El mundo es maravilloso en Españolandia

Los analistas más sesudos, los que se dedican profesionalmente a impartir en las universidades las carreras asociadas a la política, no observan la realidad como la muestran los telediarios. Las últimas tesis, ensayos y publicaciones especializadas recrean sociedades, analizan por estratos la situación y generan nuevos hábitat, probando incluso algunas propuestas locales y midiendo los resultados de una manera científica. El análisis político, fuera del cauce de los medios de persuasión —televisiones, radios y periódicos tradicionales—, ha estado siempre al servicio de los grandes intereses económicos. Ligado a la información y la inteligencia, fundamentaba sus estudios en estabilizar el sistema, investigando fórmulas de predicción y manipulación de la actualidad para generar oportunidades, obviamente, en beneficio de los que financian el proyecto y de los que sustentan el sistema que lo promueve.

Esto que hoy nos parece una obviedad, el hecho de asumir que el que paga manda, aunque parezca mentira es una percepción novedosa. Los líderes de antaño dirigían a la manada a hostia limpia, tenían que estar en la pomada repartiendo mandobles para mantener el estatus, lo que resultaba tan agotador y peligroso que iba diezmando a la nobleza. Ahora esta gentuza pagan a otros para que sometan al rebaño, ya sea a golpe de vara —modo tradicional— o abandonando a su suerte a plebeyos, criados y demás huestes. O sea, olvidándose de aquellos que no pueden utilizar a conveniencia y si se ponen muy plomos se les atiza y se les multa, basta con una llamada de teléfono. Y ahora ya ni eso. Resulta lamentable, pero hemos avanzado poco como sociedad y sin embargo las élites están viviendo como nunca. Manteniendo su estructura piramidal, el desarrollo y crecimiento de los dueños del cotarro ha sido geométrico en las últimas décadas. Cada vez son menos los multimillonarios pero cada vez son más poderosos y más ricos. De hecho hay individuos, familias y sociedades que pagan a los jefes para que manden por ellos.

Los que de veras tienen la sartén por el mango carecen de afán de protagonismo, es más prefieren pasar desapercibidos. Los negocios y los pelotazos exigen cierta confidencialidad, por eso crean sus zonas restringidas de socialización y disfrutan del ocio en ambientes selectos. En general no les gusta dar la nota, que es una conducta propia de nuevos ricos, prefieren vivir como dios en grandes casoplones, rodeados de escoltas y cámaras, mientras engordan sus cuentas secretas en paraísos fiscales. Algunos de ellos van tan sobrados de liquidez que incluso fundan organizaciones benéficas y recuerdo haber leído —¿dónde fue?— que un segmento de esta alegre pandilla anda por ahí pidiendo que les suban los impuestos. Han hecho cuentas y resulta que han ahorrado para varias reencarnaciones, las suyas y las de sus nietos, hasta el extremo de que no saben qué hacer con la pasta que les sobra y les ha entrado de repente un canguelo inexplicable, con lo tranquilos que estamos.

Sospecho que este último subgrupo de mega-ricos será muy exiguo, cuatro o cinco fulanos como mucho, pero muy bien informados. No como yo, que he tenido acceso a la noticia mediante la adquisición de una revista pedorra en el kiosko. Reconozco que la publicación es de lo más mundana y que sólo despertó mi curiosidad por las chancletas que ofrecía de regalo. Ahora comprendo que por cinco euros el lote sólo te llevas a casa una auténtica carroña, pero gente como Warren Buffett, el famoso inversor norteamericano, es consciente de estos timos desde la cuna y por eso comprende que, de seguir así, estafando a la gente, se puede armar una buena sangría a no mucho tardar. Por eso pide el gachó que le suban los impuestos, a ver si de esta forma se salva del motín o se acuerda alguien de lo majo que fue.

