Exponautas

          Durante el verano se rebajan las expectativas y al mismo tiempo salen a la luz las primeras contradicciones entre los jefes. Menos da una piedra. Sumidos como están en el proceloso asunto del niño ahogado en la playa fluvial, donde todavía se discute si hubo o no denegación de auxilio —en un lamentable marasmo de dimes y diretes entre los bomberos, la policía y el 061— don Roque, el pretor de Expolandia, que se siente fatigado y que afirma en la última entrevista que no repetiría la experiencia, asume por fin que ve del todo imposible alcanzar los seis millones y medio de visitas. Ojalá no lleguen ni a la mitad, porque el pasado sábado, donde se cuenta que hubo ochenta mil sufridos exponautas en el meandro, la situación era inaguantable. Aún recuerdo las palabras del alcalde cuando dijo que más allá de cuarenta mil visitantes en una sola jornada era demasiado para el cuerpo. Cada día que trascurre salta a la vista que fallan las cuentas. No hay forma humana de acceder a los pabellones más próximos, con baipás o en fila india, así que entrar en el pabellón de España o el aragonés, por no citar el kuwaití, nipón o alemán, requiere una paciencia sobrenatural. Podrán decirme que hay muchos por visitar y les contestaré que una vez que te los has tragado casi todos acaban restando siempre los más masificados. Tres o cuatro horas en una cola a más de 35 grados a la sombra para ver durante quince minutos, como mucho, una proyección en cuatro dimensiones es ridículo, a no ser que seas un profesional en la materia. El panorama que se abre a los ojos de un visitante medio cuando pasa los tornos y se encuentra en mitad de un hervidero de gente es para abrirse las venas. Llegan con entrada para tres días el viernes a la ciudad, lo mismo en viajes organizados mediante un autobús o en su propio vehículo familiar, y enseguida se dan cuenta de que han venido a sufrir de lo lindo en un archipiélago de cemento. No sé de dónde se saca don Roque que el público se lleva una buena impresión de Ranillas, tal vez se deja guiar por los amiguetes o las opiniones interesadas, porque los foráneos enseguida se dan cuenta de que la Expo, sin agobios y tranquilamente, sólo pueden disfrutarla los que viven aquí y se fundieron la extra en comprar un pase de temporada. Basta con observar las filas que se montan para entrar por la noche, cuando remite un poco la calor y con fortuna corre por las riberas una brisa ligera. Así que el boca a boca no es precisamente positivo, ocurre que en menos de tres meses difícilmente se defraudarán las expectativas porque la gente es en el fondo muy agradecida, se divierte con lo que le echen o como no tiene vacaciones agarra el morral y se larga a sudar a la Expo. Siempre puede decir que ha estado en Mongolia sin salir de la ciudad. El asunto principal, sin embargo, son los millones de euros que lleva recaudados el jefe y dónde está la barrera del fracaso económico. Don Roque afirma que en la saca hay ya unos setenta kilazos y que para llegar a los 105, que es su mínimo admisible, no faltan demasiados. Desconozco de qué tipo de rentabilidad habla este buen hombre, porque la Expo se funde al mes cien millones tan ricamente, entiendo que no hable de la sostenibilidad o el desarrollo de la muestra —que es una especie de Fitur, pero en pequeño—, habida cuenta de las toneladas que se arrojan al vertedero a diario sin ningún reciclaje. En cambio, preguntado por los barquitos del Ebro y el dragado del río, comentó que la navegabilidad no tendría que conseguirse a cualquier precio. Es más, no asumió en ningún caso que la Expo tuviera nada que ver en el fiasco. Queda horroroso que, en pleno evento, los bolquetes y las excavadoras sigan sacando tierra del cauce para permitir que una concesión de habas gane cuatro cochinas perras. Todo este desmán, no me cansaré de repetirlo, es más caro y más nocivo que adquirir los mejores hovercrafts del mercado y olvidarse de una vez de machacar el cauce. Ante esta crítica suave de don Roque al consistorio, Fernando Gimeno, primer teniente de alcalde, ha respondido con otra sobre el Iceberg, al que califica de espectáculo maravilloso pero problemático para el río. Con toda su jeta, recrimina a las empresas participantes en la Expo su actuación y les conmina a que limpien el Ebro hasta dejarlo como estaba. Y cómo estaba don Fernando, ¿se acuerda usted?

