Quietos en la mata

Está de moda la mentalidad de aguantar. Veo que mucha gente se viene abajo y la competencia, en cualquier ámbito, respira con alivio. Uno menos con el que pelear —se dicen— ya queda menos para salir de la crisis. La vieja opción del triunfo a fuerza de resistir, la clásica vista a vuelo de águila y en plan rapaz, donde el panorama se esquilma hasta dejarlo limpio de polvo y paja, regresa ante nosotros. Es hora aguardar con paciencia a que el cádaver de tu competidor pase por la puerta y mientras tanto nos mimetizamos, nos convertimos en camaleón. No sólo cambiamos de color para pasar desapercibidos ante la catástrofe económica, quienes se hicieron de oro durante la era de la especulación compran ahora a precio de ganga y los gángsters ocupan el espacio antes del derribo.
Frente a los ojos se extiende un remake de los años 20, pero sin ley seca, donde se diezman las tiendas y se reorganizan los negocios. Se remienda una y otra vez al sistema, que está decrépito y corrupto, que rasga la participación ciudadana igual que la lija se come los muebles antes de echar un nuevo barniz. Somos comos los pajarillos, que oyen un disparo y en lugar de salir pitando se petrifican, estamos todos bien quietos en la mata. Aguantando el temporal de un verano que se nos echa encima.Viendo en la tele cómo sale del aprieto el patán de Berlusco, patricio cateto y rufián al estilo del difunto Yeltsin pero en mediterráneo, al que un paparazzi le tomó cientos de fotos en Villa Certosa, masión de la Cerdeña donde el mengano se lo pasa en grande. Mientras Italia pone rumbo hacia el fascio, en su forma populista, el caballerete se pone las botas allí con muchachas de corta edad, a las que tildan de menores.
Entre el amarillismo y la zafiedad, las elecciones que están a un tiro de piedra y las andanzas sexuales de este merluzo venido a más (a tanto, que ha sabido hacerse con las riendas de los medios de comunicación y del propio Estado), la Italia más ilustrada no sabe ya cómo limpiarse las manos de la vergüenza que supone seguir aupando al poder a un individuo tan impresentable. El «papaíto» —así lo bautizó una de las jóvenes, la que se hizo más famosa a fuerza de sentarse en las piernas de este sujeto— ha ordenado que se requisen las fotos donde aparecen otros presidentes de países europeos, con la excusa de proteger la intimidad de las chicas y la de sus invitados a tantos saraos. La magistratura más vendida, que en España constituye «la industria auxiliar de la corrupción», allí es un brazo más del mantecoso archipiélago de las mafias. «Gomorra» ha sabido triturar allí la democracia para crear un zumo de eterna juventud en sus más insignes secuaces, empresarios de lupanar que juegan a ser políticos. ¿Llegaremos aquí a sufrir la misma enfermedad o conformaremos en un futuro una versión «diferente»?

«El que resiste, gana» | «Las aventuras del doctor Quantum»