La noticia, todo sea dicho de paso, es de 2011, pero este magacín la comenta en un recuadrito como si fuera de antes de ayer. Además su empresa editora se jacta de viajar en el tiempo firmando su número de agosto de 2014 cuando todavía estamos en julio, pero qué más da. Ahora da todo lo mismo. De hecho acabo de leer una encuesta de un periódico digital y sus referencias al futuro resultaban tan incomprensibles como las de esta revista, así que a la hora de llegar al análisis he desistido completamente. Tan sólo me he quedado con un porcentaje que asociaban a la palabra «nunca», fijándolo en un apabullante 80%. La pregunta, como podrán imaginar, mencionaba el desempleo y en el fondo intentaba medir de alguna manera la credibilidad del gobierno, que estos días saca pecho y se pone triunfalista. Fíjense lo bien que funciona todo en Españolandia que hoy mismo hemos conocido que el ministerio que se ocupa del empleo ha tenido el valor de fundirse más de seiscientos mil euros en amueblar los despachos de sus directivos. O lo que es lo mismo, más de mil cuatrocientos subsidios se han gastado en mesas, lámparas y sillones. Sumen a esta cantidad los dos millones de euros que ha costado iluminar y climatizar estos despachos y se darán cuenta del mundo maravilloso en el que vive esta chusma. Pero no sólo ellos, los consejeros de las empresas del Ibex 35 están superando la crisis multiplicando por cuatro sus propios sueldos, que siguen igual de blindados que cuando se rescató a los bancos. Pero oiga, como se ha creado mucho empleo para el verano, será que hay que celebrarlo. En fin, y a lo que íbamos, lo que me desconcertaba de la encuesta sobre el paro no era el contraste con la realidad sino la interpretación temporal que originaba mediante el uso de los adverbios «nunca y siempre», aplicados ambos términos a un acuaciante problema social. De una forma atípica se llegaba en esta encuesta a dos conclusiones sorprendentes: la primera, que si algo no se recibe en seis años ya no se conseguirá nunca. Y la segunda, que si algo permanece más o menos estable durante un año seguido lo consideraremos como definitivo y para siempre. Circunstancias, las dos, que producen escalofríos y que requieren de un pacienzudo estudio, además seguramente de aprobar algún grado en psiquiatría.

Por ejemplo, la indefinición de un contrato laboral no significa que el trabajo sea para siempre y sin embargo, al cabo de un año, lo entenderemos como tal. Es una cuestión de optimismo. En cambio si llevas seis años buscando empleo y todavía no lo has encontrado, es lógico pensar que no lo hallarás nunca. Deducir de esto que eres un pesimista ya es harina de otro costal pero no deja de ser curioso que una encuesta sobre el paro acabe midiendo también la intensidad de nuestras emociones. Al fin y al cabo el gobierno trata de insuflar esperanza donde no la hay, inundando a los espectadores con datos y gráficas, asegurando que el país funciona y que vamos a salir adelante gracias a sus maniobras. No es extraño pues que los analistas se empleen a fondo en elaborar buenas mentiras, o incluso que algunos súper ricos piensen en pagar un poco más que sus empleados, no vaya a ser que llegue un día en que no puedan gastarse un céntimo en nada y todo este tinglado se desmorone sobre sus cimientos. Si no tienen dónde ni cómo gastarlos, de poco les habrá servido entonces amasar tantos billetes…

Rudi y la fotosíntesis

Estos días celebran nuestros políticos el estado de la comunidad. No es que cojan por banda a la interfecta y le pongan de repente un examen sorpresa, todo lo contrario, acuden a visitarla porque hace mucho que no tienen noticias de ella, así que lo mismo se ha muerto y no se han dado ni cuenta. Pero, ¿quién es la comunidad y a qué se dedica? ¿Hablamos realmente de una comunidad autónoma? O, citando sus estatutos, ¿acaso nos referimos a una nacionalidad histórica? En la práctica, que es lo que de verdad interesa, Aragón es ahora una pequeña comarca madrileña, porque una vez que coge la Rudi los mandos de alguna cosa la estruja y la apalea hasta reducirla a su mínima esencia. Hemos llegado a una falta de identidad tan vergonzante que nos da igual la autonomía que el bochorno. De hecho la gente se manifestó ayer por la supervivencia de un equipo de fútbol en esta ciudad, como si el fútbol les diera de comer o les curase las hemorroides. Como si el fútbol fuera más importante que la enseñanza o la cultura. La Rudi, a menos de un año de concluir su mandato, ha conseguido que Aragón sea una nacionalidad prehistórica. O protohistórica. Y estoy convencido de que organiza estos debates sobre el estado de la comunidad para sentir que hace algo, aunque sea mover la lengua, y con esa sensación del deber cumplido marcharse después de veraneo.

A estos encuentros acude la oposición dispuesta a hacer sangre pero a menudo no pasan de la indignación porque en la Aljafería, y con el aire acondicionado a tope, se disfruta como en un balneario. Todavía no me explico, con la de terreno que tienen las Cortes, que los diputados aragoneses no hayan mandado construir allí una piscina climatizada. Podrían disfrutarla ellos mismos, además de sus parientes y amigos, igual que hacen los senadores en Madrid. Tampoco nos engañemos porque, en cualquier caso, desarrollan su labor en un marco incomparable. Supongo que imprime mucha presencia, que incluso te crees alguien, cuando paseas entre naranjos mientras desahucian a la gente al otro lado del foso.