La alta clase política

         Los crédulos, los que piensan que la democracia es perfecta y nuestros líderes maravillosos, tendrán siempre excusas para justificar los errores de los dirigentes: desde la humanidad hasta lo imposible que resulta llegar a todo. Los más escépticos, los que comprenden que nuestros políticos podrían hacer alguna cosita buena pero se encuentran atrapados en una máquina económica, protocolaria y tecnócrata que les incapacita mucho la maniobra, acaban por asumir que hoy no hay diferencias de fondo entre partidos, tan sólo maneras distintas de dar el pego y engordar la saca. Y los conspiranóicos son los que encuentran por todas partes juegos de manos y de villanos, movimientos perniciosos, intereses ocultos y contubernios de toda laya. La realidad, seguramente, es una preciosa mezcla de estas tres visiones porque se trata sin duda de que la política funcione a los acordes que tocan las multinacionales. Es idiota creer por ejemplo que la Expo montada en Zaragoza con el beneplácito de los bancos y las industrias vaya a hacer algo después en contra de sus propios negocios. Nos ofrecen la oportunidad de conocer que el mundo se irá al guano en unos años y sin embargo no se moverá un dedo por impedirlo, al contrario, iremos más aprisa hacia el abismo. La clase política es un organismo de intermediarios que vive como la nobleza de antaño, tan despegada de la gente corriente que vegeta en el limbo de sus poltronas. Según trepan por las escaleras del poder es más sencillo apreciar lo lejos que se encuentran del ruido y la desgracia ajenas. Últimamente han pillado las televisiones a David Cameron, el jefe del partido conservador británico, y a Barack Obama, el jefe de los demócratas estadounidenses, en una amigable charleta mientras hacían un receso en sus agendas. Durante la visita de la promesa yanqui al Reino Unido, ambos candidatos, si las grandes empresas y las correspondientes elecciones en cada uno de sus países así lo garantizan, podrían ser los mandamases de sus naciones y la cadena ABC dejó el micrófono abierto para escuchar de tapadillo lo que podrían contarse los futuros jefes del cotarro. Enternece escuchar a ambos chorlitos contarse sus cuitas porque más que políticos parecen ejecutivos de alto standing. No les diferencia su mentalidad política —un conservador inglés y un demócrata norteamericano son tal para cual— así que hablan tranquilamente de lo que en verdad les preocupa y que no es otra cosa que la falta de tiempo para pensar en sus cositas. Se mueven al paso que les marcan y apenas tienen un segundo para reflexionar sus decisiones, por eso se quejan los chorbos de que sus sentimientos se desvanecen… Pobre gente. Los directores del telefilm han planeado una película y los políticos son los actores que deben representar su papel. Nada más y nada menos. Parecen conscientes de que sus respectivos equipos técnicos saben diez veces más que ellos de cualquier asunto, están preocupados por los errores que cometen en medio de la vorágine y sin embargo en ese mismo instante la están cagando delante de todo el mundo. ¿No es revelador? Su imagen de fortaleza y su ingenuidad se manejan al peso en el grueso mercado de los líderes internacionales. Hoy son marionetas de un guiñol y mañana son los responsables de una guerra, ¿qué nos parecerán después? Cada vez que los pillan en falso, la ciudadanía abre las orejas y se restriega los ojos porque no comprende muy bien lo que está pasando. Hace nada le abrieron los micros a Zapatero mientras hablaba con Gabilondo, no sé si lo recuerdan. En esos instantes algo se rompe en nuestro interior, la imagen del poder se humaniza y no siempre encontramos en la persona lo que querríamos encontrar en el político que rige un estado. Todas estas pilladas, para un conspiranóico, están preparadas en función de bajar a quien sea de la burra o de hacerle tragar un sapo. Al no estar en la pomada es imposible atar todos los cabos, de modo que es más simple asistir al espectáculo y extraer conclusiones a posteriori, según los efectos y el poso que dejan las confesiones robadas «por casualidad». No debemos olvidar que los medios de comunicación son negocios. Tienen sus accionistas y sus intereses, nadie se mueve al pedo y están en juego muchas perras. Tendríamos que ser conscientes de que quien llega a sentar su culo en una poltrona tan poderosa no es ningún angelito.

