Lo que no mata, engorda

Llega el último día de ensayos antes del estreno y aparecen los nervios. No es lo único que aparece, también me ha venido a visitar la nostalgia. Hasta ahora creía que estar de los nervios antes de una representación era un problema de actores y que sentir nostalgia cuando precisamente empieza la aventura era un fenómeno paranormal. Quién sabe. Igual, en el fondo de mi corazoncito, tal vez me sienta todavía un actor. En cuanto a la forma, no sabría decirles. De tener que explicarlo la doctora Aspasia, atribuiría mi estado de ánimo a una manipulación desafortunada del Big Bang. No sería la primera vez que alguien se encuentra por la calle a su otro yo y resulta que no hacen buenas migas… ¿Hacen o no hacen ahora unas migas? Con su chorizo braseado, ¿eh?

El teatro siempre maneja un antes y un después. Los ciclos se suceden y aunque resulte contraproducente anticipar las emociones, el hecho de haber vivido ya procesos semejantes repercute en la serenidad. Pero, ¿qué es la serenidad? Si tuviéramos que incluir a la serenidad en la Tabla Periódica ocuparía un espacio entre las Tierras Raras, seguramente junto al europio, el gadolinio o el lutecio, metales de transición que son relativamente escasos en la naturaleza. Pues con la serenidad ocurre tres cuartos de lo mismo, sólo que uno de sus mayores atractivos —la permanencia— es aleatoria y encima se hace mucho de rogar. O dicho de otro modo, que no es lo mismo tener veinticinco años que cincuenta. Y lo que es más importante: que aún queda cierto recorrido hasta encontrarte con la vejez.

A los cincuenta y tantos—no entraré en detalles— te tomas la vida de otra manera. O al menos lo intentas, porque la serenidad se me antoja ahora un estado de ánimo relativo, fugaz, aunque algo más estable que a finales de los 70. En aquella época hacer teatro era una locura. O sea, que te tomaban por un loco y no quedaba más remedio que salir adelante a trompadas. Ahora da igual la profesión, que las trompadas no te las quita nadie. Así que terminas sacando la vara de medir los riesgos y también la de observar fenómenos. Y así, midiendo y observando, he llegado a la relajante conclusión de que tal vez estemos hablando de estreno cuando la representación del sábado podría calificarse tan rícamente como un pre-estreno. ¿O no? Lo digo por quitar hierro al asunto y recuperar la compostura.

Tengan en cuenta que en el mundo de la farándula escasean las abuelas, de ahí nuestra natural tendencia a la exageración. La sala en la que se pondrá mañana en pie el espectáculo presenta un aforo muy familiar, asunto que, lejos de ser un inconveniente, resulta a las claras un acierto. No sólo porque la experiencia será más entrañable y enriquecedora, sino también porque a cualquier actor la proximidad del público le sienta de maravilla. La disfruta mejor. Y mucho más si hablamos de una clown, como la doctora Aspasia, acostumbrada a trabajar en aulas magnas y con todos lo medios audio-visuales a su alcance. En un ámbito más reducido toda la sabiduría que acumula Aspasia se expandirá de forma geométrica, alcanzando los nervios simpáticos y parasimpáticos de la concurrencia hasta aflojar sus mandíbulas. Y notarán entonces que les atraviesa el humor con la fuerza de un mordisco.