A ras de calle, sin embargo, no le encuentras sentido a semejante inversión. Debe ser por la austeridad, que nos ha vuelto a todos demasiado utilitaristas. Hemos llegado a pensar que las cosas que no sirven suponen un gasto inútil. Y que para lo que hacen nuestros diputados por nosotros podrían reunirse en un aula de la universidad, o en cualquier colegio. Seguro que el dinero sobrante encontraría mejor acomodo en los hospitales o en el desempleo, sufragando la discapacidad y las pensiones. Que se luzca un poco y que se reparta el estado del bienestar entre todos, no sólo entre unos cuantos.

Al fin y al cabo, creíamos que al montar el estado de las autonomías desaparecerían los ministerios y las diputaciones provinciales pero al final resultó que se duplicaron y triplicaron las competencias, que crecieron todas exponencialmente, desarrollando una pesada estructura a nuestro alrededor, un lastre que no resuelve nuestros problemas más básicos. Si a esto añadimos que buena parte de las decisiones vienen impuestas desde Bruselas, donde se han creado las administraciones continentales, es fácil de entender que la Rudi se sienta en la Aljafería como en su propia casa. Aquí no se mueve una hoja y cuando lo hace, como en los gags de los Monty Python, es para caer hasta el suelo emitiendo un gritillo de espanto. Si ese grito además arrastra consigo a la mayoría de las hojas y deja el árbol como el palo de una escoba, mejor que mejor y miel sobre hojuelas. Menos gasto y menos explicaciones. Si algo le encanta a la Rudi es gobernar Aragón desde la nada. Como no hay nada será raro que nadie le exija algo, y en este contexto de naderías la Rudi puede venirse arriba y declarar que la crisis ha terminado. O que hace calor. O que mañana es fiesta. Así como suena y porque lo diga ella, las crisis se terminan como se acaban las guerras: haciendo una declaración. Porque esta señora goza de una tendencia absurda a crecerse o porque simplemente no está dispuesta a hacer otra cosa que discursos, gestos y reflexiones, la Rudi, poseída por el espíritu de la austeridad y los recortes, con la fuerza de un geranio se limita a hacer la fotosíntesis, que no es moco de pavo, convirtiendo la materia inorgánica en orgánica mediante la energía que aporta la luz. Y no estoy hablando de las renovables, tan sólo del mundo vegetal que nos envuelve.

Choque de isocarros

No sé a quién se le ocurrió el tópico del choque de trenes. Supongo que la metáfora intentaba poner al personal los pelos como escarpias, pero a medida que pasa el tiempo y no se produce estrellamiento alguno acabas por fijarte en los detalles. Parece obvio lo que representan los trenes, pero ¿cuál es el significado de la vía? ¿Cómo son las locomotoras y cuántos vagones empuja cada una? ¿A qué velocidad van? La estampa es demasiado cerrada, no favorece las interpretaciones y la idea del choque es sin embargo tan sugerente que despierta en las cabezas desastres de toda laya, en cambio esa vía donde se producirá la catástrofe siempre pasa desapercibida. Tampoco importa un comino el freno automático o la pericia de los maquinistas. Ni siquiera se habla de la niebla espesa que debe cubrir el trayecto. Lo de la niebla parece una deducción que no venga a cuento y sin embargo es fundamental, porque no se explica uno que pueda producirse tal accidente entre locomotoras si las condiciones meteorológicas son las favorables. Y menos aún que lo hagan a propósito, sin embargo a todo el mundo le parece normal.

Es muy peninsular y mediterráneo lanzarse el uno contra el otro a sabiendas de que la paliza no acabará bien, supongo que por eso empezamos dibujando la vía donde chocarán los trenes. Hacemos lo mismo en las canchas disimulando la competición mediante un juego o un deporte, con el propósito de enfrentar a dos selecciones y saber quién gana. La vida se torna entonces una pelea, vendemos bocadillos al público, alquilamos taburetes y hasta sombrillas, y para amenizar la espera contratamos a unos mariachis. A mí no me gustan este tipo de espectáculos. No entiendo a los intelectuales que se prestan a formar bandos para apadrinar a los jefes en este show. Pienso en la democracia como un viaje infinito, sin topes ni vetos, abierto a todas las posibilidades y entre ellas cabe perfectamente no sólo el cambio de mentalidad de las personas sino también el de sus pueblos y naciones. Salvo que la ciencia avance una barbaridad, dudo que salgamos a explorar nuevos mundos y crear colonias en otros planetas. Durante varios siglos, engorden o estrechen las fronteras de cada país, la única certeza es que seguiremos condenados a vivir en la Tierra. A no ser que muramos en el empeño, dicta la lógica que conviene a todos facilitarnos la convivencia. A fin de cuentas somos vecinos y la tectónica de placas todavía no fractura los estados al capricho de sus gentes, así que nos interesa entendernos.