Miel sobre hojuelas

       Desde nuestra alegre «expotización» — mezcla hipnótica y veraniega donde sudas, pierdes peso y gastas dinero— todo lo que ocurre en la periferia de este capricho económico tan surrealista pasa desapercibido. No sólo es inútil criticar al Gobierno del país, que ahora dice que la crisis será un pozo negro del que nos va a costar salir, sino al propio consistorio de la ciudad, que en plena canícula y endeudado hasta las cejas se permite el lujo asiático de organizar en Miraflores un nuevo campo de fútbol, al que pretende soltar más de cien millones de euracos por todo el filete el año que viene. Le han encargado el despropósito a un arquitecto zaragozano que tiene en su haber unos cuantos fiascos, pero da lo mismo porque es de la tierra y amiguete además del clan político que monta los grandes saraos constructores. Hay que seguir con el ladrillo a cuestas, es así de triste, porque no hay otro negocio —por muy doblado que esté— que ofrezca tantas prebendas. Cien millones de euracos para montar un nuevo estadio, y más para un equipo de fútbol que acaba de descender de categoría, salta a la vista que es un trompetazo aunque desde el patriotismo chico y la tradicional cabezonería maña nadie osará vilipendiar al real Zaragoza. El lema es el de siempre: ande o no ande caballo grande. Cuando la economía se descuajeringa, cuando se debe más de las tres cuartas partes de la Exposición Internacional y las empresas constructoras están al borde de la quiebra, lleguen los jefes y decidan que huyendo hacia delante se avanza por el camino correcto. Al filo de agosto y nombrando a un gabinete de tiralíneas próximo a la casa, el chanchullo impacta menos y se opta por el grueso modelo neumático —que es la moda, fea como el demonio— al estilo magefesa, como una olla a presión. No faltarán tampoco los jardines colgantes ni las tiendas rodeando a la inmensa rueda destinada al balompié. Ni el rascacielos de pueblo, ejemplo Torre del Agua, que pone mucho al personal sentirse en Manhattan aunque sea en pantuflas. Los próceres irán echando la pasta en el nuevo estadio mientras el equipo juega en el viejo con el propósito de ascender nuevamente a primera división. Nadie garantiza semejante hazaña pero apostar por el fútbol mola en todos los sentidos, no sólo es rentable a nivel político sino que en el plano económico permite cargar las tintas lo que sea menester. Los imprevistos lograrán sobre la marcha que un proyecto de cien kilos acabe costando el doble y como no hay prisa en inaugurarlo se puede eternizar la obra. Qué mas da, el asunto es mantener alta la moral tras el cierre de la Expo. Visto que Gran Scala no despega y que la Yarda Digital se ha reducido a una fuente informatizada que remoja a los visitantes del meandro, el fútbol se convierte una vez más en protagonista del futuro tirón. No me extrañaría nada que los oscenses pidan tres cuartos de lo mismo a su ayuntamiento o al gobierno aragonés, al fin y al cabo están sus equipos en la misma racha y cuando vienen mal dadas es de sentido común que los eventos deportivos sirvan para canalizar las tensiones del populacho. Con el más próximo, que son los Juegos Olímpicos, la cadena estatal de televisión se ha propuesto inundar su parrilla durante el mes de agosto con el derroche muscular de los atletas y ha enviado a doscientos periodistas a cubrir las informaciones de Pekín. Si la gente no tiene para gastar en vacaciones conviene que se encierre en casa con unas cervezas mientras levita mirando cacha, sufriendo con las medallitas y olvidándose de lo que realmente ocurre en China. Si consigue distraerse de su hipoteca o de su propia libreta de ahorros, miel sobre hojuelas. Carme Chacón, la jefa del ejército, aludió a la miel cuando le preguntaron el domingo sobre sus pretensiones de ser algún día la primera presidenta de gobierno español. La Chacón, que es como Bono pero en mujer y a la catalana, se puso colorada y dijo que sería fetén. Corre por Europa una oleada de reconversión militar que puede empujar a esta señora hasta la cima de la clase política, y es consciente de la oportunidad personal que está viviendo en estos instantes. En épocas de crisis tiran del carro los deportes nacionales, pero también las guerras, y Europa está recibiendo presiones por parte de América y Rusia para que se modernice tecnológicamente en el plano militar. Hay que gastar en armamento sofisticado mientras vemos a unos chavales corriendo detrás de una pelota, saltando vallas o remando esforzadamente, lo que ocurra en Turquía nos da igual. Se trata de que en la aldea global todos tengamos boina.

