en el tiempo igual que otros sólo se mueven por el atasco, no se resigna a olvidar la promesa de levantar un nuevo campo de fútbol. Es una oportunidad magnífica, no sólo de pasar a la Historia sino de favorecer la especulación, y este hombre no quiere abandonarla. Si en época de los romanos se edificaban fabulosos coliseos, hoy se construyen gigantescos futbolines. Los jefes necesitan que sus votantes caigan en arrobo y si no basta con montar una Expo nos clavan dos. Sin un campo de fútbol apenas ocuparía su nombre un renglón en el imaginario de sus nietos. Es muy consciente de que llegar a ministro —aunque tuviese dos carteras bajo el brazo— es una minucia que nadie recordará.
Las obras del tranvía están dejando la calle repleta de cascotes, y estos pedruscos podrían emplearse perfectamente en levantar un futbolín a las afueras de san José. Lo raro es que haya zonas donde no se mueva un camión ni se taladre el asfalto y los comerciantes se inquietan al ver que este suplicio se eternizará una barbaridad. Se han ido al garete más de trescientas empresas zaragozanas con motivo de la crisis económica y sería del género idiota que otras tantas se hundieran por la crisis del tranvía. Los tenderos no tienen la culpa de que Zaragoza haya optado por un transporte del siglo XIX en vez de apostar por el tren bala del siglo XXII, pero estamos tan contentos y será tan ecológico que no se atreven a levantar la voz. Queda feo. Tan feo como quejarse de la tala de árboles para que circulen las bicicletas.
Los mandatarios extranjeros visitan las locomotoras de alta velocidad en la enorme y desperdiciada estación de las Delicias. El consistorio sin embargo, aún está haciendo cuentas —a ver si no le salen rosarios— y crean una de cercanías en pleno centro de la ciudad. A los jefes les mola lo grande y descuidan lo pequeño, lo útil no encuentra financiación. Seguirá dando vueltas el alcalde a su excéntrica idea de levantar un ataúd de cemento en la avenida de Goya, pero hasta que no venga como siempre el ministro de turno y haga sus números seguirá hablando del futbolín.
A las gentes más conservadoras, mientras tanto, se les va la pinza y llegan al extremo de autoafirmarse como paladines de los humildes y la clase más trabajadora. Yo veo a Luisa Fernanda, que es la jefa del PP en nuestra nacionalidad histórica — que así se califica Aragón en su propio Estatuto— y se me pone la carne de gallina. Me siento tan identificado con ella que me desarmo. Observo al señor de los trajes —Camps, creo que se apellida— y me veo vestido tan rícamente de Armani y fundiéndome los dineros del contribuyente con sana alegría. Incluso llego a identificarme con ese barbudo de prodigioso léxico, que tanto se divierte enzurizando al personal, y creo que si toda esta pandilla llega un día a gobernar nos lo vamos a pasar en grande. En las altas esferas gubernamentales causa tal pasmo que estemos llegando al sado maso, que las encuestas de opinión no saben ya como meterle un petardo por el culo al presidente para ver si hace algo que funcione. Y a Peta Zeta se le ha ocurrido de repente hacer unos cuantos juegos de magia.
Su primera medida es congelar el sueldo del Rey. O sea, señalar al vecino de arriba para ver si le dejamos un rato en paz, que no sabe cómo esconderse. Nueve millones de euros se fundirá la Casa Real durante el año próximo, lo mismo que se está puliendo actualmente. Congelando este derroche igual piensa Peta Zeta que se enfrían las comisiones de cualquier ejecutivo de una magra entidad financiera, pero me temo que se equivoca. Congelar los sueldos ministeriales, incluso el suyo, es un gesto inevitable pero no tendría que ser el único. Mientras la clase media se aprieta la cincha, el resto engrosa las listas del paro, así que las congelaciones, para que no parezcan lo que son —simples tomaduras de pelo—, tendrán que ser el principio de otras más potentes. Algo que cause asombro. Pero es que nadie se lo cree.

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La Oficina • Capítulo 18  |   Inka Bola