Partiendo de una base tan simple, como la necesidad de entenderse, lo primero que salta a la vista es la conducta idiota con que manejan los jefes este asunto. Atrapados en una mentalidad de oligarcas, Artur Mas y Mariano Rajoy representan arquetipos idénticos, estructuras similares y comportamientos políticos muy parecidos, de modo que emplean argumentos calcados los unos de los otros y funcionan de una manera muy previsible. Así que estoy de acuerdo en que ambos se aprestan a chocar, pero no estamos hablando entonces de un choque de trenes sino más bien de isocarros. Ambos sujetos sustentan su pensamiento en fórmulas viejas y hasta que no consigamos deshacernos de ellos será difícil desdramatizar la situación. Los dos, a falta de mejores ideas, están empeñados en hacer de la libre asociación de las gentes un magnífico problema. Un problema irresoluble, que les permita incluso vivir de él, como si no hubiera problemas más urgentes que resolver y situaciones más graves para ocuparse. Al común de las personas nos interesa cambiar de líderes y votar a otra peña en el futuro más próximo, inyectar savia nueva en las administraciones, gente sin pasado de corruptelas y con vocación de servir a los ciudadanos, que resuelva de verdad los problemas de la mayoría y vaya transformando a esta sociedad tan mediterránea en lo que a estas alturas de la Historia debería de ser: un ejemplo de convivencia, respeto y solidaridad. ¿No era eso lo que esperábamos de Europa?

Última llamada

A los socialistas de boquilla, que andan por ahí haciendo cálculos sobre las posibilidades que tienen de mantener sus cargos y sueldos después de las próximas elecciones, les auguro un futuro incierto. Supongo que habrán hecho cuentas y preparado su jubilación, porque de aquí a unos años el panorama político y social será diferente. Mientras tanto, contemplamos el final por capítulos de su larga y patética caída. Los vemos cambiando de muda, volviéndose súper demócratas de repente, eligiendo a sus jefes de manera directa entre los afiliados y sacudiéndose el polvo de encima con el propósito de aguantar lo que haga falta. Tratan de retrasar su propio desastre haciéndose pasar por asamblearios y montando unas elecciones de broma con candidatos de chiste. No me extraña que haya resultado triunfador un mengano al que ahora le hacen la ola los medios de propaganda del sistema invitándole incluso a que abra los telediarios.

Los telediarios, si no resultaran tan previsibles y abyectos, tan manipuladores y tendenciosos, serían ahora fascinantes programas de humor o sorprendentes espacios de comunicación no interactiva. La silenciosa peña de los televidentes no es ya tan pasiva como parece. Insultan al locutor, se mofan de los titulares y crean diálogos paralelos a la supuesta información que reciben. No tragan con facilidad todo lo que les cuentan porque la gente ya está curada de espanto y cuando ven aparecer el rostro nuevo del difuso líder socialista, se dejan al principio llevar por los elogios del presentador, que hace una loa descarada del interfecto, y luego abren las parabólicas, le pasan un paño a los tímpanos y simplemente escuchan. Lo que oyen es lo de siempre pero en otra clave, para ver si así nos entra mejor el mensaje. El mensaje que intenta transmitir Pedro Sánchez es de humildad. Nos cuenta muy humildemente que va siendo hora de ser buenos chicos, que van a comportarse como se espera de ellos y que, como llevan camino de perder hasta las chanclas, están dispuestos a defender los intereses de la mayoría.

Una mayoría cansada de escuchar buenas palabras asistía con aburrimiento a su discurso y a medida que iba avanzando la entrevista, dirigida con mano de plástico por otro Pedro, el inefable Piqueras, reconozco que entré en sopor y acabé dormitando en el sofá con un molesto pedazo de cena entre las muelas. Me lo quité después a la vieja usanza, con un palillo en lugar de seda dental, y mientras lo hacía pensé que todos los electores de Sánchez estarían haciendo lo mismo en ese preciso instante.