Dagas yemenitas

     El pasado sábado me regalaron una daga yemenita en plena Expo y el domingo me pasaron cuatro veces la mochila por el escáner buscando una navaja. Supongo que el morral todavía olía a cuero, porque la gumia en cuestión no tiene un gramo de acero. Las yambiyas son unos cuchillazos ornamentales que los recios y jacarandosos mozos del Yemen llevan insertadas en el fajín que aprieta su cintura. A mí me parecen símbolos fálicos, más bien retorcidos, semejantes a los cuernos o los cocos que se cuelgan los africanos del pene con el ánimo de aparentar. Últimamente mi compañera sentimental me aconseja o me regala cosas extrañas, circunstancia que me come la cabeza, pero saco a colación el asunto de las dagas porque los periodistas comentan lo absurdo que resulta prohibir la entrada de navajitas y cortauñas para pelarse una manzana y que puedan venderse en el pabellón del Yemen semejantes artefactos. Hablan de seguridad como si las dagas yemenitas sirvieran para otra cosa que para dar el pego. ¿Las han cogido por la empuñadura y las han extraído de su funda? Si lo hacen se darán cuenta de que la hoja es de latón grueso, afilada malamente y cubierta de un aceitillo cochambroso, así que no son realmente útiles. Lo máximo que puedes pillar con ellas es el tétanos. Con las dagas yemenitas pasa lo mismo que con la masculinidad de toda la vida, que las apariencias engañan. Al empuñarla imaginas un filo de horripilar y al desenfundarla es un canelo, sin embargo son bonitas. Es lo que ocurre con la propia Expo, que brilla mucho aunque no sirva para nada y cuya seguridad es tan desagradable que se asemeja a las últimas técnicas de depilación por cera inteligente. Servidor, cuya paciencia es bendita, estuvo codo con codo junto al segureta de la entrada en la llamada Puerta del Ebro pasando mi propia mochila por el escáner cuantas veces hiciera falta. Ambos cotilleamos por la pantalla todos los elementos que portaba en mi sospechoso zurrón y que le mostré cuantas veces quiso el interfecto. De nervios como escarpias y dedos como longanizas, el mozuelo encargado de la seguridad se atrevió a urgar en mis enseres como si lo hiciera en su propio escroto. Así que de seguridad, la Expo va más que servida. Le falta educación, eso sí, grandes dósis de sentido común y organizativamente anda escasa de tecnología informática. Sigo sin comprender, por ejemplo, como en la época de internet se obliga a la peña a guardar fila. Si los cines pueden vender entradas, ¿acaso el Pabellón de España carece de medios para colgar en la página de la Expo su «fast-pass», o baypás, como dice la gente? La seguridad es tan atómica en la Expo que, en los masificados conciertos del Anfiteatro 43 —todavía desconozco por qué, con los músicos y actores aragoneses que pueblan la Historia lo bautizaron con el número 43 y no con el 44 o con el 45—, una hora antes del comienzo están casi todos los asientos de piedra ocupados o reservados y los espectadores que van llegando en riadas tienden a sentarse en las escaleras. La chavala que han puesto allí, entre otras cosas para vigilar que nadie cubra las sillas de invitados ni deje caer sus culos en los escalones de acceso, se ve de pronto desbordada por la pertinaz costumbre hispana de taponar las salidas y pide auxilio a seguridad. Los de seguridad están tan quemados con dar la brasa y que no les hagan ni puñetero caso que viene a despejar el terreno la propia policía nacional. De modo que la seguridad en la Expo es algo apreciable. Los chascarrillos aseguran que en la Expo es difícil robar a nadie de manera extraoficial, porque el hurto se da desde la taquilla a los bares, pasando por los restaurantes y pabellones. Digamos pues que el robo es legal. Si a los yemenitas les impiden vender sus dagas, a los qataríes tendrían que impedirles exhibir sus trabucos y a los sauditas colgar sus sables a la entrada. Supongo que en el pabellón del África subsahariana cualquiera podría hacerse con una lanza y montar allí la de dios es cristo, porque cuando el calor aprieta lo cierto es que la gente se pone de muy mal café y en plan quisquilloso, así que les aconsejo que se vayan un rato a Lituania, donde se está muy fresquito y no hace más que caer agua del techo. Lo demás son tontadas.

