Ahora y en la hora…

Voy a dejar  al margen la clásica teoría de la conspiración, que tanto me encanta, y me voy a creer por un instante  que  pilotos experimentados,  aviadores bregados en vuelos internacionales y acostumbrados a llevar de aquí para allá a jefes de estado, diputados y demás mandamases polacos, causen un desastre fenomenal gracias por lo visto a un estúpido empecinamiento. Por lo que cuentan las crónicas, y sin que nadie les animara, no intentaron aterrizar  una ni dos  sino hasta cuatro veces en el aeropuerto militar próximo a Katyn, terminando ésta última por reventar el avión contra el mismo bosque al que acudían a rendir culto, donde precisamente vagan entre la espesura  las almas de veinte mil de sus compatriotas asesinados en la época de Stalin. Si la versión oficial es cierta no queda más remedio que asumir la vida como un ridículo contratiempo: la extraña excepción de una constante calamidad.

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El Parque de la Memoria

Ahora que entra a raudales la luz del sol por el balcón resulta que me duele la cabeza. La cefalea me obliga a recordar con un cariño agnóstico mi viejo y umbrío entresuelo, esa gruta donde hibernaba como un oso, lo mismo en verano que en invierno, porque  la fresca —completamente ajena a las estaciones— se apoderaba del inmueble durante todo el año. Me sumergí tanto tiempo en las profundidades de aquella  caverna que, acostumbrado a la humedad y las sombras, concebí un planeta algo menos brillante y mucho más lúgubre, hasta el extremo de sufrir fotofobia. No es un error, se me antoja un castigo…

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