Rehenes de multinacional

Resultaría conmovedor, si no fuese tan dramático, asistir desde el sofá a la irrefrenable caída de una de las grandes corporaciones del automóvil, la General Motors. Sus mayoritarios y temibles accionistas americanos no se suicidan en Detroit arrojándose por las ventanas, no se cortan las venas en sus cómodos butacones de cuero negro ni buscan una viga donde atar la soga que anudarán al cuello, sino que están sacando una pasta gansa de los gobiernos democráticos donde residen sus fábricas. ¿Y todo por qué? Por demostrar que sus negocios, al filo de la suspensión de pagos, se amortizan divinamente. Hay sociedades tan anónimas que al morir no se las entierra de inmediato. Todavía se puede especular con el cadáver en la sala de autopsias y venderlo por un riñón. Lo más grave del desastre fiananciero aparece con interminables mesas redondas, esas soberbias tablas de caoba bien abrillantadas donde se reúnen los empresarios y los políticos para jugar al monopoly con las sobras. Cuando el fiasco se torna nítido y cristalino, los jefes, sin ningún escrúpulo, acaban tomando como rehenes a sus empleados logrando in extremis un pellizco todavía mayor.
Si un ciudadano mondo y lirondo debe mil euros está claro que tiene un problema, pero si la cifra es de millones el problema es de otro, del que se ha dejado engañar. Desde luego montar una corporación es un chollazo y llegar a arruinarla es un lujo que sólo pueden permitirse los jefes entre los jefes y aquí estamos los demás esperando a ver cómo nos dan el palo. El Banco Central Europeo sigue dándole a la máquina de fabricar euros para que el tinglado no se venga abajo y la deuda continental continúa al alza y sin visos de aminorar la crecida. Es como si Alemania pudiera con todo. Échenle una guerra mundial, una reunificación o la unidad europea, el prestigio de sus letras del tesoro parece una saca sin fondo. Siempre consiguen extender otro pagaré sin que les caiga el techo encima. ¿Hasta cuándo? Es la pregunta del trillón.
Vivimos en un cuento al que calificamos como dinero, unos papelitos de colores que se fabrican en Munich a los que llamamos euros. Detrás de ellos no hay oro, tan sólo más papelitos. Si la recesión continúa habrá que hacer algo con ellos, devaluarlos, cambiarles el nombre o buscar un apaño. Entre los responsables del desaguisado nadie aventura un futuro tan negro. Se limitan a fabricar billetes de banco, papel moneda que los coleccionistas, —magnates, grandes empresarios y financieros— amasan en paraísos fiscales sin darnos siquiera las gracias.
¿No hay otra forma de evitar esta sangría o lo hacen aposta? A mí me da en la nariz que los políticos ya no saben qué hacer con semejante pelotón. O se lavan las manos o una parte termina en sus bolsillos. Ellos sabrán.

«La Salander» llega hoy a los cines   |   Los muchachotes de la pantalla grande

 

Terciopelo

Desde que se inventó la política, los más poderosos intentaron convertir en demagogia y simple oratoria la palabra de aquellos que iban en contra de su ambición. Los griegos levantaron palestras en las plazas públicas para que los ciudadanos de la polis se desahogaran verbalmente y como eran una sociedad pequeña todavía les fue posible diferenciar entre ripios y acciones. Quien habla ahora en las plazas urbanas tiene que emplear un megáfono y en el caos del tráfico rodado apenas capta la atención de un puñado de viandantes. Vivimos en una termitera humana; para encumbrar a un sujeto y que su voz se eleve entre la mayoría son necesarios billones de dólares. Hace falta un pastón en publicidad para llegar a ser presidente de un país y los que apadrinan a los candidatos no se conmueven por la bondad de los menganos ni regalan su dinero al buen tuntún, al contrario, firman papeles y se aseguran mucho de invertir adecuadamente. Aún así, conociendo los tejemanejes de la trastienda e imaginando incluso asuntos peores, los ciudadanos de la aldea global se dejan raptar por la inocencia y colaboran con sus jefes. Da la sensación de que estamos abocados a la esperanza. Cada vez que depositamos nuestro voto en la urna, confiamos en el sentido común, olvidamos las conspiraciones y hacemos un ejercicio de ingenuidad sin límites. Somos conscientes, además, de que la papeleta se la llevará el viento de la decepción a la vuelta de un año. Seguramente en menos tiempo comprenderemos que la ilusión depositada en tal o cual persona o grupo político deviene en fraude y, sin embargo, en una nueva convocatoria, seguiremos apostando.
Hay casos tan excepcionales, como el registrado en las últimas elecciones estadounidenses, en que se nos vende un personaje con tantas ganas y de manera tan aplastante, que la sociedad en su conjunto termina aupándolo en volandas hasta el santoral del romanticismo. La población, en circunstancias difíciles, tarda más de la cuenta en reaccionar pero cuando lo hace pasa de la depresión a la rabia en un voleo. Muchos norteamericanos confiaban en que Obama sería la repera en patineta. Lloraban en trance hipnótico viéndolo sentar el culo en el butacón de la Casa Blanca y son legión los intelectuales europeos que se rindieron ante su bíblica y delirante verborrea, como si por el mero hecho de ser un hombre de color pudiera maniobrar de otra manera. A medida que transcurre el tiempo, que lo mismo cura una herida que la gangrena completamente, la gente comienza a entender que la vida sigue igual. Por mucho que el presidente juegue al baloncesto, cite de corrido a Kennedy o a Luther King, y borde sus discursos con terciopelo, la realidad no cambia. «Yes, we can», ¿recuerdan el eslogan? Ahora sólo falta por descubir quiénes son los que pueden y qué es lo que pretenden.