Los pros y los contras

       Mentar la Expo en Zaragoza se está convirtiendo en algo así como cagarse en la madre de alguien, poner en duda la virginidad de la dama del Pilar o que no te gusten las jotas. Criticar la Expo te coloca en el ámbito de los incrédulos más radicales, los ecologistas melenudos o los kaleborrokas. Enseguida entramos en descalificaciones personales, el diálogo es de sordos y la conversación se deshace en cenizas. Sencillamente no se puede estar en contra de la Expo, de la misma manera que es imposible aquí no ser socio del Zaragoza balompié o tópicos semejantes. Los que están a favor, una mayoría aplastante, aluden a que por fin la ciudad ha entrado en la órbita planetaria de las grandes ciudades, que millones de visitantes acuden al magno evento de Ranillas y que la arquitectura coloca nuevos edificios sobre el plano. Zaragoza se expande a orillas del río, gana nuevos espacios para espectáculos y congresos, una playa fluvial y un nuevo parque en el meandro, además de esas infraestructuras propias de una metrópoli europea, con sus estaciones de cercanías, sus telecabinas y sus nuevos proyectos, entre los que se incluyen un tranvía en un futuro próximo. Nadie duda que todas estas maravillas están ahí para mayor gloria de la Expo. No son gratis, las hemos costeado entre todos y por lo tanto son susceptibles de la debida crítica. Cuestan millones de euros y no estoy postulándome como gestor al hablar de dinero. Parece últimamente que cualquier crítica sólo evidencia que el detractor lo habría hecho mejor, que es un forastero o que habla por boca de ganso. Se supone que vivimos en un sistema que garantiza la discrepancia y es propio de analistas, periodistas y escritores poner en solfa lo que observan para que se rectifique o minimice el impacto de cualquier intervención pública. Cualquier ciudadano es libre de manifestar su opinión. La publicidad institucional, los cronistas oficiales, los pagados para que ensalcen cualquier entuerto, no tienen ningún problema en deleitarnos con su rica prosa favorable siempre a quien le da de comer. Tampoco me considero un aguafiestas, al contrario, soy de los más asiduos y pacientes visitadores de la Expo y l a juzgo por lo que ofrece, no por lo que me gustaría a mí encontrar en el recinto. Establezco pues cierta normativa a la hora de ejercer la crítica, la misma que la propia organización asegura como lema de funcionamiento: agua y desarrollo sostenible. Todos los pabellones hablan del agua, pero muy pocos del desarrollo sostenible. Ni siquiera la Expo, como empresa, ejerce su eslogan. El impúdico dragado del río a plena luz del día y frente a Ranillas tendría que ser una vergüenza pública, pero como a nadie le importa un rábano he de constatar que a mí ha terminado por ocurrirme lo mismo. Asistir al espectáculo del Iceberg, cuando justo en su base se está cometiendo una tropelía en el cauce, debe de ser un mal menor. El viejo dicho de que el fin justifica los medios también vale para una exposición internacional, y si no levanta ninguna alarma social será que no existe. Que en la Expo se propicie el consumismo mondo y lirondo, que se generen toneladas de basura que van a parar directamente al vertedero, tampoco resulta preocupante. Que la masificación y el agobio sean habituales comienza a ser un motivo de regocijo entre los jefes, de modo que cada día que paso en Expolandia me resultan más enternecedoras las filas kilométricas. Yo no voy a la Expo para ver qué planes se montan los países para resolver los conflictos del agua, el desarrollo o la sostenibilidad, sino con un propósito turístico de futuro. Visito los pabellones habiendo rebajado previamente mis expectativas y si tengo la fortuna de encontrarme alguno que responde a los requerimientos iniciales de la propia organización del evento caigo en el asombro. No evalúo los contenidos sino la decoración, la imaginación de los proyectistas o el interés que me despierta tal o cual territorio para desplazarme algún día, quién sabe cuándo, a visitarlo turísticamente. He pasado de todo lo demás. A tenor de los resultados, creo que ha sido un error grave enfocar ecológicamente el asunto del agua. La Expo tendría que haber sido un encuentro turístico a propósito del agua y toda esta hipocresía no sería necesaria porque encajaría como un guante.