Como la crisis de los cincuenta está causando estragos en mis neuronas, no recuerdo ya quién dijo o escribió, o de qué película extraje que los seres humanos, acuciados por la ley del mínimo esfuerzo, sólo nos decidimos a cambiar el sentido de la marcha cuando estamos al borde del precipicio. Hasta que no llega ese momento seguimos por inercia tomando las mismas decisiones o aguardando a que las cosas se arreglen por sí solas. En contra de lo que suele expresar Punset, creo que nuestra capacidad de anticipación no maneja futuros amplios. Basta con observar el comportamiento de las élites para comprender que, mientras les vaya bien y hagan caja, continuarán por la misma senda. De ahí que no admitan como una realidad propia la que perciben los demás, calificándola de exagerada. El gran roto que rasga a la clase media peninsular, dejando caer en la pobreza a millones de individuos, puede inspirar ternura o caridad entre los jefes, pero todavía queda lejos de su experiencia sufrir los mismos males de aquellos que dicen representar. Tal vez por eso terminan indignando a la gente o en el mejor de los casos aburriendo hasta a las ovejas. Con las prisas en decorar los partidos y abrillantar las instituciones, con esa presteza que imprimen las leyes para apalancar su manera de entender la política y la economía, dudo mucho que consigan frenar de algún modo el cambio que se avecina. Aunque tampoco evita que sigan colocando palos entre las ruedas.

De hecho los periódicos tradicionales comienzan a ocultar los resultados de ciertas encuestas porque proyectan unas expectativas lamentables para los intereses que defienden. O dicho de un modo más simpático: que la revolución se extiende. Parece que en las cabezas de los sufridos consumidores sólo existan ya dos bloques de pensamiento, o eres del PP o eres de Podemos, y toda la gama de grises que hay por medio tarde o temprano tendrá que decidirse. Psicológicamente nos hallamos en un cambio de época, pero aún hay muchos que todavía prefieren la caspa y el fango de la corrupción, aquello que conocen frente a cualquier novedad que pudiera presentarse. La novedad produce pánico entre los que están bien situados y genera esperanza entre los más desprotegidos. Los hay que optan por la transformación del sistema de una manera convencida, incluso militante. Pero también es cada día más fácil encontrar a sujetos de cualquier mentalidad dispuestos a votar al coletas para infligir un castigo, una venganza, una limpieza o vaya usted a saber qué. Podemos es tan versátil que lo mismo convierte en don Limpio a cualquier vecino que lo proyecta de igual manera y con el mismo entusiasmo hacia el ámbito más abertzale. A estas alturas de la película, y al margen de los incombustibles electores del PP, resulta que los atribulados contribuyentes se inclinan cada vez más por votar a Podemos, que sacaría el 21 % de los sufragios frente al 27 % que obtendría el PP. Lo que pone a los jefes de los nervios, porque tienen la sensación de que se les agota el tiempo y se les acaba el chollo. Porque ya no saben qué hacer para blindarse. Y porque hagan lo que hagan, a unos se les ve el plumero y a otros no se los cree nadie. El sistema agoniza a cámara lenta. Todas las esperanzas desembocan ahora en la necesidad de una transformación profunda. Es la última llamada, y no sólo para el planeta, los recursos y la ecología sino también para la solidaridad y el respeto hacia los ciudadanos. La democracia, a estas alturas, podría ser mucho más abierta y participativa. Reducirlo todo a un simple cambio generacional resulta patético. Y lo saben.

Perogrullo y la vergüenza ajena

Un individuo torpe y pazguato, sin fotogenia, al que se le ve el cartón y se distrae con el vuelo de una mosca, de cuando en cuando parece sufrir deslumbramientos que desenfocan su mirada. Asumes que le habrán metido un flash en la jeta y que desde entonces no sabe qué diantres le pasa, porque está confuso y parece ausente. Le llega un olor extraño y lo vemos arrugar la nariz, como si un súcubo estuviera giñando a medio metro del interfecto. En otras ocasiones esboza una sonrisa mema, semejante a la que fabrican los niños para disimular su vergüenza o nos remite una mueca cariada, producida tal vez por una tensión nerviosa o porque su lengua está buscando un tropezón perdido entre las muelas. En cualquier caso don Mariano, o simplemente el señor Rajoy, presidente de gobierno, es un sujeto inconexo de barba recortada y canosa al que le tiemblan de pronto los párpados hasta generar un tic, un guiño incontrolable y molesto que embarulla sus palabras. En sus morros, cuando el fulano en cuestión mueve la boca para no griparse, aparecen entonces las comisuras de unos labios necios, diseñados para sorber una ostra o calzarse un puro pero que, de simple aprensión, no te los imaginas besando a nadie. Como mucho sirven para cristalizar una baba y a medida que Mariano vuelve a leer de forma cansina su interminable discurso te olvidas de ella, lo mismo que haces con cualquier imperfección de las muchas que pueblan su rostro.

Los discursos de Mariano, al contrario de lo que piensa la gente y comparándolos con los temibles rollos del Mar Muerto que lanzaban Zapatero, Aznar o González, nos parecerán eternos pero son más bien cortos. Y no sólo en cuanto al número de folios sino que, atendiendo a toda la expresión del término, están sembrados de verdades de Perogrullo. Perogrullo, o Petro Grillo —según el académico Godoy Alcántara— fue un palentino del siglo XIII que se hizo famoso a fuerza de pregonar obviedades. Pudo tratarse también de un ermitaño cuyas tendencias proféticas y verborrea generalizada causaron profundo impacto durante el siglo XV, sobre todo cuando explicaba a la concurrencia que el primero de enero iba a comenzar el año y que amanecería al alba.