«La decepción de Obama», una película de Alex Jones (2009)

Ignorancia pristina   |   «Pues», todo un clásico

 

Luna llena

De vez en cuando las noticias se amontonan sobre la mesa formando un sospechoso cúmulo de arbitrariedades. En época electoral, por ejemplo, los políticos hablan más de la cuenta. Una circunstancia que al común de los mortales nos parece imposible —darle a la lengua hasta el extremo de hacerse sangre— a sujetos como Miguel Ángel Rodriguez, antiguo director del partido impopular, le resulta algo natural. Aparte de soltar perlas en su blog, como aquella de que «un feto es un ser vivo pero no es un ser humano» (¿acaso habla de ranas o de ciempiés?), acaba de comentar últimamente en un entradilla titulada «la exaltación de lo vulgar» que «la izquierda es feliz haciendo series de homosexuales afectados y de putillas graciosas».
Como este mengano cada vez que abre el pico está sembrado, no me extrañaría que con el paso del tiempo, igual que ocurrió con Jorge Vestringe, descubriésemos que es socialista. Sin estas carrozas que luce el PP —copiando el estilo lenguaraz de Federico M. Losantos—, sería improbable que pudiese triunfar Peta Zeta en las urnas. Así que lo mismo está a sueldo, porque llega un momento en que no se comprende tanta sandez. Que el presidente de gobierno utilice aviones militares para ir de mitin en mitin, como hacía Alfonso Guerra con el Mistère, pasará siempre desapercibido mientras haya un conservador merluzo yéndose de la boca y demostrando, gracias a su agudo talante centrista, que es muy difícil montárselo peor. Pobre gente. Y luego dirán que les roban las elecciones o que les guardan inquina.
Otros que no se pueden aguantar, cuando les ponen un micro delante, son los curas de ringorrango. El cardenal prefecto (de una congregación denominada por el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos), un tal Cañizares, y de nombre Antonio, acaba de pedir perdón por los abusos a menores que se han cometido en la iglesia católica. Pero —atención— en la iglesia católica «irlandesa», que lo que ocurra aquí es harina de otro costal. Y como después de pedir perdón hay que seguir en la brecha, soltó también que, por supuesto, lo que pase en unos cuantos colegios no es comparable con los millones de vidas destruídas por el aborto. Igual me equivoco, pero cabe la probabilidad de que en el ánimo de este monseñor circule una idea muy peregrina: tal vez crea que hablando así logrará que los contribuyentes le regalen un aspa en la declaración de Hacienda.
Y para cubrir de gloria esta jornada de Luna llena nos hemos almorzado con un par de noticias judiciales subiditas de tono. Mientras la tercera en la lista conservadora al parlamento europeo afirmaba muy ufana —a raíz de la legalización de un partido abertzale— que no guarda ningún respeto por el Tribunal Constitucional, el propio Tribunal Supremo ha llegado al cénit de admitir a trámite una querella nazi contra el juez Garzón, al que los fachas —por todo el guirigay de la Memoria Histórica— acusan de ser el malandrín más prevaricador de cuantos existen. Es chocante, pero con una rapidez digna de mejor drama, los conservadores salieron esta vez a la palestra para calificar de valiente y arriesgada la decisión de los jueces.
Estas mentalidades dan tan malas vibraciones que prefiero pensar que sólo pueden ser fruto del repentino regreso del cierzo. O de la flamante Luna llena que se despliega por la noche en este cielo primaveral. Comprendo que caigan los árboles en la calzada y que tengan que ir corriendo los bomberos zaragozanos a convertirlos en leña con una motosierra. Lo que es más difícil de explicar es que desalojen un metro en Madrid porque a un guardia de paisano se le hayan cruzado los cables y pistola en mano, al borde de un ataque de nervios, sufra una crisis de ansiedad. Todos somos humanos, pero no es plan.