Tanteos

          Durante el verano ocurren fenómenos extraños. La inactividad que sobreviene al calor es un espejismo. Creemos estar en estado letárgico cuando en realidad se producen movimientos de tanteo o sencillamente se destapan de pronto los acontecimientos que durante años se fueron planificando. La naturaleza suele advertirnos del doble rostro que tiene el calor y suele hacerlo a lo grande. El Perito Moreno, uno de los mayores glaciares del planeta, se resquebraja durante el invierno austral. Causa pavor escuchar el sonido crujiente del hielo patagónico argentino mientras ocho jefes de estado, allá en Japón, acometen el gesto inútil de tomar una pala y plantar un árbol. Hace veinte años tal vez tuviera un sentido la faena, pero ahora que los glaciares se descongelan ante la impotencia del mundo el mero hecho de ver a los ilustres mayordomos de las multinacionales convertirse en jardineros de pega resulta patético. Menos mal que, antes de acabar la cumbre, los ricos soltaron la propina en la bandeja de África. Seis mil millones de euros cuesta encender los fogones del restaurante mundial. Mientras los líderes del G-8 regaban su banquete de fin de curso con los finos caldos de California y Hungría, borgoña de Château Latour y champán Le Rêve, además del sake japonés, los pobres de la Tierra podrán asistir durante un año más al comedor asistencial que las Naciones Unidas abre a diario en las zonas más miserables. Es un detalle que les honra, sobre todo tras haberse zampado los diecinueve platos del exquisito menú degustación que preparó a los jefes el afamado chef francés Michel Bras, galardonado últimamente con tres estrellas y un asteroide por la Gúía Michelín. Así es la vida de incomprensible en el proceloso territorio de la diplomacia internacional. Para celebrar el convite, en Irán, esta misma mañana y a eso de las nueve y media, los guardianes de la revolución acaban de lanzar con éxito el misil Shihab-3, que tiene un alcance de dos mil kilómetros. Este alarde de los persas se produce poco después de que en Praga, los checos se comprometieran a aceptar la instalación en su país del rádar para el escudo antimisiles norteamericano, circunstancia que produjo la airada contestación de los rusos. Sólo falta por conocer dónde se colocarán finalmente los misiles «interceptores», si en Polonia o en Lituania. Da la impresión de que la cuerda se está tensando progresivamente. Los atentados en Afganistán, y el de hace unas horas en el consulado estadounidense de Estambul, favorecen un desagradable clima veraniego en el mundo. Las industrias de armamento parecen muy interesadas en salvar su balance económico en medio de la crisis, justo antes de la celebración de los Juegos en Pekín —al que los líderes del G-8 prometieron asistir— y en plena carrera electoral entre Obama y Mc Cain. Lo que consigan estas grandes empresas, de las cuales el entorno de Bush forma parte, atarán de pies y manos al futuro inquilino de la Casa Blanca. Tras el derrumbe del telón de acero, a finales del siglo pasado, la política internacional se ha vuelto más compleja y polarizada que antes, lo que favorece el desarrollo de la tecnología militar en nuevos frentes. Las multinacionales del automóvil y los electrodomésticos son en buena parte sucursales civiles de su emporio de guerra. Cuando usted compra un coche, una nevera o una cocina está colaborando en más de un 20% a que los mismos accionistas inviertan sus beneficios en armamento, cuya fabricación, como todos conocemos, es mucho más rentable. Ahora que la construcción se está yendo al garete, los inmuebles que se levantan son menos y necesitan menos electrodomésticos. Tampoco se compran tantos coches. La deslocalización, la fuga de las empresas al Tercer Mundo para encontrar allí mano de obra barata, es una constante que se multiplica. El anuncio de Siemens, la multinacional alemana, de que despedirá a más de diecisiete mil empleados próximamente, no es más que un ejemplo de la desaceleración en que estamos envueltos. Dicen en los foros de género que el «hombre nuevo» se hace mucho de rogar. Que las mujeres han cambiado pero que sus compañeros masculinos se atrofian en clichés antiguos y se refugian en viejos estereotipos. Echando una ojeada al planeta en este cálido verano parece que estemos viviendo el preludio de una regresión.