Supongo que al escriba de los discursos que lee Mariano le apasionará Quevedo y Cervantes, esos grandes escritores que llevaron a Perogrullo hasta los altares de la literatura, porque suele cebarse en popularizar los recortes que nos endosa el gobierno mediante múltiples perogrulladas. Al estilo de «blanco y en botella», como si no cupiera la pintura o el batido de coco en el mismo recipiente, Mariano suele condimentar su discurso con ripios de pobre factura. Presumiendo además de que nuestra capacidad deductiva no se verá mermada, a menudo nos estimula con sandeces. Dando por sentado que no existe otra forma de hacer las cosas, demostrando de este modo que da igual quien presida el gobierno, porque haría lo mismo que él, Mariano es capaz de soltar sin un ápice de ironía que está preparando una ley para regenerar la democracia.

Y que conste que no soy de los que exigen perfección en las formas. Ni siquiera en los fondos. Ya puede venderme un tipo de blanca dentadura y chocolatina en el pecho la conveniencia de apuntarme a un gimnasio, que si me da grima difícilmente abonaré la matrícula. Puestos a sufrir casi prefiero que me dé la brasa un individuo poco agraciado por la naturaleza y a ser posible con severos defectos para que de algún modo me solidarice con su esfuerzo. Pero es que Mariano no pasa la prueba del algodón. Ni siquiera la del plumero o la de la mopa. Igual es que se ha venido arriba probando la dieta macrobiótica o la del índice glucémico y tras perder cinco kilos de golpe, así a lo tonto, sin comerlo ni beberlo —o más bien comiéndoselo todo, a tenor de la panza que luce—, decidiera ahora cultivar el pellejo y dotarse de cierto tono muscular. Mariano, el mismo que animaba a Bárcenas con mensajitos de texto en momentos de apuro, está dispuesto a vigorizar el sistema y no se le ha ocurrido nada mejor que obligar por ley a que gobierne en las alcaldías la lista más votada. Sea cual fuese la distancia que haya entre el primer partido político y el segundo , y con el propósito de que no se pongan de acuerdo entre los demás para echarle un día del sillón, el cachondo de Mariano nos viene con la perogrullada de que a partir de ahora mandará el que gane. Intuyendo el pobre que será él. Tan grande es la decadencia que lo envuelve y la sentina que lo encharca, que llega a confundir este hombre la regeneración con el modus operandi que maneja la mafia, esa mafia que anda hoy medio colgada por efecto de los antidepresivos. Esa misma mafia que está dispuesta a cambiar las reglas del juego como si la democracia fuera una ruleta trucada y el Estado un casino de su propiedad.

Tal vez por eso, Mariano se ha propuesto levantar la moral entre sus filas, antes de que se vayan todos de veraneo, enviando al Congreso un blíster de veintiséis leyes que nos ajustarán, un poco más si cabe, la correa del cinturón al cuello. Y para demostrar la alegría y el alborozo que producen sus decretos entre amigos y socios no tarda mucho en aparecer Montoro por la televisión soltando como un vulgar Perogrullo que —literalmente— se siente muy orgulloso de pertenecer a la casta. Y no a una casta cualquiera, sino a la de derechas. Así como suena. También la Cospedal nos ha regalado los oídos aclarando sin ninguna vergüenza que ella reivindica la política como una forma de hacer caridad. Tampoco me extraña pues que Esperanza Aguirre, continuando en esta línea, se nos suba a la chepa y diga que el dinero que se recauda para denunciarla ante los tribunales tendríamos que invertirlo en algo más productivo, como indemnizar a las víctimas de ETA. El caso es que, llegados a este punto, no se ya si me produce hilaridad o espanto escuchar las paridas de toda esta chusma, pero entre lo que roban y lo que cobran estoy convencido de que deberían de guardar un perfil más bajo. Su soberbia, a fin de cuentas, no sólo causa estupor sino que redobla la inquina que les estamos cogiendo. Y no es sano.

