Desatarse

A la gente de orden le produce espanto la multitud. Aunque hagan caja, la simple visión de una turba les pone de los nervios. Muchas veces me he preguntado el porqué de sus críticas despiadadas y a menudo he llegado a la sospechosa inquietud de que en realidad no aborrecen el mogollón ni el griterío, sino que sienten una atracción tan magnética por la muchedumbre que se ven impelidos a estamparse con ella. Su rechazo es astronómicamente proporcional a su deseo y se retroalimenta de manera constante, de ahí que si un día aciago rompen las ataduras nos regalen espectáculos de sorprendentes matices. No salen del armario, se arrojan por la ventana. No acuden a las manifestaciones, sino que se alistan en la policía para tener un arma. Y no es que vayan a los sanfermines, más bien se transforman en súcubos. Seguir leyendo

Nefelismo

Existen muchos tipos de nubes, desde las estratosféricas a las de desarrollo vertical. En el viejo código de la escuela franquista se dividían en cirros, cúmulos, estratos y nimbos, en la modalidad actual tal vez hayan cambiado un poco las acepciones pero en esencia las nubes siguen siendo meteoros de carácter suspensorio, donde las partículas construyen en la atmósfera bolsas de agua en formas caprichosas, dando origen incluso a nieblas y neblinas y creando además todo tipo de precipitaciones, desde la lluvia a la nieve, pasando por granizos, hielos granulados y polvos de diamante. Las nubes levantan heladas, rocíos y escarchas, y cuando sopla el viento originan calimas y ventiscas, trombas, remolinos y hasta tempestades. Participan además en la creación de otros meteoros, como la irisación de sus propias nubes, espejismos, trepidaciones, arco iris y centelleos, se colorean gracias a las auroras y se tiñen de matices al amanecer o en el ocaso. Son muy activas durante las tormentas, cuando sueltan rayos, truenos y relámpagos parecen cabrearse con el mundo, y se tornan misteriosas durante los fuegos de san Telmo, esos plasmas de baja densidad que rompen dieléctricamente el aire y que en la Grecia antigua se denominaban Helena. Seguir leyendo

¿Irse?

Viendo a esta moza acarrear semejante ristra de fardos diríase que emigra, que se las pira, que huye de su país por la guerra o la hambruna con todo lo que es capaz de cargar. Se apoya en la maleta delantera, que empuja visiblemente azorada mediante las minúsculas ruedas inferiores a modo de tacataca. Las trolis exigen superficies lisas para patinar y las mochilas requieren además de una espalda firme unas chirucas, por eso sorprende contemplar las chancletas de esta mujer de piernas blancas, todavía sin broncear, cuyo bolso pende en bandolera y por delante, evitando de esta manera las ágiles manos de los descuideros. La muchacha levanta el mentón por un segundo, instante que capta la imagen, para echar un vistazo al horizonte. Casi apreciamos sus mejillas sonrosadas por la fatiga pero desconocemos aún si acaba de llegar a Zaragoza, se aproxima a las taquillas para sacar un billete y largarse o si durante el proceso acaba de perder a alguien. Incluso imagino que al otro lado de la foto cabe otra persona en una postura simétrica, con igual número de fardos, desesperada también por el absurdo de la situación y condenada a encontrarse con ella a mitad de párrafo. Nunca sabremos si corretea una criatura por el vestíbulo, escapando de la tutela materna, si un abuelo busca por el mármol la dentadura postiza o si la compañera de fatigas, que viene del retrete, acude a su encuentro para socorrerla o para cargarle un bulto más en los lomos. Da igual, la estampa simboliza la eterna escapada del verano peninsular. La agonía de las vacaciones. El turismo en estado puro. Nada mejor que una mujer arrastrando las maletas para simbolizar este axioma, todo un clásico en la burla de género. Seguir leyendo