Reservado el derecho de admisión

          Una de las mayores ventajas de la recesión es que se amortizan las inversiones en un pispás. Los delegados de las grandes multinacionales reunidos en Japón, ese grupo de impresentables al que los medios de comunicación denominan bajo el acróstico del G-8, acaban de dar la puntilla a la caridad, que es lo primero que cae cuando hay que ajustar la cincha al populacho de la clase media occidental. Para subir unos cuantos peldaños en la jerarquía económica, los que no están ni arriba ni abajo manifiestan siempre una tendencia natural al crédito y la limosna. Si vienen mal dadas, intentan evitar las deudas y se ahorran el recibo de las ONG. La burguesía entiende perfectamente que los ricos cierren el grifo a los pobres porque no está el patio para hacer el primo. Es lógico que los ricos manifiesten cierta inquietud ante la cochambre en que se está convirtiendo el planeta, esa caquita que tarde o temprano heredarán sus hijos para elevarla al rango de vertedero, y como no está el horno para bollos pasan de echar unos céntimos en el cepillo internacional. Los céntimos, uno detrás de otro, sirven para especular en bolsa o dar un empujoncito a sus entidades financieras. Donde pueda construírse un misil desaparecerá una panadería. Según los jefes del cotarro se acabó lo que se daba, no están para dispendios porque tienen asuntos más importantes en la cabeza y lo que antes conseguían mediante la caridad ahora lo tomarán por la fuerza. La limosna es una inversión que no merece la pena si el coste es superior a los beneficios que promete, de modo que se amortiza el capital y a otra cosa mariposa. Cualquiera en su sano juicio sabe que un muerto de hambre apenas tiene fuerzas para sobrevivir, así que olvidarse de él no requiere demasiado esfuerzo. Durante las largas épocas de vacas flacas los primeros que dicen adiós son los que no pueden siquiera mover los labios, despidámonos pues de millones de africanos, asiáticos y latinoamericanos, a los que no hemos visto nunca ni veremos jamás. Nuestro confort así lo demanda. Las grandes industrias de los más pudientes así lo exigen. No hay más cera que la que arde. Es muy seria la crisis que se nos echa encima cuando los jefes no hacen un esfuerzo de hipocresía. Las nuevas normas europeas cierran las fronteras a la inmigración sin ningún sonrojo mientras el nefasto gobierno de Berlusconi, parodiando al fascismo, ejerce como punta de lanza y elabora las primeras listas de gitanos que deambulan por su territorio. Hace tiempo ya que el pueblo gitano parecía una etnia asimilada al sistema, sin embargo, cuando no hay dinero en la hucha, regresan los atavismos y las viejas desconfianzas. Los ricos más sensibles, los que gozan de asistenta extranjera o se han encaprichado de algún «siervo», se reservan el derecho de admisión. A este sentimiento ambivalente se refieren los que hablan de «inmigración a la carta», que es algo así como la cabaña del tío Tom pero en plan internacional. Los patricios del planeta saben premiar a los que trabajan por dos y cobran por medio, sin duda será de ellos el reino de los cielos porque el de la Tierra jamás será de su propiedad. El resto se quedará a las puertas del limbo o los pondrán de patitas en la calle. A la clase media, en general, y en contra de lo que se supone, le animan mucho estas medidas retrógradas e involucionistas. Se acostumbran a creer que los inmigrantes son los culpables de todos sus males, así que aplauden en silencio el retroceso. Incluso votan a partidos más conservadores para que agilicen el éxodo. Es un mal síntoma. Buena parte de las naciones africanas, sin ir más lejos, dependen del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas. Dicho programa necesita de manera inmediata más de quinientos millones de euros para seguir repartiendo comida a más de setenta millones de individuos en el globo. Sin embargo, nuestros ocho samarugos, nuestros ocho presidentes de gobierno que representan los intereses de la mayor parte de las multinacionales del planeta, acaban de lavarse las manos tan ricamente en Toyako. Mientras los automóviles del Primer Mundo se alimentan con biocarburantes, es decir, de comida, millones de seres humanos se darían con un canto en los dientes por convertirse en uno de nuestros coches. ¿No es extraño?