«Cuidado con el perro»

 

Telequinesia

Los científicos han logrado mover objetos a distancia con el simple poder de su mente. Se aplican unos cables en el cogote, los enchufan después a un ordenador y luego al trasto que desean desplazar y tarde o temprano se menea unos milímetros. Es cierto que el derroche de energía todavía no compensa. Mover una piruleta de un extremo a otro de la mesa deja las meninges para el arrastre, pero los experimentos telequinéticos avanzan a marchas forzadas y demuestran un par de asuntillos: que poner en órbita el cerebro cansa un montón, pero que si nos concentramos un huevo seremos capaces de cualquier cosa. Eso sí, hay que desearlo con ganas. Que desaparezcan los cables y que se ponga en marcha esa wifi mental que todas las personas llevamos bajo la capa de los sesos, esa masa gris y viscosa que apenas sirve para llegar a fin de mes, es cuestión de tiempo y de dinero.
El invento—qué duda cabe— es Made in Zaragoza. Sólo aquí es posible imaginar un futuro donde no haya que desagarrarse un tendón subiendo sacas por las escaleras o transportando las bolsas de la compra. Será el fin de la ciática y de la lumbalgia. La gente no invertirá jamás en sofás los ahorros de toda una existencia y nuestros deseos, como en la lámpara de Aladino, serán órdenes. Tampoco hará falta que perdamos el sueño para ganar un puñado de billetes de banco, tan rícamente le diremos a la pasta que cambie de dirección y en adelante residirá sin esfuerzo en nuestra libreta de ahorros. Está claro. Si la telequinesia funciona comenzará una era de lo más jodida. Los mentalmente poderosos alquilarán sus servicios a los jefes para no recibir un tiro entre las cejas y si cualquiera es capaz —mediante un ipod cerebral o concentrándose mucho— de traerse un lingote a casa, le calzarán al oro un GPS y en un pispás localizarán al pícaro. Supongo pues que patentar la telequinesia no es ninguna tontería.
Los japoneses, que son muy tecnológicos, ya se han empeñado en que durante esta década haya un robot en cada domicilio del sol naciente. De hecho, han comenzado a sustituir a los profesores de primaria por ingenios mecánicos, cachivaches rodeados de latex y forma de Heidi que igual te enseñan la lección que te castigan sin recreo. Mal augurio para los niños nipones, pero si alcanzasen la facultad de enviar los objetos al guano, lo mismo aparcan a sus metálicos maestros en una chatarrería. Ya veremos. La ciencia no se ocupa de la ética, sólo investiga el fenómeno y descubre la mecánica. En cualquier caso existen auténticos patanes bien adinerados que hacen lo mismo y tampoco mueven un dedo. Para ellos la telequinesia es tal sencilla como coger el teléfono y poner en movimiento a los demás. No lo verán mis ojos, pero sería hermoso que la ciencia pusiera las cosas en su sitio o nos regalase al menos una oportunidad.

La broma  |  Telequinesia china  |  «Surf»

 

Universalistas

Aunque nunca me ha gustado del todo el trasfondo de esta expresión, desde muy pequeño sentí que era «ciudadano del mundo». No es que mis padres hayan sido diplomáticos, exploradores ni viajeros, se trata más bien de una versión emocional de los apátridas. Según las Naciones Unidas, se calcula que existen alrededor de quince millones de personas que viven sin que sus países de nacimiento o acogida reconozcan su nacionalidad y para los cuales, sin duda, el mero hecho de sentir en sus propias carnes la ciudadanía universal es a menudo un suplicio constante. La otra cara del romanticismo, en un planeta sembrado de banderas y pasaportes, coloca a los planetarios en una postura incómoda. Una de las escasas ventajas éticas que teníamos por haber nacido en esta península mediterránea, era el complejo benefactor de causas perdidas que empujaba a los jueces de la Audiencia Nacional a ocuparse de los guatemaltecos o los tibetanos. Su persistencia en juzgar los casos de «lesa humanidad» dejaba con el culo al aire al gobierno, generándole sordos conflictos diplomáticos con jefes de otros países, que podían ser acusados de tiranía, genocidio y demás perlas, mientras nuestros políticos callaban sus desmanes. Actualmente, y salvo que demuestren los magistrados que se han comprometido intereses nacionales o se vulneran derechos de ciudadanos con pasaporte español, cualquier procedimiento se entenderá fuera de su jurisdicción y por lo tanto nulo de pleno derecho. Es toda una desgracia.
Cada día que pasa resulta más absurdo patear el mundo con la cabeza alta. Esos papelitos de colorines, donde se afirma que procedemos de un país europeo y a cuyo desarrollo sanitario contribuimos con los impuestos, seguirá despertando atolondradas simpatías en el extranjero. En muchas ocasiones se debe a cuestiones tan peregrinas como el flamenco, el fútbol y los toros, aficiones donde un servidor habla sólo por boca de ganso. La generalización de los tópicos permite los encuentros pero a la hora de profundizar en la manera de ser dificulta la comunicación de los individuos. Recuerdo que un maestro de clown, recientemente desaparecido, decía que «todas las personas son raras cuando las vemos de cerca». Y es una verdad muy certera. A mí no me caían mal estos jueces tan raros que se preocupaban de investigar y poner en aprietos a parte de la chusma que gobierna el mundo. Ganaban un pastón y rara vez tenían éxito, pero al cruzar la frontera, su trabajo revalorizaba mi pasaporte, un documento ridículo que los guardias siempre se empeñan en manchar de tinta.