Salta a la vista cómo está el panorama de la Ciencia, cómo está el de las artes escénicas y en general cómo está todo el patio de vecinos, así que soy consciente de que ahora los estrenos son simplemente estrenos y que si algo pasa con mi memoria es que no está precisamente a estrenar, más bien se está volviendo caprichosa. Por ejemplo, me hace recordar que de niño, cuando hablaban por la radio de un estreno, calificaban dicho evento con el título de mundial. Y jamás puse en duda que en su mayor parte fueran estrenos mundiales, pero tanta rimbombancia me convirtió en un escéptico sobre su magnitud e importancia. Es más, en cuanto a calidad y cantidad de caspa que rezumase el evento, lo planetario podía inducir a error. En mi infancia abundaba la caspa y desconozco cuándo se cansaron de los estrenos mundiales pero, cada vez que se realizaba por primera vez una pieza en cualquier localidad, por pequeña que fuese, era considerada de por sí un estreno. Y esto era muy desconcertante. Tan desconcertante que unos lustros después me pasaría quince años estrenando, porque rara vez se repite una función en un mismo sitio; salvo que la ciudad sea grande. En fin, reconozco que el tema es prolijo y que resulta fácil irme con él de paseo por los cerros de Úbeda. Mi natural tendencia a enrollarme como una persiana suele crecer con los nervios y conduce en ocasiones a precipicios, bosques y sembrados de los que parece imposible escapar. ¿Dónde estábamos? Ah, sí. Que es el último día de ensayos.

Tampoco es que sea una verdad irrefutable. En el teatro se ensaya a menudo, así que no será el último. Pero sí que es verdad que esa sensación de que ya está todo listo para presentar por fin el espectáculo al público, de que está «todo el pescado vendido» —como dice Alfonso, el director de la obra, desde hace unos días—, esa impresión de que un riachuelo nace, va creciendo y desemboca de pronto en un río más grande, pues esa impresión no me la quito de encima. Y supongo que es debido a la cochina experiencia. A la necesidad que tenemos a veces de detener el tiempo, sobre todo cuando estamos disfrutando. Para que no se escape.

COSMOAGONÍA
Sábado 24 y 31 a las 21 hs.
Espacio Gromeló
En el Bar La Caja Tonta
Calle Comandante Repollés, 21

El historión

Me gusta poco ir a matacaballo pero hace un par de meses que no escribo de otra forma. De hecho llevo dándole al bolígrafo sesenta días seguidos, sin pensar en otra materia que el texto, de modo que hasta ahora no he tenido la oportunidad de escapar a semejante trajín. Y echaba en falta cierto reposo. A los que practicamos el oficio de juntar letras nos encanta, por lo general, concedernos un tiempo y un espacio para crear líneas, frases e ir llenando cuartillas.

No es que me haya vuelto a embarcar en una novela. No, ya lo lamento. Tampoco me apetece escribir artículos ni crónicas de actualidad. Ahora la actualidad es tan densa, tan dura y tan rancia que basta con echar un vistazo a la libreta de ahorros para hacerse un croquis de cómo funciona el mundo. Los números hablan por sí solos, nos condenan a vivir la actualidad en primera persona y si no fuera suficiente da igual. Abra usted la puerta de su casa y la vorágine del patio de vecinos le obligará entonces a respirar esa atmósfera agobiante que estrangula a todo un país.

Una vez atrapado en la impotencia, y tal vez por esa misma razón, se verá usted empujado de repente a una encrucijada darwinista: o se adapta o muere. Parece sencillo. O una cosa o la otra, ¿verdad? El problema llega cuando la adaptación y la muerte significan prácticamente lo mismo. Y no hay que ser muy listo. La miseria que nos rodea es tan eficaz que adaptarse a ella nos arrastra peligrosamente hacia una lenta agonía. La balanza del futuro ya se inclina en esa triste dirección, de modo que no hay más remedio que provocar una ruptura, una transformación, un cambio profundo.

Yo también necesitaba un cambio pero no sabía cuál. Llegó de una forma fortuita, casual. Y cuando me hicieron la propuesta me sorprendí asintiendo con absoluta desvergüenza, como si hubiese caído en el momento exacto. Pero no tenía la menor idea de que iba a convertirme de pronto en el guardián de un argumento fascinante. Extraño. Muy singular.