          Los mandamases del planeta, o sea, los jefes de estado de los ocho países más ricos del globo, se reúnen estos días en la ciudad japonesa de Toyako para ver cómo nos dan guirlache en mitad de la crisis económica. Además de la anfitriona, en las agendas estadounidense, alemana, británica, canadiense, francesa, rusa e italiana, se presta especial importancia a la ecología de la cumbre. Se cuidan todos los detalles para que los ciudadanos del mundo observen lo finolis que se están volviendo los jefes y la conciencia con que manejan los más serios asuntos del desarrollo sostenible. Las apariencias son muy importantes. Siempre lo han sido, pero ahora mucho más porque la realidad se toma a chirigota, de modo que los gestos pasan a un primer plano en los telediarios. Se hace constar que todo lo que se metan entre pecho y espalda las delegaciones del G-8 se basa estrictamente en criterios de bajo consumo y absoluto reciclaje, nada se deja al buen tuntún. Los japoneses, cuando se ponen, guardan un celo agobiante y parecen interesados en dar un salto cualitativo al tratado de Kyoto para fomentar un nuevo pacto entre los grandes. Está en juego su credibilidad y necesitan recuperar prestigio, así que se han fundido un pastón en markéting y publicidad. Incluso se han traído a los mexicanos, sudafricanos, hindúes, chinos y brasileños al país del sol naciente para que diriman sus diferencias y planteen a los ricos sus propuestas económicas, no en vano las naciones emergentes están mordiéndoles los tobillos y resulta conveniente ajustar las clavijas del sistema global para que no chirríe y se desmonte con mucho estruendo. Se ha demostrado que en los países productores de petróleo, salvo en Noruega y Canadá, los ciudadanos son mucho más pobres que hace tres décadas y que el denominado oro negro sólo ha servido a las grandes fortunas y a las dictaduras, que con frecuencia son representadas por los mismos sujetos. Que el barril de crudo, cada día que pasa, esté más caro sólo favorece a un puñado de sinvergüenzas, cuyos intereses defienden a pies juntillas los que hoy se sientan a la mesa redonda de Japón. Ellos, como ninguna otra persona sobre la faz de la Tierra, saben distinguir perfectamente entre productores y distribuidores; conocen a la Shell, la Texaco, la BP y Repsol, simplemente organizan el juego para que que los accionistas cobren dividendos sin mancharse las manos de sangre. Es ahora, sin ir más lejos, cuando en Irak se sortean los pozos petrolíferos entre las grandes perforadoras. Es ahora cuando el beneficio directo de una guerra obtiene sus plusvalías, así que interesa que el dólar continúe bajando y que la gasolina esté por las nubes. A cerrar acuerdos en este sentido se dedicarán los jefes, pues no son otra cosa que los mayordomos de lujo de las multinacionales y en primera instancia a ellos se deben. Lo demás es parafernalia, fuegos artificiales y publicidad. Una buena publicidad obra milagros en los días que corren y anestesia a la población. En el trigésimo séptimo congreso socialista,por ejemplo, al que los más progres denominaban «el fin de semana en la izquierda», el guirlache del markéting también ha funcionado como un reloj. Las viejas demandas de los electores más concienciados, como el aborto libre y gratuito, la eutanasia, el voto de los inmigrantes y la laicidad, se pasaron por el túrmix del partido hasta reducirlos en un sabroso praliné de buenas intenciones. Cada reivindicación se utilizará en su justa medida y según la coyuntura política. El apoderamiento de las demandas sociales, el centrifugado de las ideologías y la domesticación de los rebeldes, toma cuerpo en un conjunto de buenas intenciones expresada por la dirección. A cambio, el presidente del Gobierno exige al país que crea en sí mismo para superar la crisis. No habla exactamente de crisis, sino más bien de «serias dificultades económicas». El secuestro del tradicional ideario progresista, dosificado, encapsulado y esponsorizado por el PSOE, busca tras el congreso que los votantes a su izquierda le rindan lealtad y pleitesía en sucesivos comicios. No sólo marcan el ritmo y las pausas, sino que se convierten en la única garantía de cambio. Con un cheque en blanco de semejantes proporciones amplían su radio de maniobra y perfeccionan su maquinaria de control. El resto es simplemente un espot. Un anuncio que lo mismo sirve para abrir la veda a los trasvases que para recortar los derechos ciudadanos. Ayer mismo, en las orillas del Ebro, el Foro Mundial de las Luchas del Agua (el Of-Expo) intentó manifestarse en la playa del Helios para exigir el cumplimiento de las directivas del Agua en la Unión Europea y la policía impidió a los presentes remojarse los pies. Es un ejemplo de la sensibilidad y el doble rasero con que el Gobierno mide a los ciudadanos afines y a los más díscolos.