Aferramientos

La gente ya no se acuerda pero al principio de la transición, cuando se produjeron las primeras elecciones, los nuevos diputados y concejales se sintieron marcados por la zozobra y el desamparo. Se vivían tiempos revueltos y la carcundia estaba encolerizada ante la disolución del franquismo como un azucarillo en la democracia, de modo que las caras más visibles de los partidos de la izquierda necesitaban cierta protección. Fue entonces cuando nació el aforamiento y todo el mundo, salvo los herederos del antiguo régimen, contemplaron aquella medida con lucidez. Tengan en cuenta que la policía se empleaba a conciencia en aquella época y tras una carga de caballería no era tan complicado encontrar por el suelo un cadáver. Tampoco era difícil que se disparase una pistola. Repasen los periódicos de la época y comprenderán que el aforamiento de los representantes políticos a finales de los setenta permitió a muchos de ellos que no les abrieran el cráneo de un porrazo durante una manifestación. Los representantes sin padrino, los herederos de la clandestinidad, necesitaban blindarse de alguna manera ante la vieja casta del movimiento nacional y los falangistas de última hornada. Diseñaron y levantaron un poder emergente, con fueros frente a la acción policial y judicial, dotando a las Cortes Generales de fondos suficientes como para resistir un asedio. Hoy, de hecho, almacena más de sesenta millones de euros al margen de su presupuesto legal. Pero lo más importante fue que los nuevos diputados y senadores, alcaldes y concejales compartían escaño en igualdad salarial con los herederos de la dictadura, reconvertidos a la democracia por arte de birlibirloque y sostenidos por los poderes fácticos.

El aforamiento —o la inmunidad de los representantes públicos— analizado con la perspectiva que ofrecen cuarenta años de chapa y pintura, fue una jugada maestra. Permitió a las viejas familias adineradas mantener su poderío económico mediante una ley simplona, la que garantizaba a los colaboracionistas de la transición un señorío ilusorio, un trato especial que hasta ese momento sólo percibían ellos, sus allegados y los que tuvieran a bien designar para que se ocuparan, como dios manda, de sus intereses. Estamos hablando de una época en la que se atropellaban los derechos de la gente por inercia y por costumbre, como quien pasa la mopa para abrillantar el terrazo.

A tal punto llegó la farra que se extendió el uso de una frase que hoy causaría cierto impacto viral, la ya mítica “usted no sabe con quién está hablando”, y que permitía a cualquiera promover una pausa durante una lluvia de hostias. Aquí entonces sólo te salvaba de la quema el ser alguien o darte ínfulas, y como hubiera hecho cualquier conde o marqués ante un trato indigno o vejatorio, impropio de su alcurnia y su cuenta bancaria, nos soliviantábamos también los demás con la esperanza al menos de ser sometidos mediante una causa por ridícula que fuera. Hace cuarenta años pedíamos a la policía, no ya que se identificaran ellos, al revés, que antes de repartir estopa nos tomaran en consideración. No por gusto sino para establecer la presunción de inocencia y que de algún modo quedara constancia de los hechos porque el habeas corpus era un drama. Y lo sigue siendo. Quién nos iba a decir ahora que entregar el carné sólo serviría para verificar nuestro domicilio y recibir una buena multa.

Si la presunta culpabilidad de antaño ahora se regala por añadidura, dentro de lo viejuna que sigue siendo España, sus jefes e instituciones, aspirábamos entonces a ser tratados con la misma dignidad que nuestros representantes públicos. Es más, creíamos que aforando a los diputados se crearían leyes después para proteger los derechos y las libertades, tratando con un mínimo de decencia a las personas. Ahora estoy convencido de que ese respeto duró el tiempo que les costó adaptarse al sistema. Pronto dejó de contemplarse el aforamiento como un santo y seña. No recuerdo cuándo se convirtió en un salvoconducto pero después llegaron los pases, las entradas de palco, los asientos vip y las zonas reservadas. Poco a poco, el hecho de haber sido elegido como representante adquirió la categoría de privilegio, produciéndose la consabida distancia entre políticos y ciudadanos. Aparecieron entonces las tramas, el ladrillo, los coches oficiales, los sobresueldos en negro y de regaliz y hasta las cuentas en Suiza. Si tuviera que escoger una imagen del deterioro me quedaría con la llegada de Artur Mas en helicóptero, durante las protestas del 15M en Barcelona, cuando los diputados del Parlament —que iban a votar nuevos recortes contra la ciudadanía— tuvieron la oportunidad de volver a sentir por un momento la experiencia de la fragilidad humana. En aquel instante, cuarenta años después de los cuarenta años de dictadura, los votantes se atrevían a pedir respeto a sus representantes en su misma cara y en vez de mostrar aquellos un ápice de humildad, salieron huyendo. Desacostumbrados al roce con la gente se encastillaron en sus pesebres y no hay otra forma de despegarlos de sus poltronas que formando partidos, foros y movimientos ciudadanos, acudiendo incluso a las elecciones con el propósito de limpiar los malos hábitos que se instalaron en la administración.