La doctora Aspasia • fotografía de Lisístrata Live In Tokyo

Es cierto que la ocasión me la pintaron calva. O dicho de otro modo, que me hicieron una oferta que no pude rechazar. Y no estoy hablando de dinero. Quien se acerque a la cultura con el propósito de enriquecerse no tardará mucho en comprender que está perdiendo el tiempo. A fin de cuentas, y en el mejor de los casos, el éxito es una consecuencia del trabajo, el esfuerzo y la dignidad del resultado. A todos estos condimentos, además, deberemos añadir la suerte, que en algunas circunstancias parece amiga de la magia. O de la fantasía, tal es el número de coincidencias que tendrán que producirse para ganar un dinero con el arte. En cualquier caso no hablo de economía, sino del motor que desencadena los acontecimientos creativos. Una abstracción que podríamos resumir en un verbo: enamorarse. No en vano, la moneda de curso legal más frecuente entre los artistas es la del entusiasmo. La pasión.

Los artistas, cuando venden una idea a otros artistas —ya sea buscando colaboradores o socios—, cuando se dejan llevar por el cariño que sienten por lo que hacen, no sólo comparten la emoción que les embriaga sino que proyectan sobre los demás el sentimiento de una proximidad absoluta. Se trata de un calor afectivo que les quita de golpe varios años de encima y brillan entonces de una manera especial. Irresistible. Podríamos decir incluso que resplandecen al mismo tiempo que las ideas que transmiten. Y he de reconocer que, dentro de la propuesta, el argumento que tendría que defender me resultaba muy sabroso. Entre otras cosas porque ofrecía a mi paladar los ingredientes fundamentales: el regusto de un vino añejo, el olor de una entrañable amistad y hasta el sonido antiguo de un proyecto que años atrás dejé suspendido en el tiempo.

Me estaban ofreciendo de nuevo la oportunidad de acercarme al teatro, a la escena. Pero esta vez como dramaturgo y con el regalo añadido de crear un texto de clown. Como lo oyen. De clown para adultos, además. ¿Y cómo se escribe algo así? ¿Fabricando onomatopeyas al estilo de un comic? Y en ese caso, ¿cuántos zascas se valen? ¿Cuántos cuac son redundantes y cuántos son necesarios? Grandes dudas, grandes retos. Por si fuera poco, el argumento a tratar no era otro que la Gran Historia. O dicho de otro modo, promover la divulgación científica desde la óptica del humor, por lo que tendría que concentrar trece mil ochocientos millones de años de Historia en apenas una hora de espectáculo… Y ya el mero hecho de pensarlo me produjo una carcajada.

Lo que para cualquier actor resulta un hándicap, para un clown es un manjar. El clown se alimenta de problemas. Y cuanto más grande es el problema más nos enternece y más humano resulta. Así que una sola persona, pegada a una nariz roja, puede hechizar a los espectadores durante hora y pico con cualquier argumento por inconmensurable que sea. Basta con dotarla de un carácter singular. Un carácter tan poderoso que, con su mera presencia, sostenga entre sus dedos todo el conocimiento del planeta. Y así creció la doctora Aspasia, toda una eminencia en la asignatura que imparte: la cosmogonia. Tal cual suena y sin acentos.

Y qué es la cosmogonia, se preguntarán ustedes. La cosmogonia es una narración científica sobre el origen y la evolución del universo. O sea, un auténtico historión. Un historión en el que buceo desde hace un par de meses, que me atrapa y me hace reír, con la falta que hace el humor en los tiempos que corren… La pieza está en su recta final de ensayos y en enero por fin se abrirá al público. Les mantendré informados sobre el día y la hora de las funciones. Mientras tanto quede constancia aquí de lo que estoy haciendo, no vayan a pensar que me he adaptado a la situación. O todavía peor, que ya estoy muerto. Simplemente ocurre que estoy haciendo algo nuevo para mí. Y más que un texto parece una música. Una partitura. También me pasa que tengo la sensación de haber vuelto otra vez al final de los años 70, cuando hacer teatro era algo parecido a construir tu propia leyenda, y ya comprenderán que digerir esta nueva etapa resulta a veces mareante.