Radio Utopía  |  «Antártida»

 

En estado de merecer

La recesión está cambiando los hábitos de consumo y los vendedores no saben a qué carta quedarse. Dicen que el mercado está contrito, que apenas se coloca una tercera parte de lo que antes se facturaba y que aún así resulta impredecible hacer pronósticos de recuperación a medio plazo. Salvo los chuches y demás golosinas, hasta el clásico comercio de los tenderetes chinos está experimentando un poderoso bajón. Escuchas los comentarios de la gente y en seguida comprendes que va formándose en las conciencias una negra nubecilla, la más triste impresión de que se avecina un apocalipsis para muchos hogares donde antes parecían atarse los perros con longaniza.
A la gripe porcina habría que sumarle una depresión colectiva y a la más caracolera de las ruinas tendríamos que añadir un terremoto continental, para que los más pudientes asumieran que pasarse la vida prendiendo fuego a la tarjeta de crédito es un cataclismo. Buena parte de la población occidental pasa las de Caín para llegar a fin de mes y en sueños hacen sudokus intentando apañar la clásica semana de vacaciones en la costa. El curro en precario, para la mayoría de la juventud, se ha convertido en una especie en vías de extinción. En la época del subsidio y la galopante economía sumergida, cuando regresa el sobre bajo mano y la chapuza como forma de ganarse el pan, la sociedad añora aquellos tiempos en que seis euros realmente valían mil pesetas. Incluso recuerda el mal día en que decidió embarcarse en la hipoteca que ahora les estrangula.
Los agoreros, hasta hace bien poco, se jactaban de que teníamos los políticos y los empresarios que nos merecíamos y que nos iba la marcha más que aun tonto un lápiz, así intentaban clavarnos las espuelas para ver si éramos capaces de levantar el culo del sofá y cambiar la situación. Si antes no nos quejábamos por pereza, ahora resulta imposible alzar la testuz, y de puro pánico las tragamos dobladas. Mientras se impone en Europa el estilo asiático de trabajo y convivencia, nos van devorando las enfermedades mentales. ¿Acaso nos merecemos este panorama?
Al modo judeocristiano de pensamiento pronto le crece el quiste de los merecimientos. A cualquier acción no le sigue una reacción, sino que la causa y el efecto termina en castigo o recompensa. Tenemos la sensación de no ser dueños de nuestro presente, así que tarde o temprano aparece un jefe y nos pone de cara a la pared, nos da un caramelito o nos repudia con el látigo de su indiferencia. A menudo nos preguntamos si tal o cual persona se merece el marido, el padre o el hijo que tienen. De la misma manera que evaluamos esfuerzos calificamos examenes y elaboramos estadisticas. Donde existen los recursos humanos también caben los inhumanos. Desde el concepto de la injusticia hasta la infravaloración de lo gratuito, objetos y personas son medidos y tasados en la subjetividad de las cifras. Poco a poco el sudor de las frentes, el sacrificio y la honradez tienden a un precio que se aquilata según se pierde la dignidad. No causa sorpresa que en la primera década del nuevo milenio nos veamos unos a otros como acreedores en potencia, vibrando en un permanente estado de merecer y dando la terrible impresión de que estamos todos a merced de los elementos. No pasamos el control de calidad. Vivimos en unas eternas rebajas, pero lo único que hay a precio de saldo concierne a nuestro sentido común. Hemos llegado a tal extremo de merecimiento que hablar hoy de la sociedad del ocio nos suena imbécil o de ciencia ficción. Tan ridículo como ir ahorrando para adquirir el robot que un día gobierne nuestro futuro domicilio en la Milla Digital.

Eolo   |   Érase una vez