El aforamiento sólo ha servido pues para incluir en las élites a los políticos y partidos garantes del régimen, dando paso luego a una simple licencia para delinquir, la que permite ser juzgado entre pares por un tribunal superior. Tan supremo es el juzgado que incluso es capaz de comprender perfectamente las trápalas inmobiliarias de un presidente de comunidad autónoma, hasta el punto de no ver delito en las mismas. De modo que puede seguir trapicheando a su gusto, cobrando en áticos, forrándose según su agenda de ilustres contactos y aferrándose al sillón como si no hubiera un mañana. Resistiendo igual que una infanta al vapuleo. Aguantando como un rey su propia andropausia. Retrocediendo hasta el siglo XIX en plena era de la tecnología, la ciencia y la información. Tratándonos en definitiva como a menores de edad, aunque ya no funcione.

Los vendedores de palabras

Una amiga me preguntó —hace ya unos eones— que cómo iba viendo el panorama y le contesté, resumiendo y por abreviar, que los socialistas desaparecerían del mapa. Cuando me da el ramalazo profético me pongo imposible y enseguida me arrepiento pero hoy, si me preguntase sobre la situación, tendría menos claro que este partido se fuera a evaporar de las instituciones por simple combustión espontánea. Creo que en su deriva le van a echar pozales de dinero fresco y de publicidad gratuita para ver si asoma la testuz y continúa, per secula seculorum, cumpliendo el rol que le fue asignado y del que todavía se enorgullece: ser el corcho que cierra la botella. No en vano el sistema es un vino añejo que debe criarse en barrica, a resguardo del vandalismo y las inclemencias meteorológicas, por eso dice el señor Madina que necesitan un «shock de modernidad».

A mi lamentable juicio, creo que de modernidad van sobrados y que si necesitan algún tipo de shock podrían empezar por recortarse el sueldo hasta que se parezca, por ejemplo, al salario mínimo o como mucho a la nómina de un profesor de instituto. Sólo de esta forma se darían cuenta de lo que vale un peine y lo mismo deciden entonces incrementar la paga a los demás. No caerá esa breva porque escuchan argumentos similares y los tildan rápidamente como demagogia, negándose así a comprender la contradicción que encierra y lo cómodo que resulta pedir sacrificios a los demás mientras llenas tu propia saca. Comprendo que es más sencillo ejercer de moderno que de socialista, pero yo, en su caso, me lo haría mirar.

Si lo moderno se antepone por principio a lo clásico y se siente como actual, hasta los diccionarios reconocen que un sujeto se las da de moderno cuando no puede ya presumir de otra cosa o porque, sencillamente, acaba de empezar y todo se le antoja novedoso y etéreo. Pero, ¿cómo se moderniza, por ejemplo, al señor Bono? ¿Y al señor Belloch? Un alcalde como el de Zaragoza, que se queja por la ausencia de fastos en la coronación del nuevo monarca, ¿acaso es modernizable?

Cuentan que los partidos los forman sus gentes, pero es que hay gentes en ciertos partidos cuyo perfil es tan clásico que hace daño a la vista. Quien acabe llevando las riendas de la socialdemocracia española, tan formal y tan antipática que nos cae gorda, si de veras quiere modernizar algo y no sólo darle un barniz, tendría que empezar a mojarse el culo y ponerse al lado de sus clientes potenciales. Y hablo de clientes con sorna, para ver si de esta manera se interesan por el negocio, porque hoy no sería tan complicado enfrentarse a la herrumbre si los gobiernos socialistas del pasado no hubieran colaborado con saña en la oxidación. Aquellas leyes de la patada en la puerta o la imposición de servicios mínimos en las huelgas, constituyen hoy un andamiaje perfecto para que los carcamales del gobierno disuelvan cualquier protesta. Pelear ahora contra una inercia de décadas nos regalará sin duda momentos de una agonía fascinante, pero no dejan de ser absurdos y además generan acidez.

Similares en su trapisonda a los peperos, que a fuerza de echar caspa sobre las instituciones su mera contemplación enferma, los socialistas de ahora, como Sánchez o Madina —que estuvo ayer en Zaragoza— son conscientes de que ya no levantan pasiones. Así que, lejos de buscar un eslogan con pegada prefieren actuar como moderados y traga piedras, de ahí que Madina, en su carrera hacia el liderazgo, califique ahora su proyecto como una «esperanza pegada a la realidad». Apenas han transcurrido unos días desde que su contrincante, más joven y goloso, le triplicara en avales, y la promesa de un shock de modernidad se ha transformado ya en una ilusión posibilista. No me imagino lo que nos venderán después, ¿una seriedad atractiva? ¿Una propuesta edificante? ¿Un anuncio de Mimosín?